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INTERNACIONAL
Una oportunidad para demandar más libertades
La milenaria celebración
de “la fiesta del fuego”, propia de los persas, se ha convertido
en una forma de reclamo de más libertad y una demostración
de que las nuevas generaciones de iraníes, al menos en Teherán,
no están contentas con el régimen.
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| Sueño. Muchachas iraníes
sostienen un cartel en el que se lee: “Queremos ver un partido
de nuestra selección de fútbol”. |
Teherán.
Los petardos vuelan de uno a otro lado de la avenida Valisadr. Grupos
de chicos se los tiran a otros de la vereda de enfrente, por encima
de decenas de autos. La policía observa sin poder hacer nada.
“Brrroooooom”, explota una bomba de estruendo. “Paaaaf”,
un cohete. “Buuummm”, un petardo. La noche de Teherán
se ilumina con destellos.
A media cuadra, por la calle transversal, comienzan a aparecer las primeras
fogatas. Las familias salen de sus casas. Y todos se preparan para saltar
por sobre el fuego. Cumplen con la misma tradición que sus ancestros
hace más de mil años, cuando los persas dominaban al mundo.
Así celebraban en Irán el “chaharshanbeh soory”,
“el último miércoles del año”, más
conocida como “la fiesta del fuego”.
Una fiesta que tiene un peso mucho más grande que el de continuar
con una tradición milenaria. Los jóvenes de los barrios
del norte de Teherán, los más liberales y menos religiosos,
utilizan esta celebración como una manifestación en reclamo
de mayores libertades.
“Hasta hace diez años, sólo salían algunos
viejitos a la calle a prender un fuego, pero desde entonces comenzamos
a tirar cohetes y de esa manera le hacemos saber al régimen que
no nos gustan sus leyes que nos restringen todos los movimientos”,
me dice Sohrab, un chico de unos 20 años que habla un excelente
inglés y que me pide que no publique su apellido porque la policía
religiosa lo puede detener.
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| Cambio. En los 80’s habría
sido imposible que chicos y chicas integran la Sinfónica
Juvenil de Teherán. |
Enfrente, en el
parque Melat, aparecen Aneo y Fahime, una parejita de 22 años
que toman un trozo de virulana, lo empapan en bencina, y él comienza
a hacerlo rodar como un lazo, sacando chispas hacia todos lados. “Estamos
felices. Esta es la única oportunidad que tenemos para poder
mostrar que existimos, que no somos una maza de tapados por los velos”,
me cuenta Fahime. “Que sepan que no soportamos más sus
restricciones”, agrega Aneo.
Prácticas milenarias
La costumbre de saltar el fuego una semana antes del Noruz, el año
nuevo persa, viene de cuando el rey Ciro dominaba desde la Anatolia
turca hasta la China. A ese pueblo se lo conocía como los Parsis
o Persas, y su religión aún tiene unos 130.000 seguidores,
la mayoría en la India. Aquí en Irán quedan uno
30.000.
Los Parsis adoran al fuego y el sol como símbolo de pureza, su
dios es Ormuz y Zoroastro o Zaratustra. De ahí que se los conozca
popularmente como los Zoroastristas. Descienden de una antigua secta
que gobernó Persia durante siglos, hasta ser expulsados por los
musulmanes, que lograron dominar estas tierras en el siglo VII.
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| Deporte. El año pasado
los chicos iraníes recibieron un regalo occidental: el Real
Madrid fundó una escuela de fútbol en Bam. |
Los sobrevivientes
se radicaron en la India y prosperaron como armadores de barcos, comerciantes
y banqueros. Hoy afrontan una grave crisis interna, debido a la pugna
entre los sacerdotes ortodoxos y los jóvenes modernistas.
Los primeros insisten en la práctica funeraria de los antepasados
y para ello conservan en el Cerro Malabar, el sector residencial más
exclusivo de Bombay, una construcción de piedra gris llamada
la Torre del Silencio.
Allí son llevados los Parsis que mueren. Los cadáveres
de niños, mujeres y hombres se depositan sobre losas de piedra
y quedan expuestos a la voracidad de gigantescos buitres. Las aves de
rapiña les arrancan la carne y en corto plazo dejan sólo
los huesos del esqueleto.
Entonces el sol los calcina y, semipulverizados los restos, se arrojan
a un pozo habilitado en el fondo de la Torre. Desde allí, impulsados
por agua, llegan al mar. Los jóvenes Parsis encuentran que esta
ceremonia, que data de 8 mil años atrás, debe desaparecer.
Aquí en Teherán, la fiesta del fuego quedó en la
memoria colectiva pero no guarda relación con la religión.
Aunque el régimen de los ayatollahs quiso eliminar la festividad
varias veces, sin mayor éxito. Hoy se ha convertido en una celebración
colectiva sólo comparable a una mezcla del Año Nuevo y
cuando un país latino gana un mundial de fútbol.
El desahogo
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| Admiración. Una joven
iraní sostiene el póster de un jugador de fútbol
alemán. Los iraníes no están ajenos a lo que
pasa en el mundo. |
En los barrios islamistas
del sur de Teherán y en ciudades “negras” chiitas
como Qom o Isfaham, no hay ninguna celebración de este tipo.
Y el presidente Mahmoud Ahmedinejad, se fue al norte del país,
donde en la ciudad de Gorgan recibió un baño de popularidad
ante miles de personas que no atienden la fiesta pagana del fuego.
Aquí en Teherán, en la calle nueve, apenas saliendo de
la avenida Shahrak Gharb, los vecinos cortaron el tráfico y prendieron
tres fuegos que alimentan constantemente con la madera de unos cajones
de fruta.
Todos saltan varias veces sobre las llamas como si estuvieran jugando
a la rayuela.
Las señoras encienden bengalas que le iluminan sus bellos rostros
persas. Muchas chicas perdieron el pañuelo con el que las obligan
los creyentes y la policía a cubrirse la cabeza. Y saltan despreocupadas
por primera vez en mucho tiempo.
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| Temor. Los jóvenes no
se atreven a protestar abiertamente por miedo a la policía
religiosa. |
“¡Es
increíble! Puedo estar aquí con mis amigas y mis padres,
en la calle, riéndome y escuchando música.
Esto no lo podemos hacer cualquier día. O es en el chaharshanbeh
soory o si Irán gana el Mundial, cosa que no creo que pueda suceder”,
me cuenta Sohar, una chica de 17 años que se sacó el pañuelo
y el guardapolvo obligatorio y salta con sus pantalones pescadores y
mostrando la pancita como cualquier jovencita occidental.
De pronto, entre explosiones, un vecino trajo su auto y puso el estéreo
a un volumen impensable para Teherán. Somayeh, una chiquita que
estudia danzas tradicionales se animó primera, y todos la siguieron.
Un momento más tarde, estábamos todos abrazados danzando
alrededor de la fogata. Un milenio había desaparecido de repente.
Decenas de vecinos iraníes y un extranjero danzábamos
como lo hicieron cada último miércoles del año,
durante siglos, los hombres y mujeres gobernados por el Gran Ciro.
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