16 de abril de 2006


INTERNACIONAL
Una oportunidad para demandar más libertades


La milenaria celebración de “la fiesta del fuego”, propia de los persas, se ha convertido en una forma de reclamo de más libertad y una demostración de que las nuevas generaciones de iraníes, al menos en Teherán, no están contentas con el régimen.

Cuarta parte
Gustavo Sierra
vertice@elsalvador.com

Sueño. Muchachas iraníes sostienen un cartel en el que se lee: “Queremos ver un partido de nuestra selección de fútbol”.

Teherán. Los petardos vuelan de uno a otro lado de la avenida Valisadr. Grupos de chicos se los tiran a otros de la vereda de enfrente, por encima de decenas de autos. La policía observa sin poder hacer nada. “Brrroooooom”, explota una bomba de estruendo. “Paaaaf”, un cohete. “Buuummm”, un petardo. La noche de Teherán se ilumina con destellos.

A media cuadra, por la calle transversal, comienzan a aparecer las primeras fogatas. Las familias salen de sus casas. Y todos se preparan para saltar por sobre el fuego. Cumplen con la misma tradición que sus ancestros hace más de mil años, cuando los persas dominaban al mundo. Así celebraban en Irán el “chaharshanbeh soory”, “el último miércoles del año”, más conocida como “la fiesta del fuego”.

Una fiesta que tiene un peso mucho más grande que el de continuar con una tradición milenaria. Los jóvenes de los barrios del norte de Teherán, los más liberales y menos religiosos, utilizan esta celebración como una manifestación en reclamo de mayores libertades.

“Hasta hace diez años, sólo salían algunos viejitos a la calle a prender un fuego, pero desde entonces comenzamos a tirar cohetes y de esa manera le hacemos saber al régimen que no nos gustan sus leyes que nos restringen todos los movimientos”, me dice Sohrab, un chico de unos 20 años que habla un excelente inglés y que me pide que no publique su apellido porque la policía religiosa lo puede detener.

Cambio. En los 80’s habría sido imposible que chicos y chicas integran la Sinfónica Juvenil de Teherán.

Enfrente, en el parque Melat, aparecen Aneo y Fahime, una parejita de 22 años que toman un trozo de virulana, lo empapan en bencina, y él comienza a hacerlo rodar como un lazo, sacando chispas hacia todos lados. “Estamos felices. Esta es la única oportunidad que tenemos para poder mostrar que existimos, que no somos una maza de tapados por los velos”, me cuenta Fahime. “Que sepan que no soportamos más sus restricciones”, agrega Aneo.

Prácticas milenarias


La costumbre de saltar el fuego una semana antes del Noruz, el año nuevo persa, viene de cuando el rey Ciro dominaba desde la Anatolia turca hasta la China. A ese pueblo se lo conocía como los Parsis o Persas, y su religión aún tiene unos 130.000 seguidores, la mayoría en la India. Aquí en Irán quedan uno 30.000.

Los Parsis adoran al fuego y el sol como símbolo de pureza, su dios es Ormuz y Zoroastro o Zaratustra. De ahí que se los conozca popularmente como los Zoroastristas. Descienden de una antigua secta que gobernó Persia durante siglos, hasta ser expulsados por los musulmanes, que lograron dominar estas tierras en el siglo VII.

Deporte. El año pasado los chicos iraníes recibieron un regalo occidental: el Real Madrid fundó una escuela de fútbol en Bam.

Los sobrevivientes se radicaron en la India y prosperaron como armadores de barcos, comerciantes y banqueros. Hoy afrontan una grave crisis interna, debido a la pugna entre los sacerdotes ortodoxos y los jóvenes modernistas.

Los primeros insisten en la práctica funeraria de los antepasados y para ello conservan en el Cerro Malabar, el sector residencial más exclusivo de Bombay, una construcción de piedra gris llamada la Torre del Silencio.

Allí son llevados los Parsis que mueren. Los cadáveres de niños, mujeres y hombres se depositan sobre losas de piedra y quedan expuestos a la voracidad de gigantescos buitres. Las aves de rapiña les arrancan la carne y en corto plazo dejan sólo los huesos del esqueleto.

Entonces el sol los calcina y, semipulverizados los restos, se arrojan a un pozo habilitado en el fondo de la Torre. Desde allí, impulsados por agua, llegan al mar. Los jóvenes Parsis encuentran que esta ceremonia, que data de 8 mil años atrás, debe desaparecer.

Aquí en Teherán, la fiesta del fuego quedó en la memoria colectiva pero no guarda relación con la religión. Aunque el régimen de los ayatollahs quiso eliminar la festividad varias veces, sin mayor éxito. Hoy se ha convertido en una celebración colectiva sólo comparable a una mezcla del Año Nuevo y cuando un país latino gana un mundial de fútbol.

El desahogo

Admiración. Una joven iraní sostiene el póster de un jugador de fútbol alemán. Los iraníes no están ajenos a lo que pasa en el mundo.

En los barrios islamistas del sur de Teherán y en ciudades “negras” chiitas como Qom o Isfaham, no hay ninguna celebración de este tipo.

Y el presidente Mahmoud Ahmedinejad, se fue al norte del país, donde en la ciudad de Gorgan recibió un baño de popularidad ante miles de personas que no atienden la fiesta pagana del fuego.

Aquí en Teherán, en la calle nueve, apenas saliendo de la avenida Shahrak Gharb, los vecinos cortaron el tráfico y prendieron tres fuegos que alimentan constantemente con la madera de unos cajones de fruta.

Todos saltan varias veces sobre las llamas como si estuvieran jugando a la rayuela.

Las señoras encienden bengalas que le iluminan sus bellos rostros persas. Muchas chicas perdieron el pañuelo con el que las obligan los creyentes y la policía a cubrirse la cabeza. Y saltan despreocupadas por primera vez en mucho tiempo.

Temor. Los jóvenes no se atreven a protestar abiertamente por miedo a la policía religiosa.

“¡Es increíble! Puedo estar aquí con mis amigas y mis padres, en la calle, riéndome y escuchando música.

Esto no lo podemos hacer cualquier día. O es en el chaharshanbeh soory o si Irán gana el Mundial, cosa que no creo que pueda suceder”, me cuenta Sohar, una chica de 17 años que se sacó el pañuelo y el guardapolvo obligatorio y salta con sus pantalones pescadores y mostrando la pancita como cualquier jovencita occidental.

De pronto, entre explosiones, un vecino trajo su auto y puso el estéreo a un volumen impensable para Teherán. Somayeh, una chiquita que estudia danzas tradicionales se animó primera, y todos la siguieron.

Un momento más tarde, estábamos todos abrazados danzando alrededor de la fogata. Un milenio había desaparecido de repente.

Decenas de vecinos iraníes y un extranjero danzábamos como lo hicieron cada último miércoles del año, durante siglos, los hombres y mujeres gobernados por el Gran Ciro.

 

 

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