15 de enero de 2006


INTERNACIONALES
La ebullición del Nilo


Acá nada es negro o blanco. Todo es gris, como el color de la fina arena del desierto. Desde un plano general, es un destino turístico por excelencia, pero a media distancia observas decenas de ángulos. Egipto fue la perla más codiciada por Napoleón y el tesoro colonial del Imperio Británico. De ser amigo de la ex Unión Soviética, hoy es aliado de EE.UU. Contradictoriamente, es también un semillero de terroristas. Egipto está condenado a estar en el ojo del huracán para bien o para mal.

Textos y fotos: Erick Lemus
vertice@elsalvador.com

Hormiguero humano. El Cairo es el apretujado hogar de 15 millones de personas, 28 mil por cada kilómetro cuadrado.

El Cairo. Fuente de inspiración para poetas y tesoro emblemático de viejos guerreros. Llegar a esta ciudad es aterrizar en algo más complejo que otra cultura.

La diferencia entre Occidente y Medio Oriente empieza tan pronto como sales del aeropuerto, abordas un taxi y descubres que la capital de Egipto es un hervidero con 15 millones de almas. Más de 28 mil habitantes por kilómetro cuadrado pelean cada día en busca de un espacio.

Egipto es el país árabe más poblado del norte de África. Acá viven más de 77 millones de personas. Su densidad poblacional es una de las mayores del mundo por su territorio vasto e inmenso; pero inútil desde el aspecto agrícola. Sólo el 5% del territorio está habitado porque la mayoría busca establecerse alrededor de una línea de agua, la del Nilo, un río cuyo afluente concentra la vida de los egipcios desde la antigüedad.

La cuna de leyendas sobre momias, sarcófagos y arqueólogos en busca de tesoros ahora es el almácigo donde crece el germen de un mal que amenaza con un choque de concepciones: el fundamentalismo religioso. Pero llegar a entenderlo no es fácil. Antes, hay que sobrevivir la ciudad.

Es mi primera noche en una ciudad que, lejos del atraso que le atribuye el mundo desarrollado, se mueve a mil por hora. El Cairo es una pieza de contrastes desde el momento que los extranjeros encuentran un aire seco y desértico a las puertas de su habitación.

Es medianoche y los automóviles surcan las calles a toda velocidad sin orden alguno. Un cairota se distingue entre el resto de ciudadanos por la frialdad con la que cruza las alamedas mientras un auto sin luces amenaza con atropellarlo. Nada. El sujeto que luce un atuendo de una pieza, una túnica conocida acá como chilaba, llega ileso a la otra orilla de la calle y aborda un taxi en medio del caos.

Esta urbe se caracteriza por ser un lugar donde las normas de tráfico no existen. Conducir en El Cairo tiene lógica propia. La calle es un espacio público para la conquista del individuo. Donde hay tres carriles, caben cuatro hileras de autos y donde hay cuatro, circulan cinco. ¿Zona peatonal o paso de cebra? Eso es un acertijo. ¿Semáforos? Definición: instrumentos colocados en la vía pública para que los niños aprendan los colores. Al menos así lo explica Mohamed El-Esnawy, un guía turístico que trabaja para una de las decenas de operadoras de viaje que controla el gobierno.

Al subir a un taxi que me conducirá al barrio donde viviré los próximos días, el conductor asiente, acuerda el precio en libras egipcias (la moneda local) y, una vez dentro, exclama “inshallah, llegaremos”. Inshallah significa ‘si Dios quiere’ y tiene un sentido trascendental en la vida cotidiana de un egipcio. De hecho, después de recorrer los primeros tramos, entiendo por qué los taxis lucen colores negro y blanco, como si fueran como si cochés fúenebres

Un par de amigos que me acompañan lucen inquietos. El paisaje de la ciudad frente al parabrisas del auto parece un videojuego. Una ancianita está a punto de cruzar la calle y el taxista la sortea a unos pasos de distancia. “¿No la golpeó?”, me preguntan los colegas. “Pero, ¿cómo?!”, dicen incrédulos.

El automóvil, sin embargo, continúa a igual velocidad de un lado a otro; quiere el puesto del vehículo que está al lado y cuando está a punto de lograrlo aparece en medio del paisaje urbano una carreta desvencijada arrastrada por un asno. Atrás, un ciclista equilibra sobre su cabeza un canasto repleto con pan.

Cuando el auto gira bruscamente en una esquina topamos con dos tipos gastándose bromas mientras cruzan a sus anchas la calle repleta de sonidos y ruedas, y solo se detienen -en puntillas- en el momento que el carro pasa a dos centímetros de los pulgares de sus pies.
El taxista fuma unos cigarrillos cuya marca es elocuente: Cleopatra.

La necrópolis y la amenaza

Al final del boulevard Gizeh están las siluetas emblemáticas del antiguo Egipto. Un olor a hollín entra por la ventana de mi habitación durante toda la noche. La tos seca me recuerda que El Cairo es uno de los núcleos urbanos con la tasa de polución más alta del planeta.

Seguridad. Los turistas son celosamente custodiados por la policía egipcia.

De repente, como un soñoliento que despierta, una silueta destaca en medio del gris del cielo, la arena y los edificios a la redonda. Son las pirámides de Kefrén, Kheops y Micerinos. Junto a calles polvorientas y cientos de negocios diseñados para los turistas está la Esfinge, la guardiana de esta Necrópolis.

Cualquiera piensa que lo restos de una de la siete maravillas del mundo antiguo están en medio de la nada. Error. Los hoteles cinco estrellas envuelven este parque arqueológico que atrae miles de extranjeros. El gobierno egipcio vive de los ingresos que genera el turismo, un rubro que experimenta una fuerte expansión desde hace 25 años, tras el acuerdo de paz firmado con Israel

Solo en 2004, más de 8 millones de visitantes (alemanes, rusos, franceses, italianos y árabes, en su mayoría) gastaron alrededor de 7.000 millones de dólares. Por eso es lógico que uno de los objetivos principales del gobierno sea garantizar la comodidad y seguridad, una labor que no siempre es fácil.

El integrismo islámico hace que los turistas piensen dos veces antes de escoger a Egipto como destino vacacional. Al Estado, por ejemplo, le costó superar el fantasma del atentado de Luxor, que en 1997 cobró la vida de 62 extranjeros. El flujo turístico logró un buen nivel a fines de 2000, y se mantuvo estable hasta que el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York provocó un descenso drástico de visitantes.

Las bombas de activistas de Al-Qaeda en el balneario turístico de Sharm el Sheij, el pasado mes de julio, ha replanteado la interrogante sobre Egipto, como destino.

El peligro del integrismo está en el lugar que los turistas menos imaginan. El peligro viaja con ellos...
Esnawy es un maestro de las precauciones. No viajes solo. No entres a lugares fuera del perímetro turístico. Aprende a respetar nuestra cultura. Busca a la policía; ellos están para servir a los extranjeros.

Este guía trabaja a lo largo de todo los sitios emblemáticos del Antiguo Egipto y puede estar un día en el aeropuerto de Asuán recibiendo turistas españoles y, 48 horas más tarde, en el centro de El Cairo conduciendo a otro grupo hacia el Museo de la ciudad, donde la máxima atracción es el mascarón original de Tutankhamon.

Esnawy apenas tiene descanso, pero no se queja. Estudió idiomas y turismo en la Universidad de El Cairo para asegurarse una fuente de ingresos.

“‘Silencio… que tres mil años nos observan’... Esa fue la frase que dijo Napoleón a sus tropas cuando estuvo frente a las pirámides de Egipto. Fascinante, ¿verdad?”, observa Esnawy aquel día que decidimos conversar acerca de su profesión.

Treintañero, soltero, aunque comprometido con una egipcia joven y hermosa, asegura que nunca ha sufrido percances en su trabajo, a pesar que el turismo es el blanco favorito para el terrorismo integrista que sacude Egipto desde hace años.

“Lo importante es que los turistas vengan con nosotros porque la policía los protege, los cuidamos de los artesanos que estafan vendiendo a precios altos, conocemos la ciudad y sus riesgos, sus costumbres, en fin, solo aquellos que violan esa lógica están en riesgo”, argumenta en referencia a las víctimas que hubo en Khan El Khalili, el mercado islámico más importante de la ciudad. Acá fue donde lanzaron una granada que cobró la vida de dos turistas franceses y un estadounidense, a inicios de abril de este año. “Allá no hay Jordi que valga”, advierte Esnawy.

El guía ha dejado de admirar las pirámides e insiste en la última frase que ha pronunciado. “¿Entiendes? No tienes nada que ir a hacer allá si vas solo. Si quieres comprar, yo te llevo a lugares seguros. Nada de Jordi”, insiste. “¿Y quién es Jordi?”, pregunto. Y me responde con un gesto cejijunto. Sigue un silencio incómodo.

El mercado de las especies

El Khalili es una suerte de decenas de pasadizos escurridizos que semejan un laberinto, con la diferencia de que cada pared es una tienda que ofrece auténticas joyas en oro, plata, antigüedades, artesanías en cuero, vidrio y madera, a precio de regalo.

Insospechado. Los atractivos turísticos conviven con la amenaza terrorista.

La regla en cada establecimiento, como en todo Egipto, es el regateo a muerte. De hecho, si hay un par de características que tipifiquen a un ciudadano egipcio son la propina (en todo lugar) y el regateo en la compra venta.

Jordi es un misterio. Es una palabra cuyo significado debo averiguar. El día que llego a Khan El Khalili me despido del taxista ofreciéndole un inshallah y aquel sujeto que fuma como chimenea me devuelve una sonrisa.

Busco una tienda y un nombre: Jordi. Quiero saber por qué Esnawy me advirtió de no buscar a ese tal Jordi. Pregunto a uno de los vendedores del primer establecimiento que encuentro y este me indica a otro, y ese a otro hasta que alguien llama a un niño. El tendero le dice algo que no comprendo. El chiquillo, atento, asiente y hace un ademán para que lo acompañe.

El niño avanza como si fuera un escarabajo en medio de todas aquellas tiendas con joyería y artilugios, entre pasadizos estrechos y callejones apretujados por decenas de comerciantes que ofrecen sus productos en todos los idiomas posibles.

Pronto el olor de decenas de especies, cardamomo, canela, el humo con olor a manzana, del cuero recién lustrado de las zapatillas, de babuchas en venta y el té con menta se cuelan por mi nariz.

Escucho el tintineo del collar de plata que una mujer elegante se coloca, y veo el destello del oro en la sonrisa del vendedor egipcio. El pequeño sigue corriendo sin mirar atrás hasta que salimos a la plaza de la mezquita al-Azhar.

En aquel momento, desde la torre de la mezquita -que resalta sobre los tejados- surge un canto melancólico que se impone sobre los claxon y el griterío alrededor. Un cocinero prepara un trozo de carne de cordero envuelto en una tortilla de harina. Del minarete, sigue el quejido largo, profundo, y entiendo que están llamando a la oración a través de los altoparlantes.

El niño me jalonea y reinicio el paso hasta que, al final de una escalera estrecha, muestra la puerta de una especie de bodega escondida en el ático de un edificio viejo. Dentro de aquella habitación, que en realidad es una tienda, está un sujeto flaco sentado junto a un bombona de cristal, una shisha, como es conocida la pipa de agua en el mundo árabe. Inhala un vapor de manzana y luego lo expulsa por la nariz con calma.

Los atentados
17 de noviembre de 1997
78 muertos en Luxor
Entre ellos 58 turistas extranjeros, mueren en un atentado de la Yamaa Islamiya (Asamblea Islámica) en el sitio arqueológico de Luxor.
11 de septiembre de 2001
Nueva york

El ciudadano egipcio Mohamed Atta pilotea uno de los vuelos que choca contra las Torres Gemelas en Nueva York.
7 de octubre de 2004
34 muertos
14 israelíes, 9 egipcios, 2 italianos, una mujer rusa, y 124 heridos (la mayoría judíos) en 3 explosiones en complejos turísticos en la Península de Sinaí.
9 de abril de 2005
Khan El khalili
Una bomba casera es lanzada en el mercado islámico más importante de la ciudad y cobra la vida de dos franceses y un estadounidense.
30 de abril de 2005
9 heridos en el Cairo
Un suicida se lanzó desde un puente en las cercanías del Museo Egipcio, contra un grupo de turistas; otros 2 disparán contra un bus en El Cairo.
23 de julio de 2005
64 muertos
Cien heridos en atentados en la ciudad de Sharm el Sheij (sur del Sinaí). Al Qaeda en El Sham (Siria) y Al Kinana (Egipto) reivindican los ataques.

Rodeado de anillos, pulseras, velos, figuritas con las siluetas de dioses del antiguo Egipto, sarcófagos en miniatura, frascos de cristal para guardar esencia de perfumes y papiros, está Mohamed El-Naby, el vendedor que es conocido como Jordi, porque habla español y acapara la clientela hispano parlante.

Desde su esquina, este sujeto con espejuelos y cabello corto y desaliñado, preside el negocio más contradictorio de El Khalily. Es el único espacio en el cual nadie regatea y por eso los extranjeros (la mayoría que acude a esta tienda son españoles) transmiten de boca en boca las virtudes del local, al margen del riesgo a ser blanco de los integristas.

“Los guías no quieren que los extranjeros vengan acá y ¿sabes por qué? No es por el terrorismo, sino porque ellos no ganan ninguna comisión. Yo trato directamente con el cliente y nadie les hará daño afuera. El Cairo es un lugar seguro”, dice.

Mohamed o Jordi, sin embargo, no ahorra palabras para describir a la sociedad egipcia como “una familia donde tres hijos de puta joden a un cuarto hijo de puta”, y agrega -antes de lanzar una carcajada- “por eso es que los guías no quieren que los clientes vengan aquí”. Cuando Jordi ha cerrado su tienda, me indica un rincón para los intelectuales, el café El Fisawhi’s.

Un vendedor de cigarrillos pasa cerca de unos turistas y un policía lo intimida con una mirada para que abandone el lugar. El oficial toma al vendedor del cuello y lo saca a empujones de la cafetería y lo lleva hasta una esquina donde le pide dinero. El hombre luce indefenso y nadie interviene.

Todos observan en silencio. Jordi, sarcástico, baja la mirada y sentencia “si hay un sistema corrupto, ese es el egipcio. No funciona de otra manera”.

Nasser ni Sadat

Egipto tuvo elecciones presidenciales hace menos de un mes y la comunidad internacional reconoció la quinta victoria del presidente Hosni Mubarak, un militar de carrera que gobierna desde 1981 con mano de hierro.

Antes de la era Mubarak, la nación norafricana tuvo a dos líderes complejos y a la vez emblemáticos. El 23 de julio de 1952 un oficial llamado Gamal Abdenasser, conocido popularmente como Nasser, dirigió el golpe de estado antimonárquico de “los oficiales libres”. Nasser estaba decidido a apoyar todos los movimientos de liberación nacional de África, que todavía vivía bajo el régimen colonial, y estrechó las relaciones con la ex Unión Soviética.

Pisando los talones de Nasser crecía un movimiento islámico egipcio llamado Hermanos Musulmanes, que fue fundado en 1928. La organización fue apoyada por Estados Unidos y Arabia Saudí para detener la expansión del comunismo en Egipto y desestabilizar al gobierno.

Nasser, sin embargo, consiguió nacionalizar los medios de producción, instituyó una reforma agraria, creó un ejército nacional y un partido único bajo la bandera del “socialismo de Estado”, y reprimió tanto a miembros de Hermanos Musulmanes como a la oposición política comunista.

En 1971, tras la muerte de Nasser, surgió el nombre de Anuar El Sadat, quien ejecutó una contrarrevolución cuyo objetivo era “desnasserizar” el país. Bajo ese objetivo cambió el himno nacional, el uniforme del ejército, privatizó los sectores más importantes de la economía, firmó el acuerdo de paz con Israel y abrió la sociedad a la inversión extranjera.

En octubre de 1981 un soldado miembro de la Yihad Islámica lo asesinó. Entonces llegó el turno de ese hombre que empezó el mandato con una frase célebre: “No soy ni Nasser ni Sadat, mi nombre es Hosni Mubarak”.

Mubarak proclamó el estado de excepción, eliminó el cargo de la vicepresidencia, y arreció la lucha contra la oposición islamista, equilibró su relación con los países árabes e Israel y hasta ahora es uno de los principales aliados de EE.UU. en la lucha contra el terrorismo. Pero la victoria arrolladora durante las pasadas elecciones presidenciales no es suficiente para detener la radicalización de grupos islámicos.

Este año Mubarak accedió a la presión de la administración Bush y en febrero reformó la Constitución para habilitar la votación multipartidista. Por primera vez en la historia política, los egipcios podrían escoger entre algo más que un candidato único.

Antes de la reforma, en las elecciones presidenciales los egipcios solamente debían marcar “sí” o
“no” para que Mubarak siguiera gobernando. El sistema no pudo más debido a la corrupción inmensa y la mala administración del país. No hay ciudadano que esconda su enojo por el abuso de poder y el sistema burocrático corrupto.

Por eso es que la organización política y religiosa de Hermanos Musulmanes ha fortalecido su simpatía en las zonas empobrecidas del país, a donde lleva caridad pública y atención en servicios básicos como educación y salud. Sin embargo, el Partido Democrático Nacional (PDN) de Mubarak no autorizó que participaran en las elecciones. Los considera una organización ilegal, pero los tolera.
El caso ejemplifica la complejidad del sistema político de este país.

El gobierno de EE.UU. teme que Hermanos Musulmanes, en tanto organización pionera del islamismo político en el mundo árabe, tuerza sus intenciones hacia el fundamentalismo. Para Washington, que necesita aliados en la guerra en Irak, es preferible fortalecer el ala conservadora de Hermanos Musulmanes, dejar que sea un partido político, y, a cambio, que Mubarak afloje un poco la cuerda. Pero esa idea no es fácil en una república árabe cuyo modelo democrático está basado en el autoritarismo.

Acusado de ser el nuevo “faraón” de Egipto, este ex militar de 77 años apostó por ganar las elecciones con mayoría absoluta en septiembre pasado y extendió su mandato por seis años más. Poco ha servido el número de denuncias por fraudes, compra de votos, amenazas durante las elecciones.

Después de los atentados contra europeos, israelíes y norteamericanos, el gobierno estimula la llegada de clientes oriundos de países musulmanes como Jordania, Líbano, Arabia Saudí. Mubarak seguirá al frente de Egipto, pero, tras bambalinas, las contradicciones de este país inmensamente rico y miserable a la vez, pueden seguir siendo la incubación del terrorismo.

El cementerio de los vivos

Otro Egipto. En la ciudad de los muertos los turistas no se atreven a entrar.

La Ciudad de los Muertos es el lugar que ahuyenta a todos los europeos masivos y donde no observas policías que vigilen tus pasos cada cien metros. Acá está otro rostro del Egipto cotidiano, ajeno a la fiebre del turismo masivo.

Nadie entendería con exactitud el sentido que existe entre la vida y el inframundo si no llega a conocer a una familia de esta colonia angosta y retorcida, llena de trayectos polvorientos.

La Ciudad de los Muertos no es un barrio marginal cualquiera. Es el reflejo de un pueblo que creció en medio del caos, a principios de los años 70, donde la sociedad que la habita organiza su vida a partir de los residuos de las otras partes de la capital.

El vecindario es un inmenso mausoleo que data de la Edad Media y donde enterraron a los soldados mamelucos. Con el paso de los años, fue tomado por las familias desamparadas que no tenían techo y así decidieron alojarse donde están los huesos de este ejército que gobernó Egipto.

Los inquilinos de La Ciudad edifican sus casas, escuelas, negocios y todo lo rutinario que hay en un vecindario cualquiera, a cambio de preservar y cuidar los restos de aquel difunto centenario que descansa en la sala de la casa, a un lado de la cocina o en el patio junto a un olivo.

¿Familias que viven sobre tumbas? Es más que eso. Un total de medio millón de habitantes sigue la vida en absoluta contraposición a lo que miras en El Cairo nuevo, esa parte de la ciudad con amplias avenidas y edificios modernos.

Allí vive Hassan, que fabrica bombonas de vidrios, collares y pulseras coloridas, botellas verdes, violetas, malvas, a quien conozco mientras sopla la solución del cristal sobre un horno de barro. El resultado es un hermoso jarrón que coloca en un estante. Su mujer, envuelta en un velo, le atiza el fuego y corre hacia un rincón de esta parte de la casa para traer artesanías de vidrio. Las mismas que venden en el barrio islámico, pero a precio de risa.

Un taxista a quien persuadí para entrar a este barrio marginal me invita a que lo siga hacia una mezquita que destaca en medio de la Ciudad de los Muertos.

Entro a la mezquita y me descalzo y veo el interior de aquel recinto modesto donde cientos de fieles vienen a rezar todos los días.

La alfombra está gastada. El techo del templo está presidido por un candelabro solitario entre aquellas paredes. Luego, me vuelvo a colocar los zapatos y subo una escalera de caracol que asciende y asciende hasta llegar a la cúpula de la torre, el minarete desde donde invitan a la oración.

Desde esta torre miro el contraste entre la Ciudad del Sol, los cortes entre un barrio y el siguiente; una urbanización hecha a codazos y empujones, cercados por el desierto a ambos lados y conglomerados, apiñados, a partir del delta del Nilo.

Más allá, está el barrio residencial de Zamalek donde viven los extranjeros y diplomáticos. Y sobre una colina al frente se yergue La Ciudadela, la fortaleza amurallada construida por el sultán kurdo Saladino en el año 1176.

Adentro de ese complejo está la hermosa Mezquita de Alabastro, que es todo un símbolo islámico. Dos caras. Lujo y miseria. Dos mezquitas. La Ciudadela y la Ciudad de los Muertos.

EE.UU. teme que Hermanos Musulmanes tuerza sus intenciones hacia el fundamentalismo

 


 

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