15 de enero de 2006


EXTORSIÓN

Las pandillas y su sórdido negocio
Rentable
El esfuerzo policial frente a la frustración

Muchos creen que los transportistas son las únicas víctimas de los chantajes, según el discurso oficial. Falso. Lo que ya parece una epidemia también afecta al vendedor de sorbetes, al cantinero, a la pupusera y a todos aquellos que tienen una residencia-negocio en zonas populares. Con tintes de crimen organizado, los tentáculos de las maras van más allá y también exigen la cuotas a grandes empresas

Jorge Beltrán
vertice@elsalvador.com


Las extorsiones se han puesto de moda y tienen en jaque a la Policía Nacional Civil, debido a los constantes asesinatos de personas que se resisten a las exigencias de los pandilleros

El chantaje a los transportistas es sólo la punta del iceberg, que ha movido al Órgano Ejecutivo a proponer reformas legales para combatir el fenómeno.

El problema es tan grave que en muchos barrios y colonias ni siquiera el vendedor ambulante de sorbetes o minutas, cuyas ganancias no llegan quizá a diez dólares por día, escapa de “entregar” la cuota a los mareros, quienes controlan esos territorios. La misión de ellos es aumentar las ganancias, como que si se tratará de un consorcio que debe cumplir con metas establecidas.

Pero la epidemia no sólo afecta al minutero, al cantinero y a la pupusera, como se ha comprobado. Es más, hay empresas transnacionales de bebidas que entregan un giro mensual a los pandilleros para que estos no dañen a sus empleados.

La medida permite a las empresas grandes prescindir del vigilante privado que antes del acuerdo, pagaban para que cuidaran a los vendedores ruteros.

Formas de extorsión
En cualquier caso, la amenaza es la misma: si la víctima no colabora, no responden por lo que les pase
- El más común es a través de papeles calzados con las iniciales de las dos principales pandillas: Salvatrucha y Dieciocho.
- Otra forma de contactar son las llamadas telefónicas. A la víctima le dan un número de celular que sólo es contestado a la hora convenida.
- Otra manera es cuando los mareros se abocan personalmente a la víctima y le dicen sin ambages que debe colaborar con las pandillas.

Para entrar a repartir tranquilamente a varias colonias de Soyapango, a Bosques de Prusia, por ejemplo, las grandes compañías tributan a las pandillas.

La policía está consciente de la dimensión del problema y dice estar combatiéndolo, pero hasta el momento, la población no percibe esos esfuerzos.

El subdirector de investigaciones de la entidad, José Luis Tobar Prieto, no vacila en asegurar que las extorsiones son un asunto más grave que la racha de secuestros que afectó al país.

Prieto funda la afirmación en que durante la época de los plagios, no había tantos homicidios como los que ha habido últimamente a consecuencia de los chantajes.

El problema en sí es grave y arrastra otro que deja en entredicho la funcionalidad del Estado: la sensación de vulnerabilidad en la población es grande. Han perdido la confianza en las instituciones.

Pedro es un proveedor de agua envasada de una colonia de San Salvador. Debe entregarle doce dólares semanales a los pandilleros, para que lo dejen trabajar sin temores, en un tramo de calle que no llega ni al kilómetro

El es extorsionado desde septiembre del año pasado, pero no se atreve a denunciar a los delincuentes, porque, asegura, es mejor ponerse una cuerda en el cuello.

“Hoy los agarran y a los pocos días salen y más bravos. Sólo a matar llegan a quien ellos imaginan que los ha denunciado”. Así piensa.

Sus temores van más allá. Cree que es un mal que al ser atacado, desatará una carnicería, pues, los pandilleros podrían comenzar a matar a todas sus víctimas de chantaje.

El sentimiento de Pedro es similar al que tenía María, una tendera que nunca denunció la extorsión que un pandillero le hacía por desconfiar de la policía.

En menos de una semana, el delincuente la obligó a que le entregara unos 500 dólares. Incluso,
llegó al descaro de emborracharse con las cervezas que le reclamaba a la mujer, frente al negocio, ante la vista de todos (Lea la historia completa en las páginas siguientes).

Tras bastidores
En el problema de las extorsiones, las pandillas son sólo la infantería. Son éstos grupos los que recogen el dinero y matan a quienes se resisten a la extorsión.

Son ellos los que caen presos o mueren, cuando una persona decide tomarse la justicia en sus manos.

Pero detrás de ellos hay toda una organización o algunas personas que se quedan con la mayor tajada del rentable negocio.

Gente que sin tener una actividad económica conocida, ha aparecido, de un día para otro, con lujosos carros y viven en casas que desentonan en lujo y comodidad con el resto de la comunidad.

Esto lo demuestra algunas capturas que ha realizado la policía en los últimos meses.
Pero también están, según el Gobierno, reconocidos líderes de pandillas o de bandas de criminales que están tras las rejas.

Por ejemplo, el dinero recaudado sirve algunas veces para financiar la defensoría privada de pandilleros procesados y la manutención misma de éstos.

El dinero de las extorsiones también lo ocupan para el mantenimiento de las familias de los pandilleros con cierto poder entre esos grupos, que han sido apresados.

O en el peor de los casos, las ganancias sirven para el consumo de drogas.
Pedro, el proveedor de agua envasada, no duda en calificar a su agresores como unos tontos que queman el dinero que a otros les cuesta ganar.



Inteligencia policial
Desde hace algún tiempo, la policía recopila información acerca de las redes de extorsionistas. Y, según parece, tienen los datos suficientes, aunque los resultados operativos aún no se ven


Por ejemplo, de forma extraoficial, Vértice supo que tras la extorsión a empresarios de una ruta de buses que corre a un municipio del norte de San Salvador, está un hijo de Sabino López Preza, el reconocido secuestrador que recién resultó herido tras una riña en el penal de máxima seguridad, en Zacatecoluca.

Como si fuera despachador de buses, él , o sus cómplices, suele permanecer en las proximidades de una gasolinera, donde también “basculea” (exige renta) a varias cooperativas de picacheros y microbuses que de ese municipio corren hacia zonas rurales de la zona. Haciendo números, la cantidad que recoge a diario, cualquiera la envidiaría. Son más de treinta buses por los que exige diez dólares diarios.

A eso hay que agregarle un número indeterminado de pick ups, por los que pide cincuenta centavos por día.

Los empresarios de esa ruta no niegan la extorsión, aunque no confirman ni desvirtúan que el hijo del secuestrador esté tras el chantaje. “Esto se ha vuelto insoportable”, comentó la mujer de un transportista.

Los empresarios de esa ruta se han resignado a estar a merced de los extorsionistas. Aunque tienen claro que por unos cuantos dólares no vale la pena perder la vida.

 

Pupuserías también pagan
Además de las tenderas, vendedores ruteros, ambulantes y transportistas, los pandilleros han incluido otros negocios, como las pupuserías, ya que pueden dejar un buen dinero, dada la propagación de estos negocios



En varias colonias del sur de Soyapango muchos de estos lugares son extorsionados por pandillas locales.

Los comedores de esa zona también pagan la renta, aunque ninguno de los consultados aceptó padecer el problema. Los de un sector dicen que son los negocios “de más arriba” (sectores vecinos) los que sí pagan renta. Y al consultar a éstos, dicen que son los “de más abajo”.

“¿Qué ganamos con decirlo a ustedes (a los periodistas)?. No nos van a proteger. Lo que voy a cachar es que me maten”, expresó una vendedora de pupusas de una colonia, donde la presencia policial es esporádica. La negación es comprensible. Es mejor padecer la extorsión en silencio, que perder la vida.

(Las identidades de las víctimas mencionadas han sido cambiadas, por razones de seguridad).

Tras la confianza de la gente

Meta. José Luis Tobar aspira a ganarse la confianza de la gente con buenos procedimientos.

La policía ha caído en la cuenta de que el problema de los chantajes no es únicamente un problema metropolitano, sino nacional; que no sólo afecta al sector de transporte, sino también a los pequeños vendendedores de las calles y a las grandes empresas.

El subdirector de investigaciones, José Luis Tobar Prieto, esta consciente de que hace falta mejorar la calidad de los procedimientos policiales pero que también es necesario que las víctimas se agremien para enfrentar el problema.

También está sabedor de que la policía no tendrá éxito en el combate a ese mal si no cuenta con el apoyo de la población, que por ahora es casi nulo.

De ahí la apuesta a hacer procedimientos policiales efectivos que no dejen vacíos legales que puedan derivar en la absolución de los imputados.

La esperanza de Tobar es que cuando la población perciba esa efectividad, cuando la gente vea que los extorsionistas se quedan en la cárcel, entonces vendrá y comenzará a colaborarles.

Tobar asegura que el combate a las extorsiones no está a lavuelta de la esquina, y por ello todas las unidades de la policía se están esforzando para contrarrestar el lastre; que ya hay un trabajo de recopilación de información.

Efecto bumerán

Según el jefe policial, cuando se habla de mejorar la investigación, no se trata de que hay que esperar a que los policías se capaciten. Asegura que ya se está trabajando y los ajustes se irán haciendo en el camino.

Lo anterior ha permitido que en los últimos días se capture a varios pandilleros sospechosos de extorsión.

Sin embargo, procedimientos policiales inadecuados y la falta de comparecencia de las víctimas han echado al traste esas detenciones.
Al final, la policía ha tenido que acusarlos de asociaciones ilícitas. Ahí la razón de que a los cinco o seis días, los detenidos recobren su libertad.

Al parecer, las más de 60 mil capturas que entre el 2003 y el 2005 hizo la policía durante los planes Mano Dura y Súper Mano Dura, hizo más daño que bien a la credibilidad policial.

Según Tobar, esa captura masiva y posterior liberación de pandilleros es un bumerán que ahora se regresa contra la policía.

Ese es el origen de que ahora la población diga que de nada sirve denunciar a los pandilleros porque hoy los capturan y mañana salen libres.

Tobar también exhortó a la población a no hacer tratos con los extorsionistas.
“Ya hay varios empresarios que negociaron (pago de renta) con las pandillas y que ahora se les ha vuelto un problema insostenible” afirmó el jefe policial.

La policía tiene claro que el fenómeno de los chantajes ha evolucionado de pedir monedas en las calles de barrios y colonias, a un problema mucho más grave que la ola de secuestros, que afectó al país hasta hace poco más de tres años.

Al hablar de la efectividad que podría lograr la policía, el comisionado Tobar se muestra optimista: así como se logró desarticular bandas complejas de secuestradores, donde incluso había policías involucrados, así lograrán llegar hasta los intelecutales de las extorsiones.

Aunque advierte que no es un problema que se resolverá mañana. El camino es demasiado largo y escabroso.

 

Doce dólares para vender tranquilo

Pagan. Distribuidores de bebidas y agua embotellada pagan una renta periódica a los mareros.

Trabajar con un poco de sosiego le cuesta a Pedro N. doce dólares semanales. Aunque la seguridad de que no lo matarán, le robarán o le pedirán “coras” (un cuarto de dólar) sólo la tiene en un tramo de calle que no llega al kilómetro.

Durante ocho años, Pedro distribuyó tranquilamente los garrafones de agua en una colonia de San Salvador. Fue hasta septiembre anterior cuando unos pandilleros lo abordaron.

Lo llevaron donde el jefe y éste le dijo que debía pagar la renta para que no le sucediera nada, ni a sus ayudantes. A cambio, dio una orden directa al resto de la clica (agrupación local de pandilleros) de que no debían molestarlo y menos andar pidiéndole dinero.

A diferencia de otros extorsionados, Pedro si conoce bien al jefe de la clica de la Mara Salvatrucha que lo extorsiona. Sabe a donde va a parar su dinero y en qué se lo gastan: en drogas.

Y aunque parezca descabellado, Pedro dice que se siente más tranquilo ahora que paga los doce dólares, que cuando le pedían dinero a cada vuelta de esquina.

Ahora, asegura el extorsionado, si un marero le pide una cora él le echa en cara el acuerdo de los doce dólares, incluso los amenaza con denunciarlos con el jefe de la clica. No le dicen nada.
Sin embargo, la “inmunidad”, que le dan los doce dólares se extingue en cuanto deja el límite de la colonia, donde operan clicas de la mara Dieciocho.

Pedro también sabe que muchas empresas grandes también riden tributo a los mareros de esa colonia para poder distribuir sus productos en “paz”.

Aunque aclara que, en su caso, él es el único perdedor, ya que él compra cierta cantidad de garrafones a la empresa embotelladora y ésta, hasta por los envases, le ha exigido una fianza.
Según el distribuidor de agua, el problema de las extorsiones se agravó durante 2005. Antes sólo lo hacían con las grandes empresas, pero hoy le quitan dinero hasta a los vendedores de pan que andan de casa en casa.

El problema de la colonia donde vive Pedro es grave, según dice. Hay tantos mareros que él se ve obligado a desconfiar de casi todos sus vecinos.

“Aquí es de andar con cuidado. Casi todos son orejas y uno debe fijarse bien en lo que habla” sostiene Pedro, para quien la solución de las extorsiones está lejos y al ser atacado el problema, teme que los pandilleros maten a sus víctmas.

 

Los “toques de queda”, otra forma de extorsión

Según vecinos de Santiago Texacuangos, los pandilleros de esa población exigen dinero a todo vehículo que ingresa o atraviesa la ciudad después de determinada hora

A partir de las 8.30 p.m. de la noche, en Santiago Texacuangos, al sur de San Salvador, cada vehículo que pasa por determinadas calles de la ciudad debe pagar la cantidad de dinero que los pandilleros locales exigen.
La medida fue implementada por los mareros, según unos lugareños, desde hace poco más de un mes, motivada por a saber qué.
Lo mismo sucede con varios sectores de las urbanizaciones Sierra Morena, al sur de Soyapango. Aunque en este lugar, el toque de queda no está motivado por el lucro, sino por el afán de “ya no equivocarse” en matar a jóvenes que no están relacionados con las pandillas.
La medida fue impuesta en noviembre anterior, luego de que mareros locales mataran a dos jóvenes por confundirlos con rivales. Desde entonces, los muchachos del sector no deben salir después de las siete de la noche. Si lo hacen deben hacerse acompañar por uno o más adultos.


Copyright 2005 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.