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LA
ARISTA AFILADA
El Continente Irrelevante
Y Otras Tristezas
El presidente venezolano
Hugo Chávez amenaza a George Bush e insulta a Condoleezza Rice
y en Washington nadie le hace caso. Se reúne con su “hermano”
Evo Morales o con su padre espiritual Fidel Castro para planear la conquista
del planeta, o de la galaxia si esa tarde les alcanza el entusiasmo
leninista, comenzando por América Latina, y en el New York Times
aparece una nota de cuatro líneas en la página 48 junto
a la historia de un tipo que jura que fue secuestrado por unos marcianos
que lo obligaron a beber güisqui durante un largo fin de semana.
Es cierto: nadie le hace caso a Chávez. ¿Por qué?
La respuesta la dio el articulista George Friedman en una reciente columna:
porque Chávez, Castro y Morales, pese a la folclórica
pirotecnia verbal en que suelen entretenerse, son irrelevantes.
Chávez, es verdad, vende el 16 por ciento del petróleo
que importa Estados Unidos, pero, al margen de sus ladridos, el coronel
venezolano no posee un mejor cliente que el americano para colocar su
mercancía, mientras Estados Unidos tiene en la cercana nación
bolivariana, no muy lejos del Golfo de México, un país
productor de crudos con el que hace negocios, independientemente de
la hostilidad y las groserías de quien lo preside y administra.
A fin de cuentas, lo que le interesa a Estados Unidos de Venezuela no
es la cortesía de sus políticos, sino el combustible que
pueda venderle.
Pero George Friedman va más allá de Venezuela en su frío
análisis de las relaciones entre Estados Unidos y Sudamérica:
desde la perspectiva norteamericana -afirma-, toda la región
le parece irrelevante, exceptuado el problema migratorio, y éste
es un asunto que concierne principalmente a los vínculos con
México.
Al sur del Río Grande, objetivamente, sólo hay un grupo
de países atrasados que venden materias primas o productos agropecuarios,
pero con una participación decreciente en el comercio internacional
y una presencia prácticamente nula en el terreno científico,
académico, militar y financiero. Sencillamente, cuentan (contamos)
muy poco en las grandes cuestiones que se debaten en el mundo.
El texto de Friedman, escrito para los norteamericanos, no es una opinión
aislada. Una reciente columna de Marcos Aguinis -uno de los más
brillantes escritores latinoamericanos- decía más o menos
lo mismo a propósito del exitoso libro Cuentos chinos del periodista
argentino-americano Andrés Oppenheimer.
Mientras China y la India -más de un tercio de la población
mundial-, dos países fuertemente vinculados al mundo desarrollado,
pletóricos de ingenieros y científicos, como advierte
Oppenheimer, adquirían cada vez mayor importancia como fabricantes
de productos complejos con gran valor agregado, América Latina
se iba alejando progresivamente de los núcleos centrales de la
civilización, fundamentalmente Estados Unidos-Canadá,
Europa y Japón.
Aguinis, con gran preocupación, recordaba a otra trágica
porción del planeta que a una escala aún más dramática
le sucedió algo similar: África negra. África también
es irrelevante y sólo se toma en cuenta cuando alguna catástrofe
o alguna masacre extraordinarias alcanzan los titulares de los periódicos.
Incluso, se podría agregar otro caso interesante de descivilización:
Turquía.
De haber sido en los siglos XVI y XVII uno de los grandes imperios internacionales
y acaso la primera potencia del Mediterráneo, tras la Primera
Guerra mundial ya no era más que una nación pobre y desorientada
sin el menor peso específico en el planeta.
Si estos análisis aciertan, como melancólicamente supongo
que ocurre, la consecuencia más importante que se extrae de ellos
es que para los latinoamericanos más alertas carece de sentido
sentarse a esperar a que la comunidad internacional les saque las castañas
del fuego cuando se estén quemando. Ningún poder extranjero
va a luchar denodadamente por rescatar del fracaso a quienes se empeñan
en seguir la senda equivocada.
Si la mayoría de los latinoamericanos insisten en alejarse de
los patrones de comportamiento del Primer Mundo, y se dedican a perder
el tiempo y a malgastar sus recursos en las costosas tonterías
neopopulistas propuestas por Chávez y el resto de los locos sueltos
en la región, ninguna nación poderosa va realizar grandes
esfuerzos por corregirles el rumbo.
Cuando existía la Guerra Fría y la batalla era una lucha
de suma-cero, donde el país que caía en el bando soviético
era una pérdida para Occidente, los americanos concibieron la
Alianza para el Progreso o los Cuerpos de Paz para contrarrestar la
influencia de Moscú, pero ya ni siquiera existe ese incentivo
para estimular la solidaridad internacional. Hoy prevalece en el mundo
una absoluta libertad para lanzarse al precipicio.
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