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CRONICA
Un
vistazo al sur de Iraq
Un recorrido de unos
500 kilómetros de carretera hacia el norte del Campamento Delta,
en la sureña provincia de Kut, basta para que el foráneo
se deprima y frunza el entrecejo de pura incredulidad, al ver la pobreza
en que viven muchos iraquíes que habitan esa región.
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Recuerdos.
Un día a la semana, en los campos militares de Iraq y Kuwait,
indúes e iraquíes montan un mercado de baratijas. |
Podría decirse
que, incluso, las comunidades marginales salvadoreñas viven en
la opulencia, si se comparan con la pobreza en la que perviven decenas
de familias desperdigadas en el desierto del sur de Iraq.
A no más de un kilómetro de la linde del campamento Delta,
en ambas riberas del río Tigris se yerguen, dispersas, calamitosas
casuchas con paredes y techo de barro, con las paredes torcidas, sin
nivel ni plomada, hechas sin más cálculo que el de la
mirada.
A medida que se avanza hacia el norte de Iraq, rumbo a las ciudades
de Al Hillah (provincia de Babil) y Diwaniya (provincia de Al Kadisha),
la monotonía del paisaje permanece inalterable.
En los tramos carreteros que hay entre estas dos últimas provincias
y Kut, el panorama a penas cambia por dos o tres ciudades que allá
son muy importantes pero que, al menos en infraestructura y servicios,
no se pueden ni comparar con ciudades del interior de El Salvador.
Al extranjero también le parecerá increíble ver
que aún hay gente que vive en medio del desierto al cobijo de
tiendas, una especie de armazón de palos con paredes y techo
de tela.
Lo anterior no tendría nada de extraordinario si el clima de
Iraq no fuera tan extremo: durante el invierno, un frío que entumece
los dedos y adormece las mejillas; y en el verano, un calor arriba de
los 50 grados que pone a dieta a los soldados en los campamentos militares.
Esto porque los militares prefieren no ir a almorzar con tal de no salir
de sus barracas y exponerse al sol.
Al ver esas tiendas en medio del desierto, el forastero no puede menos
que preguntarse cómo sus moradores soportan esas temperaturas.
Dos realidades
Llegamos a Al Kut, al campamento Delta, el lunes 13 de febrero. En esta,
como en todas las bases militares, la comida es abundante, variada y
los empleados sirven sin medidas ni reservas. Sólo el olor penetrante
de la comida y la abundancia de ésta bastan para menguar el apetito.
Pero fuera de allí,
la realidad es otra. A la vera de las angostas carreteras, están
los niños descalzos, y con ropa escasa e inadecuada para afrontar
el clima, conduciendo rebaños de ovejas mezclados muchas veces
con camellos y burros.
Inmediatamente, me pregunté dónde pastan esos animales,
porque en el desierto sólo se ve arena y pequeños arbustos
deshojados.
En cuanto observan un convoy militar, los niños corren con la
intención de lograr que los soldados les lancen un jugo, una
galleta o cualquier otra golosina de las que abundan en los comedores
castrenses.
Observé en ese afán a una niña que quizá
no superaba los cinco años. La vi corriendo desesperada desde
su casucha, edificada a unos 500 metros de la carretera. Sus cortos
pasos hicieron que llegara a destiempo y nadie le lanzó nada.
El convoy había pasado.
Los que sí logran llegar justo en el momento que pasa la comitiva
militar, saludan a los soldados con sus manos apuñadas y los
pulgares hacia arriba, pero instantáneamente los pulgares los
dirigen a la boca.
Los soldados salvadoreños son muy compasivos y saben con qué
corresponder a ese ademán. Cuando saben que saldrán del
campamento, procuran llevar cuantos jugos les quepan en los bolsillos
de sus uniformes, para regalarlos en el camino. Con eso se granjean
halagos.
Prudencia
Los iraquíes son muy celosos con su privacidad familiar. Cuando
llegamos a un poblado a donde los salvadoreños habían
llevado energía eléctrica, quise visitar un hogar. Un
soldado me advirtió que no fuera más allá del patio
porque es contrario a las costumbres lugareñas.
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Necesidades.
La pobreza es tal en el sur del país, que muchos niños
corren detrás de los militares en busca de comida. |
Sabedor, seguí
aproximándome. Al verme, las mujeres jóvenes corrieron
a ocultarse en la vivienda. Las entradas en años continuaron,
acurrucadas, con su quehacer: limpiando una hortaliza consistente en
una hoja circular pequeña.
Un iraquí
me ofreció dos de esas hojas de las que no percibí ningún
sabor ni olor. Ese herbáceo es como el equivalente al berro o
lechuga que aquí conocemos. Pero para ellos eso es parte de su
alimentación diaria.
Los buenos
de la película
No queda claro si
es el bienestar acarreado por las obras de infraestructura que han ejecutado,
si es por las golosinas que lanzan a la gente desde los vehículos
en marcha o si es la mera simpatía de los soldados salvadoreños
lo que hace que los iraquíes los llamen amigos.
Lo indiscutible es que a cualquier poblado o aldea que los salvadoreños
lleguen rápidamente son rodeados por niños y adolescentes
con ropas de varios días sin lavar o de hombres adultos que los
saludan llevándose la mano derecha al corazón y diciendo,
en su lengua, “Dios está contigo”.
Y los salvadoreños parecen confiados de las atenciones que les
dispensan. Se mueven entre ellos como si estuvieran entre paisanos.
Los soldados salvadoreños aseguran que los iraquíes no
se comportan así con los militares polacos o estadounidenses,
a quienes los aborígenes tachan de orgullosos, tal vez por desconfiados.
Pero esas cortesías tienen una carga de riesgo para los soldados
salvadoreños. Éstos saben que cualquier terrorista podría
mezclarse entre sus amigos para hacerse estallar con una bomba adherida
a su cuerpo.
Cuentan que en Al Hillah había un hombre prominente que decía
que la tropa salvadoreña era la única que podía
moverse por doquier sin ser atacada. Obviamente, ahí no era Nayaf,
donde El Salvador encajó su primera baja mortal en la batalla
del 4 de abril de 2004.
Tampoco era Diwaniya, donde tal vez el nerviosismo de un soldado salvadoreño
derivó en la muerte de un taxista iraquí, abatido a tiros,
lo cual acarreó rencor hacia los centroamericanos.
Eso ocurrió, dicen, cuando un convoy salvadoreño iba para
Diwaniya por la carretera Tampa. En un cruce de calle había un
ligero congestionamiento de vehículos y para avanzar de prisa,
y así no dar oportunidad de ser atacados, la columna de autos
militares invadió el carril contrario, en el que venía
un taxista, quizá distraído.
El soldado salvadoreño que iba en el primer vehículo con
la ametralladora Punto 50, empotrada en la capota del blindado, le hizo
señas para que se apartara del camino, pero éste no las
atendía y seguía aproximándose.
Luego, el segundo blindado golpeó levemente al que iba de primero.
El de la Punto 50 se puso nervioso, quizá al pensar en que se
trataba de un ataque con coche bomba, y disparó varias veces
al taxista, quien murió en el acto. El soldado dejó de
disparar hasta cuando el subcomandante del Cuscatlán ordenó
alto el fuego.
Al poco rato, centenares de personas reclamaron por el suceso. La manifestación
se disolvió hasta que el general Edward Gruzska, comandante de
la División Multinacional Centro Sur, habló con los enardecidos.
Los ánimos se calmaron tras una indemnización a la familia
del chofer.
Es por eso que los soldados salvadoreños no ignoran los peligros.
Entre ellos es común escuchar que la muerte les puede llegar
donde quiera que estén y no necesariamente en Iraq.
Cuando se habla del riesgo de morir en la misión, siempre recuerdan
que legionarios que les han precedido, han regresado indemnes a su patria,
donde han muerto atropellados por autos o a manos de la delincuencia
común.
Francotiradores y morteros
Entre los oficiales salvadoreños no se habla de peligro. Pero
entre el personal de tropa sí. Estos dejaron advertidos a los
del Sexto Contingente de que se mantuvieran alertas porque sino podrían
tener novedad, esto es, algún muerto o herido en combate. Las
advertencias, según la tropa salvadoreña, tienen su explicación.
La noche del 15 de febrero, los soldados polacos tuvieron una baja mortal.
Cuidaban posiciones perimetrales en el sector norte del Campamento Delta,
cuando al comenzar la noche, fueron atacados con rifles.
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Precaución.
En los recorridos, las precauciones son extremas, porque el enemigo
puede atacar en el momento o lugar menos esperado. |
Según los
mismos soldados salvadoreños, en ese sector, dos días
antes, un soldado de Letonia (Latvija) fue herido de bala.
El presentimiento entre los soldados sustituidos cobró fuerza,
al saber que los polacos, a partir del 18 de febrero, entregarían
a los salvadoreños la vigilancia del sector norte del campamento.
Dicen que la trinchera más peligrosa de ese sector es la número
doce.
Entre ésta y un pequeño poblado sólo median una
vaguada y pocos metros. Los disparos salen de entre las casas, y los
soldados, cuatro por trinchera, no pueden abandonar las posiciones para
perseguir a sus atacantes.
Otro peligro son los disparos con morteros. Los soldados hablan de eso
con aparente despreocupación. Según cuentan, es frecuente
escuchar la explosión de salida de la granada y el silbido que
ésta produce cuando va en el aire.
A lo mejor la despreocupación sobreviene porque las granadas
generalmente no explotan cuando caen. Presumen que podría ser
munición muy vieja o por la estrategia de disparo: los rebeldes
congelan la granada en la boca del tubo, luego emplazan éste
en un punto clave y se van. Cuando el hielo se derrite, la granada se
va al fondo del tubo donde es activada y expulsada.
Emboscadas en carreteras
El peligro para los soldados salvadoreños, como para cualquier
otro contingente, también está latente en las carreteras
por donde se desplazan hacia campamentos que están a decenas
de kilómetros. Lo aseguran los militares que han regresado. De
esto también fue avisado el sexto contingente.
En las carreteras no todos saludan a los salvadoreños. Siempre
se ve a dos o tres que los insultan con ademanes, porque por el lenguaje
les es imposible.
Aunque son escasos,
en los viajes que hicieron el 14 y 15 de febrero, el primero a Al Hillah
y el segundo a Diwaniya, algunos jóvenes hicieron señas
con el dedo medio o apuñando ambas manos, batieron estas con
los pulgares hacia abajo. Pero el más grave insulto, según
los iraquíes, es cuando se quitan el calzado y con éste
golpean el piso.
Para conjurar el peligro de una emboscada en carretera, las tropas deben
recurrir a un método que parece tan chocante como justificable.
Este consiste en que cuando encuentran un auto, uno de los soldado que
va en el primer vehículo militar le hace señas con la
mano para que se salga de la carretera. Cuando alguno no acata la señal,
los salvadoreños disparan sus rifles al aire cuantas veces sea
necesario o si no el convoy invade el carril contrario para obligarlo.
Muchos de los hierros retorcidos y quemados de vehículos que
se ven a los lados de las calles, que no son pocos, han sido usados
como bombas contra los convoy.
Fue precisamente en una emboscada de carretera que el quinto contingente
tuvo su única baja en combate. Se desplazaban a Diwaniya cuando
al paso de la comisión, explotaron dos bombas de cuatro que habían
sido colocadas.
Un vehículo blindado fue alcanzado de lleno por una explosión.
Era el que conducía Julio César Cisneros. Una esquirla
lo hirió en la nuca. El auto quedó inservible, pese al
grueso blindaje, y fue remolcado hasta la ciudad de Al Hillah.
Pero, incluso, en esa circunstancia los salvadoreños recibieron
muestras de apoyo: un niño denunció al hombre que había
detonado las bombas.
Es más, unos 500 metros antes de la emboscada, un grupo de iraquíes
les avisó del ataque, pero los salvadoreños confundieron
la señal con la que algunos les hacen deseándoles que
los maten.
Fue de ese grupo que quiso avisarles del que surgió la denuncia
contra quien activó los artefactos. Al poco rato, una patrulla
de fuerzas norteamericanas y salvadoreñas lo detuvieron.
El atacante era un hombre de unos 35 años, de apariencia humilde.
A los captores les confesó que se había equivocado de
blanco, que la emboscada no era contra los salvadoreños, que
solían desplazarse en no más de cuatro carros. Esa vez
iban ocho vehículos, lo que le hizo pensar que eran estadounidenses.
Una vez sometido, el atacante gritaba a los salvadoreños: “Zadikis,
adidi (amigos, los amo)”. Pedía que lo perdonaran. Decía
que él había perdonado muchas vidas de soldados salvadoreños.
Los norteamericanos lo condujeron al campamento. De ahí ya no
supieron de él. Sólo se enteraron de que la indagación
norteamericana determinó que había matado a una docena
de militares norteamericanos.
Según soldados del quinto contingente, son los sunitas, la etnia
a la que pertenecía Sadam Hussein, los que más reproches
les hacen.
Sin embargo, la ubicación de las tropas salvadoreñas,
al sur de Iraq, es un punto a favor, ya que la población es chiita,
que por años fue la cenicienta del gobierno de Hussein, según
Haider, un bagdadí que trabaja con los salvadoreños como
traductor, a quien la guerra le ha sentado bien.
En ese ambiente de riesgos, el calor y el frío desesperan tanto
como la pobreza que se expande por los interminables desiertos.

Gratitud. El Comandante del Quinto Batallón entregó
una placa a Haider (izq), el traductor.
Entre los
oficiales del contingente no se habla de peligros. Entre la
tropa sí y se transmiten consejos y experiencias
El detonador de las bombas pidió perdón
aduciendo que él había perdonado muchas vidas
de soldados salvadoreños
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La
voz de los cuscatlecos en Iraq
Con
su tez blanca, una barba descuidada y con la coronilla clara
por la pérdida de cabello, Haider Abed al Ridha parece
un estadounidense más en el campamento Delta.
Pero no es estadounidense ni soldado. Es uno de los ocho traductores
que trabajan con el batallón Cuscatlán. Haider
(León, en español) ha trabajado con los salvadoreños
desde hace más de dieciocho meses. “Desde que vino
el tercer contingente”, explica.
Pese a que es ciudadano iraquí y a que tampoco anda armado,
Haider asegura que en su natal Bagdad, nadie más que
su padre, sus dos hermanos y dos amigos íntimos, saben
que trabaja con la tropa salvadoreña.
Sus hermanos lo incitan a buscar otro trabajo, pero los 900
dólares mensuales que gana a la par de los salvadoreños
le valen el riesgo.
En tiempos de Sadam Hussein, jamás pensó ni soñó
que podría ganar esa cantidad. A lo más que podría
aspiraba era ganarse unos cien dólares, según
comenta. Durante el régimen derrocado, los profesores
ganaban un dólar mensual ( mil 500 dinares), cuenta el
joven para hacer la comparación.
Por un avatar del destino, Haider comenzó a estudiar
español en la Universidad de Bagdad, a donde llegó
con la intención de aprender inglés, pero su nivel
no alcanzaba el exigido para comenzar a estudiar aquel idioma,
así que debió conformarse con el español.
Allá por 1993, cuando inició sus estudios, ni
se lo imaginaba que pasaría muchos días de su
vida intermediando entre sus paisanos y los salvadoreños.
Todos los nacionales que trabajan con las “fuerzas de
ocupación”, como llaman los rebeldes y sus simpatizantes
a las tropas extranjeras” corren el riesgo de ser asesinados
por los terroristas.
“A los que trabajan con las fuerzas extranjeras no nos
quieren los terroristas”, explica Haider. Ese es también
el porqué sus hermanos le piden que deje el empleo.
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Entre los
disgustos y los rumores
Regresar a su patria
es un sueño acariciado casi inmediatamente después de
que se pisa el suelo iraquí. Pero incluso el regreso tiene sus
disgustos.
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Retorno.
Es un viaje tan largo que deben aterrizar en varias ciudades para
reabastecerse. |
En el vuelo de ida
los soldados van gritando y aplaudiendo por todo y por nada. Pero cuando
regresan lo hacen casi en silencio. Los del quinto contingente venían
contentos porque habían acabado bien su misión y volvían
a sus familias.
Pero muchos soldados, cabos y sargentos, regresaban inconformes con
el mando. El disgusto oscilaba entre promesas de ascenso incumplidas
hasta la desaparición de dotaciones de prendas militares y regalías.
Entre éstas últimas estarían 380 cámaras
digitales, según los soldados, proveídas por los norteamericanos
en noviembre de 2005, para repartirlas a razón de una por cada
uno.
Los inconformes citan a soldados de la Brigada Especial de Seguridad
Militar como los que vieron las cámaras dentro de grandes cajas
rotuladas “V Batallón”. Estos mismos habrían
dicho a sus compañeros que los aparatos se los trajo una comitiva
militar que a finales de 2005 visitó al Batallón.
Por más que la tropa exigió las cámaras, el mando
dijo que nunca hubo tal dádiva.
Los soldados también se quejaron de que sólo un par de
botas les dieron y que a su regreso en el Campamento Virginia, en Kuwait,
a algunos no les dieron uniformes nuevos que los estadounidenses dieron
al batallón, para que los lucieran en la bienvenida que les dispensarían.
Los que tuvieron mejor suerte lograron sólo el pantalón,
o sólo la camisa, o sólo la gorra. Incluso, varios soldados
hablan de un aguinaldo que los norteamericanos habrían dispensado
para todo el contingente. En esos días que se escuchaban rumores
por el supuesto aguinaldo, el mando les obsequió un uniforme
deportivo (pantalón y sudadera) de la marca Nike.
Varios subsargentos también vienen desilusionados por sentirse
“engañados”.
Cuentan que antes de partir a Iraq, el ministro de Defensa, General
Otto Romero, les prometió que cuando regresaran les darían
el grado de sargentos.
La mayoría compró hasta las jinetas (emblemas) pero se
quedaron con ellas en el clóset. La última promesa que
les han hecho es que ascenderán el 7 de mayo (Día delsoldado).
Pero según los agraviados, eso no es nada más que otra
promesa.
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