12 de marzo de 2006


CRONICA

Un vistazo al sur de Iraq

Un recorrido de unos 500 kilómetros de carretera hacia el norte del Campamento Delta, en la sureña provincia de Kut, basta para que el foráneo se deprima y frunza el entrecejo de pura incredulidad, al ver la pobreza en que viven muchos iraquíes que habitan esa región.

Texto y fotos/Jorge Beltrán
vertice@elsalvador.com


Recuerdos. Un día a la semana, en los campos militares de Iraq y Kuwait, indúes e iraquíes montan un mercado de baratijas.

Podría decirse que, incluso, las comunidades marginales salvadoreñas viven en la opulencia, si se comparan con la pobreza en la que perviven decenas de familias desperdigadas en el desierto del sur de Iraq.

A no más de un kilómetro de la linde del campamento Delta, en ambas riberas del río Tigris se yerguen, dispersas, calamitosas casuchas con paredes y techo de barro, con las paredes torcidas, sin nivel ni plomada, hechas sin más cálculo que el de la mirada.

A medida que se avanza hacia el norte de Iraq, rumbo a las ciudades de Al Hillah (provincia de Babil) y Diwaniya (provincia de Al Kadisha), la monotonía del paisaje permanece inalterable.

En los tramos carreteros que hay entre estas dos últimas provincias y Kut, el panorama a penas cambia por dos o tres ciudades que allá son muy importantes pero que, al menos en infraestructura y servicios, no se pueden ni comparar con ciudades del interior de El Salvador.

Al extranjero también le parecerá increíble ver que aún hay gente que vive en medio del desierto al cobijo de tiendas, una especie de armazón de palos con paredes y techo de tela.

Lo anterior no tendría nada de extraordinario si el clima de Iraq no fuera tan extremo: durante el invierno, un frío que entumece los dedos y adormece las mejillas; y en el verano, un calor arriba de los 50 grados que pone a dieta a los soldados en los campamentos militares.

Esto porque los militares prefieren no ir a almorzar con tal de no salir de sus barracas y exponerse al sol.
Al ver esas tiendas en medio del desierto, el forastero no puede menos que preguntarse cómo sus moradores soportan esas temperaturas.

Dos realidades


Llegamos a Al Kut, al campamento Delta, el lunes 13 de febrero. En esta, como en todas las bases militares, la comida es abundante, variada y los empleados sirven sin medidas ni reservas. Sólo el olor penetrante de la comida y la abundancia de ésta bastan para menguar el apetito.

Pero fuera de allí, la realidad es otra. A la vera de las angostas carreteras, están los niños descalzos, y con ropa escasa e inadecuada para afrontar el clima, conduciendo rebaños de ovejas mezclados muchas veces con camellos y burros.

Inmediatamente, me pregunté dónde pastan esos animales, porque en el desierto sólo se ve arena y pequeños arbustos deshojados.

En cuanto observan un convoy militar, los niños corren con la intención de lograr que los soldados les lancen un jugo, una galleta o cualquier otra golosina de las que abundan en los comedores castrenses.

Observé en ese afán a una niña que quizá no superaba los cinco años. La vi corriendo desesperada desde su casucha, edificada a unos 500 metros de la carretera. Sus cortos pasos hicieron que llegara a destiempo y nadie le lanzó nada. El convoy había pasado.

Los que sí logran llegar justo en el momento que pasa la comitiva militar, saludan a los soldados con sus manos apuñadas y los pulgares hacia arriba, pero instantáneamente los pulgares los dirigen a la boca.

Los soldados salvadoreños son muy compasivos y saben con qué corresponder a ese ademán. Cuando saben que saldrán del campamento, procuran llevar cuantos jugos les quepan en los bolsillos de sus uniformes, para regalarlos en el camino. Con eso se granjean halagos.
Prudencia

Los iraquíes son muy celosos con su privacidad familiar. Cuando llegamos a un poblado a donde los salvadoreños habían llevado energía eléctrica, quise visitar un hogar. Un soldado me advirtió que no fuera más allá del patio porque es contrario a las costumbres lugareñas.

Necesidades. La pobreza es tal en el sur del país, que muchos niños corren detrás de los militares en busca de comida.

Sabedor, seguí aproximándome. Al verme, las mujeres jóvenes corrieron a ocultarse en la vivienda. Las entradas en años continuaron, acurrucadas, con su quehacer: limpiando una hortaliza consistente en una hoja circular pequeña.

Un iraquí me ofreció dos de esas hojas de las que no percibí ningún sabor ni olor. Ese herbáceo es como el equivalente al berro o lechuga que aquí conocemos. Pero para ellos eso es parte de su alimentación diaria.

Los buenos de la película

No queda claro si es el bienestar acarreado por las obras de infraestructura que han ejecutado, si es por las golosinas que lanzan a la gente desde los vehículos en marcha o si es la mera simpatía de los soldados salvadoreños lo que hace que los iraquíes los llamen amigos.

Lo indiscutible es que a cualquier poblado o aldea que los salvadoreños lleguen rápidamente son rodeados por niños y adolescentes con ropas de varios días sin lavar o de hombres adultos que los saludan llevándose la mano derecha al corazón y diciendo, en su lengua, “Dios está contigo”.

Y los salvadoreños parecen confiados de las atenciones que les dispensan. Se mueven entre ellos como si estuvieran entre paisanos.

Los soldados salvadoreños aseguran que los iraquíes no se comportan así con los militares polacos o estadounidenses, a quienes los aborígenes tachan de orgullosos, tal vez por desconfiados.

Pero esas cortesías tienen una carga de riesgo para los soldados salvadoreños. Éstos saben que cualquier terrorista podría mezclarse entre sus amigos para hacerse estallar con una bomba adherida a su cuerpo.

Cuentan que en Al Hillah había un hombre prominente que decía que la tropa salvadoreña era la única que podía moverse por doquier sin ser atacada. Obviamente, ahí no era Nayaf, donde El Salvador encajó su primera baja mortal en la batalla del 4 de abril de 2004.

Tampoco era Diwaniya, donde tal vez el nerviosismo de un soldado salvadoreño derivó en la muerte de un taxista iraquí, abatido a tiros, lo cual acarreó rencor hacia los centroamericanos.

Eso ocurrió, dicen, cuando un convoy salvadoreño iba para Diwaniya por la carretera Tampa. En un cruce de calle había un ligero congestionamiento de vehículos y para avanzar de prisa, y así no dar oportunidad de ser atacados, la columna de autos militares invadió el carril contrario, en el que venía un taxista, quizá distraído.

El soldado salvadoreño que iba en el primer vehículo con la ametralladora Punto 50, empotrada en la capota del blindado, le hizo señas para que se apartara del camino, pero éste no las atendía y seguía aproximándose.

Luego, el segundo blindado golpeó levemente al que iba de primero. El de la Punto 50 se puso nervioso, quizá al pensar en que se trataba de un ataque con coche bomba, y disparó varias veces al taxista, quien murió en el acto. El soldado dejó de disparar hasta cuando el subcomandante del Cuscatlán ordenó alto el fuego.

Al poco rato, centenares de personas reclamaron por el suceso. La manifestación se disolvió hasta que el general Edward Gruzska, comandante de la División Multinacional Centro Sur, habló con los enardecidos. Los ánimos se calmaron tras una indemnización a la familia del chofer.

Es por eso que los soldados salvadoreños no ignoran los peligros. Entre ellos es común escuchar que la muerte les puede llegar donde quiera que estén y no necesariamente en Iraq.
Cuando se habla del riesgo de morir en la misión, siempre recuerdan que legionarios que les han precedido, han regresado indemnes a su patria, donde han muerto atropellados por autos o a manos de la delincuencia común.

Francotiradores y morteros


Entre los oficiales salvadoreños no se habla de peligro. Pero entre el personal de tropa sí. Estos dejaron advertidos a los del Sexto Contingente de que se mantuvieran alertas porque sino podrían tener novedad, esto es, algún muerto o herido en combate. Las advertencias, según la tropa salvadoreña, tienen su explicación.

La noche del 15 de febrero, los soldados polacos tuvieron una baja mortal. Cuidaban posiciones perimetrales en el sector norte del Campamento Delta, cuando al comenzar la noche, fueron atacados con rifles.

Precaución. En los recorridos, las precauciones son extremas, porque el enemigo puede atacar en el momento o lugar menos esperado.

Según los mismos soldados salvadoreños, en ese sector, dos días antes, un soldado de Letonia (Latvija) fue herido de bala.

El presentimiento entre los soldados sustituidos cobró fuerza, al saber que los polacos, a partir del 18 de febrero, entregarían a los salvadoreños la vigilancia del sector norte del campamento.
Dicen que la trinchera más peligrosa de ese sector es la número doce.

Entre ésta y un pequeño poblado sólo median una vaguada y pocos metros. Los disparos salen de entre las casas, y los soldados, cuatro por trinchera, no pueden abandonar las posiciones para perseguir a sus atacantes.

Otro peligro son los disparos con morteros. Los soldados hablan de eso con aparente despreocupación. Según cuentan, es frecuente escuchar la explosión de salida de la granada y el silbido que ésta produce cuando va en el aire.

A lo mejor la despreocupación sobreviene porque las granadas generalmente no explotan cuando caen. Presumen que podría ser munición muy vieja o por la estrategia de disparo: los rebeldes congelan la granada en la boca del tubo, luego emplazan éste en un punto clave y se van. Cuando el hielo se derrite, la granada se va al fondo del tubo donde es activada y expulsada.

Emboscadas en carreteras


El peligro para los soldados salvadoreños, como para cualquier otro contingente, también está latente en las carreteras por donde se desplazan hacia campamentos que están a decenas de kilómetros. Lo aseguran los militares que han regresado. De esto también fue avisado el sexto contingente.

En las carreteras no todos saludan a los salvadoreños. Siempre se ve a dos o tres que los insultan con ademanes, porque por el lenguaje les es imposible.

Aunque son escasos, en los viajes que hicieron el 14 y 15 de febrero, el primero a Al Hillah y el segundo a Diwaniya, algunos jóvenes hicieron señas con el dedo medio o apuñando ambas manos, batieron estas con los pulgares hacia abajo. Pero el más grave insulto, según los iraquíes, es cuando se quitan el calzado y con éste golpean el piso.

Para conjurar el peligro de una emboscada en carretera, las tropas deben recurrir a un método que parece tan chocante como justificable.

Este consiste en que cuando encuentran un auto, uno de los soldado que va en el primer vehículo militar le hace señas con la mano para que se salga de la carretera. Cuando alguno no acata la señal, los salvadoreños disparan sus rifles al aire cuantas veces sea necesario o si no el convoy invade el carril contrario para obligarlo.

Muchos de los hierros retorcidos y quemados de vehículos que se ven a los lados de las calles, que no son pocos, han sido usados como bombas contra los convoy.

Fue precisamente en una emboscada de carretera que el quinto contingente tuvo su única baja en combate. Se desplazaban a Diwaniya cuando al paso de la comisión, explotaron dos bombas de cuatro que habían sido colocadas.

Un vehículo blindado fue alcanzado de lleno por una explosión. Era el que conducía Julio César Cisneros. Una esquirla lo hirió en la nuca. El auto quedó inservible, pese al grueso blindaje, y fue remolcado hasta la ciudad de Al Hillah.

Pero, incluso, en esa circunstancia los salvadoreños recibieron muestras de apoyo: un niño denunció al hombre que había detonado las bombas.

Es más, unos 500 metros antes de la emboscada, un grupo de iraquíes les avisó del ataque, pero los salvadoreños confundieron la señal con la que algunos les hacen deseándoles que los maten.

Fue de ese grupo que quiso avisarles del que surgió la denuncia contra quien activó los artefactos. Al poco rato, una patrulla de fuerzas norteamericanas y salvadoreñas lo detuvieron.
El atacante era un hombre de unos 35 años, de apariencia humilde.

A los captores les confesó que se había equivocado de blanco, que la emboscada no era contra los salvadoreños, que solían desplazarse en no más de cuatro carros. Esa vez iban ocho vehículos, lo que le hizo pensar que eran estadounidenses.

Una vez sometido, el atacante gritaba a los salvadoreños: “Zadikis, adidi (amigos, los amo)”. Pedía que lo perdonaran. Decía que él había perdonado muchas vidas de soldados salvadoreños.

Los norteamericanos lo condujeron al campamento. De ahí ya no supieron de él. Sólo se enteraron de que la indagación norteamericana determinó que había matado a una docena de militares norteamericanos.

Según soldados del quinto contingente, son los sunitas, la etnia a la que pertenecía Sadam Hussein, los que más reproches les hacen.

Sin embargo, la ubicación de las tropas salvadoreñas, al sur de Iraq, es un punto a favor, ya que la población es chiita, que por años fue la cenicienta del gobierno de Hussein, según Haider, un bagdadí que trabaja con los salvadoreños como traductor, a quien la guerra le ha sentado bien.
En ese ambiente de riesgos, el calor y el frío desesperan tanto como la pobreza que se expande por los interminables desiertos.






Gratitud. El Comandante del Quinto Batallón entregó una placa a Haider (izq), el traductor.

 

Entre los oficiales del contingente no se habla de peligros. Entre la tropa sí y se transmiten consejos y experiencias

El detonador de las bombas pidió perdón aduciendo que él había perdonado muchas vidas de soldados salvadoreños

La voz de los cuscatlecos en Iraq

Con su tez blanca, una barba descuidada y con la coronilla clara por la pérdida de cabello, Haider Abed al Ridha parece un estadounidense más en el campamento Delta.

Pero no es estadounidense ni soldado. Es uno de los ocho traductores que trabajan con el batallón Cuscatlán. Haider (León, en español) ha trabajado con los salvadoreños desde hace más de dieciocho meses. “Desde que vino el tercer contingente”, explica.

Pese a que es ciudadano iraquí y a que tampoco anda armado, Haider asegura que en su natal Bagdad, nadie más que su padre, sus dos hermanos y dos amigos íntimos, saben que trabaja con la tropa salvadoreña.

Sus hermanos lo incitan a buscar otro trabajo, pero los 900 dólares mensuales que gana a la par de los salvadoreños le valen el riesgo.

En tiempos de Sadam Hussein, jamás pensó ni soñó que podría ganar esa cantidad. A lo más que podría aspiraba era ganarse unos cien dólares, según comenta. Durante el régimen derrocado, los profesores ganaban un dólar mensual ( mil 500 dinares), cuenta el joven para hacer la comparación.

Por un avatar del destino, Haider comenzó a estudiar español en la Universidad de Bagdad, a donde llegó con la intención de aprender inglés, pero su nivel no alcanzaba el exigido para comenzar a estudiar aquel idioma, así que debió conformarse con el español.

Allá por 1993, cuando inició sus estudios, ni se lo imaginaba que pasaría muchos días de su vida intermediando entre sus paisanos y los salvadoreños.
Todos los nacionales que trabajan con las “fuerzas de ocupación”, como llaman los rebeldes y sus simpatizantes a las tropas extranjeras” corren el riesgo de ser asesinados por los terroristas.
“A los que trabajan con las fuerzas extranjeras no nos quieren los terroristas”, explica Haider. Ese es también el porqué sus hermanos le piden que deje el empleo.

Entre los disgustos y los rumores

Regresar a su patria es un sueño acariciado casi inmediatamente después de que se pisa el suelo iraquí. Pero incluso el regreso tiene sus disgustos.

Retorno. Es un viaje tan largo que deben aterrizar en varias ciudades para reabastecerse.

En el vuelo de ida los soldados van gritando y aplaudiendo por todo y por nada. Pero cuando regresan lo hacen casi en silencio. Los del quinto contingente venían contentos porque habían acabado bien su misión y volvían a sus familias.

Pero muchos soldados, cabos y sargentos, regresaban inconformes con el mando. El disgusto oscilaba entre promesas de ascenso incumplidas hasta la desaparición de dotaciones de prendas militares y regalías.

Entre éstas últimas estarían 380 cámaras digitales, según los soldados, proveídas por los norteamericanos en noviembre de 2005, para repartirlas a razón de una por cada uno.

Los inconformes citan a soldados de la Brigada Especial de Seguridad Militar como los que vieron las cámaras dentro de grandes cajas rotuladas “V Batallón”. Estos mismos habrían dicho a sus compañeros que los aparatos se los trajo una comitiva militar que a finales de 2005 visitó al Batallón.
Por más que la tropa exigió las cámaras, el mando dijo que nunca hubo tal dádiva.

Los soldados también se quejaron de que sólo un par de botas les dieron y que a su regreso en el Campamento Virginia, en Kuwait, a algunos no les dieron uniformes nuevos que los estadounidenses dieron al batallón, para que los lucieran en la bienvenida que les dispensarían.

Los que tuvieron mejor suerte lograron sólo el pantalón, o sólo la camisa, o sólo la gorra. Incluso, varios soldados hablan de un aguinaldo que los norteamericanos habrían dispensado para todo el contingente. En esos días que se escuchaban rumores por el supuesto aguinaldo, el mando les obsequió un uniforme deportivo (pantalón y sudadera) de la marca Nike.

Varios subsargentos también vienen desilusionados por sentirse “engañados”.
Cuentan que antes de partir a Iraq, el ministro de Defensa, General Otto Romero, les prometió que cuando regresaran les darían el grado de sargentos.

La mayoría compró hasta las jinetas (emblemas) pero se quedaron con ellas en el clóset. La última promesa que les han hecho es que ascenderán el 7 de mayo (Día delsoldado). Pero según los agraviados, eso no es nada más que otra promesa.

 

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