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LA
OPINIÓN
El
voto de rebeldía
El 14 de marzo de 2004 fue la primera de tantas jornadas electorales
en la que mi madre escogió una de las papeletas de color del
centro de votación, la metió en el sobre blanco y la introdujo
en la urna.
(El ritual electoral español difiere de tachar con una X la bandera
predilecta). Tres días de reflexión la había llevado
a decidir que el 11-M merecía un cambio en sus costumbres electorales.
Esa vez no la acompañaba yo. Cuestión de un océano
interpuesto. Pero sí lo hice religiosamente en cada comicio general
anterior, en cada elección autonómica.
Y año con año presenciaba el mismo comportamiento, que
yo, aún niña y ajena a toda experiencia plebiscitaria,
consideraba absurdo: ella agarraba el sobre y lo sellaba sin relleno,
antes de meterlo en la caja de transparente metacrilato.
Me preguntaba: ¿por qué dejar de retozar en el sofá
y disponernos a calarnos hasta los huesos –recuerdo cada jornada
electoral acompañada de lluvia y un viento que no permitía
abrir el paraguas–, para terminar votando por nadie?
Con los años entendí. No estaba loca, ni tenía
una extraña fijación por lo ilógico.
Mi madre fue abstencionista. No por pereza, o por desinterés
en el proceso democrático. Ella era militante del voto en blanco,
y lo fue hasta que una detonación en Madrid la movió a
otorgar el castigo electoral.
Y es que abstenerse electoralmente no significa tan solo no votar o
no participar en las elecciones. También puede significar no
expresar preferencia por ninguna de las opciones concurrentes.
Por supuesto, el no votar ya implica la no expresión de preferencia
alguna. Pero también es posible no expresar ninguna preferencia
y, sin embargo, no dejar de participar en el proceso electoral. Porque
manifestar preferencia y votar no son ni acciones idénticas,
ni sinónimos.
El voto en blanco es, pues, una abstención activa y voluntaria.
Es un voto que se emite desde una concepción de cumplimiento
de un deber ciudadano, y hasta puede tener un componente de apoyo o
identificación con la democracia. Pero al mismo tiempo, se da
desde la no preferencia (hasta desde el rechazo) por los partidos en
contienda.
Además, debe ser una opción válida, no considerada
voto nulo, ya que no discrepa con las reglas establecidas en la normativa
electoral.
Con todo esto mi intención no es alzarme en rebeldía contra
el último de los lemas del TSE: “Vota, porque tienes sueños,
vota...”, o algo así. Pretendo nada más recordar
que, en los comicios que hoy se celebran, existe una opción más.
Una que no se ha publicitado, ni tendrá su espacio en las papeletas,
pero que es igual de válida que cualquier bandera marcada.
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