5 de marzo de 2006


LA OPINIÓN
Visionarios en potencia

Jorge Ávalos
vertice@elsalvador.com
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Creo en las artes. Creo que la música, la danza, el teatro, las artes visuales y la literatura tienen el poder de enriquecer las vidas de todos.

Al decir esto no hablo del artista, para quién el imperativo de las artes es su creación, sino del espectador común, es decir, de todos los receptores de esas obras que llegan a nuestras vidas como las ventanas o los espejos en los que percibimos el carácter de nuestro propio tiempo histórico y de nuestra cultura.

Ser un espectador de las artes no es un nunca un papel secundario. Es una actividad central en la educación y el desarrollo cultural del individuo en una sociedad libre. Una obra de arte, en los mejores casos, provoca reacciones intelectuales y emocionales, y también es una provocación personal que despierta nuestro asombro o nuestra pasión crítica: la obra de arte nos habla, y nuestra consciencia, conmovida o inquietada, responde con nuevas ideas y emociones.

Las artes tienen, además, este raro poder: nos permite percibir aspectos de nuestra condición humana, pero con el privilegio de la perspectiva. Pero este poder sólo es accesible y útil en la medida en que aprendemos a desarrollar nuestras capacidades para percibir con inteligencia el mundo que nos rodea.

Mientras más aguda es nuestra percepción sensorial, y más profundas son nuestra capacidad de aprehender ideas e imágenes abstractas y de comprender estructuras complejas, mayores son las riquezas de las artes.

¿A quién le corresponde el papel de educar la sensibilidad y las habilidades de percepción de los niños? A nuestras escuelas, suponemos. Pero el uso de las artes en la educación es un vasto campo inexplorado, la tierra incógnita de nuestro sistema educativo.

En un nivel muy básico, las artes pueden ser una herramienta de la educación. No hay arte sin técnicas y las técnicas están sustentadas por la naturaleza misma. La arquitectura, por ejemplo, desafía la gravedad, es física aplicada y se organiza en el espacio; y la belleza de la música es explicable matemáticamente.

Pero las artes también pueden ser el objeto mismo de la educación. Esto significaría, por ejemplo, que en lugar de que los niños junten biografías de docenas de escritores, que fotocopian de libros sin aprender nada de ellas, profundicen al menos en una lectura. Ese es un buen punto de partida para que exploren por sí mismos el arte de expresar con palabras sus propias realidades y emociones. Por ahora, nadie les enseña esto.

El pensum escolar no contempla la idea de que un niño es un artista en potencia, pero debemos tratar a cada niño como si lo fuera. Porque aunque no todos se convertirán en artistas, todos tienen un futuro por crear. Y si hay algo que las artes nos enseñan, es que una visión personal es realizable y poderosa.


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