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LA
OPINIÓN
Visionarios
en potencia
Creo en las artes. Creo que la música, la danza, el teatro, las
artes visuales y la literatura tienen el poder de enriquecer las vidas
de todos.
Al decir esto no hablo del artista, para quién el imperativo
de las artes es su creación, sino del espectador común,
es decir, de todos los receptores de esas obras que llegan a nuestras
vidas como las ventanas o los espejos en los que percibimos el carácter
de nuestro propio tiempo histórico y de nuestra cultura.
Ser un espectador de las artes no es un nunca un papel secundario. Es
una actividad central en la educación y el desarrollo cultural
del individuo en una sociedad libre. Una obra de arte, en los mejores
casos, provoca reacciones intelectuales y emocionales, y también
es una provocación personal que despierta nuestro asombro o nuestra
pasión crítica: la obra de arte nos habla, y nuestra consciencia,
conmovida o inquietada, responde con nuevas ideas y emociones.
Las artes tienen, además, este raro poder: nos permite percibir
aspectos de nuestra condición humana, pero con el privilegio
de la perspectiva. Pero este poder sólo es accesible y útil
en la medida en que aprendemos a desarrollar nuestras capacidades para
percibir con inteligencia el mundo que nos rodea.
Mientras más aguda es nuestra percepción sensorial, y
más profundas son nuestra capacidad de aprehender ideas e imágenes
abstractas y de comprender estructuras complejas, mayores son las riquezas
de las artes.
¿A quién le corresponde el papel de educar la sensibilidad
y las habilidades de percepción de los niños? A nuestras
escuelas, suponemos. Pero el uso de las artes en la educación
es un vasto campo inexplorado, la tierra incógnita de nuestro
sistema educativo.
En un nivel muy básico, las artes pueden ser una herramienta
de la educación. No hay arte sin técnicas y las técnicas
están sustentadas por la naturaleza misma. La arquitectura, por
ejemplo, desafía la gravedad, es física aplicada y se
organiza en el espacio; y la belleza de la música es explicable
matemáticamente.
Pero las artes también pueden ser el objeto mismo de la educación.
Esto significaría, por ejemplo, que en lugar de que los niños
junten biografías de docenas de escritores, que fotocopian de
libros sin aprender nada de ellas, profundicen al menos en una lectura.
Ese es un buen punto de partida para que exploren por sí mismos
el arte de expresar con palabras sus propias realidades y emociones.
Por ahora, nadie les enseña esto.
El pensum escolar no contempla la idea de que un niño es un artista
en potencia, pero debemos tratar a cada niño como si lo fuera.
Porque aunque no todos se convertirán en artistas, todos tienen
un futuro por crear. Y si hay algo que las artes nos enseñan,
es que una visión personal es realizable y poderosa.
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