5 de febrero de 2006


FACILIDAD EN COMPRIMIDO

Rehabilitación: Último intento, nueva vida

En la finca El Tibidabo, en Los Planes de Renderos, se encuentra la Comunidad Terapéutica Jaime A. Hill, un centro de rehabilitación para adictos que ofrece un programa residencial de ocho meses de duración. Tres “graduados” recientes nos hablan de su enfermedad y de sus experiencias, y nos dan una idea de las posibilidades reales de recuperación para los casos más graves de alcoholismo y drogadicción

Jorge Ávalos
vertice@elsalvador.com


Pocas batallas interiores son tan encarnizadas como las que una persona debe enfrentar para rehabilitarse de la adicción a las drogas.

Las oportunidades para hacerlo y triunfar son muy escasas. William, Néstor y Alfredo (nombres ficticios) lo saben muy bien.

El martes 31 de enero, en el entorno idílico de la finca El Tibidabo, los tres miembros de la Comunidad Terapéutica Jaime A. Hill se “graduaron” después de concluir ocho meses de residencia y completar los objetivos del programa.

“Vinimos a hacer una gran lucha contra nosotros mismos, contra nuestros defectos de carácter, y en el proceso hemos recuperado nuestro sentido de vida”, dijo Alfredo, de 18 años, quien al final del evento besó la frente de su padre, agradecido por ayudarlo a superar la etapa más difícil de su vida.

Un modelo integral

Michelle Satta
“Nada de ser superhéroes al salir de aquí una vez terminado el tratamiento. No. El objetivo es que sean personas normales que puedan hacer bien por ellos mismos, primero, y por sus familias, después”.
Jaime A. Hill
“La mayoría de los muchachos que vienen aquí traen un dolor en el alma. Aquí se lo descubrimos y curamos. Y les enzeñamos cómo vivir una vida de felicidad, de amor, de paz mental y de paz con Dios”.

Desde 2002, cada dos meses aproximadamente, personas rehabilitadas se gradúan de la Comunidad Terapéutica, un programa de Fundasalva iniciado en 2001 y basado en experiencias que han demostrado su efectividad, como los Hogares Claret de Medellín y el Proyecto Hombre de España.

“Lo que diferencia este centro de otros es el modelo de tratamiento”, señaló la doctora Mercedes Aldana. “Más allá que tratar la adicción, trata a la persona. El modelo de comunidad terapéutica está enfocado en reeducar a la persona, no solamente para que deje su dependencia de la sustancia, sino para que sepa afrontar su libertad con responsabilidad”.

Michelle Satta, director de la Comunidad Terapéutica, explicó que el programa trata cuatro
aspectos: el biológico, el psicológico, el social y el espiritual. “Trabajamos con todos esos factores para que puedan reintegrarse a la sociedad y, de alguna forma, puedan ser personas normales otra vez”.

“Nosotros estábamos en desarmonía”, indicó Néstor. “Teníamos problemas y no nos dábamos cuenta. Nos escondíamos detrás de una risa, del sarcasmo, de las irresponsabilidades. Ahora ya no tenemos esas máscaras”.

“La droga es la punta del iceberg”, reflexionó Alfredo. “En sí el consumo de drogas no es el problema. El problema está al interior de nosotros: en resentimientos, problemas de carácter, frustraciones, miedos e incluso problemas sexuales. Esto es lo que nos llevaba a consumir, y es esto lo que tuvimos que resolver”.

Remover las máscaras, comprenderse a sí mismos, confrontar los problemas y eliminar los miedos, son algunos de los aspectos que los participantes dicen haber logrado en sus vidas gracias al programa, además de ayudarlos a superar la dependencia del alcohol o de las drogas.

Pero además de los beneficios individuales, también fue crucial para todos un incentivo social: la recuperación de la familia y los amigos.

“Cuando vienen aquí”, recalcó Satta, “es porque han llegado al punto de no regreso, donde ya pierden toda esperanza, cuando la sociedad ya no les da una mano, ni la propia familia, porque ya no cree en ellos. De alguna manera logran ver una luz y reconocen su última oportunidad. Y es entonces cuando las familias los apoyan, porque se dan cuenta de que es el último chance”.

El drama de la adicción

Cuando Alfredo llegó a la etapa crítica de su adicción a la marihuana y al crack “vivía sólo para consumir”. Había perdido a los amigos de su infancia, así como la confianza de sus padres, y en su sentido de marginación incluso se tatuó. La única opción que contemplaba en su vida, en ese momento, era el suicidio.

William, que comenzó a consumir alcohol a los 16 años, tenía 43 años cuando ingresó a la Comunidad. “Perdí a mi esposa en 1989. Muchas veces le ofrecí y le bajé las estrellas, pero nunca cumplí”, admitió William, que también creía haber perdido a sus hijos hasta que su madre, su hija mayor de 25 años y un hijo que vive en los Estados Unidos se unieron para ayudarle a entrar al programa.

La historia de Néstor, una de las más dramáticas, demuestra hasta qué punto el programa puede ser efectivo en tratar casos en apariencia sin remedio. Néstor trabajaba en una importante aerolínea cuando comenzó a consumir cocaína. “La droga me daba estatus, aceptación; era cohibido pero la droga me desbordaba y me hacía sentirme mejor”.

Su consumo fue gradual, al principio, mientras la familia o el trabajo servían como puntos de contención. Después, combinando su consumo con el alcohol y con la transición al crack, su vida se precipitó.

“Llegué a la etapa crítica de mi vida”, recordó. “Me arriesgaba a la muerte, no aguantaba. Estaba delgado, barbudo, sucio. Vivía debajo de un puente, dormía sobre unos cartones. Tenía que hacer un montón de cosas para consumir: robar, timar, vender mi cuerpo por dinero. Ya era una escoria de la sociedad”.

Néstor estaba en ese estado cuando un amigo del Colegio Ricaldone, a quien no había visto en

Los jardines son parte de la terapia
Néstor
“Estando aquí en la comunidad nos hemos conocido a nosotros mismos. Podemos ver hacia adentro de nosotros, nuestros errores, debilidades y fortalezas, para poder trabajar con ellos”
William
“Aquí he venido a descubrir mis valores, mis virtudes y responsabilidades, a comprender que valgo mucho. Sé para donde voy. La realidad está allá afuera y me ofrece una nueva vida”

20 años, lo reconoció. A partir de ese encuentro, sus amigos del colegio se pusieron en contacto a través del Internet y se organizaron para poder pagar el costo de su rehabilitación.

“Existe un Dios que nos quiere. Es un Dios bueno, y por algo nos ha mandado esta enfermedad que nos ha degradado totalmente”, observó Jaime Hill, el fundador y director de Fundasalva.

Su afán por ayudar está arraigado en su propia experiencia: también él es un adicto que superó su dependencia de las drogas.

La Comunidad ha cambiado a sus graduados. Uno de ellos, Alfredo, encontró su vocación y ha ingresado a la universidad para estudiar psicología.

Para los tres, el camino más arduo está por comenzar. O como lo dice el coro que recitan: “Sigo adelante, hacia mi libertad”.

 

Frente a la adicción

Inmersión. El programa residencial incluye varios tipos de terapia en varias fases.

La adicción es una enfermedad, se apresura a explicar el doctor Ricardo Cook, médico terapeuta del Departamento de Tratamiento y Rehabilitación de Fundasalva. Esta verdad, tan obvia para la comunidad médica, es inexplicable para las familias que tienen que enfrentar el problema cuando un hijo, un esposo o un hermano es el afectado.

“Casi siempre”, afirma el doctor Cook, “las familias reaccionan con la negación. Después hacen esfuerzos por resolver el problema ellos mismos.

Algunas magnifican el problema, otras lo minimizan, otras lo justifican, que siguen siendo mecanismos de defensa que no les permite ver la realidad. Al final, no les queda más que admitir que el problema se salió de sus manos”.

Por razones culturales, muchas familias recurren a la religión o a centros espiritistas antes que a la medicina.

Pero la adicción es un síndrome complejo, una enfermedad que se engloba en un contexto que incluye factores biológicos, psicológicos y sociales. Para tratarla, deben integrarse respuestas terapéuticas para cada uno de esos factores. Los mejores programas incluyen uno más: lo espiritual, que les da a los adictos un ancla para la recuperación de valores y una visión completa de sí mismos.

“Los adictos”, explica el doctor Cook, “son personas con muy baja autoestima, poco tolerantes a las frustraciones, con un sentido de dependencia bien arraigado, no encuentran pertenencia en su núcleo familiar, exhiben con frecuencia ira abierta o incuban ira dentro de sí. Tienen diversos niveles de inmadurez sexual.

Debido a su incapacidad para solucionar conflictos escapan a través de sustancias psicoactivas. Es una enfermedad progresiva y no se va a solucionar por sí sola. Las familias deben buscar ayuda profesional”.

Una mano amiga
FUNDASALVA (Fundación anti-drogas de El Salvador)Ave. Olímpica y 71 Ave. Sur, #3718Colonia Escalón, San Salvador Tel: 2236-0333

 

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