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LA
OPINIÓN
La palabra “mara”

Hace treinta años la palabra “mara” era sinónimo de amistad. Hablar de “la mara” o de “mi mara” era hablar del círculo de amistades al que pertenecíamos y con el cual nos identificábamos. La palabra no tenía el sentido excluyente que tiene ahora. Hablar de maras, hoy en día, es hablar de crimen organizado, de grupos marginales, de violencia brutal.
Yo tengo memoria de cómo evolucionó la palabra, desde su origen en la cultura popular en la década de 1970 hasta su transición a la jerga callejera, y desde su vinculación con una pandilla en la comunidad inmigrante de salvadoreños en Los Ángeles, California, en la década de 1980 hasta su atribución casi exclusiva al fenómeno delincuencial de las pandillas.
En la búsqueda de su significado, muchos sociólogos han descubierto su origen en un término extraño: marabunta, que se refiere a las hormigas ejército de Brasil. A pesar de numerosos testimonios, los investigadores han rechazado esa vinculación etimológica, ignorando una importante clave cultural.
El término se introdujo en El Salvador por medio de la televisión en 1970. Una película de Hollywood de 1959, estelarizada por Charlton Heston y titulada “The Naked Jungle” en inglés, pero conocida en español como “Cuando ruge la marabunta” o, simplemente, “Marabunta”, tuvo una extraordinaria popularidad en el país. En la historia, un rico terrateniente expande sus tierras en Sudamérica y debe enfrentarse a una terrible plaga de hormigas carnívoras.
En ese tiempo se usaba la palabra majada, que significa rebaño, para referirse a los grupos de amigos. Rápidamente, desde el estreno de la película en un canal de televisión, esa palabra fue reemplazada por marabunta, que significa plaga de hormigas, pero también, en sentido figurado, muchedumbre. Marabunta, abreviada a “mara”, se convirtió así en un término cohesionador de grupos de amigos. Esto es algo que ocurrió sólo en El Salvador.
Con las migraciones provocadas por la guerra civil, el uso de la palabra mara adquirió una enorme importancia en los enclaves de inmigrantes de California. Definía, por su singularidad, a la comunidad salvadoreña. Yo mismo, un residente adolescente en San Francisco me refería con cariño a la “mara salvatrucha”, antes de que tuviera la connotación que adquirió a mediados de la década de 1980.
El término está ligado, por lo tanto, a una cultura en evolución histórica. No podemos olvidar que para los que integran las maras la palabra todavía representa a un núcleo social en pugna por crear un sentido de identidad y de pertenencia. La pérdida de redes sociales y del capital familiar y comunitario que se perdió con la guerra aún necesita ser reconstruido. Las maras prosperan ahí donde hay exclusión social.
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