2 de abril de 2006


INTERNACIONAL
Dicen estar listos para una guerra


Aún con la sombra de la guerra contra Iraq, ocurrida entre 1980 y 1988, los iraníes dicen estar dispuestos a enfrentarse nuevamente. Esta vez contra aquel país que se oponga a sus proyectos de ejecutar el plan nuclear, el que —aseguran — es con fines pacíficos. Por el momento, la confrontación es verbal.

Segunda parte
Gustavo Sierra
vertice@elsalvador.com

Teherán. Sadeghy Tajadin quita las flores marchitas y le da un beso a la tumba de su hijo, Majid. Así comienza su rito cada lunes y viernes desde hace dos décadas.

Majid tenía 18 años cuando murió peleando en la guerra entre Irán e Irak (1980-88). Estaba destinado a las montañas del Kurdistán. No hay un recuento exacto de lo que sucedió, pero aparentemente Majid murió a causa de las armas químicas que utilizaron las fuerzas de Saddam Hussein.

Sadeghy no pudo recuperar su cadáver sino hasta cuatro años más tarde, cuando había terminado la guerra. Lo encontró en una tumba de un “NN” gracias al dato que le dio un vecino y su intuición de madre que buscó por entre los archivos del cementerio hasta que reconoció el uniforme de su hijo por unas roturas que ella le había zurcido.

“Sueño con mi hijo cada día. Y cuando escucho de estas cosas de que pueden atacarnos porque queremos tener nuestra energía nuclear, me lo imagino peleando de nuevo. Creo que si hay una nueva guerra se levantaría para volver a pelear”, me dice Sadeghy mientras le caen unas lágrimas por su rostro pálido que se destaca en el marco de su hejab (manto) renegrido.

El lugar está repleto de banderas iraníes y las fotos de los dos grandes ayatollahs y líderes supremos, Khomeini y Khamenei. Pero por sobre todo, impresionan las fotos de los caídos. La mayoría jovencísimos, barbudos, de mirada limpia. Me recuerdan a las fotos de los desaparecidos argentinos.

Entre las tumbas aparecen varias otras mujeres que vienen a cumplir con el mismo rito en éste, el cementerio de los “shajid”, los mártires de la guerra. La revolución islámica venera muy especialmente a los cientos de miles de jóvenes que perdieron la vida en esa confrontación fabricada por Saddam con el apoyo de sus aliados de entonces en Europa y el guiño de Estados Unidos.

Debate. Se supone que los cinco miembros permanentes del Concejo de Seguridad de la ONU presionarán a Irán para que abandone el enriquecimiento de uranio.

Y este cementerio que oficialmente lleva el nombre de Beheshte Zara, en las afueras de Teherán y al lado del enorme santuario que contiene la tumba del Ayatollah Khomeini, es una especie de gran monumento al orgullo nacional y al fervor patriótico.

Por los parlantes se escuchan constantemente marchas nacionalistas. Y en el centro del cementerio está el Museo de la Guerra y los Mártires donde se conmemora cada batalla y se suceden las vidrieras repletas de uniformes, máscaras antigas, kalashnikovs, y hasta un tanque y un jeep de la Cruz Roja iraní alcanzado por una bomba.

Preparados

Uno de los guardias me lleva hasta donde está trabajando Seyed Hossein Danaie, un veterano de la guerra que hace trabajos voluntarios en el cementerio. Apenas me presento me dice que si estoy en Teherán por la nueva guerra, “ya vaya sabiendo quien va a ganar”. Se refiere a las amenazas de Estados Unidos y las posibles sanciones de las Naciones Unidas si Irán no desmonta su programa de desarrollo nuclear.

¿A usted le quedaron ganas de una nueva guerra?, le pregunto. “Voy a defender a mi patria hasta la muerte. Ellos tendrán la bomba, nosotros tenemos la fe, y con nuestra fe derrotaremos a cualquiera”, me dice con convicción.

Ese es precisamente el mismo sentimiento que se expresó este fin de semana a unos pocos kilómetros del cementerio, en la residencia del Líder de la Revolución Islámica, el ayatollah Seyyed Ali Khamenei, el hombre que sucedió a Khomeini y figura máxima del poder en este país.

Tradición. La oración es continua para este pueblo.

“La Nación Iraní se mantiene firme como el acero contra las presiones y conspiraciones...Estados Unidos se opone a las actividades nucleares específicas de Irán porque quiere una excusa para continuar con su guerra sicológica contra la República Islámica y que no obtengamos el acceso a la tecnología moderna”, dijo ante la Asamblea de Expertos, un organismo de 70 miembros elegidos por voto popular que tiene, entre otras, la facultad de remover al propio Líder Supremo.

Y el ministro del Interior, Mostafa Pur-Mohammadi, fue mucho más específico. Directamente amenazó a Estados Unidos y al mundo Occidental. “El peso de las sanciones será definitivamente más duro para la comunidad internacional que para nosotros.

Nuestro país dispone del mayor y más sensible canal de transporte energético de mundo”, dijo el viernes en una ceremonia oficial. Se refería al control que ejerce Irán sobre el Estrecho de Ormuz por el que transitan la mayoría de los barcos que transportan el petróleo del Golfo Pérsico.

Cálculos

La confrontación verbal de Irán con Estados Unidos se incrementa hora a hora mientras se acerca la reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que pronto decidirá si impone o no sanciones contra el gobierno de Teherán.

Los cinco miembros permanentes del Consejo (EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Rusia y China) se supone que presionarán a Irán para que abandone el enriquecimiento de uranio y detenga la construcción de un reactor en Natanz, cerca de la ciudad de Isfahan. Pero no hay un consenso.

Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos procuran que la ONU emita una declaración en términos duros, mientras que Rusia cree que hay que dejar una puerta abierta a Teherán y seguir negociando. Se cree que China comparte la iniciativa rusa.

“Ni rusos ni chinos quieren que los iraníes tengan la bomba atómica, ya que modificaría los equilibrios regionales, pero tampoco quieren aislar a Irán”, me comenta un diplomático en una representación del barrio alto de Teherán. “Tanto Moscú como Beijing son socios importantes de Teherán. Los rusos están construyendo la central nuclear y los chinos necesitan el petróleo del cuarto exportador mundial de crudo para su crecimiento económico”, agrega el diplomático.

Los europeos, pese a haber impulsado el envío del caso iraní al Consejo de Seguridad, tampoco están interesados a llegar a una confrontación abierta. “Nuestro objetivo es político, para nada punitivo. La mano continúa tendida”, dijo el canciller británico Jack Straw recientemente.

Pero Washington no está dispuesto a ceder. “Irán es nuestro mayor desafío porque quiere desarrollar armas nucleares y entorpecer la democracia en Oriente Medio”, dijo recientemente la Secretaria de Estado Condoleeza Rice.

Respaldo. Miles de milicianos externan, casi a diario, su apoyo a la polémica iniciativa nuclear.

En Teherán pocos quieren hablar abiertamente con un periodista extranjero sobre el tema. Uno de ellos es el clérigo Mohsen Alviri, un hombre clave del régimen que tiene su oficina en la universidad Imam Sadigh, donde se forman los cuadros de la Revolución. “Si nos llegan a atacar, verán nuestro poder.

No tenemos una bomba nuclear, pero tenemos una fuerza aun más poderosa. En los 27 años desde la Revolución islámica Estados Unidos ha ido perdiendo poder y nosotros nos fortalecimos. Si creen que nos pueden dañar ahora son muy estúpidos. La historia muestra claramente que cada país que nos quiso invadir termino adoptando nuestra cultura”.

De regreso al cementerio de Beheshte Zara, Sadeghy, la madre del mártir Majid, termina de acomodar las flores, reza una plegaria y sale caminando despacio por entre las tumbas como una sombra negra y profunda.

La memoria de la guerra esta intacta en todos y cada uno de los iraníes. Pero eso no parece ser un muro infranqueable para ir a pelear nuevamente si se trata del ancestral orgullo nacional de los persas.


“Teherán de norte a sur”

Reservas. Esta imagen corresponde a la Teherán más conservadora, donde el shiismo es muy fuerte.

Avanzamos por la avenida Posdaram con el taxi blanco y anaranjado. Es un auto Peykan de fabricación nacional. Son una especie de Dodge 1,500 que ya no se fabrican más y que los taxistas consiguen por un cuarto de lo que vale un auto importado.

Cuando llegamos a la plaza de Farmanyad nos topamos con un enorme cartel de Rolex, apenas separado por otro de carteras Escada. Acá en el norte de Teherán, el dinero no parece ser un límite. Hay una gran sofisticación. Y en ciertos sectores de la zona de Jordan recuerdan a la Recoleta o, directamente, a Plaza España de Roma.

Delante nuestro se levantan magníficas las montañas nevadas de Alborz. Avanzamos hacia el mercado de Tajrish, el bazar donde compra la clase acomodada iraní. El tráfico es pesadísimo. Dicen que es así todo el año, pero que ahora esta peor porque la gente esta haciendo las compras del Noruz, el año nuevo persa que se festejaban el 21 de marzo.

Mientras avanzamos lentamente se puede ver como en cada cuadra se van liberalizando las costumbres. Acá ya es muy raro ver a una mujer totalmente tapada por un velo negro. Y empiezan a aparecer las chicas vestidas a la occidental con apenas un pañuelo algo caído en la cabeza.

El norte de Teherán se parece más a la Turquía que se abre para entrar en Europa que a la Arabia Saudita que se ve y se siente en el sur y en ciudades ultra religiosas como Qom o Isfahan.

“Esto es un feudo inexpugnable. Acá no va a venir a imponer nada la policía religiosa”, me dice Somayeh, una chica que estudia abogacía en una universidad privada.

Vi actuar a la policía religiosa el día anterior, pero en el bazar del centro de Teherán. Tienen unas pecheras blancas que usan sobre el uniforme verde. Se estaban llevando a un muchacho que parecía drogado.

Cuando levanté la cámara para fotografiar la escena, la traductora y el chófer empezaron a los gritos. “Ni se te ocurra”, me dijeron. “Estos te detienen y si sos extranjero se diviertan más con vos”.

Media hora mas tarde estamos rumbo al sur. Vamos en busca de una clínica de rehabilitación de drogadictos del Proyecto Persepolis. El barrio es más parecido al suburbio de cualquier ciudad grande latinoamericana. Las aguas servidas bajan por zanjas abiertas.

Los chicos juegan a la pelota en los pasillos estrechos donde aparecen casas de material, pero modestas. Acá todo vuelve a ser negro. Las mujeres van con sus chadores que las cubren absolutamente, que arrastran.

El pequeño tambor con fuego que calienta un enorme samovar para hacer el te dulce y aromático, queda solo por un momento. El vendedor saca su pequeña alfombra donde se tiende a rezar.

Acá las mezquitas no llaman al rezo de la tarde, pero todos parecen saber exactamente la hora porque al unísono varios hombres cruzan la calle y se arrodillan a rezar en la plaza de enfrente. Los chicos hacen silencio y dejan de jugar.

“Este es un barrio donde el shiismo es muy fuerte. Aquí todos somos fervorosamente creyentes”, me dice el vendedor de té cuando regresa a su puesto. Me alcanza un pequeña copita de vidrio fino y me hace señas para que el azúcar me lo ponga en la boca antes de sorber el primer trago.

Desde aquí las montañas aparecen casi imperceptibles. El otro mundo, el sofisticado, el occidentalizado, queda muy lejos cuando están separados por apenas una hora de viaje.

 

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