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LA
OPINIÓN
Lección
sin fronteras
Este
país es acogedor para los miles de extranjeros que vivimos aquí.
Su caluroso clima es un beneficio para los que nacimos en lugares con
temperaturas tan dispares entre las diferentes estaciones.
En El Salvador el sol nunca falla. Es raro pensar en un día sin
que el cielo esté celeste y el sol queme la piel de tanto calor.
Esto debe tener que ver con la personalidad de los salvadoreños,
que rara vez están de mal humor, a diferencia de los de Argentina,
que sufrimos de depresión y donde algunos la llaman la tierra
de Freud, por el gran apogeo y seguidores del psicoanálisis.
La primera vez que me mencionaron El Salvador me fallaron las clases
de geografía del colegio. Pensé que quedaba abajo de México
y no de Guatemala. Esa apreciación duró poco. Al ver el
mapa, lo siguiente que me pasó por la cabeza fue el pequeño
tamaño del país que iba a recibirme. Mucho después
supe que le decían el pulgarcito de América, una manera
muy simpática de referirse a esta parte del mundo.
Aquí hay muchas diferencias con mi querida Buenos Aires. Allá
los buseros no gritan a los pasajeros para que suban, tampoco contamos
con autobuses que parecen más piezas de museos que medios de
transporte, ni con el regateo típico que se escucha en los mercados
de todo El Salvador.
En Argentina, que los hombres orinen en lugares públicos no sólo
es una infracción a las leyes municipales sino también
algo de mal gusto. Y acá va una aclaración importante:
tampoco contamos con baños públicos. Simplemente la gente
se aguanta o va al primer bar que se le cruza.
Pero a pesar de las diferencias marcadas con la capital de Argentina
–que es considerada por muchos como casi europea, por sus teatros,
por su actividad cultural y su arquitectura–, El Salvador tiene
un encanto amigable y casi exótico que es difícil dejar
de apreciar
después de varios años residir en él.
Aquí hay derroche de gente trabajadora. Tanto hombres, mujeres,
como niños, buscan la manera de conseguir dinero para alimentar
a los suyos y salir adelante. También hay abundancia de sonrisas,
a pesar de que no viven en las mejores condiciones.
Las lluvias de Stan fueron una muestra de ello para el mundo entero.
Las imágenes que se recibieron en otras capitales eran alarmantes.
Sin embargo, los afectados ponían la mejor cara ante el hecho
de la naturaleza. Esto es admirable y digno de imitar.
Todas las nacionalidades tienen cosas buenas y otras no tanto. Lo positivo
de conocer otras culturas es poder absorber y aprender esos valores
positivos que no conocemos. Y con esto no sólo quiero decir que
los salvadoreños deben aprender de otras culturas.Los extranjeros
que vivimos aquí tenemos el deber de conocer y respetar las tradiciones
salvadoreñas. De este intercambio se puede lograr una mejor sociedad.
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