31 de julio de 2005


Vivir con el lenguaje de los signos
La “Harvard” de los sordomudos

El mundo académico de los sordos ya no es tan limitado. Una universidad estadounidense se ha convertido en la única en el planeta donde el término “discapacidad” ha sido anulado

Mirja Fiedler (DPA) / FOTO DPA
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Benjamin Bahan es profesor sordo que rechaza la ayuda de implantes.

El hombre recita un poema, pero de su boca no sale ni una sola palabra. En vez de eso, sus manos se mueven por el aire. Su mímica y sus gestos son elocuentes. Se frota debajo de la nariz, llena su boca de aire, saca la lengua, se contorsiona, abre los brazos y se limpia el sudor de la frente. Pero no lo está haciendo en vivo y en directo, sino en un video que el profesor Benjamin Bahan proyecta a sus alumnos. Ni el docente ni los estudiantes necesitan palabras habladas, porque todos son sordomudos y se entienden con el lenguaje de los signos.

En la Universidad de Gallaudet, en Washington D.C., casi todos los estudiantes o profesores son sordos o tienen dificultades auditivas. La casa de estudios —que toma su nombre del creador de la enseñanza para sordos en Estados Unidos, Thomas Hopkins Gallaudet (1787-1851)— es la única universidad de todo el mundo que está especialmente equipada para estos estudiantes y maestros.

Junto a la universidad, el campus alberga una escuela primaria con 142 alumnos y una secundaria modelo con 182 estudiantes. Más de 1,800 estudiantes viven y aprenden en el recinto universitario. Los cercados edificios de ladrillo rojo y las torres con la bandera americana se destacan claramente en la región un poco aburrida al noreste de la capital estadounidense.
El profesor Bahan está sentado —como todos los martes— en el aula con 10 alumnos en semicírculo. Dirige un curso de “Tradición literaria en la comunidad de sordomudos”. Gracias a cómo están sentados, todos pueden ver los gestos de los demás. De vez en cuando algún sonido o risa sale de la boca de algún estudiante, pero por lo demás Bahan y sus estudiantes discuten sobre ritmo y velocidad del poema en el lenguaje americano de signos para sordomudos ASL (American Sign Language). Todos aquí deben dominarlo para entenderse.

Algunos estudiantes charlan con sus compañeros, pero nadie los puede oír. Mientras tanto, el intérprete en la pantalla se esfuerza por presentar la obra lírica de la forma más expresiva posible con el lenguaje de los signos. Cuando de repente saluda a los estudiantes, todos estallan en carcajadas.

Candas Barnes, intérprete del lenguaje de los signos, explica que lo que para alguien que oye puede ser incomprensible para ellos es muy claro. “Para este poema no hay traducción. Hay que verlo”, dice. Al contrario que en otras universidades, en la de Gallaudet normalmente no hay ningún traductor en la sala. Sólo cuando hay visita se hace una excepción.

“¿Les parece que algunos de sus movimientos de manos son artificiales?”, pregunta Bahan a sus estudiantes. No siempre profesor y alumnos tienen la misma opinión, por lo que comienza una vivaz discusión, en la que Bahan extiende los brazos, resopla, chasquea con la lengua y abre muy grandes sus ojos azules.

Aunque en esta universidad la comunicación se basa en signos, algunos estudiantes disfrutan de la música estridente que hace temblar paredes.

Fascinado, relata cómo el artista pasó con ayuda del lenguaje de los signos de una bala a un satélite. “Es el mismo gesto, pero los significados son completamente diferentes”, dice el profesor.

Canas Barnes explica: “Si no sigues la conversación desde el principio, a veces no entiendes el sentido”. Y Bahan destaca una vez más lo importante que es observar muy bien: “Gallaudet es un lugar visual”. Cerca de la entrada principal de la universidad fundada en 1864, hay una escultura de granito, de un metro y medio de altura, de un ojo.

Allí Kerstin Sondermann se encuentra después de clase con su compañera estadounidense Melinda Doell. Con grandes movimientos de manos, la alemana de 24 años, de melena castaña y ojos atentos pregunta: “How are you?” (¿Cómo estás?). A pesar de que salen palabras de la boca de Kerstin, el lenguaje de los signos y los movimientos de sus labios son más importantes para su amiga Melinda y muchos estudiantes de la Universidad de Gallaudet.

La alemana está pasando un año de intercambio en el centro educativo desde agosto de 2004. En su casa en Hamburgo estudia el lenguaje de los signos y la cultura de la comunidad sordomuda. En el campus, es una de las pocas personas que oye y forma parte del 11 por ciento de estudiantes extranjeros.

Aún cuando conversa con estudiantes que oyen, Kerstin utiliza al mismo tiempo el lenguaje de los signos. “Ya lo internalicé, de manera que lo hago automáticamente”, dice. Además, las reglas de la universidad determinan que en la cercanía de sordomudos se debe utilizar siempre el lenguaje de los signos.

Los alumnos se comunican mediante sistemas telefónicos especializados

Cuando Kerstin llegó, sabía el lenguaje de los signos alemán, pero tuvo que aprender el americano. Y es que no sólo existe un lenguaje de los signos. Muchos países tienen el suyo propio y en algunas regiones incluso se hablan dialectos.
Entre los entendidos, Gallaudet es comparada muchas veces a una universidad estadounidense de élite y descrita por eso como “la Harvard de los sordomudos”. Pero no es tan cara como el famoso centro de estudios en las cercanías de Boston.
Por alrededor de 19 mil dólares al año, los estadounidense pueden estudiar desde historia hasta economía y vivir en el campus. Los extranjeros pagan 10 mil dólares más por la misma formación.

Muchos como Kerstin llegan con la meta de poder enseñar en el futuro el lenguaje de los signos y la cultura de los sordomudos.

La tranquilidad en el campus en torno a Kerstin y Melinda es engañosa. Sólo a pocos metros, en los dormitorios de los alumnos de primaria, a veces hay mucho revuelo. “Allí, algunos alumnos sordos ponen la música tan fuerte de manera que tiemblen las paredes y ellos puedan sentir la música”, explica Kerstin.

Cuando alguien toca el timbre de su vivienda en uno de los tres edificios destinados a los estudiantes, una lámpara halógena se enciende en el techo.

Por la mañana, los estudiantes no despiertan con el sonido del despertador, sino que un disco vibrador se mueve debajo de sus almohadas.

Si Kerstin quiere pedir una botella de Cola en el bar del campus o comprar algo en la tienda, el camarero le indicará el precio en el lenguaje de los signos y también en la caja de la tienda Bisonte —el bisonte es la mascota de la universidad— la comunicación es con movimientos de manos y labios.

En las salas de informática de la universidad, los estudiantes están delante de enormes pantallas y hablan por teléfono con familiares y amigos con ayuda de webcams. Otros están sentados detrás de telones azules en las cabinas de video en el centro de estudiantes. Otros teléfonos tienen un pequeño teclado para poder tipear los mensajes.

La mayoría de los estudiantes de la Universidad de Gallaudet no ve nada de todo esto como limitación. No se sienten discapacitados y no les gusta ser tratados como tales. Por eso, muchos rechazan el llamado implante cochlear, que tras una exitosa operación puede posibilitar el oír.

“La idea de colocarle a alguien un implante supone que a la persona le falta algo”. Por eso, también el profesor Bahan eligió no contar con esta ayuda. “Fui sordo toda mi vida y no siento que me falte nada”, indica.

Los sordos también pueden moverse sin problemas fuera de la universidad. “Es como un zoo allí afuera. Todos mueven sus bocas y no tengo ni idea de lo que dicen”, dice Bahan sobre el mundo fuera del campus. Pero los sordos se hacen entender con gestos o apuntan cosas en papeles para los que oyen. “De hecho, muchas veces son los sordos los que inician una conversación”, señala el profesor.

 


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