31 de julio de 2005


De la Portada: Arte Desprotegido
El maestro del ballet


Otto Ángel, uno de los pioneros de la danza en el país. Trabajó al lado de otra importante maestra, Alcira Alonso, y también bajo la tutela de Madame D’Ambre, la fundadora del Ballet Nacional allá por 1951


Llegó al ballet por casualidad, en la época dorada de Bellas Artes, cuando la alcaldía municipal administrada por el doctor Herrera Rebollo proyectaba la cultura en todas la comunidades, sobre todo las marginales.

Otto Ángel ingresa al Ballet Nacional de El Salvador en 1952 por la insistencia de la actriz salvadoreña Gilda Levín. No pretendía estudiar danza, mucho menos ballet, pero por la efervescencia de las artes y atraído por famosos maestros extranjeros de la época, aprende y domina varias ramas de la danza: clásica, española y moderna. Mientras se forma como bailarín, trabaja en las oficinas administrativas de La Constancia y termina los estudios de bachillerato.
Viaja y se presenta al lado de Alcira Alonso por todo el país. El Ballet alcanza un elevado nivel profesional y las presentaciones se realizan con la Orquesta Sinfónica Nacional. Estudia las técnicas de la escuela de Martha Graham, de Nueva York, y se dedica de lleno a la danza. Para esos días, el Ballet funcionaba por las tardes en “el Jardín Infantil” (hoy guardería nacional, contiguo a la Alcaldía de San Salvador).

Su primera presentación en Santa Ana, a principios de la década de los 70 (un lugar cuyo público tenía la fama de ser difícil) se convierte en un éxito total.

Continúan los programas de difusión apoyados por la alcaldía y de aquellos días recuerda cómo Herrera Rebollo tenía la idea de elevar el nivel cultural de la población: “Quería darle una oportunidad a estas gentes. Quería sacar a los mejores (bailarines) e integrarlos en un grupo central. Era una manera de estimular la danza. Hoy falta ese tipo de promoción”, comenta.

Sin embargo, es con la gestión de Walter Béneke cuando, según él, “el ballet sufre un bajón importante”. Ya antes le había comentado a Salarrué la necesidad de cobrar por las presentaciones para el mantenimiento de la compañía, pero aquél le respondió que “la ley no lo permite”.


“Si lo hubiéramos hecho, el Ballet se hubiera convertido en una gran compañía nacional. Pero con los cambios de gobiernos fueron perdiendo el interés”, recuerda.

Don Otto deja el Ballet Nacional en 1972 y desde entonces se dedica a dar clases particulares. “Siempre he pensado que hay que descentralizar las artes de San Salvador. Esa fue una de las razones por las que trabajé cerca de 18 años en San Miguel, en una época donde nadie enseñaba estas cosas fuera de la capital”, indica. Posteriormente, fue profesor del Ballet de El Salvador.

Otto Ángel piensa que en la actualidad la mayor deficiencia radica en la falta de promoción y difusión de la cultura a nivel nacional. No existe una academia formal, así como el apoyo al artista joven y sobre todo el reconocimiento al artista por su trayectoria.

“Hay que darle paso a las juventudes y ayudarles. En los estratos sociales bajos hay genios dormidos que esperan por una oportunidad. Pero hace falta visión, inversión, razonamiento”, añade el artista.

“Los políticos deben entender que se trata de invertir, ¡Porque las artes cuestan! Y porque son el producto que refleja el espíritu de la nación y lo reflejan ante los otros pueblos. Esa es su importancia”, agrega.

Pero la concepción que tiene Ángel sobre el desarrollo de la danza en El Salvador implica establecerla en las ciudades de Santa Ana y San Miguel para crear centros de arte que tengan una función distinta a las que tienen las Casas de la Cultura. Pero, eso sí, “que éstas sean más académicas”, concluye.

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