30 de octubre de 2005


INTERNACIONAL
La memoria los hace vivir

Los familiares y amigos de soldados estadounidenses muertos en Iraq se convierten en sus voceros y los recuerdan como eran: padre, esposo o hijo

Agencias AP
Redacción Vértice
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No mueren. Lejos de su labor en las Fuerzas Armadas, los efectivos militares fallecidos en guerra son personas con historia. Foto EDH /AP

Cuando el esposo de Florika Dima murió en Iraq, ella comenzó a contar historias. Florika narró la historia de un patriota que dejó a su familia en otro país para servir a Estados Unidos, una nación que no le había otorgado la ciudadanía.

Recordó también a un hombre que compraba alimentos a la esposa de un amigo necesitado, aunque nunca tenía mucho dinero encima. Y también evocó a un bromista que manejaba su automóvil disfrazado con ropa de su suegra para hacer reír a otros.

Florika Dima se hizo la promesa de que el sargento del ejército Catalin Dima no se convertiría en una mera fotografía anónima, exhibida en un noticiero de televisión.

“Cuando se habla de un soldado muerto, sólo se ve la fotografía de un soldado, no del hombre que fue, o del tipo de padre que era, o del tipo de esposo, o de amigo”, dijo. “No se trata de un nombre más en una lista”.

A medida que la cifra de muertos en la guerra de Iraq va creciendo de manera constante, aquellos desconsolados por la tristeza suelen convertirse en embajadores de los muertos, definiendo cómo deben ser recordados sus seres queridos.

Muchos dolientes deben dar el difícil paso de hacer público su dolor íntimo, a fin de divulgar las virtudes de la persona que han perdido.

Florika quería que Catalin, de 36 años, fuese recordado con gran detalle. Por lo tanto, cuando los periodistas golpearon a su puerta, ella les contó acerca de su origen rumano, sus pasatiempos, su decisión de ingresar al ejército pese a las objeciones familiares. “Ahora que puedo contar la historia, no me siento tan sola”, dijo.

Pero muchos otros deudos han preferido mantener la intimidad, concentrándose en la atención a su familia e intentando dar sentido a la devastadora pérdida.

Para Tisha Gray, no se trató siquiera de una opción. “Yo no era capaz de adoptar decisiones”, dijo, al referirse a las semanas que transcurrieron desde el día en que hombres uniformados golpearon a su puerta en Richmond, Virginia, para informarle que su esposo había muerto.

Tisha todavía no recuerda haber roto el vidrio de una ventana en un acceso de ira. Por momentos, dice, se sentía como si estuviese en una pecera, con amigos y familiares dándole las condolencias y reporteros llamándola a su casa por teléfono para pedirle declaraciones.

“No, él me pertenece. Ustedes no me lo pueden quitar”, eran sus pensamientos. Ella no quería que otros conocieran a ese encantador adolescente que la enamoró. Ni del joven y orgulloso agente de policía que siempre soñó con exhibir una insignia en su pecho. Ni del padre de cuatro jovencitas.

Por lo tanto, pidió a sus amigos que respondieran al teléfono, y a policías que custodiaran la entrada a su casa a fin de mantener alejados a los periodistas.

Pero un día, al levantar el teléfono, un reportero del diario Chicago Tribune le formuló algunas preguntas, y no colgó el tubo. Y contó la historia de su esposo.

Algunos días, Tisha no desea hablar de ese suboficial de la armada de 32 años. Ha pasado ya un año, pero todavía el dolor sigue demasiado fresco. En otras ocasiones, teme no poder mantener vivo el recuerdo de su esposo, y comienza a hablar de la vida cotidiana con su cónyuge en tiempo presente, como si en cualquier momento él pudiera retornar de su trabajo.

Cuando miembros de una familia optan por un duelo privado, maestros, compañeros de trabajo, o amigos se encargan de ser los voceros de los caídos. Algunos, como John Heidrick, deben decidir cuánto pueden revelar. Los recuerdos que tiene Heidrick de Josph Lister son agridulces. Heidrick, un profesor en un colegio secundario de Pleasanton, Kansas, dice que Lister era un adolescente difícil, que debía lidiar con la muerte de uno de sus progenitores y el abandono de otro.

Pero la estructura del ejército cambió todo eso. En posteriores visitas, Heidrick vio a un hombre que mostraba gran confianza, casado, con un bebé, que encontró en las fuerzas armadas “la familia que siempre quiso tener”.

Heidrick se sintió al principio incómodo, al asumir un papel que los familiares de Lister no quisieron tomar, pero, según dice, contar toda la verdad permitirá a la gente comprender exactamente lo que había logrado ese joven de 22 años.
“Si se toma en cuenta lo que hizo con su vida, creo que él se habría sentido orgulloso” de su historia sin retaceos, dijo Heidrick. “El quería ser algo, concretar algo. Y lo hizo”.

Pero, para otros, morir tan jóvenes significa que dejaron una larga lista de objetivos sin cumplir.

Yolanda Cuming quiere que todo el mundo sepa que su hijo, el soldado Kevin Cuming, murió a los 22 años, nunca tuvo una relación sentimental seria, no terminó sus estudios, jamás pudo cumplir su sueño de ser un artista o un chef de cocina.

En cada entrevista que le hicieron, Yolanda trató de convencer a los demás que la guerra ha sido un error desde el comienzo, que su hijo no estaba bien preparado, ni equipado para luchar en Iraq.
Pese a sus esfuerzos por interesar al público en Kevin, Yolanda descubrió que pronto, el interés por su hijo fue desapareciendo.

También Florika Dima está recibiendo cada vez menos llamadas de periodistas. Pero sigue narrando historias, tratando de mantener vivo el recuerdo de Catalin para sus tres hijos, de tres, cinco y seis años.

Por lo tanto, les muestra el automóvil que su marido solía reparar, y que ella deja estacionado frente a su vivienda. Ella les sirve las comidas favoritas de su esposo, mientras coloca medallas y fotografías en sitios destacados del comedor. Y cada noche, reza con sus hijos una plegaria que comienza: “Te amo. Te extraño. Cuídame mientras voy creciendo”.

 

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