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INTERNACIONAL
La memoria los hace vivir
Los
familiares y amigos de soldados estadounidenses muertos en Iraq se convierten
en sus voceros y los recuerdan como eran: padre, esposo o hijo
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| No mueren. Lejos
de su labor en las Fuerzas Armadas, los efectivos militares fallecidos
en guerra son personas con historia. Foto EDH /AP |
Cuando el esposo de Florika Dima murió en Iraq,
ella comenzó a contar historias. Florika narró la historia
de un patriota que dejó a su familia en otro país para
servir a Estados Unidos, una nación que no le había otorgado
la ciudadanía.
Recordó también a un hombre que compraba alimentos a la
esposa de un amigo necesitado, aunque nunca tenía mucho dinero
encima. Y también evocó a un bromista que manejaba su
automóvil disfrazado con ropa de su suegra para hacer reír
a otros.
Florika Dima se hizo la promesa de que el sargento del ejército
Catalin Dima no se convertiría en una mera fotografía
anónima, exhibida en un noticiero de televisión.
Cuando se habla de un soldado muerto, sólo se ve la fotografía
de un soldado, no del hombre que fue, o del tipo de padre que era, o
del tipo de esposo, o de amigo, dijo. No se trata de un
nombre más en una lista.
A medida que la cifra de muertos en la guerra de Iraq va creciendo de
manera constante, aquellos desconsolados por la tristeza suelen convertirse
en embajadores de los muertos, definiendo cómo deben ser recordados
sus seres queridos.
Muchos dolientes deben dar el difícil paso de hacer público
su dolor íntimo, a fin de divulgar las virtudes de la persona
que han perdido.
Florika quería que Catalin, de 36 años, fuese recordado
con gran detalle. Por lo tanto, cuando los periodistas golpearon a su
puerta, ella les contó acerca de su origen rumano, sus pasatiempos,
su decisión de ingresar al ejército pese a las objeciones
familiares. Ahora que puedo contar la historia, no me siento tan
sola, dijo.
Pero muchos otros deudos han preferido mantener la intimidad, concentrándose
en la atención a su familia e intentando dar sentido a la devastadora
pérdida.
Para Tisha Gray, no se trató siquiera de una opción. Yo
no era capaz de adoptar decisiones, dijo, al referirse a las semanas
que transcurrieron desde el día en que hombres uniformados golpearon
a su puerta en Richmond, Virginia, para informarle que su esposo había
muerto.
Tisha todavía no recuerda haber roto el vidrio de una ventana
en un acceso de ira. Por momentos, dice, se sentía como si estuviese
en una pecera, con amigos y familiares dándole las condolencias
y reporteros llamándola a su casa por teléfono para pedirle
declaraciones.
No, él me pertenece. Ustedes no me lo pueden quitar,
eran sus pensamientos. Ella no quería que otros conocieran a
ese encantador adolescente que la enamoró. Ni del joven y orgulloso
agente de policía que siempre soñó con exhibir
una insignia en su pecho. Ni del padre de cuatro jovencitas.
Por lo tanto, pidió a sus amigos que respondieran al teléfono,
y a policías que custodiaran la entrada a su casa a fin de mantener
alejados a los periodistas.
Pero un día, al levantar el teléfono, un reportero del
diario Chicago Tribune le formuló algunas preguntas, y no colgó
el tubo. Y contó la historia de su esposo.
Algunos días, Tisha no desea hablar de ese suboficial de la armada
de 32 años. Ha pasado ya un año, pero todavía el
dolor sigue demasiado fresco. En otras ocasiones, teme no poder mantener
vivo el recuerdo de su esposo, y comienza a hablar de la vida cotidiana
con su cónyuge en tiempo presente, como si en cualquier momento
él pudiera retornar de su trabajo.
Cuando miembros de una familia optan por un duelo privado, maestros,
compañeros de trabajo, o amigos se encargan de ser los voceros
de los caídos. Algunos, como John Heidrick, deben decidir cuánto
pueden revelar. Los recuerdos que tiene Heidrick de Josph Lister son
agridulces. Heidrick, un profesor en un colegio secundario de Pleasanton,
Kansas, dice que Lister era un adolescente difícil, que debía
lidiar con la muerte de uno de sus progenitores y el abandono de otro.
Pero la estructura del ejército cambió todo eso. En posteriores
visitas, Heidrick vio a un hombre que mostraba gran confianza, casado,
con un bebé, que encontró en las fuerzas armadas la
familia que siempre quiso tener.
Heidrick se sintió al principio incómodo, al asumir un
papel que los familiares de Lister no quisieron tomar, pero, según
dice, contar toda la verdad permitirá a la gente comprender exactamente
lo que había logrado ese joven de 22 años.
Si se toma en cuenta lo que hizo con su vida, creo que él
se habría sentido orgulloso de su historia sin retaceos,
dijo Heidrick. El quería ser algo, concretar algo. Y lo
hizo.
Pero, para otros, morir tan jóvenes significa que dejaron una
larga lista de objetivos sin cumplir.
Yolanda Cuming quiere que todo el mundo sepa que su hijo, el soldado
Kevin Cuming, murió a los 22 años, nunca tuvo una relación
sentimental seria, no terminó sus estudios, jamás pudo
cumplir su sueño de ser un artista o un chef de cocina.
En cada entrevista que le hicieron, Yolanda trató de convencer
a los demás que la guerra ha sido un error desde el comienzo,
que su hijo no estaba bien preparado, ni equipado para luchar en Iraq.
Pese a sus esfuerzos por interesar al público en Kevin, Yolanda
descubrió que pronto, el interés por su hijo fue desapareciendo.
También Florika Dima está recibiendo cada vez menos llamadas
de periodistas. Pero sigue narrando historias, tratando de mantener
vivo el recuerdo de Catalin para sus tres hijos, de tres, cinco y seis
años.
Por lo tanto, les muestra el automóvil que su marido solía
reparar, y que ella deja estacionado frente a su vivienda. Ella les
sirve las comidas favoritas de su esposo, mientras coloca medallas y
fotografías en sitios destacados del comedor. Y cada noche, reza
con sus hijos una plegaria que comienza: Te amo. Te extraño.
Cuídame mientras voy creciendo.
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