29 de mayo de 2005


Reportaje
Eterna amenaza en el Bajo Lempa

Todos los años, en época de invierno, las 20 comunidades que viven en las riberas del río afrontan la amenaza de inundaciones. Los habitantes aprendieron a vivir con el riesgo. Incluso, a verlo como un “contratiempo”

Alicia Miranda Duke / VERTICE
vertice@elsalvador.com


SUSTENTO. La mayoría se dedica a la pesca para ganarse la vida. La agricultura y la ganadería son otras actividades que generan empleos. Fotos EDH : Wilfredo díaz

“El Sistema meteorológico anunció abundantes lluvias. La capacidad hidráulica de los ríos podía colapsar y el Lempa no era la excepción. Las descargas de agua que haría la Presa 15 de Septiembre podrían sobrepasar las bordas.

El Comité de Emergencia Nacional (Coen) decretó alerta verde, pero muy pronto la amenaza subió a naranja. Una vez más, el Bajo Lempa estaba en alerta.

Eran las 11 de la mañana del jueves 19 de mayo cuando Raúl Murillo (jefe de monitoreo y alerta temprana del Coen), confirmó por radio que ambos tramos del Bajo Lempa estaban siendo evacuados. La advertencia de salir era tajante.

El huracán Adrián amenazaba con inundar la zona.
Los pobladores de 20 comunidades fueron ubicados en refugios temporales. Sin embargo, no todos abandonaron sus viviendas.

Herminia Chavarría prefirió quedarse junto a sus nueve hijos. “El Lempa estaba ‘jul’ (lleno), pero el mar se chupó el agua. Por eso no se iba a llenar”, justifica.

La mujer tiene 10 años de vivir en la comunidad El Naranjo, en el margen derecho del Lempa, y asegura conocer mejor que nadie el comportamiento del río. La única vez que dice haberse ido a un lugar más seguro fue durante la tormenta tropical Mitch.

Aparte de aquella ocasión, nada la sorprende, ni siquiera la advertencia que unos agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) le hicieron esa tarde, cuando le dijeron que pondría en peligro a sus hijos. Ella simplemente les sonrió.

Pero enseguida salió y observó que la poza que está frente a su casa no había crecido. La fémina amarró a sus animales y entró un poco más tranquila.

“Aquí hay que tener un poco de miedo para salir cuando se llena el Lempa y un poco de valor para quedarse. Yo no me voy a ir de aquí así nomás”.

Herminia no fue la única. Jorge Zorsol, un habitante de la isla Montecristo, nunca dudó si salir o quedarse. “Va a disculpar, pero yo confío más en la sabiduría de los viejos que en la tecnología”, dice. Zorsol afirma que no es la primera vez que los llegan a sacar “por gusto”, aún cuando algunos viejos de la isla le hayan advertido que no iba a haber “llena”. Antes de salir corriendo, dice, escucha a los viejos. “Ellos tienen muchos años de vivir aquí y saben cuándo de verdad hay peligro. Esta última vez nadie salió porque no se iba a llenar”.

Sin embargo, la confianza que ellos muestran es el dolor de cabeza para las autoridades encargadas de evacuar a los habitantes del Bajo Lempa. “Nunca faltan esas personas”, dice Murillo, quien asegura que en esos casos no se puede obligar a nadie a que salga. “Únicamente intentamos convencerlos de que la presa va a descargar agua”.

Todos los años, durante el invierno, las constantes precipitaciones amenazan la vida de los habitantes del Bajo Lempa. La presa descarga volúmenes de agua que, aunque de manera gradual, los vuelve vulnerables ante las inundaciones.
Nadie mejor que los lugareños lo saben. Vivieron la experiencia con el Mitch. Sin embargo, nada es suficiente razón para dejar abandonadas sus casas y, mucho menos, pensar en irse a vivir a otro lugar.

La explicación que dan los que se niegan a moverse es la misma. “No me voy de aquí porque no tengo para dónde”. Algunos agregan una razón más: “Aquí somos pobres, pero tenemos para vivir. Pescamos o hacemos milpa”.
Los habitantes del Bajo Lempa ven esa vulnerabilidad sólo como un “contratiempo”. Sin importar las advertencias, muchos prefieren quedarse para cuidar lo poco que tienen.

Los que se quedan

Durante las inundaciones no es extraño ver a algunos habitantes en botes llenos de animales frente a sus casas durante dos o tres días. “Luego el mar se chupa el agua y volvemos”, explica Daniel Rodríguez quien estuvo dos días consecutivos -durante el Mitch-, en el bote con su familia y las gallinas que tiene. “Es triste cuando comienza a tirar agua el río, pero ni modo. Yo me tengo que quedar”.

Los vientos de la tormenta Adrián desprendieron el techo de esta casa. Fotos EDH : Wilfredo díaz

Rodríguez vive junto a su esposa y sus dos hijas a un kilómetro de la cuenca del Lempa, en el margen derecho.
Su casa es un pequeño rancho sin techo. Aún no había tocado tierra Adrián cuando las hijas de Daniel estaban a la intemperie. El viento tiró las ramas de palma que le servían para protegerlos. Fue hasta entonces que decidió enviar a su familia a un albergue. “Yo me quedé porque tenía que cuidar las cosas”, comenta.

Las cosas de las que habla son un equipo de sonido conectado a una batería de carro, una bicicleta, un comal de barro, una olla, tres gallinas, un perro y, lo más importante, un bote que le sirve para ganarse la vida.
Por tres cangrejos azules y un punche se gana hasta cinco dólares. En un día bueno, puede ganar hasta 15. “No tengo lujos, pero puedo darle comida a mi familia”, advierte.

Las tormentas en invierno y la posibilidad de una inundación le preocupan mientras dure. Sabe que hay riesgo todos los años, pero lo asume con resignación: “Toda mi vida he vivido aquí y estoy viviendo”.

Aunque Daniel creció en el Bajo Lempa es de las pocas familias que no son propietarias del lugar donde viven.

Hace nueve años se acompañó con Mirna del Carmen y pidió permiso a la directiva de El Naranjo para vivir en la comunidad.

Lo único disponible fue un pequeño espacio sin luz ni agua.

Sus hijas juegan en el lodo, en medio de nubes de zancudos. A Mirna no le preocupan las picadas. “La gente se asombra porque nunca les ha dado dengue”, dice con orgullo mientras saca del comal cuatro tortillas. “Lo que yo quisiera es que hubiera luz aquí para no tener que estar en la oscurana”.

Los que llegaron para quedarse
El Bajo Lempa tiene una extensión aproximada de 62 mil hectáreas y divide los departamentos de San Vicente y Usulután.

La mayor parte de la tierra es apta para la agricultura.
Antes de la guerra, un número reducido de familias tenía el control de las tierras. La mayoría de los propietarios se dedicaba a la agricultura, específicamente al cultivo del algodón. Aunque la zona era propensa a las inundaciones, el grado de impacto era inferior porque los niveles de deforestación eran menores.

Durante la guerra, el lugar quedó despoblado y fue escenario de enfrentamientos esporádicos.

Con la firma de los Acuerdos de Paz, el Gobierno y el FMLN acordaron el Plan de Transferencia de Tierra para los desmovilizados de ambos bandos. El Bajo Lempa fue una de los sectores que transfirieron.

El 80 por ciento de los beneficiados fueron ex guerrilleros; el resto, ex soldados. Aunque al principio la convivencia fue difícil entre las zonas, poco a poco fueron limando asperezas. Hoy, la mayoría de comunidades está organizada para prevenir desastres por inundaciones.

El anhelo de Mirna está más lejos que cerca de cumplirse. La directiva de la comunidad les advirtió que el alambrado de luz no llegaba hasta su champa. Daniel renegó, pero no tuvo más remedio que conformarse con la batería de carro que consiguió para escuchar algo más que el sonido de las almejas cerrándose.

Pese a la miseria en la que viven, Daniel está convencido de que el Lempa es la única posibilidad para dar sustento a su familia. Por eso no piensa moverse. “Si me dieran para dónde irme lo pensaría, porque no sé hacer otra cosa”. La conclusión es irrevocable. El río significa alimento para ellos y para el resto de parientes que viven en sus riberas.

Organización

Fue en 1992 cuando el Lempa les hizo la primera advertencia a las 400 familias que acababan de repoblar el valle. Ese invierno provocó perdidas en las cosechas y en la escasa infraestructura de sus viviendas.

Los recién llegados no tuvieron más que reponerse y reconstruir sobre las ruinas.

Emilio Espín, director de la Asociación para el Desarrollo Comunal de El Salvador (Cordes), recuerda que mucha gente se desmotivó. Algunos incluso se fueron. Pero expresa que la experiencia los hizo aceptar que tendrían que vivir con el factor de vulnerabilidad.

Los habitantes del Bajo Lempa se organizaron para reducir el riesgo de las inundaciones.

“Nadie se nos murió con el Mitch y con el desastre (destrucción total de la infraestructura), logramos que las familias tuvieran mejores condiciones que antes. El nivel de champas es muy bajo, casi todas son viviendas formales”, dice Espín.

En los últimos años la organización comunal ha marcado las pautas de los lugareños. Nada se mueve sin que los directivos de las 20 comunidades lo sepan o intervengan. Algo que no todos comparten, aunque aseveran que les ha permitido sobrevivir en una zona de alto riesgo durante 13 años.

Vivir en el Bajo Lempa es imposible para muchos. Pero Emilio Espín resume lo contrario: “Es más que acostumbrarse a vivir en medio de inundaciones. La balanza entre lo positivo y lo negativo se inclina más en lo positivo. Son únicamente tres meses los más peligrosos. El resto del tiempo pueden trabajar sin problemas”.



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