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Reportaje
Eterna amenaza en el Bajo Lempa
Todos
los años, en época de invierno, las 20 comunidades que
viven en las riberas del río afrontan la amenaza de inundaciones.
Los habitantes aprendieron a vivir con el riesgo. Incluso, a verlo como
un contratiempo
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SUSTENTO.
La mayoría se dedica a la pesca para ganarse la vida. La
agricultura y la ganadería son otras actividades que generan
empleos. Fotos EDH : Wilfredo díaz
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El Sistema meteorológico anunció
abundantes lluvias. La capacidad hidráulica de los ríos
podía colapsar y el Lempa no era la excepción. Las descargas
de agua que haría la Presa 15 de Septiembre podrían sobrepasar
las bordas.
El Comité de Emergencia Nacional (Coen) decretó alerta
verde, pero muy pronto la amenaza subió a naranja. Una vez más,
el Bajo Lempa estaba en alerta.
Eran las 11 de la mañana del jueves 19 de mayo cuando Raúl
Murillo (jefe de monitoreo y alerta temprana del Coen), confirmó
por radio que ambos tramos del Bajo Lempa estaban siendo evacuados.
La advertencia de salir era tajante.
El huracán Adrián amenazaba con inundar la zona.
Los pobladores de 20 comunidades fueron ubicados en refugios temporales.
Sin embargo, no todos abandonaron sus viviendas.
Herminia Chavarría prefirió quedarse junto a sus nueve
hijos. El Lempa estaba jul (lleno), pero el mar se
chupó el agua. Por eso no se iba a llenar, justifica.
La mujer tiene 10 años de vivir en la comunidad El Naranjo, en
el margen derecho del Lempa, y asegura conocer mejor que nadie el comportamiento
del río. La única vez que dice haberse ido a un lugar
más seguro fue durante la tormenta tropical Mitch.
Aparte de aquella ocasión, nada la sorprende, ni siquiera la
advertencia que unos agentes de la Policía Nacional Civil (PNC)
le hicieron esa tarde, cuando le dijeron que pondría en peligro
a sus hijos. Ella simplemente les sonrió.
Pero enseguida salió y observó que la
poza que está frente a su casa no había crecido. La fémina
amarró a sus animales y entró un poco más tranquila.
Aquí hay que tener un poco de miedo para salir cuando se
llena el Lempa y un poco de valor para quedarse. Yo no me voy a ir de
aquí así nomás.
Herminia no fue la única. Jorge Zorsol, un habitante de la isla
Montecristo, nunca dudó si salir o quedarse. Va a disculpar,
pero yo confío más en la sabiduría de los viejos
que en la tecnología, dice. Zorsol afirma que no es la
primera vez que los llegan a sacar por gusto, aún
cuando algunos viejos de la isla le hayan advertido que no iba a haber
llena. Antes de salir corriendo, dice, escucha a los viejos.
Ellos tienen muchos años de vivir aquí y saben cuándo
de verdad hay peligro. Esta última vez nadie salió porque
no se iba a llenar.
Sin embargo, la confianza que ellos muestran es el dolor
de cabeza para las autoridades encargadas de evacuar a los habitantes
del Bajo Lempa. Nunca faltan esas personas, dice Murillo,
quien asegura que en esos casos no se puede obligar a nadie a que salga.
Únicamente intentamos convencerlos de que la presa va a
descargar agua.
Todos los años, durante el invierno, las constantes precipitaciones
amenazan la vida de los habitantes del Bajo Lempa. La presa descarga
volúmenes de agua que, aunque de manera gradual, los vuelve vulnerables
ante las inundaciones.
Nadie mejor que los lugareños lo saben. Vivieron la experiencia
con el Mitch. Sin embargo, nada es suficiente razón para dejar
abandonadas sus casas y, mucho menos, pensar en irse a vivir a otro
lugar.
La explicación que dan los que se niegan a moverse es la misma.
No me voy de aquí porque no tengo para dónde.
Algunos agregan una razón más: Aquí somos
pobres, pero tenemos para vivir. Pescamos o hacemos milpa.
Los habitantes del Bajo Lempa ven esa vulnerabilidad sólo como
un contratiempo. Sin importar las advertencias, muchos prefieren
quedarse para cuidar lo poco que tienen.
Los que se quedan
Durante las inundaciones no es extraño ver a algunos habitantes
en botes llenos de animales frente a sus casas durante dos o tres días.
Luego el mar se chupa el agua y volvemos, explica Daniel
Rodríguez quien estuvo dos días consecutivos -durante
el Mitch-, en el bote con su familia y las gallinas que tiene. Es
triste cuando comienza a tirar agua el río, pero ni modo. Yo
me tengo que quedar.
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Los vientos
de la tormenta Adrián desprendieron el techo de esta casa.
Fotos EDH : Wilfredo díaz
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Rodríguez vive junto a su esposa y sus dos hijas
a un kilómetro de la cuenca del Lempa, en el margen derecho.
Su casa es un pequeño rancho sin techo. Aún no había
tocado tierra Adrián cuando las hijas de Daniel estaban a la
intemperie. El viento tiró las ramas de palma que le servían
para protegerlos. Fue hasta entonces que decidió enviar a su
familia a un albergue. Yo me quedé porque tenía
que cuidar las cosas, comenta.
Las cosas de las que habla son un equipo de sonido conectado a una batería
de carro, una bicicleta, un comal de barro, una olla, tres gallinas,
un perro y, lo más importante, un bote que le sirve para ganarse
la vida.
Por tres cangrejos azules y un punche se gana hasta cinco dólares.
En un día bueno, puede ganar hasta 15. No tengo lujos,
pero puedo darle comida a mi familia, advierte.
Las tormentas en invierno y la posibilidad de una inundación
le preocupan mientras dure. Sabe que hay riesgo todos los años,
pero lo asume con resignación: Toda mi vida he vivido aquí
y estoy viviendo.
Aunque Daniel creció en el Bajo Lempa es de las pocas familias
que no son propietarias del lugar donde viven.
Hace nueve años se acompañó con Mirna del Carmen
y pidió permiso a la directiva de El Naranjo para vivir en la
comunidad.
Lo único disponible fue un pequeño espacio
sin luz ni agua.
Sus hijas juegan en el lodo, en medio de nubes de zancudos. A Mirna
no le preocupan las picadas. La gente se asombra porque nunca
les ha dado dengue, dice con orgullo mientras saca del comal cuatro
tortillas. Lo que yo quisiera es que hubiera luz aquí para
no tener que estar en la oscurana.
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Los que llegaron
para quedarse
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El Bajo Lempa
tiene una extensión aproximada de 62 mil hectáreas
y divide los departamentos de San Vicente y Usulután.
La mayor parte de la tierra es apta para la agricultura.
Antes de la guerra, un número reducido de familias tenía
el control de las tierras. La mayoría de los propietarios
se dedicaba a la agricultura, específicamente al cultivo
del algodón. Aunque la zona era propensa a las inundaciones,
el grado de impacto era inferior porque los niveles de deforestación
eran menores.
Durante la guerra, el lugar quedó despoblado y fue escenario
de enfrentamientos esporádicos.
Con la firma de los Acuerdos de Paz, el Gobierno y el FMLN acordaron
el Plan de Transferencia de Tierra para los desmovilizados de
ambos bandos. El Bajo Lempa fue una de los sectores que transfirieron.
El 80 por ciento de los beneficiados fueron ex guerrilleros; el
resto, ex soldados. Aunque al principio la convivencia fue difícil
entre las zonas, poco a poco fueron limando asperezas. Hoy, la
mayoría de comunidades está organizada para prevenir
desastres por inundaciones.
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El anhelo de Mirna está más lejos que
cerca de cumplirse. La directiva de la comunidad les advirtió
que el alambrado de luz no llegaba hasta su champa. Daniel renegó,
pero no tuvo más remedio que conformarse con la batería
de carro que consiguió para escuchar algo más que el sonido
de las almejas cerrándose.
Pese a la miseria en la que viven, Daniel está convencido de
que el Lempa es la única posibilidad para dar sustento a su familia.
Por eso no piensa moverse. Si me dieran para dónde irme
lo pensaría, porque no sé hacer otra cosa. La conclusión
es irrevocable. El río significa alimento para ellos y para el
resto de parientes que viven en sus riberas.
Organización
Fue en 1992 cuando el Lempa les hizo la primera advertencia a las 400
familias que acababan de repoblar el valle. Ese invierno provocó
perdidas en las cosechas y en la escasa infraestructura de sus viviendas.
Los recién llegados no tuvieron más que reponerse y reconstruir
sobre las ruinas.
Emilio Espín, director de la Asociación para el Desarrollo
Comunal de El Salvador (Cordes), recuerda que mucha gente se desmotivó.
Algunos incluso se fueron. Pero expresa que la experiencia los hizo
aceptar que tendrían que vivir con el factor de vulnerabilidad.
Los habitantes del Bajo Lempa se organizaron para reducir el riesgo
de las inundaciones.
Nadie se nos murió con el Mitch y con el desastre (destrucción
total de la infraestructura), logramos que las familias tuvieran mejores
condiciones que antes. El nivel de champas es muy bajo, casi todas son
viviendas formales, dice Espín.
En los últimos años la organización comunal ha
marcado las pautas de los lugareños. Nada se mueve sin que los
directivos de las 20 comunidades lo sepan o intervengan. Algo que no
todos comparten, aunque aseveran que les ha permitido sobrevivir en
una zona de alto riesgo durante 13 años.
Vivir en el Bajo Lempa es imposible para muchos. Pero Emilio Espín
resume lo contrario: Es más que acostumbrarse a vivir en
medio de inundaciones. La balanza entre lo positivo y lo negativo se
inclina más en lo positivo. Son únicamente tres meses
los más peligrosos. El resto del tiempo pueden trabajar sin problemas.
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