29 de mayo de 2005


Relato
Cuatro hermanos y un solo destino

Esta es la historia de tres hombres y una mujer que hicieron de la soltería algo así como su destino. Son hermanos, ancianos todos, y conviven bajo un mismo techo en un rincón rural de Cojutepeque. Comen de lo que la tierra les provee y tienen el lema de los mosqueteros: “Todos para uno y uno para todos”

Mirella Cáceres/Foto EDH: Wilfredo Díaz
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La palabra soledad no existe en el diccionario cotidiano de estos ancianos que dicen disfrutar de su soltería. Así lo creen Tomasa, Natividad y Fermín.. Foto EDH

Sus espaldas cargan, juntas, más de tres siglos de vida. De éstos, 293 años han transcurrido entre las apacibles casas de adobe y teja escondidas entre arboledas, estrechos caminos de tierra y riachuelos. Entre el ganado y el cafetal, la milpa y las aves, la rutina de la labranza y la fe de sus padres.

Tomasa, Fermín, Natividad y Cirilo, todos de apellido Pérez Hernández, crecieron junto a sus otros seis hermanos en su casa del cantón San Martín, en la jurisdicción de Monte San Juan, un municipio al norte de Cojutepeque.

Su historia sería una más entre muchas en este país. De familia numerosa, condición campesina y con un profundo arraigo al catolicismo.

Pero en ellos hay algo más. Además de hermanos, comparten un mismo techo y sin el menor arrepentimiento de que la soltería los haya acompañado a lo largo de sus vidas, septuagenaria en tres de ellos y octogenaria en uno.

Un caso bastante insólito dentro de una esfera en la que “acompañarse” o casarse es casi una regla cuando apenas se ha superado la adolescencia.

De los 10 hermanos nacidos del matrimonio de José Vicente Pérez Palacios y Teófila Hernández, cuatro se casaron y dos murieron siendo jóvenes.

“Éramos libres (para decidir) pero ya trae uno de casarse... No eran convenidos los casamientos”, apunta Tomasa, la jefa del hogar, a la que sus hermanos respetan como una madre y a la que doña Teófila “dejó encargada de la casa”.
Es la que limpia y ordena la vivienda, la que cocina y lava la ropa de sus hermanos cada vez que el reumatismo y la “feyura” de los altibajos de la tensión que padece desde hace 50 años le dan tregua.

La otra soltera
- Refugio Fabián, es una mujer menuda y tímida que ronda los 68 años. Vive desde hace 50 con los hermanos Pérez Hernández.

- Era ahijada de los padres de ellos, pero fue como una hija de crianza que hasta heredó una porción de tierra cuando ellos murieron.

- La “Fugito”, como la llaman cariñosamente, padece sordera y no para de hacer oficio en la casa.

- Es la mano derecha de doña Tomasa y la que toma las riendas cuando la otra se enferma de la tensión o el reumatismo.

- El papel de Refugio es vital en la vida de estos hermanos. Tanto que hasta se encarga de vender en el mercado de Cojutepeque las frutas o verduras cosechadas en este hogar.

- Lo curioso es que esta hermana de crianza también decidió quedarse soltera..
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Para doña Tomasa el hecho de haberse “consagrado a la Virgen” desde pequeña a través del grupo católico “Hijas de María” no le impidió matrimoniarse y rechazar al menos tres propuestas amorosas.

“Ella (Tomasa) nunca ha tenido varón quizás”, dice Fermín, de 81 años, y el mayor de los cuatro hermanos, mientras se apoya sobre el azadón con el cual limpia de maleza la tierna milpa a varias cuadras de su casa.

Los impedimentos

Pero él y Natividad sí probaron las mieles del amor y engendraron hijos.

Fermín no mira desde algún tiempo a su hijo Rosario, mientras que Natividad tiene muchos años de no saber de una hija que vive en los Estados Unidos. El otro hijo murió. Aunque reconoce que a ninguno ayudó porque “la mamá de ellos no quiso vivir con nosotros”.

Al parecer, a estos dos hermanos no les hizo falta tener pareja.

“No me renació casarme. Puse muchas dificultades... El que trae para eso no anda pensando”, reflexiona Fermín en tono sereno.

Pero este anciano ofrece una razón más a su soltería: el temor a adquirir un compromiso.

Natividad también tiene sus razones. Sentado en una silla en el corredor de la casa, sonriente y platicador dice que en los veinte años que trabajó en un ingenio del Plan de la Laguna, en Antiguo Cuscatlán, tuvo tres novias, pero nunca pensó en casarse con alguna.

“No me gustaba mucho la idea de casarme porque veía a mis compañeros de trabajo que peleaban mucho con sus mujeres. Así que me quedé así por la voluntad de Dios”, afirma.

Cirilo, el menor de todos, es un caso aparte. Toda su vida ha permanecido semiermitaño, según sus propios hermanos y parientes. “Cirilo fue peor porque no tuvo ni hijos... Él no sale a ninguna parte, del trabajo a la casa, ni siquiera va a misa los domingos y casi no le gusta platicar”, comentan.

La soltería en estos cuatro hermanos también tiene otra explicación en labios de Tomasa, y es que han vivido casi exclusivamente para el trabajo. Tan así que la escuela no fue importante. Todos estudiaron hasta el segundo grado por lo que leen y escriben poco.

Para sus padres, más importante que las letras era que aprendieran a ordeñar y cuidar el ganado, a labrar la tierra y comer de ella. Aunque, la enseñanza de la doctrina católica no faltó.

Por eso, la rutina de estos solteros mayores se mueve entre la casa, la siembra y la misa.

Vida apacible

Rodeados de árboles y huertas heredadas de sus padres, es fácil adivinar que la vida en esa casa solariega no ha sufrido mayor alteración.

Natividad es el único que ha salido de esa casa para trabajar por 20 años, más otros tres en que ejerció -sin paga-como comandante del cantón durante la pasada guerra.

Ahora, cumple la rutina como todos. Por la mañana salen a trabajar la tierra a fin de asegurarse para el año el maíz y los frijoles; aunque, sus sobrinos, Benito y Lorena, les ayudan siempre.

Mientras tanto, doña Tomasa y Refugio, su hermana de crianza, atizan el fuego, calientan el comal, preparan el almuerzo, cuecen las tortillas y el infaltable café que beben al final de la comida endulzado con dulce de panela.

Además de agricultor, Fermín aprendió a cocinar. Foto EDH

Los hombres de la casa no tardan en llegar. Sudorosos y con las herramientas de trabajo en sus hombros, se sientan a comer calladitos en algún rincón de la casa, en la cocina, junto al fuego, o en el corredor.

“Sólo comemos y regresamos a ver los sembrados. Todos trabajamos para la casa. Así ha sido siempre. Nos llevamos bien. No hay otra familia como ésta”, dice Natividad.

Fermín y Tomasa dicen lo mismo: “Nosotros jamás peleamos, nos respetamos, así nos enseñó mi mamá”.

En este momento hace falta Cirilo, el tímido hermano de 76 años. Ellos dicen que a lo mejor escuchó o vio extraños visitantes en la casa y prefirió quedarse entre su sembradío, en la cima de un cerrito. “Pero Cirilito va a venir más tarde”, asegura Tomasa, tan amable como conversadora.

En la tarde, cuando estén reunidos los cuatro, platicarán un rato. Solamente esperarán a que den las 7:00 u 8:00 p.m. para acostarse en sus sencillas camas dispuestas en una sola habitación.

Un día como hoy se levantan temprano para ir a misa si no están enfermos, excepto Cirilo, quien prefiere verla en el televisor que casi nunca encienden.

Así se les pasa la vida. Quizá esta tranquilidad y armonía los ha llevado a practicar el dicho de que “es mejor estar solo que mal acompañado”




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