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Relato
Cuatro
hermanos y un solo destino
Esta
es la historia de tres hombres y una mujer que hicieron de la soltería
algo así como su destino. Son hermanos, ancianos todos, y conviven
bajo un mismo techo en un rincón rural de Cojutepeque. Comen
de lo que la tierra les provee y tienen el lema de los mosqueteros:
Todos para uno y uno para todos
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La palabra soledad
no existe en el diccionario cotidiano de estos ancianos que dicen
disfrutar de su soltería. Así lo creen Tomasa, Natividad
y Fermín..
Foto EDH
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Sus espaldas cargan, juntas, más de tres siglos
de vida. De éstos, 293 años han transcurrido entre las
apacibles casas de adobe y teja escondidas entre arboledas, estrechos
caminos de tierra y riachuelos. Entre el ganado y el cafetal, la milpa
y las aves, la rutina de la labranza y la fe de sus padres.
Tomasa, Fermín, Natividad y Cirilo, todos de apellido Pérez
Hernández, crecieron junto a sus otros seis hermanos en su casa
del cantón San Martín, en la jurisdicción de Monte
San Juan, un municipio al norte de Cojutepeque.
Su historia sería una más entre muchas en este país.
De familia numerosa, condición campesina y con un profundo arraigo
al catolicismo.
Pero en ellos hay algo más. Además de hermanos, comparten
un mismo techo y sin el menor arrepentimiento de que la soltería
los haya acompañado a lo largo de sus vidas, septuagenaria en
tres de ellos y octogenaria en uno.
Un caso bastante insólito dentro de una esfera en la que acompañarse
o casarse es casi una regla cuando apenas se ha superado la adolescencia.
De los 10 hermanos nacidos del matrimonio de José Vicente Pérez
Palacios y Teófila Hernández, cuatro se casaron y dos
murieron siendo jóvenes.
Éramos libres (para decidir) pero ya trae uno de casarse...
No eran convenidos los casamientos, apunta Tomasa, la jefa del
hogar, a la que sus hermanos respetan como una madre y a la que doña
Teófila dejó encargada de la casa.
Es la que limpia y ordena la vivienda, la que cocina y lava la ropa
de sus hermanos cada vez que el reumatismo y la feyura de
los altibajos de la tensión que padece desde hace 50 años
le dan tregua.
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La
otra soltera
- Refugio Fabián, es una mujer menuda y tímida que
ronda los 68 años. Vive desde hace 50 con los hermanos
Pérez Hernández.
- Era ahijada de los padres de ellos, pero fue como una hija de
crianza que hasta heredó una porción de tierra cuando
ellos murieron.
- La Fugito, como la llaman cariñosamente,
padece sordera y no para de hacer oficio en la casa.
- Es la mano derecha de doña Tomasa y la que toma las riendas
cuando la otra se enferma de la tensión o el reumatismo.
- El papel de Refugio es vital en la vida de estos hermanos. Tanto
que hasta se encarga de vender en el mercado de Cojutepeque las
frutas o verduras cosechadas en este hogar.
- Lo curioso es que esta hermana de crianza también decidió
quedarse soltera...
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Para doña Tomasa el hecho de haberse consagrado
a la Virgen desde pequeña a través del grupo católico
Hijas de María no le impidió matrimoniarse
y rechazar al menos tres propuestas amorosas.
Ella (Tomasa) nunca ha tenido varón quizás,
dice Fermín, de 81 años, y el mayor de los cuatro hermanos,
mientras se apoya sobre el azadón con el cual limpia de maleza
la tierna milpa a varias cuadras de su casa.
Los impedimentos
Pero él y Natividad sí probaron las mieles del amor y
engendraron hijos.
Fermín no mira desde algún tiempo a su
hijo Rosario, mientras que Natividad tiene muchos años de no
saber de una hija que vive en los Estados Unidos. El otro hijo murió.
Aunque reconoce que a ninguno ayudó porque la mamá
de ellos no quiso vivir con nosotros.
Al parecer, a estos dos hermanos no les hizo falta tener pareja.
No me renació casarme. Puse muchas dificultades... El que
trae para eso no anda pensando, reflexiona Fermín en tono
sereno.
Pero este anciano ofrece una razón más a su soltería:
el temor a adquirir un compromiso.
Natividad también tiene sus razones. Sentado en una silla en
el corredor de la casa, sonriente y platicador dice que en los veinte
años que trabajó en un ingenio del Plan de la Laguna,
en Antiguo Cuscatlán, tuvo tres novias, pero nunca pensó
en casarse con alguna.
No me gustaba mucho la idea de casarme porque veía a mis
compañeros de trabajo que peleaban mucho con sus mujeres. Así
que me quedé así por la voluntad de Dios, afirma.
Cirilo, el menor de todos, es un caso aparte. Toda su vida ha permanecido
semiermitaño, según sus propios hermanos y parientes.
Cirilo fue peor porque no tuvo ni hijos... Él no sale a
ninguna parte, del trabajo a la casa, ni siquiera va a misa los domingos
y casi no le gusta platicar, comentan.
La soltería en estos cuatro hermanos también tiene otra
explicación en labios de Tomasa, y es que han vivido casi exclusivamente
para el trabajo. Tan así que la escuela no fue importante. Todos
estudiaron hasta el segundo grado por lo que leen y escriben poco.
Para sus padres, más importante que las letras era que aprendieran
a ordeñar y cuidar el ganado, a labrar la tierra y comer de ella.
Aunque, la enseñanza de la doctrina católica no faltó.
Por eso, la rutina de estos solteros mayores se
mueve entre la casa, la siembra y la misa.
Vida apacible
Rodeados de árboles y huertas heredadas de sus padres, es fácil
adivinar que la vida en esa casa solariega no ha sufrido mayor alteración.
Natividad es el único que ha salido de esa casa para trabajar
por 20 años, más otros tres en que ejerció -sin
paga-como comandante del cantón durante la pasada guerra.
Ahora, cumple la rutina como todos. Por la mañana salen a trabajar
la tierra a fin de asegurarse para el año el maíz y los
frijoles; aunque, sus sobrinos, Benito y Lorena, les ayudan siempre.
Mientras tanto, doña Tomasa y Refugio, su hermana de crianza,
atizan el fuego, calientan el comal, preparan el almuerzo, cuecen las
tortillas y el infaltable café que beben al final de la comida
endulzado con dulce de panela.
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Además de
agricultor, Fermín aprendió a cocinar.
Foto EDH
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Los hombres de la casa no tardan en llegar. Sudorosos
y con las herramientas de trabajo en sus hombros, se sientan a comer
calladitos en algún rincón de la casa, en la cocina, junto
al fuego, o en el corredor.
Sólo comemos y regresamos a ver los sembrados. Todos trabajamos
para la casa. Así ha sido siempre. Nos llevamos bien. No hay
otra familia como ésta, dice Natividad.
Fermín y Tomasa dicen lo mismo: Nosotros jamás peleamos,
nos respetamos, así nos enseñó mi mamá.
En este momento hace falta Cirilo, el tímido hermano de 76 años.
Ellos dicen que a lo mejor escuchó o vio extraños visitantes
en la casa y prefirió quedarse entre su sembradío, en
la cima de un cerrito. Pero Cirilito va a venir más tarde,
asegura Tomasa, tan amable como conversadora.
En la tarde, cuando estén reunidos los cuatro, platicarán
un rato. Solamente esperarán a que den las 7:00 u 8:00 p.m. para
acostarse en sus sencillas camas dispuestas en una sola habitación.
Un día como hoy se levantan temprano para ir a misa si no están
enfermos, excepto Cirilo, quien prefiere verla en el televisor que casi
nunca encienden.
Así se les pasa la vida. Quizá esta tranquilidad y armonía
los ha llevado a practicar el dicho de que es mejor estar solo
que mal acompañado
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