29 de mayo de 2005


LA ARISTA AFILADA
Brasil aspira a ser líder de América Latina

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

El gobierno de Brasil quiere que el país se convierta en una potencia internacionalmente respetada. Lidera el Mercosur y desea transformarse en la cabeza de Sudamérica. Aspira a un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y hace pocas fechas reunió en Brasilia a una veintena de países árabes y a todos los de Sudamérica.

Era su debut como actor principal en los graves asuntos que afligen al planeta.

La ceremonia no salió muy bien, pero eso importa poco a los efectos de estos papeles. Es conveniente o resulta justo que algún día un país latinoamericano asuma ese rol preponderante y Brasil tiene las mejores condiciones. Su dimensión es parecida a la de China, Estados Unidos y Canadá. Su población de 186 millones es considerable.

El tamaño de su economía -ponderada la capacidad adquisitiva-, es de 1.5 billones de dólares (trillones en inglés), un tercio más grande que el mexicano o el español, también es algo mayor que el de Rusia. Por otra parte, Brasil exhibe una capacidad técnica que le permite fabricar aviones jet o explotar centrales nucleares. Hay bolsones científicos importantes, y algunos centros de investigación son equivalentes a los que encontramos en el mundo desarrollado.

Este panorama, sin embargo, es paralelo a otro mucho menos halagüeño: las diferencias entre el modo de vida de los brasileros más ricos y educados y el de los más pobres e ignorantes es abismal. El índice Gini, que mide esa distancia y clasifica a las naciones de menor a mayor, le otorga a Brasil un lamentable rango de 60, mientras los escandinavos, los más equitativos del planeta, apenas llegan a 25. Por eso, como suele leerse, la otra forma de llamar a Brasil es Belindia. Un treinta por ciento de la sociedad vive como en Bélgica. El resto, como en la India.

Una visión de estado

En todo caso, el poderío económico, las dimensiones y la población no son los únicos factores decisivos que explican el peso de ciertas naciones en el terreno internacional. La vieja historia de Holanda y Portugal demuestra casi lo contrario. Los elementos clave son otros: la vocación de liderazgo de una clase dirigente cohesionada tras un proyecto nacional, y la existencia de una sociedad decidida a pagar por ello el alto precio que ese esfuerzo suele demandar. Ser una nación líder cuesta dinero, recursos, a veces vidas humanas, y los ciudadanos tienen que estar dispuestos a recurrir a la fuerza cuando falla el resto de los mecanismos pacíficos concebidos para solucionar los conflictos en la mesa de negociaciones.

¿Sienten los brasileros esa urgencia de mandar e influir fuera de sus fronteras? No lo creo. ¿Cómo va el señor Lula da Silva a forjar una política de Estado si en el seno de su Partido de los Trabajadores abundan los marxistas que abominan del mercado, desprecian las llamadas “libertades formales”, y ni siquiera existe un consenso claro sobre cómo debe ser ese Estado? En Inglaterra pueden gobernar los laboristas o los conservadores, en Estados Unidos los demócratas o los republicanos, sin que se rompa el consenso básico sobre el contorno del Estado y sobre cuáles son los valores e intereses que deben formularse y defenderse fuera de las fronteras. ¿Existe en Brasil, en el seno del arco político, un consenso sobre el Estado y un proyecto del país que entre todos quisieran construir a medio y largo plazo? Tampoco lo creo.

Esas carencias y debilidades no son exclusivas de Brasil. A Argentina y México, las otras dos naciones grandes y potencialmente poderosas de América Latina, les sucede lo mismo y por las mismas razones: a sus élites les resulta imposible identificar cuáles son los valores e intereses nacionales, y por ende diseñar una política exterior conjunta que se adapte a esa visión de la realidad, porque no existe un consenso claro sobre el modelo de Estado y sobre el sistema económico que deben regir la convivencia de los ciudadanos. Las potencias no nacen de la noche a la mañana: se van haciendo lentamente al calor de la historia. Ojalá llegue el día en que uno o varios países latinoamericanos estén a la cabeza del planeta. Pero esa fecha no parece cercana.

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