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LA
ARISTA AFILADA
Brasil
aspira a ser líder de América Latina
El
gobierno de Brasil quiere que el país se convierta en una potencia
internacionalmente respetada. Lidera el Mercosur y desea transformarse
en la cabeza de Sudamérica. Aspira a un puesto permanente en
el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y hace pocas fechas reunió
en Brasilia a una veintena de países árabes y a todos
los de Sudamérica.
Era su debut como actor principal en los graves asuntos que afligen
al planeta.
La ceremonia no salió muy bien, pero eso importa poco a los efectos
de estos papeles. Es conveniente o resulta justo que algún día
un país latinoamericano asuma ese rol preponderante y Brasil
tiene las mejores condiciones. Su dimensión es parecida a la
de China, Estados Unidos y Canadá. Su población de 186
millones es considerable.
El tamaño de su economía -ponderada la capacidad adquisitiva-,
es de 1.5 billones de dólares (trillones en inglés), un
tercio más grande que el mexicano o el español, también
es algo mayor que el de Rusia. Por otra parte, Brasil exhibe una capacidad
técnica que le permite fabricar aviones jet o explotar centrales
nucleares. Hay bolsones científicos importantes, y algunos centros
de investigación son equivalentes a los que encontramos en el
mundo desarrollado.
Este panorama, sin embargo, es paralelo a otro mucho menos halagüeño:
las diferencias entre el modo de vida de los brasileros más ricos
y educados y el de los más pobres e ignorantes es abismal. El
índice Gini, que mide esa distancia y clasifica a las naciones
de menor a mayor, le otorga a Brasil un lamentable rango de 60, mientras
los escandinavos, los más equitativos del planeta, apenas llegan
a 25. Por eso, como suele leerse, la otra forma de llamar a Brasil es
Belindia. Un treinta por ciento de la sociedad vive como en Bélgica.
El resto, como en la India.
Una visión de estado
En todo caso, el poderío económico, las dimensiones y
la población no son los únicos factores decisivos que
explican el peso de ciertas naciones en el terreno internacional. La
vieja historia de Holanda y Portugal demuestra casi lo contrario. Los
elementos clave son otros: la vocación de liderazgo de una clase
dirigente cohesionada tras un proyecto nacional, y la existencia de
una sociedad decidida a pagar por ello el alto precio que ese esfuerzo
suele demandar. Ser una nación líder cuesta dinero, recursos,
a veces vidas humanas, y los ciudadanos tienen que estar dispuestos
a recurrir a la fuerza cuando falla el resto de los mecanismos pacíficos
concebidos para solucionar los conflictos en la mesa de negociaciones.
¿Sienten los brasileros esa urgencia de mandar e influir fuera
de sus fronteras? No lo creo. ¿Cómo va el señor
Lula da Silva a forjar una política de Estado si en el seno de
su Partido de los Trabajadores abundan los marxistas que abominan del
mercado, desprecian las llamadas libertades formales, y
ni siquiera existe un consenso claro sobre cómo debe ser ese
Estado? En Inglaterra pueden gobernar los laboristas o los conservadores,
en Estados Unidos los demócratas o los republicanos, sin que
se rompa el consenso básico sobre el contorno del Estado y sobre
cuáles son los valores e intereses que deben formularse y defenderse
fuera de las fronteras. ¿Existe en Brasil, en el seno del arco
político, un consenso sobre el Estado y un proyecto del país
que entre todos quisieran construir a medio y largo plazo? Tampoco lo
creo.
Esas carencias y debilidades no son exclusivas de Brasil. A Argentina
y México, las otras dos naciones grandes y potencialmente poderosas
de América Latina, les sucede lo mismo y por las mismas razones:
a sus élites les resulta imposible identificar cuáles
son los valores e intereses nacionales, y por ende diseñar una
política exterior conjunta que se adapte a esa visión
de la realidad, porque no existe un consenso claro sobre el modelo de
Estado y sobre el sistema económico que deben regir la convivencia
de los ciudadanos. Las potencias no nacen de la noche a la mañana:
se van haciendo lentamente al calor de la historia. Ojalá llegue
el día en que uno o varios países latinoamericanos estén
a la cabeza del planeta. Pero esa fecha no parece cercana.
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