29 de mayo de 2005



LA OPINIÓN
Violencia indiferente

Lilian Martínez
vertice@elsalvador.com


Tu fotografía me causó tal repulsión que no pude más que volver mi mirada hacia otro lado. La vi el jueves por la tarde, cuando la diseñadora responsable de armar la portada del periódico la mostraba a un colega.

La tuya, no parecía la cabeza de un niño, sino la de un prisionero de guerra, la de un esclavo. Esta tarde, me he atrevido a leer el pie de foto y la nota. Ahora sé que te llaman “Carlitos”. No sé porqué razón vivías con tus tíos. No lo sé. ¿Me permitirías ir a preguntarles? Aunque lo imagino, no sé con certeza el origen de tus cicatrices y heridas.

Lo que sí me avergüenza. Sé que cuando un desconocido pretende corregir a patadas a su hijo yo no digo nada y volteo hacia otro lado. Sí, como hice al ver tu foto.

Sé que cuando duermo y escucho gritos en la calle, me pregunto dónde estará la policía, a qué hora se irán a callar, porque lo único que realmente me interesa es volver a conciliar el sueño. Sé que cuando uno de los adolescentes que duermen en la acera de mi casa se aproxima, aprieto el puño para no darle el dinero de mi pasaje.

Frente al futuro no sé nada. Porque ignorar tu historia y la de quienes duermen en la acera de mi cuadra es mortal.
Lo tuyo, lo de ellos, lo de los niños víctimas de la violencia que nadie ha registrado, lo de los 611 pequeños atendidos los primeros dos meses de este año por el Instituto Salvadoreño para la Niñez y la Adolescencia es cuestión de tiempo.

Porque en dos lustros, si aún vives y ninguno de nosotros vuelve a verte, serás uno de ellos. Uno cuyas acciones me causarán repulsión, uno cuyas acciones no sabré explicar. A quien dirigiré mi violencia indiferente y a quien mis miedos acusarán.

Entonces, nadie conocerá tu historia. Incluso, seguramente, ni siquiera recordaré que escribí esto. Y la factura a nombre de las 371 madres, los 234 padres, y los otros 170 familiares que violaron los derechos de los niños los primeros dos meses de 2005, nos la cobrarán a todos. Porque todos leímos tu historia, porque todos volteamos hacia otro lado, porque todos nos preguntamos dónde estaría la policía, porque todos preferimos dormir, ver una película, apretar el puño, ahorrarnos el pasaje y diez años después acusarte.

Entonces, tú y el resto, tendrán derecho a ajustar cuentas. Pero por favor, no lo hagas, porque por apretar el puño y hacer lo que queríamos nos habremos quedado pobres. Y no nos quedará más que la violencia, la voz interior que acusa al otro y se defiende. La razón que da no ser el otro y que el otro no sea yo. Nos haremos viejos y, entonces, recogeremos lo cosechado en ti y el resto, y tú tendrás la oportunidad y el derecho de cortar el círculo, el círculo de la indiferencia.


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