28 de agosto de 2005


Relato
Iraq no es sólo guerra

Fue una aventura periodística realizada entre el riesgo de la guerra, el sofocante calor que caracteriza al desierto iraquí y el reto de representar los ojos del pueblo salvadoreño para constatar la huella del Batallón Cuscatlán destacado en la ciudad de Al Hillah.

Texto y fotos/ Wilfredo Salamanca
vertice@elsalvador.com


Babilonia. Fachada de las ruinas de Babilonia, una de las siete maravillas del mundo. Foto EDH

Es una tierra rica en historia, donde la bandera de El Salvador, ondeando al sur de esta nación árabe, despierta el aprecio de sus pobladores, que combinan la ironía de vivir sobre oro negro y enfrentar una pobreza extrema que parece más agobiante con una temperatura similar a colocarse frente al compresor encendido de un aire acondicionado.

Por invitación del Ministerio de la Defensa Nacional tuve la oportunidad de acompañar el relevo del Batallón Cuscatlán, destacado en Al Hillah, provincia de Babil, misma que conserva las ruinas de la legendaria Babilonia, considerada el origen de nuestra civilización.

Tras aceptar el reto de acompañar a la tropa, mi primera sorpresa fue el condicionamiento de las autoridades castrenses para que durante toda la misión vistiera uniforme militar. Jamás pensé que eso ocurriría en mi vida. El único acercamiento a una disciplina parecida la viví cuando adolescente disfruté casi una década siendo boy scout.

El argumento de los representantes del Ejército es que íbamos a una zona de guerra, donde un civil entre la tropa se podía convertir en un blanco perfecto para un ataque de la resistencia iraquí.

Información. El trabajo periodístico realizado desde una barraca del campamento Virginia, Kuwait. Foto EDH
En la frontera. Entrevista al Cnel. Eduardo Mendoza, antes de cruzar el límite entre Kuwait e Iraq. . Foto EDH

Atendiendo estas indicaciones, seguí el proceso de enlistamiento en el Ejército salvadoreño: me emitieron un carné que en la práctica equivale a estar de alta temporalmente, recibí los uniformes con las mismas insignias que distinguen al Batallón Cuscatlán y me alertaron de la hora de partida.

Aunque el vuelo estaba programado para las 3:30 p.m. del 11 de agosto, el grupo que viajaría debía presentarse tres horas antes en la base militar del Aeropuerto El Salvador.

Mi primer almuerzo en la milicia fueron tres enormes pupusas de frijoles, a las que llamo “de cuartel”, porque hay que tener suficiente hambre para alcanzar a comerlas y sentirles sabor. Una bastó para saciarme.

Obviamente, el momento de la partida fue el más emotivo. Al son de un mariachi que no dejó de amenizar la espera, un primer grupo abordó un avión de la aerolínea estadounidense Ryan, que se convirtió en nuestra morada móvil por las casi 22 horas que demoró el desplazamiento hasta Kuwait.

Las únicas escalas fueron en bases militares, una en la isla canadiense de Newfouland y la otra en Fráncfort, Alemania.

Después de sobrevolar la ciudad de Kuwait que lucía iluminada, ordenada y próspera, el capitán del avión anunció que los salvadoreños habíamos llegado al primer objetivo. En El Salvador era la 1:40 p.m. del viernes 12 de agosto, pero allá faltaba una hora para que terminara ese día.

A pesar de lo avanzada de la noche, la temperatura que nos recibió no era inferior a los 45 grados centígrados. A los pocos minutos del arribo la sed comenzó a sentirse.

Una flota de autobuses con todos los acomodamientos nos trasladó hasta el Campamento Virginia, albergue obligado para aclimatarse y esperar las condiciones de seguridad para movilizarse hacia Iraq, cuya frontera está a casi tres horas.

En el desierto


El alba del 15 de agosto nos dio la bienvenida en el límite entre Kuwait e Iraq, que caracteriza al primer territorio porque la mayoría de sus habitantes viven en una opulencia que hace que las tareas domésticas estén destinadas a hindúes, paquistaníes y ciudadanos de otras naciones pobres próximas a este emirato.

León de Babilonia. Símbolo religioso en esta
región. Atrás, uno de los palacios de Saddam Hussein. Foto EDH
El árbol nacional de Iraq es el dátil, cuyo fruto es similar a un jocote pero con sabor a caña. Foto EDH

No habíamos transitado ni tres minutos, cuando de las escasas covachas levantadas en una tierra desértica iban saliendo varios niños iraquíes pidiendo comida y agua al convoy salvadoreño.

Creí que sería una escena aislada, pero conforme nos adentrábamos en la Ruta Tampa, que conecta hasta Bagdad, varios menores descalzos y luciendo gabanes sucios estaban a la orilla de la carretera, retaban la temperatura e insistían en clamar provisiones.

Como advertidos, los soldados salvadoreños rompían los seguros de las ventanas de los autobuses para lanzarles frutas y botellas de agua que habían extraído del comedor del campamento.

Esta escena sólo era interrumpida en densas zonas del desierto, envueltas en un color grisáceo que parece poner límite a la planicie del terreno visualmente alterado sólo por el asfalto de la carretera.

Conforme entrábamos en aquel infierno, el aire acondicionado de los autobuses parecía anularse. La necesidad de ingerir cuanta agua fuera posible, la sensación de somnolencia provocada por el desplazamiento recto y la opresión del chaleco antibalas y el casco de seguridad generaban tedio.

El efecto dominó empezó a darse. Los soldados luchaban por no dormirse; pero, puedo asegurar que todos la perdieron esa batalla durante las 14 horas que demoró la travesía.

El animó se apoderó del grupo hasta advertir el rótulo vial que indica que al seguir la ruta se llega a Bagdad, pero que al girar a la izquierda, está la ciudad de Al Hillah.

Una estrecha calle lleva a esta localidad de la provincia de Babil. Parecía que sus habitantes se han familiarizado con el azul y blanco del distintivo que portan los vehículos del Batallón Cuscatlán.

Varios hombres y niños mostraban en alto su pulgar derecho, en señal de recibimiento al contingente cuscatleco, acompañado de la frase: ¡El Salvador, good! ¡El Salvador, good!

Estas expresiones dejaron de advertirse hasta llegar al Campamento Charlie, donde se alojan los efectivos salvadoreños en cómodos contenedores que simulan pequeñas habitaciones para dos personas.

Al llegar, los miembros del Cuscatlán IV no disimularon su emoción, entendiendo el arribo como la confirmación del boleto para retornar a casa, después de seis meses de la misión que estaban por clausurar.

Sello salvadoreño. En Al Kassar, los nacionales han logrado enlazar a aldeas incomunicadas por la guerra. Foto EDH

La huella

Ya establecidos en suelo iraquí, acompañé a los miembros de Alto Mando Conjunto de la Fuerza Armada que llevaban la misión de supervisar el trabajo realizado por el cuarto contingente.

En Al Kassar y Al Kifl visitamos dos puentes, una escuela reconstruida y una planta de tratamiento de agua que tienen el sello cuscatleco.

La importancia de la planta, levantada a la orilla de un afluente del río Éufrates, la entendí cuando varios de sus moradores, por medio de un intérprete, me dijeron que el agua que consumen es la misma que obtienen de riachuelos contaminados que utilizan para sus regadíos.

Un grupo de niños portando banderas iraquíes y salvadoreñas recibió al grupo. El calor de los menores parecía me pareció tan sincero que me confundí entre ellos cuando advirtieron que portaba una cámara fotográfica y, venciendo la barrera del idioma, usaban sus manos indicando que les fotografiara y mostrara los cuadros.

Mientras, entre los adultos, el agradecimiento por las obras es tal que en todas las inauguraciones prepararon carnero, platillo que sólo se degusta para fechas y con invitados importantes.

En todas las recepciones había que romper el muro cultural de no utilizar cubiertos. Para comer, los iraquíes lo hacen en cuclillas y extraen cada bocado con la mano derecha.

Para no ofenderles, los salvadoreños tuvimos que imitarles. En ningún evento tomó parte mujer alguna.

Ocultas en sus vestimentas negras, las féminas iraquíes huyen de la vista de extranjeros. Es una ofensa para sus maridos si dejan verse.

En los días siguientes, visitamos las ruinas de Babilonia, un palacio de Saddam Hussein y el bíblico río Éufrates. Pero, ese será otro relato.

El comandante
que parece otro iraquí

El Batallón Cuscatlán V es comandado por el coronel Oswaldo Rubio, quien fácilmente se confundiría entre los iraquíes si no portara el uniforme militar.

Admite que su amuleto para la misión es una placa de plata estadounidense; pero, en la práctica parece que su apariencia física es la que le abre paso entre los iraquíes.

Durante un encuentro con alcaldes y jeques de la provincia de Babil, los líderes civiles y espirituales rompieron la seriedad al decirle que si dejaba la vestimenta militar y asumía la de ellos, fácilmente parecería otro iraquí.

El jefe militar, que nació en Cojutepeque, Cuscatlán, no dejó de sonrojarse antes de admitir que aceptaba el reto.

Sin embargo, su mayor desafío en el siguiente medio año será superar los 87 proyectos de reconstrucción y asistencia que ejecutó el grupo que relevó hace dos semanas. Responsable , El coronel Oswaldo Rubio encabeza la tropa salvadoreña.


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