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Relato
Iraq no es sólo guerra
Fue una aventura periodística realizada entre el riesgo de la
guerra, el sofocante calor que caracteriza al desierto iraquí
y el reto de representar los ojos del pueblo salvadoreño para
constatar la huella del Batallón Cuscatlán destacado en
la ciudad de Al Hillah.
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Babilonia.
Fachada de las ruinas de Babilonia, una de las siete maravillas
del mundo. Foto EDH
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Es una tierra rica en historia, donde la bandera de
El Salvador, ondeando al sur de esta nación árabe, despierta
el aprecio de sus pobladores, que combinan la ironía de vivir
sobre oro negro y enfrentar una pobreza extrema que parece más
agobiante con una temperatura similar a colocarse frente al compresor
encendido de un aire acondicionado.
Por invitación del Ministerio de la Defensa Nacional tuve la
oportunidad de acompañar el relevo del Batallón Cuscatlán,
destacado en Al Hillah, provincia de Babil, misma que conserva las ruinas
de la legendaria Babilonia, considerada el origen de nuestra civilización.
Tras aceptar el reto de acompañar a la tropa, mi primera sorpresa
fue el condicionamiento de las autoridades castrenses para que durante
toda la misión vistiera uniforme militar. Jamás pensé
que eso ocurriría en mi vida. El único acercamiento a
una disciplina parecida la viví cuando adolescente disfruté
casi una década siendo boy scout.
El argumento de los representantes del Ejército es que íbamos
a una zona de guerra, donde un civil entre la tropa se podía
convertir en un blanco perfecto para un ataque de la resistencia iraquí.
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Información.
El trabajo periodístico realizado desde una barraca
del campamento Virginia, Kuwait. Foto
EDH
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En
la frontera. Entrevista al Cnel. Eduardo Mendoza, antes de
cruzar el límite entre Kuwait e Iraq. . Foto
EDH
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Atendiendo estas indicaciones, seguí el proceso
de enlistamiento en el Ejército salvadoreño: me emitieron
un carné que en la práctica equivale a estar de alta temporalmente,
recibí los uniformes con las mismas insignias que distinguen
al Batallón Cuscatlán y me alertaron de la hora de partida.
Aunque el vuelo estaba programado para las 3:30 p.m. del 11 de agosto,
el grupo que viajaría debía presentarse tres horas antes
en la base militar del Aeropuerto El Salvador.
Mi primer almuerzo en la milicia fueron tres enormes pupusas de frijoles,
a las que llamo de cuartel, porque hay que tener suficiente
hambre para alcanzar a comerlas y sentirles sabor. Una bastó
para saciarme.
Obviamente, el momento de la partida fue el más emotivo. Al son
de un mariachi que no dejó de amenizar la espera, un primer grupo
abordó un avión de la aerolínea estadounidense
Ryan, que se convirtió en nuestra morada móvil por las
casi 22 horas que demoró el desplazamiento hasta Kuwait.
Las únicas escalas fueron en bases militares, una en la isla
canadiense de Newfouland y la otra en Fráncfort, Alemania.
Después de sobrevolar la ciudad de Kuwait que lucía iluminada,
ordenada y próspera, el capitán del avión anunció
que los salvadoreños habíamos llegado al primer objetivo.
En El Salvador era la 1:40 p.m. del viernes 12 de agosto, pero allá
faltaba una hora para que terminara ese día.
A pesar de lo avanzada de la noche, la temperatura que nos recibió
no era inferior a los 45 grados centígrados. A los pocos minutos
del arribo la sed comenzó a sentirse.
Una flota de autobuses con todos los acomodamientos nos trasladó
hasta el Campamento Virginia, albergue obligado para aclimatarse y esperar
las condiciones de seguridad para movilizarse hacia Iraq, cuya frontera
está a casi tres horas.
En el desierto
El alba del 15 de agosto nos dio la bienvenida en el límite entre
Kuwait e Iraq, que caracteriza al primer territorio porque la mayoría
de sus habitantes viven en una opulencia que hace que las tareas domésticas
estén destinadas a hindúes, paquistaníes y ciudadanos
de otras naciones pobres próximas a este emirato.
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León
de Babilonia. Símbolo religioso en esta
región. Atrás, uno de los palacios de Saddam Hussein.
Foto EDH
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El
árbol nacional de Iraq es el dátil, cuyo fruto
es similar a un jocote pero con sabor a caña. Foto
EDH
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No habíamos transitado ni tres minutos, cuando
de las escasas covachas levantadas en una tierra desértica iban
saliendo varios niños iraquíes pidiendo comida y agua
al convoy salvadoreño.
Creí que sería una escena aislada, pero conforme nos adentrábamos
en la Ruta Tampa, que conecta hasta Bagdad, varios menores descalzos
y luciendo gabanes sucios estaban a la orilla de la carretera, retaban
la temperatura e insistían en clamar provisiones.
Como advertidos, los soldados salvadoreños rompían los
seguros de las ventanas de los autobuses para lanzarles frutas y botellas
de agua que habían extraído del comedor del campamento.
Esta escena sólo era interrumpida en densas zonas del desierto,
envueltas en un color grisáceo que parece poner límite
a la planicie del terreno visualmente alterado sólo por el asfalto
de la carretera.
Conforme entrábamos en aquel infierno, el aire acondicionado
de los autobuses parecía anularse. La necesidad de ingerir cuanta
agua fuera posible, la sensación de somnolencia provocada por
el desplazamiento recto y la opresión del chaleco antibalas y
el casco de seguridad generaban tedio.
El efecto dominó empezó a darse. Los soldados luchaban
por no dormirse; pero, puedo asegurar que todos la perdieron esa batalla
durante las 14 horas que demoró la travesía.
El animó se apoderó del grupo hasta advertir el rótulo
vial que indica que al seguir la ruta se llega a Bagdad, pero que al
girar a la izquierda, está la ciudad de Al Hillah.
Una estrecha calle lleva a esta localidad de la provincia de Babil.
Parecía que sus habitantes se han familiarizado con el azul y
blanco del distintivo que portan los vehículos del Batallón
Cuscatlán.
Varios hombres y niños mostraban en alto su pulgar derecho, en
señal de recibimiento al contingente cuscatleco, acompañado
de la frase: ¡El Salvador, good! ¡El Salvador, good!
Estas expresiones dejaron de advertirse hasta llegar al Campamento Charlie,
donde se alojan los efectivos salvadoreños en cómodos
contenedores que simulan pequeñas habitaciones para dos personas.
Al llegar, los miembros del Cuscatlán IV no disimularon su emoción,
entendiendo el arribo como la confirmación del boleto para retornar
a casa, después de seis meses de la misión que estaban
por clausurar.
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Sello
salvadoreño. En Al Kassar, los nacionales han logrado
enlazar a aldeas incomunicadas por la guerra. Foto
EDH
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La huella
Ya establecidos en suelo iraquí, acompañé a los
miembros de Alto Mando Conjunto de la Fuerza Armada que llevaban la
misión de supervisar el trabajo realizado por el cuarto contingente.
En Al Kassar y Al Kifl visitamos dos puentes, una escuela reconstruida
y una planta de tratamiento de agua que tienen el sello cuscatleco.
La importancia de la planta, levantada a la orilla de un afluente del
río Éufrates, la entendí cuando varios de sus moradores,
por medio de un intérprete, me dijeron que el agua que consumen
es la misma que obtienen de riachuelos contaminados que utilizan para
sus regadíos.
Un grupo de niños portando banderas iraquíes y salvadoreñas
recibió al grupo. El calor de los menores parecía me pareció
tan sincero que me confundí entre ellos cuando advirtieron que
portaba una cámara fotográfica y, venciendo la barrera
del idioma, usaban sus manos indicando que les fotografiara y mostrara
los cuadros.
Mientras, entre los adultos, el agradecimiento por las obras es tal
que en todas las inauguraciones prepararon carnero, platillo que sólo
se degusta para fechas y con invitados importantes.
En todas las recepciones había que romper el muro cultural de
no utilizar cubiertos. Para comer, los iraquíes lo hacen en cuclillas
y extraen cada bocado con la mano derecha.
Para no ofenderles, los salvadoreños tuvimos que imitarles. En
ningún evento tomó parte mujer alguna.
Ocultas en sus vestimentas negras, las féminas iraquíes
huyen de la vista de extranjeros. Es una ofensa para sus maridos si
dejan verse.
En los días siguientes, visitamos las ruinas de Babilonia, un
palacio de Saddam Hussein y el bíblico río Éufrates.
Pero, ese será otro relato.
El
comandante que parece otro iraquí
El Batallón Cuscatlán V es comandado por el coronel Oswaldo
Rubio, quien fácilmente se confundiría entre los iraquíes
si no portara el uniforme militar.
Admite que su amuleto para la misión es una placa de plata estadounidense;
pero, en la práctica parece que su apariencia física es
la que le abre paso entre los iraquíes.
Durante un encuentro con alcaldes y jeques de la provincia de Babil,
los líderes civiles y espirituales rompieron la seriedad al decirle
que si dejaba la vestimenta militar y asumía la de ellos, fácilmente
parecería otro iraquí.
El jefe militar, que nació en Cojutepeque, Cuscatlán,
no dejó de sonrojarse antes de admitir que aceptaba el reto.
Sin embargo, su mayor desafío en el siguiente medio año
será superar los 87 proyectos de reconstrucción y asistencia
que ejecutó el grupo que relevó hace dos semanas. Responsable
, El coronel Oswaldo Rubio encabeza la tropa salvadoreña.
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