28 de agosto de 2005


Pacientes Psiquiátricos
El rincón de los olvidados

El Hospital "Dr. José Molina Martínez" es el único centro de atención psiquiátrica en el país y wl hogar para la mitad de los pacientes que llegan. El desconocimiento de las enfermedades mentales ha hecho que la sociedad los vea como personas de categoría inferior, fenómeno que sucede incluso con sus familias.

Alicia Miranda Duke
vertice@elsalvador.com


Foto EDH /Wilfredo Díaz

“Me extraña que siendo una profesional no sepa qué significa mi nombre”.

Aquella frase logró captar la atención de la psiquiatra. “¿Quiere saber cuál es mi nombre, doctorcita? Me llamo ‘Hope’ que es lo mismo que ‘esperanza’. En inglés, ‘hope’ significa ‘esperanza’.

¡Pero no se enoje!”, dijo la mujer inclinando la cabeza, como pidiendo disculpas. “¿Cuándo me van a dar el alta?”, le preguntó enseguida a la doctora.
Ese día, Esperanza cumplía dos semanas de haber sido ingresada al Hospital Psiquiátrico, aunque a simple vista parecía una persona mentalmente sana.

“¿No parece, verdad? El problema es que se ha estigmatizado a los enfermos mentales, a los psiquiatras y a los hospitales psiquiátricos —explicó la doctora Marisol Domínguez, jefa de enfermeras— Es una realidad difícil, pero igualmente humana”.
Estas realidades se viven con intensidad en los pabellones del hospital.

Esta vez, Esperanza estaba inclinada sobre las rejas que separan a la sala de enfermos Agudos Mujeres con el patio principal. Se frotaba las manos con colonia de bebé y movía los pies en círculos.

No era una paciente común. De las 49 mujeres que había ingresadas era la única que preguntaba con insistencia por su salida. Creía que dos semanas eran suficientes para completar su recuperación.

La terapia electro convulsiva, o electroshock, se utiliza cuando el paciente está en crisis, y únicamente se aplica con la autorización de un familiar o un psiquiatra. Antes de hacerlo se suministra anestesia y un relajante muscular. Mediante electrodos se le da una pequeña descarga de corriente al cerebro para que convulsione levemente y se pueda sosegar al enfermo. Foto EDH /Wilfredo Díaz

“¿Usted sabe cuando me van a dar el alta?”, preguntó por tercera vez a un grupo de estudiantes de medicina que acababa de entrar al pabellón.

Esperanza sabía que estaban allí para evaluar a las pacientes. “Si quieren que les cuente por qué estoy aquí, me van a poner atención”, les dijo. La mujer se levantó y tres estudiantes la siguieron por el pasillo hasta su cama.

A pocos metros de ahí, Vanesa, otra paciente, respondía con monosílabos a la evaluación. Ella, de ojos verdes, miraba desconfiada; y con pose de niña apenada logró que se conformaran con poco: “Me trajeron aquí porque me duele el corazón”, les dijo. El resto de las preguntas las respondió sin dar explicaciones.

Marisol, otra interna, les armó una historia entrecortada a los dos estudiantes que la evaluaban. “Lo que pasa es que la niña Gloria me trajo aquí porque andaba chuca de los pies. Por mi hijo vendía flores en el supermercado que está en la Avenida Olímpica. Me fui a los Estados Unidos y me regresé a acompañarme. La niña Gloria me trajo aquí porque se cayó la montaña de Las Colinas y me afligí”.

Marisol comenzó a llorar, pero terminó de la misma forma en que empezó. Luego saltó de la cama y corrió al patio a jugar con el resto de pacientes. “Son personas sedientas de afecto y atención”, explicó Ethel Vásquez, jefa de enfermería de la sala, cuando la vio correr.

La única que seguía hablando era Esperanza. “Necesito que le cuenten todo a un periodista. Yo estoy formando un partido político con una señora que fue canciller. ¿Cómo es que se llama? Bueno, la cosa es que necesito que lo hagamos público”, explicaba mientras los estudiantes la miraban con asombro.

“Tiene esquizofrenia”, dijo una enfermera con tono maternal. Como el resto de las enfermas, había sido diagnosticada con un padecimiento que la llevaba a ser ingresada ocasionalmente en el mismo pabellón. Esta frecuencia ha generado un lazo afectivo entre el personal y los pacientes. Con los agudos por la recurrencia de su ingreso, y con los crónicos porque viven ahí.

Foto EDH /Wilfredo Díaz

Tolerancia

Las escenas son recurrentes en todos los pabellones de hospital. Donde hay pacientes psiquiátricos siempre hay mucho trabajo y pocos trabajando.

En el psiquiátrico de El Salvador, el único hospital especializado del país, hay cinco área de atención: Emergencia, Cuidados Intensivos, Agudos (mujeres y hombres), Crónicos (mujeres y hombres) y Adicciones.

Cada pabellón tiene un equipo propio formado por psiquiatras, psicólogos, trabajadoras sociales, médicos residentes, enfermeras y auxiliares. El personal y el número exacto puede variar de acuerdo a las necesidades.

En Agudos Hombres, por ejemplo, hay dos psiquiatras, dos residentes, dos sicólogas, una trabajadora social, tres enfermeras y un auxiliar, para 59 pacientes.

Allí, como en las demás áreas es necesario mantener mucha paciencia. Una escena común es ver a un grupo de hombres vestidos con pantalón y camisa blancos caminando de un lado a otro junto al personal.

Dora Alicia López, jefa de enfermería, ordena unos archivos, revisa unos papeles, sirve una pastilla al mismo tiempo que le dice a “Carlitos” que no sabe cuándo le darán el alta. Todo sin perder la compostura, pese a la insistencia del paciente. “Los niveles de tolerancia, aquí, tienen que estar arriba de lo normal”, dice sonriente.

Mario Guidos, auxiliar de Crónicos Hombres, tiene 12 años de trabajar en el hospital y asegura que la persona que no tenga paciencia no dura en ese empleo.

Foto EDH /Wilfredo Díaz

“Uno se puede cansar si no está preparado, porque el trabajo es pesado o porque los pacientes pueden golpearnos”, explica. Pero Guidos se ha ganado la fama de ser una de las personas más tolerantes de todo el nosocomio.
La doctora Domínguez asegura que él sabe cómo calmar a los pacientes agitados (alterados) sin tener que llegar a usar la fuerza.

“A veces lo hemos llamado para que nos ayude con un paciente en emergencia”, dice la doctora. Guidos prefiere resumirlo en una frase. “Son como niños que muchas veces han sido rechazados por los suyos y la sociedad. Me necesitan”.

Doble esfuerzo


Enfermeras, auxiliares, médicos y el resto del personal coinciden en que el trabajo es dos veces más pesado, pero ninguno ha pensado en dejarlo.

Cualquier persona ajena que entre al pabellón Crónicos Hombres querrá salir de inmediato.

El olor a orines y humedad repele a cualquiera, las instalaciones están viejas y un patio estrecho es el único lugar de esparcimiento para los internos.

Algunos caminan y otros permanece tirados en el suelo. El patio está siempre saturado con los hombres vestidos de blanco que hacen cualquier cosa para llamar la atención.

La situación no cambia a pocos metros de allí, en el pabellón Crónicos Mujeres. En la entrada principal, un grupo de mujeres vestidas de rosado recibe a las visitas con tasas de plástico. La cercanía que llegan a tener con el visitante incomoda a cualquiera.

Las pacientes están separadas en dos áreas. La primera es para las mujeres mayores, y, a continuación, están las más jóvenes.

Al fondo, en el patio de recreo, la misma escena de Crónicos Hombres se repite: las pacientes caminan de un lado a otro; algunas están sentadas bajo el sol y otras están tiradas en el suelo.

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“Ellos son como mi familia”

Ambos sectores, Crónicos Hombres y Mujeres, no son lugares en el que se pueda permanecer más de cinco minutos. Sin embargo, hay 83 hombres y 77 mujeres que viven allí y que probablemente mueran sin poder salir un sólo día.
María del Carmen de Santos, jefa de enfermeras en Crónicos Hombres, explica que son conscientes de las grandes necesidades que tienen, pero que hacen lo posible para suplirlas con lo poco que tienen.

“Aquí mantenemos limpio. Siempre hay ayudantes que limpian, pero a veces no podemos controlar a todos al mismo tiempo y algunos hacen sus necesidades donde sea”, explica mientras le indica a un hombre semi desnudo que salga de la oficina.

Pero en el área de crónicos las carencias no son un impedimento para dar un trato humano a los enfermos. “El 90 por ciento no tienen familias. Por ejemplo, Carlos Parada aquí creció. Somos la única familia que tiene”, añade.


Atención especializada

El hospital está dividido en cinco áreas. En Emergencias atienden a los que llegan por primera vez y también dan las consultas externas.

Cuando hay necesidad de ingreso, el médico determina el lugar en el que permanecerá la persona. Por ejemplo, si es una depresión profunda con un intento de suicidio se ingresa en Cuidados Intensivos (UCI).

La UCI alberga casos delicados que necesitan una atención constante.

Si el paciente ya ha sido diagnosticado con una enfermedad mental y tiene una crisis se ingresa en el área Agudos, hombres o mujeres.

Los Crónicos, mujeres y hombres, son los pabellones en donde hay de todo tipo de casos desde esquizofrénicos, retardos mentales hasta personas afectadas por un evento.

Adicciones es el área donde se atiende a los pacientes con problemas de alcoholismo y drogadicción. Generalmente, son pacientes recurrentes.

El hospital también incluye una terapia ocupacional para los que muestren capacidades especiales y que pueden llegar a reinsertarse en la sociedad y en sus familias.

 

 

 


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