28 de agosto de 2005


LA OPINIÓN
Desde la cuerda floja

Lilian Martínez
vertice@elsalvador.com


Nuestro Hospital Psiquiátrico alberga a 77 mujeres y 83 hombres como inquilinos permanentes. Mientras tanto, 6 millones de salvadoreños, más o menos, deambulamos por las calles de San Salvador, con la propiedad que da carecer de un diagnóstico de esquizofrenia o locura. Se supone que ningún tornillo nos hace falta y que cada una de nuestras acciones son el resultado de pensamientos cargados de lucidez y sensatez.

La lucidez del estudiante que se prepara para la Paes, desvelándose una noche antes del examen. La sensatez del empleado que topa su tarjeta de crédito a sabiendas de que las cuotas serán tan grandes que sangrarán su bolsillo durante meses.

La lucidez del diabético que, a conciencia, no renuncia al pan dulce. La inteligencia del enfermo crónico que no se toma las medicinas a la hora y en las dosis indicadas.

La lucidez del que olvida pagar el IVA el día que corresponde. La sensatez del que se gasta el valor de un tanque de gasolina en una noche de copas con sus amigos.

La lucidez de la señora que no se pierde la novela, aunque sus hijos necesiten ayuda con la tarea. La sensatez del hijo que no colabora con el trabajo de la casa, porque para eso tienen muchacha.

La lucidez del funcionario público que usa el vehículo nacional para dar un paseo familiar por la playa. La sensatez del comerciante que todavía pregunta “con factura o sin factura” al hacer una transacción.

La lucidez de los gritos del madridista que insulta al barcelonista, y viceversa, luego de una amarga derrota, aunque ninguno de los dos tenga idea de cuántos kilómetros separan a Madrid de Barcelona.

La sensatez con que el vigilante de un parqueo se hace el del ojo pacho cuando los ladrones desmantelan un carro estacionado en la vía pública.

La lucidez del que no sabe con qué pagará su carro nuevo, ahora que ya no tiene trabajo.

La lucidez del que pone la música a todo volumen, sin preguntarse si el vecino la disfruta tanto como él.

La sensatez de los universitarios que prefieren estar todo el tiempo en la cafetería que entrar a clases.

La lucidez del que tiene más ojos para el cartel de una modelo que para su propia esposa. La sensatez de la mujer que soporta los golpes de su marido y lo justifica.

La lucidez del que sufre porque no tiene trabajo y luego, al conseguirlo, sufre porque lo tiene. La lucidez del que abandona a un padre o a un hijo, sólo porque mental o físicamente no entra en la categoría de “normal”.

Puedo seguir enumerando acciones “lúcidas y sensatas”. Cada una de ellas está en la cuerda floja. ¿Qué nos diferencia de aquellos que están confinados en el psiquátrico? Parece que sólo un diagnóstico.

Como sociedad deberíamos tratarlos con mucho más respeto. Estamos más cerca de ellos de lo que imaginamos. Nunca me pareció tan cierto que: “De músicos, poetas y locos todos tenemos un poco”..


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