27 de noviembre de 2005


LA OPINIÓN
Pobreza no es bajeza

Lilián Martínez
vertice@elsalvador.com

Ser pobre -lo que para algunos economistas es igual a tener menos de un dólar en el bolsillo para subsistir un día- no tiene por qué equivaler a ser vil, holgazán, cochino, harapiento e inmerecedor de un trato digno de todo ser humano.

Sin embargo, muchos -pobres y ricos- insisten en equiparar los anteriores adjetivos con el hecho de ser pobre. Hay quienes, incluso, creen que los pobres tienen la casi obligación -y el derecho- de vestir ropa desgastada. Incluso, hay quien considera que el hecho de bañarse todos los días -como acostumbramos en latitudes tropicales-, beber agua pura, presenciar una obra de teatro y estudiar en escuelas con piso de cerámica son lujos que podrían malograr al pobre y convertirlo en un desubicado social que se cree con el derecho de vivir como si tuviera en su bolsillo más de un dólar diario para subsistir, como si hubiera trabajado y ahorrado toda su vida con tal de acumular -así se llega a ser rico ¿no?-. Dudo de las bondades del asistencialismo, y no creo en la leyenda de Robin Hood -quien robe a los ricos para dar a los pobres, no tiene otro calificativo que “ladrón” -.

Pero sé que el hecho de no tener ese dólar en el bolsillo no obliga a ningún salvadoreño a vivir en condiciones insalubres, a mantenerse al margen de toda expresión artística, y a vivir junto a su familia en una cueva.

Nada, ni nadie, por carecer de un dólar en el bolsillo, puede impedir a un ciudadano de un país donde la libertad se pregona como un valor, admirar la naturaleza y leer un libro que cultive el intelecto o el espíritu. La pobreza no equivale a bajeza ni muchos menos a suciedad.

En este entendido, me indigna que los estudiantes del único centro de educación superior público de nuestro país - la maltratada UES- deban tolerar que el lugar donde adquieren sus conocimientos esté sucio y maloliente. Mucho menos deben ser ellos la causa de esa suciedad.

Lamentablemente, los pasillos de los edificios de aulas de Filosofía y Psicología son verdaderos chiqueros, donde ni estudiantes ni empleados hacen lo propio para que el lugar sea, al menos en apariencia, un verdadero centro del saber. Lo más preocupante es que el desorden que impera en los pasillos puede ser un indicio del desorden que hay en los pensamientos. Espero equivocarme.


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