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LA
OPINIÓN
Pobreza
no es bajeza
Ser
pobre -lo que para algunos economistas es igual a tener menos de un
dólar en el bolsillo para subsistir un día- no tiene por
qué equivaler a ser vil, holgazán, cochino, harapiento
e inmerecedor de un trato digno de todo ser humano.
Sin embargo, muchos -pobres y ricos- insisten en equiparar los anteriores
adjetivos con el hecho de ser pobre. Hay quienes, incluso, creen que
los pobres tienen la casi obligación -y el derecho- de vestir
ropa desgastada. Incluso, hay quien considera que el hecho de bañarse
todos los días -como acostumbramos en latitudes tropicales-,
beber agua pura, presenciar una obra de teatro y estudiar en escuelas
con piso de cerámica son lujos que podrían malograr al
pobre y convertirlo en un desubicado social que se cree con el derecho
de vivir como si tuviera en su bolsillo más de un dólar
diario para subsistir, como si hubiera trabajado y ahorrado toda su
vida con tal de acumular -así se llega a ser rico ¿no?-.
Dudo de las bondades del asistencialismo, y no creo en la leyenda de
Robin Hood -quien robe a los ricos para dar a los pobres, no tiene otro
calificativo que ladrón -.
Pero sé que el hecho de no tener ese dólar en el bolsillo
no obliga a ningún salvadoreño a vivir en condiciones
insalubres, a mantenerse al margen de toda expresión artística,
y a vivir junto a su familia en una cueva.
Nada, ni nadie, por carecer de un dólar en el bolsillo, puede
impedir a un ciudadano de un país donde la libertad se pregona
como un valor, admirar la naturaleza y leer un libro que cultive el
intelecto o el espíritu. La pobreza no equivale a bajeza ni muchos
menos a suciedad.
En este entendido, me indigna que los estudiantes del único centro
de educación superior público de nuestro país -
la maltratada UES- deban tolerar que el lugar donde adquieren sus conocimientos
esté sucio y maloliente. Mucho menos deben ser ellos la causa
de esa suciedad.
Lamentablemente, los pasillos de los edificios de aulas de Filosofía
y Psicología son verdaderos chiqueros, donde ni estudiantes ni
empleados hacen lo propio para que el lugar sea, al menos en apariencia,
un verdadero centro del saber. Lo más preocupante es que el desorden
que impera en los pasillos puede ser un indicio del desorden que hay
en los pensamientos. Espero equivocarme.
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