27 de marzo 2005



“Decidí vivir”

Juan Pérez, nombre ficticio por protección de identidad, es un médico internista, nacido en El Salvador y radicado en Estados Unidos. Desde ahí narra a la periodista Lilian Martínez cómo ha vivido 20 años con el virus de inmunodeficiencia humana.

Lilian Martínez
Vertice@elsalvador.com

   
“En el hospital, di la noticia a mis compañeros dos meses antes de renunciar. Sé que aunque hubiera dicho que iba a seguir trabajando no habría tenido ningún problema”.

Soy salvadoreño, pero hace 22 años vine a Estados Unidos para finalizar mis estudios de Medicina.

Tengo 51 años y los últimos 20 los he vivido con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH). Algo más, aunque no se me note a simple vista: soy gay. La gente que me quiere, mis amigos y mi familia en El Salvador, lo saben.

Pero, aún así, prefiero que me dé un nombre ficticio, por ellos que están allá. “Juan Pérez” estará bien.

En 1984 trabajé como médico internista en un hospital de la costa este de Estados Unidos. Un mes antes de cambiarme de hospital y de ciudad, tuve un acceso de fiebre y dolor de garganta. Me toqué el cuello y me sentí los ganglios inflamados. Me hice un hemograma que reveló que tenía los linfocitos atípicos y un cierto aumento de monocitos. Un colega y yo diagnosticamos mononucleosis. No le dije a nadie, pero en mis adentro imaginé que era VIH.

Segunda llamada

Seguí mi vida normal. Atendía toda clase se pacientes de 9:00 a.m. a 5:00 p.m. Yo era de los médicos que, incluso, atienden a la gente que llega a la sala de emergencias aunque no tengan seguro.

En esos días ya se sabía que el VIH no se trasmite por tocar o ser tocado por un portador, así que con los únicos pacientes que usaba mascarilla era con los enfermos de tuberculosis. No para protegerlos a ellos de mí, sino para protegerme yo de ellos, como hacen todos mis colegas.

¿Que si usaba guantes? Pues sólo habrían sido necesarios si hubiera tenido alguna herida en las manos y me dispusiera a tocar sangre o heridas de los pacientes. Se lo recuerdo otra vez: uno no se contagia por simplemente tocar a un portador.

Después del trabajo, tres o cuatro veces a la semana, iba a un bar cerca de mi apartamento, para beber un poco, dos o tres copas. Aunque, no crea que soy un santulón, porque nunca lo he sido. A las 10:00 de la noche estaba ya en la cama listo para dormir y levantarme a las 7:00 de la mañana.

Luego cambié el bar por el gimnasio. El ejercicio me ayudaba, porque salía del hospital con ganas de mandar todo a la “m” y después del gimnasio volvía a mi casa con otra actitud. Así transcurrió un año.

Una mañana de 1985, me vi al espejo y descubrí que tenía herpes zoster en el pecho. Entonces pensé: “Definitivamente, esto es VIH”. Por primera vez vi aproximarse mi muerte. Recuerde que en esa época todo el que estaba en fase sida se moría, no había ningún tratamiento. Ser portador era fatal. Incluso, yo había perdido varios amigos por el sida. He perdido tantos que hasta dejé de contar. La mitad ha sido latina, aunque al principio se creía que el sida era una enfermedad de blancos.

Entonces sólo me atreví a contarle lo que me sucedía a mi hermana menor y a un par de amigos. No recuerdo qué me dijeron. Pero sus acciones hablaron por sí solas. Nunca me dejaron solo, tampoco hubo reproches.

Consulté a un amigo médico, le expliqué mi caso y él me empezó a controlar sin poner en mi cuadro el nombre del virus. En esa época, los seguros todavía no pedían el examen como requisito, así que pude asegurarme bien. No salí tan mal en los exámenes generales, así que el doctor no me recetó medicamentos. Y aunque lo hubiera hecho, yo no los habría tomado, pues —como médico— tenía mis dudas respecto a su efectividad.

Ese primer año, sabiéndome portador, fue dificilísimo. Pero soy una persona que vuelve productiva la depresión, así que en el hospital nadie notó lo angustiado que estaba por dentro. Al final, me dije: “No voy a vivir para esperar la muerte. Voy a vivir para vivir”.

Sin medicinas, con el virus, ejerciendo mi carrera, yendo al gimnasio y disfrutando al máximo los fines de semana, pasé de los 30 a los 40 años. En mayo de 1995 me sentí cansado, mis defensas estaban bajísimas y perdí peso. Estaba tan mal que dejé de trabajar y a los cuatro meses, la segunda infección oportunista me atacó. Entonces me sentí peor y me pusieron un catéter en el brazo, para medicarme en la casa todos los días.

A pesar de esa recaída, seguí negándome a tomar cualquier pastilla porque nadie había publicado un estudio científico que me convenciera de que servían para algo. Seguí así hasta marzo del 96, cuando la revista médica New England, publicó una investigación que me convenció de la efectividad de los medicamentos.

Sé que con medicinas o sin ellas la gente se puede morir, pero los medicamentos tomados como Dios manda, una buena alimentación, el apoyo de la familia y los amigos —lo cual he tenido— y el ejercicio, me han ayudado a vivir.

LA VIDA CON VIH

   
“Ese primer año sabiéndome portador fue dificilísimo. Pero soy una persona que vuelve productiva la depresión, así que en el hospital
nadie notó lo angustiado que estaba por dentro. Al final, me dije: ‘No voy a vivir para esperar la muerte. Voy a vivir para vivir’”.

En el hospital, di la noticia a mis compañeros dos meses antes de renunciar. Sé que aunque hubiera dicho que iba a seguir trabajando no habría tenido ningún problema. Nunca he sido discriminado. Al menos no como sé que todavía pasa en El Salvador. Aquí no despiden a la gente cuando saben que tiene VIH.

¿Qué hago desde entonces? Pues paso la mayoría del tiempo en la casa por una decisión personal, no porque yo me esté aislando. Creo que la edad también influye. ¡Yo la gocé en los 30 y los 40! Ahora disfruto estar en la casa. He remodelado mi apartamento y me siento a gusto.

Además, aquí en el vecindario tengo de todo. El súper está a una cuadra, el gimnasio a cuatro; al otro lado de la calle, frente a mi apartamento, hay un restaurante donde suelo sentarme a ver la ciudad y a oír música.

Por la mañana saco a caminar a mis perros y regreso hasta las 2:00 p.m. y luego voy al gimnasio. A menos que tenga control médico, el resto del día me quedo en casa leyendo revistas médicas, navegando en Internet y chateando.

Sé que he tenido suerte. Un efecto secundario de los medicamentos es que ponen la cara jalada, los brazos delgados y el abdomen abultado. A mí no me ha pasado eso. Además, con los ingresos que tenía como internista, logré contratar un buen seguro y así se paga la mayor parte de mis medicamentos. Aunque una mínima parte la pago yo. Al mes me salen como 200 dólares de complemento.

Creo que algo así deberían hacer en El Salvador. Al que no pueda pagar, que el gobierno o alguna fundación privada deberían darle las medicinas. Y al que pueda, que pague al menos una parte, 5 ó 10 dólares, por ejemplo. Pero si el gobierno o el seguro dan la medicina, que lo hagan de forma continua, porque si de repente se interrumpe el tratamiento, no sirve de nada.

No niego que me gustaría volver a ejercer la medicina, pero por lo pronto quiero dedicar mi tiempo a ayudar. Por eso le escribí después de leer el artículo sobre el subregistro de muertes por sida que hay en nuestro país. Me preocupa. Si ahorita el VIH no es un problema grande en El Salvador, a menos que hagan algo para evitarlo, dentro de 10 años sí lo será.

El único día que no estoy aquí es el miércoles, pues asisto a lo que en El Salvador conocen como “grupos de apoyo”. Es una reunión de portadores de VIH dirigida por dos psicólogas.

La semana pasada llegó uno nuevo y le pregunté: “¿Cuál es tu historia?”. Pero la psicóloga me calló.
La idea es que los portadores tengamos un lugar dónde hablar acerca de estas cosas.

La mayoría del tiempo el grupo ha sido variado: Ha habido mujeres, hombres y gays. Aunque ahora somos sólo gays. Al principio, yo iba para que me escucharan. Pero ahora voy para escuchar a otros y ayudarles contándoles mi experiencia. Les digo que yo también creí que me moría, que pasé un año fatal, pero que luego caí en la cuenta de que no podía continuar viviendo esperando la muerte. Y aquí estoy. Viviendo para vivir.

Si me pregunta qué he hecho para durar tanto, respondo que cuidarme. Nunca he dejado de consultar cuando siento alguna molestia.

Una vez veía una especie de flash, consulté al oftalmólogo y me dijo que se debía al VIH. Si me hubiera descuidado habría perdido la vista. A muchos les pasa.

Además del ejercicio, no uso drogas, bebo ocasionalmente, hago dieta, tomo las medicinas como me lo han indicado y evito infectarme nuevamente.

Lo que más me ha ayudado es que la gente me aceptó, pero, sobre todo, que yo me acepté.

24 años de VIH - SIDA EN el mundo

1981-1985

Un virus que ataca a homosexuales
- Esta visión del VIH se debe a que los primeros casos detectados se dieron entre homosexuales blancos. En 1985 murió por esa causa el actor Rock Hudson.

1986-1990

APARECEN LAS PRIMERAS PASTILLAS
- En marzo de 1987 se autoriza en EE.UU. el AZT. El 1 de diciembre de 1988, la Organización Mundial de la Salud instituye el día mundial del sida.

1991-1995

aumento de cifras en el salvador
- Aunque el Ministerio de Salud registró los primeros casos de sida, en nuestro país, en 1986, es en este lustro cuando los reconocidos pasaron de 50 a 400.

1996-2000

Más fármacos son aprobados
- En EE.UU. se aprueba la venta de nevirapina y saquinavir. En los hospitales salvadoreños murieron 229 personas a causa del sida sólo en el año 2000.

2001-2005

El VIH tiene ley y reglamento
- En noviembre de 2001 se publica en el Diario Oficial la Ley de prevención y control del VIH. En mayo de 2004 se publica el correspondiente reglamento.


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