![]() 27 de marzo 2005 |
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Cultivos bajo amenaza Debido a la crisis agrícola
que afrontan los productores de hortalizas en San Ignacio y La Palma,
en Chalatenango, la vida ha dado un giro allí. Las deudas impagables
que tienen con los bancos están impulsando a muchos productores
a vender parte o la totalidad de sus terrenos. Donde antes había
sembradíos o pinares, ahora se levantan amplias casas de descanso.
Pero, subir a estos sitios se está volviendo una tentadora experiencia. Ya no imperan las invitaciones a caminatas ni a comer en algún restaurante, el espacio lo están ganando cada vez más las ofertas de tierra para vivir o para descansar. Al finalizar la guerra, esta zona era vista como un potencial turístico, pero desde hace unos cinco años se le ha agregado el valor residencial. La altura de estas tierras, arriba de los 2 mil metros sobre el nivel del mar, el envidiable clima que promedia generalmente los 12 grados centígrados y el verde panorama de los pinares, le impregnan un atractivo bastante singular. Por eso, ahora no es raro que cantones encumbrados como Las Pilas, Miramundo, Río Chiquito y Los Planes sean, de alguna manera, apetecidos para convertirlos en sitios de descanso los fines de semana. Hermosas casas dominan ahora las colinas y poco a poco están desplazando las sencillas viviendas de madera o adobe blanquecino de las familias locales. Desde que se deja el pueblo de San Ignacio, pequeñas vallas publicitarias y sencillos rótulos ofertando tierra bordean el camino de concreto de principio a fin. Los hay desde simples pedazos de cartón o madera clavados en los pinos en los que algún lugareño ofrece vender un pequeño lote de 18 por 29 metros, hasta rótulos de mediano tamaño invitando a vivir en este paraíso verde y de clima exquisito. Toque el cielo, reza uno de esos tantos anuncios en su intento por convencer al visitante de que no hay cosa mejor que residir en una quinta de terreno ubicada en Miramundo.
Hermosas estructuras se elevan sobre pequeñas colinas o planicies rodeadas de pinos, cipreses y bruma. Desde allí dominan el paisaje. Desde una residencia a la que llaman La casa de vidrio, hasta las típicas casas de montaña hechas en madera, están cambiando poco a poco el panorama residencial y natural de estas zonas. Hasta hace menos de una década, los únicos que habitaban esas alturas de Dios eran familias que sobrevivían de la agricultura, específicamente de las cosechas de repollo, papa y otras hortalizas propias de climas templados. Hoy, la vida, especialmente los fines de semana y días festivos, se ve interrumpida por la presencia de extranjeros que han visto en estos lugares una opción para tomar un descanso. Crisis y salida Entre los bosques rugen, cada fin de semana, las motos y los vehículos. Estas son algunas señales de que nuevos inquilinos han llegado. Miramundo, Las Pilas, Río Chiquito y Los Planes, son los sitios, al parecer, preferidos para estas familias que abandonan el bullicio urbano y se refugian en el sosiego de esta montaña. Están llegando poco a poco y, a juzgar por las palabras de un agrónomo retirado, esta zona pronto va a dejar de ser tierra de pobres. Puede que tenga razón. Se habla de que todos los diputados, funcionarios y los coroneles están comprando su espacio en estas cumbres. Pero, además, hay empresarios y ex funcionarios públicos que han levantado sus casas con exclusivas vistas panorámicas. Tanto el alcalde de San Ignacio, Eleazar Guillén Reyes, como Walter López, el agrónomo jubilado, piensan que un impacto negativo de la llegada de tanto foráneo sea que, pese a que los lugareños reconocían la propiedad privada, tenían el paso libre. Ahora ya no. Las lujosas residencias permanecen resguardadas por personas o por cercas. Pero, ¿qué hace que tanta gente se instale en este sitio y que la gente oriunda ceda el espacio? Cualquier residente da la misma explicación ante tanta oferta pendiendo de los árboles o vallas junto al camino. Todo lo resumen en la crisis agrícola en que están sumidos los agricultores desde hace pocos años y que les ha dejado endeudados. Para los bancos no somos sujetos de crédito porque los agricultores de esta zona les han quedado mal en el pago de los préstamos con los que financiaron sus cosechas, dice Saúl Regalado, un sembrador de papas y repollos de Las Pilas. Para éste y otros agricultores de cantones como Los Planes, la falta de asistencia técnica por parte del gobierno y la alta competencia de agricultores y proveedores de Guatemala que saturan el mercado de hortalizas, los están llevando casi a la quiebra.
En Las Pilas hay, por ahora, unas 300 manzanas sembradas de papas. Antes sumaban 750. En este lugar hablan de que la baja en la cosecha y venta de hortalizas ha provocado que unos 50 agricultores hayan vendido parte o la totalidad de sus parcelas para pagar la mora o el préstamo en los bancos. Una mujer de Las Pilas, que pidió no ser identificada, dice que ha empezado a vender flores para ayudar a su marido en el sostén de su familia, pero les resulta imposible pagar siquiera la mora de dos créditos bancarios. Ella dice que la tormenta Mitch, de 1998, acabó con el proyecto de la tomatera, y que las políticas gubernamentales de protección al medio ambiente les impiden comerciar con la madera de un bosque donde invirtieron el otro préstamo. Una hermana mía tuvo que vender su bosque por este mismo impedimento. De la venta prácticamente sacó el dinero para pagar al banco, no le ganó nada, dice. En el cantón Río Chiquito la situación es similar. Una serie de rótulos en los que ofrecen terrenos dan una especie de bienvenida. Manuel Santamaría vive en la vera de un sendero, bonito y entre pinos altísimos, que bordea una lotificación que prácticamente está vendida. Precisamente, su casa está contiguo a una elegante residencia, cuyo propietario es un empresario de San Salvador. La mayoría de la gente aquí está enjaranada, las escrituras de las propiedades las tienen los bancos y no las pueden sacar. Entonces venden una parte de la tierra para sacarlas para que no les embarguen, apunta Manuel. El ejemplo del fracaso no está lejano a este hombre de piel curtida y sencilla plática: Un hermano mío prestó ¢100 mil a un banco para trabajar (en cosecha de repollos) pero tuvo que vender dos manzanas para pagar ¢200 mil, el doble de lo que había prestado a causa de los intereses. Explotar turismo En Los Planes, una zona caracterizada por la agricultura orgánica, la plaga de venta de terrenos aún no ha llegado. Salvo en algunos casos como el de Ernesto Villeda. Este agricultor en pequeño está luchando por no caer en esa situación. Tengo dos años de mora en el banco y espero que haya un refinanciamiento del BCIE (Banco Centroamericano de Integración Económica) para pagar los intereses a los bancos, dice esperanzado. Edgar Lemus, Adelmo Arriaga y Ernesto Villeda afirman que los endeudados de unos 15 caseríos de toda esa montaña que han vendido sus tierras para liberarse de las deudas suman unos 300. Aquí hay gente a la que los bancos han venido a decirles que desalojen; entonces prefieren vender, comenta Edgar Lemus. Pero estos agricultores parecen estar más prevenidos y buscan otra salida. Junto a la alcaldía de La Palma abrirán un agromercado donde podrán demostrar al turista cómo se cosecha vegetales, frutas y flores, y donde ellos mismos participen del proceso. El alcalde de La Palma, Héctor Alcides Hernández, dice que han obtenido $130 mil del organismo Project Concert International (PCI) para ese proyecto. La idea es atender mejor al visitante y atraer a otros. Tanto el edil de La Palma como el de San Ignacio reconocen que todo este despertar turístico tiene sus ventajas porque abre fuentes de empleo, pero también hay desventajas. Y es que aparejado a este fenómeno turístico, que también ha propiciado la compra y venta de tierras, ha devenido en el encarecimiento del costo de la vida, aunque por hoy, dicen, afecta más el bolsillo del turista. El gobierno ha declarado esta montaña como zona residencial turística, por eso se ha encarecido todo, se lamenta Walter López. Cuando este jubilado llegó a vivir hace seis años a Río Chiquito, una tarea (12 metros) costaba, dice él, $4 mil, pero ahora se ha elevado a más de $9 mil. A dos kilómetros de aquí hay un señor que vende a $17 mil cada manzana, sugiere Manuel Santamaría al hablar del precio de la tierra. Se consultó a algunas empresas de bienes y raíces y particulares que ofertan tierra en esa zona a fin de conocer los parámetros que ocupan para establecer esos valores. Unos no respondieron a nuestras llamadas, mientras que otros argumentaron que no se encontraba la persona que brindaba información. El tema del precio de la tierra es algo que sale de las manos de las alcaldías porque, según Eleazar Reyes, es algo que rige el mercado. Pero el desarrollo residencial y turístico que está experimentando la zona no lo ven a la ligera. Ambos dicen apoyar el impulso turístico con la gestión de servicios básicos y de infraestructura como calles de acceso a estos lugares. Pero también hablan ya de un plan de ordenamiento territorial, con el cual no sólo se pretende una mejor distribución en todos los municipios, sino también empezar a cobrar impuestos a los nuevos inquilinos de esas alturas. Aunque, esto es solamente un proyecto.
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