27 de marzo de 2005



LA COLUMNA

Lilian Martínez
vertice@elsalvador.com

Deportes extremos

El alpinismo, el surf y el rafting no son deportes de masas en El Salvador. Pero esto no significa que los salvadoreños seamos boyas. De hecho, gozamos de tal sed de adrenalina que transformamos cualquier práctica cotidiana en una experiencia límite. Aquí no necesitamos que un hijo de vecina se suba al edificio más alto de la ciudad —¿cuál es?—, se coloque un arnés en la cintura y se tire al vacío para quedar colgado de una gruesa cuerda con propiedades elásticas.

Cada mañana vemos a verdaderos atletas buir en adrenalina cuando penden —literalmente— de la puerta de entrada del bus, con los pies al aire y aferrados al borde de una ventana o a un tubo, que amenaza con desprenderse en cualquier momento. Verlos literalmente “casi volar” es estimulante.

Sin embargo, esa práctica atlética se queda pachita frente al desafío que representa cruzar a pie una carretera, calle o avenida sumamente transitada, sin importar que los vehículos lleven la vía y se conduzcan a velocidades de 40 a 100 kilómetros por hora. Parece que este deporte, que algunos califican como “torear carros”, tiene sus reglas.

Primero, el peatón nunca debe cruzar una calle desde una esquina. Segundo, el peatón nunca debe utilizar las pasarelas colocadas, por algún enemigo del olimpismo, para evitar la práctica de este deporte. Se trata de unas estructuras de metal y cemento, altas y, muchas veces, inseguras. Si se es un verdadero atleta, utilizarlas es una pérdida de tiempo.

Ahora bien, para ganar más puntos toreando carros se tiene que buscar una calle con obstáculos al centro. Así, como si se tratara de saltar burro, el deportista tiene que pasar sobre los bloques de cemento colocados al centro de algunas carreteras. Esa habilidad se adquiere, generalmente, viviendo en lugares donde el bus lo deja a uno precisamente a la par de esos bloques.

Espero que el lector no se equivoque y piense que las anteriores prácticas deportivas no son debidamente estimuladas por las autoridades. Para fomentarlas se ha evitado sancionar a todo conductor de autobús que permite a sus usuarios viajar colgados. Igualmente, se vio con malos ojos la pretensión de multar a los peatones que no utilizan las pasarelas.

Y para evitar que a cualquiera se le ocurra cruzar una calle o avenida exclusivamente desde las esquinas de las cuadras, se mandó a pintar pasos de cebra en algunas zonas, para que los imprudentes peatones aprendan empíricamente que estas señales son para que los automotores crucen la vía sin ningún obstáculo y sigan adelante, aunque un peatón esté parado ahí.


Copyright 2005 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.