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LA
COLUMNA
Deportes extremos
El alpinismo, el surf y el rafting no
son deportes de masas en El Salvador. Pero esto no significa que los
salvadoreños seamos boyas. De hecho, gozamos de tal sed de adrenalina
que transformamos cualquier práctica cotidiana en una experiencia
límite. Aquí no necesitamos que un hijo de vecina se suba
al edificio más alto de la ciudad ¿cuál es?,
se coloque un arnés en la cintura y se tire al vacío para
quedar colgado de una gruesa cuerda con propiedades elásticas.
Cada mañana vemos a verdaderos atletas buir en adrenalina cuando
penden literalmente de la puerta de entrada del bus, con
los pies al aire y aferrados al borde de una ventana o a un tubo, que
amenaza con desprenderse en cualquier momento. Verlos literalmente casi
volar es estimulante.
Sin embargo, esa práctica atlética se queda pachita frente
al desafío que representa cruzar a pie una carretera, calle o
avenida sumamente transitada, sin importar que los vehículos
lleven la vía y se conduzcan a velocidades de 40 a 100 kilómetros
por hora. Parece que este deporte, que algunos califican como torear
carros, tiene sus reglas.
Primero, el peatón nunca debe cruzar una calle desde una esquina.
Segundo, el peatón nunca debe utilizar las pasarelas colocadas,
por algún enemigo del olimpismo, para evitar la práctica
de este deporte. Se trata de unas estructuras de metal y cemento, altas
y, muchas veces, inseguras. Si se es un verdadero atleta, utilizarlas
es una pérdida de tiempo.
Ahora bien, para ganar más puntos toreando carros se tiene que
buscar una calle con obstáculos al centro. Así, como si
se tratara de saltar burro, el deportista tiene que pasar sobre los
bloques de cemento colocados al centro de algunas carreteras. Esa habilidad
se adquiere, generalmente, viviendo en lugares donde el bus lo deja
a uno precisamente a la par de esos bloques.
Espero que el lector no se equivoque y piense que las anteriores prácticas
deportivas no son debidamente estimuladas por las autoridades. Para
fomentarlas se ha evitado sancionar a todo conductor de autobús
que permite a sus usuarios viajar colgados. Igualmente, se vio con malos
ojos la pretensión de multar a los peatones que no utilizan las
pasarelas.
Y para evitar que a cualquiera se le ocurra cruzar una calle o avenida
exclusivamente desde las esquinas de las cuadras, se mandó a
pintar pasos de cebra en algunas zonas, para que los imprudentes peatones
aprendan empíricamente que estas señales son para que
los automotores crucen la vía sin ningún obstáculo
y sigan adelante, aunque un peatón esté parado ahí.
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