27 de febrero 2005


REPORTAJE
Estudiantes, al filo del colapso

Alicia Miranda
Vertice@elsalvador.com
Un estudio de las universidades de WESTHILL y Anáhuac, de méxico, arrojó que el 30 por ciento de los internos siempre sufre depresión; y el 25 por ciento de éstos padece de “ideaciones” suicidas en algún momento del séptimo año.

Francisco no pudo sobrellevar los niveles de exigencia pese a la asistencia sicológica que recibía desde que era estudiante del Externado San José. “Pesó más la ansiedad, el nivel de estrés y la depresión que manejaba”, se lamenta Burgos.

La verdadera prueba de fuego para los estudiantes llega al final de la carrera, cuando entran al externado (en quinto y sexto años). Reciben clases evaluadas en el hospital, atienden a pacientes y, aparte, realizan turnos.

La carga aumenta un año después, cuando además de lo anterior el estudiante asume las funciones de un médico sin estar graduado. Es el internado. Aquí se registran los mayores índices de deserciones. El estrés aumenta y pocos salen librados. Uno de ellos, Alberto.

La prueba de fuego

Poco tiempo después de haber iniciado su internado en el hospital Rosales, comenzó a padecer dolores de cabeza y alergias en todo el cuerpo.

“No te preocupes, lo que tengo es estrés”, lo escuchó decir varias veces Norma, su madre. “Yo no entendía qué significaba eso; pero él lo tomaba con calma”. Sin embargo, poco antes de que terminara su rotación, Alberto colapsó.

Norma recuerda la voz agria de una residente que dijo: “Su hijo necesitaba ayuda siquiátrica. Eso no se lo podemos dar aquí. Así que llévenselo”.

Alberto ingresó al hospital Siquiátrico donde le diagnosticaron depresión. Salió dos semanas después, y a petición de sus padres decidió tomarse un año para descansar.

“Trabajó ese tiempo porque siempre fue muy inquieto, pero quería regresar a su carrera aunque lejos del hospital Rosales”, indica la madre.

Tenía sus razones, las mismas que Norma recuerda con amargura: “Me contaba que allí había un maltrato hacia los estudiantes, casi todos los días los humillaban frente a los pacientes. Creo que por eso no quería regresar”.
Norma sostiene que esos maltratos desembocaron en la primera crisis de su hijo.

“Era un muchacho muy dedicado en sus estudios pero cuando llegó a ese hospital algo pasó...”, sospecha.
Alberto reingresó a su carrera, pero esta vez al hospital San Juan de Dios de Santa Ana. Sin embargo, a los pocos días Norma encontró muerto a su hijo. Se había suicidado.

Hoy, a casi un año del hecho, tiene la sospecha de que la decisión que tomó su hijo tuvo muchas causas, pero no por eso deja de señalar los detonantes que —asegura— potenciaron su muerte.

“Mi hijo no era el único caso que tuvo problemas con los superiores en el Rosales. Los médicos nunca hicieron nada para detener los maltratos que sufrían los estudiantes”, acusa.

Régimen militar

Lo que Norma denuncia ya lo saben las autoridades de la Facultad. La directora de la Escuela de Medicina dice que los estudiantes externos e internos están más expuestos a los abusos.

“La estadía de los estudiantes en los hospitales es lo más parecido a un régimen militar. Los que entran como externos I son sometidos por los externos II; estos últimos por los internos, y los internos por los residentes”, sostiene.
El círculo vicioso de abuso de autoridad desespera a los estudiantes. Esto, aunado a la falta de una ayuda u orientación adecuadas, termina por agravar los niveles de estrés que normalmente manejan los estudiantes de medicina, sobre todo los del año de internado.

Carlos Orellana, médico del staff del hospital Rosales, reconoce que a veces se les pasa la mano como superiores; sin embargo, explica que es una forma de exigir calidad de atención a los pacientes.

Los estudiantes de medicina tienen que dedicarle tiempo completo a sus estudios.

Los supuestos maltratos y acosos en el Rosales son un secreto a voces. Todos hablan de ello, pero nadie quiere señalar a nadie. “¿Sabe qué significa eso? Que te olvidas de pasar esa rotación”, dice una estudiante que conoció en carne propia ese acoso.

La directora de la Escuela de Medicina asegura que se están tomando medidas para evitar estos abusos. Orellana, por su parte, secunda a Marina Paredes pero enfatiza en algo.

“Estamos tomando medidas para que los estudiantes denuncien eso, pero hay algo que está implícito en nuestros estudiantes: el estrés, el desvelo y la carga académica no la podemos bajar”, apunta.

Como docente del área clínica, Orellana cree que junto a los cambios de actitud —en los hospitales— hacia los estudiantes también la Facultad necesita replantearse la posibilidad de ser más estricta a la hora de aceptar estudiantes porque no todos están preparados para aguantar ocho años de exigencia y estrés permanentes.
“Uno se da cuenta de que hay estudiantes que les cuesta más que a otros porque no tienen habilidades ni disposición para dedicarse a la medicina a tiempo completo”, comenta.

En el Rosales, por ejemplo, la exigencia es mucho mayor por ser un hospital de referencia nacional. Los pacientes entran con traumas severos y los estudiantes externos e internos reciben la presión de trabajar con el tiempo en contra.
Orellana explica que un estudiante que no cuente con una estabilidad emocional y con el apoyo familiar, tal vez nunca logre superar esta última etapa de la carrera. “La depresión en externos e internos aquí es mayor y eso también significa mayor exigencia”, subraya.

El estrés mal llevado más los problemas familiares hace posible que la mayoría de estudiantes abandone su carrera. Sin embargo, tanto docentes de las áreas académica como la clínica están de acuerdo en que los gritos, los maltratos y las humillaciones también generan deserciones y, en el peor de los casos, depresiones que pueden tener desenlaces fatales.

Por el momento, autoridades de la Escuela de Medicina de la UES asegura que se lleva el pulso a los estudiantes. Poca cosa para muchos. “Mientras estén esos dinosaurios, la cosa no cambiará. Ellos son el verdadero problema porque no hacen nada que realmente cambie la situación”, sostiene uno de sus detractores.

La mayoría de deserciones se da al final de la carrera.

El precio de haber elegido lo incorrecto

Juan José Olmedo está sentado en el sofá de la sala de su casa. Sonriente, con los ojos desenfocados y con un fuerte aliento a alcohol recuerda sus años como estudiante de medicina.

¿Alguna vez tuvo el poder para humillar a alguien?

— Yo lo tuve y lo hice. Lo curioso es que alguna vez me prometí que nunca lo iba a hacer, pero me volví un déspota con los subalternos. Justo como lo hicieron conmigo desde que entré al externado. Todos los días te decían cosas como: “Mirá, cerote, anda a traer esta mierda”, o “¡Qué putas estás haciendo aquí. No servís para nada!”.

A las mujeres les iba peor, porque les decían que si quería arreglar una nota se tenían que ver en la noche en el cuarto (área de descanso). No podían denunciar el acoso sexual porque significaba ponerse la soga al cuello.

Después de haber iniciado el externado, mi estrés se volvió insostenible. Ya no podía dormir por presión que sentía todo el tiempo, pero continué hasta el internado.

Allí fue que la cosa se puso peor, porque la responsabilidad de un paciente quedaba en tus manos. Si cometías un error te iba a ir mal. Además, los maltratos de los residentes nunca cesaron.

Muchos de mis compañeros se retiraron en ese año. Yo tuve mi primera crisis de depresión y tuve que ir a un siquiatra. Me recetaron antidepresivos, un medicamento que tomo hasta el día de hoy.

Pedí un permiso para pensar las cosas y me fui un año a Canadá, pero regresé porque estaba convencido de que quería terminar la carrera. Regresé y las cosas no habían cambiado. Ni modo, me armé de valor.

Quería terminar y eso significaba que tenía que someterme a ese régimen militar —relata.

Cambios drásticos

Juan José sigue: “Se me volvió una obsesión el llegar a tomar el control en el hospital. Ser jefe de residentes, para poder pisotear al R2, R1, al interno, al externo 2 y al externo 1. Ya estaba desencantado con la Medicina pero era más fuerte el deseo de poder.

“Hice mi residentado en ginecología y obstetricia y después trabajé como médico del staff del hospital de Sensuntepeque durante un año. Me sentía bien humillando a los demás, pero la parte económica comenzó a molestarme.

“Ganaba 940 dólares menos los descuentos, me quedaban 793 dólares. Gastaba en comida, en viajes hasta el hospital, en gastos de la casa y de mis hijos. Al final, me quedaba muy poco. Además, casi no estaba con mi familia por los turnos.

“Decidí poner una clínica en San Pablo Tacachico, La Libertad. Los ingresos disminuyeron drásticamente porque con la clínica me quedaba una ganancia de 350 dólares.

“¿Once años estudiando para ganar esa m...? No vale la pena.

“Después de tantos años de estudio y cuatro más de prácticas como especialista definitivamente no valió la pena.

Cerré la clínica y me olvidé de todo.

“Quería ser un médico afamado pero terminé aborreciendo todo lo que tenga que ver con el mundo de la medicina”, sostiene Juan José, quien asegura que no se siente frustrado pero reconoce que se equivocó de carrera.

“Hubiera estudiado administración de empresas y tal vez sería un empresario”, dice mientras se toma su tercer trago, rápido, y se levanta para ir por otro.

 


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