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REPORTAJE
Estudiantes,
al filo del colapso
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| Un estudio de las universidades
de WESTHILL y Anáhuac, de méxico, arrojó que
el 30 por ciento de los internos siempre sufre depresión;
y el 25 por ciento de éstos padece de ideaciones
suicidas en algún momento del séptimo año. |
Francisco no pudo sobrellevar los niveles de exigencia
pese a la asistencia sicológica que recibía desde que
era estudiante del Externado San José. Pesó más
la ansiedad, el nivel de estrés y la depresión que manejaba,
se lamenta Burgos.
La verdadera prueba de fuego para los estudiantes llega al final de
la carrera, cuando entran al externado (en quinto y sexto años).
Reciben clases evaluadas en el hospital, atienden a pacientes y, aparte,
realizan turnos.
La carga aumenta un año después, cuando además
de lo anterior el estudiante asume las funciones de un médico
sin estar graduado. Es el internado. Aquí se registran los mayores
índices de deserciones. El estrés aumenta y pocos salen
librados. Uno de ellos, Alberto.
La prueba de fuego
Poco tiempo después de haber iniciado su internado en el hospital
Rosales, comenzó a padecer dolores de cabeza y alergias en todo
el cuerpo.
No te preocupes, lo que tengo es estrés, lo escuchó
decir varias veces Norma, su madre. Yo no entendía qué
significaba eso; pero él lo tomaba con calma. Sin embargo,
poco antes de que terminara su rotación, Alberto colapsó.
Norma recuerda la voz agria de una residente que dijo: Su hijo
necesitaba ayuda siquiátrica. Eso no se lo podemos dar aquí.
Así que llévenselo.
Alberto ingresó al hospital Siquiátrico donde le diagnosticaron
depresión. Salió dos semanas después, y a petición
de sus padres decidió tomarse un año para descansar.
Trabajó ese tiempo porque siempre fue muy inquieto, pero
quería regresar a su carrera aunque lejos del hospital Rosales,
indica la madre.
Tenía sus razones, las mismas que Norma recuerda con amargura:
Me contaba que allí había un maltrato hacia los
estudiantes, casi todos los días los humillaban frente a los
pacientes. Creo que por eso no quería regresar.
Norma sostiene que esos maltratos desembocaron en la primera crisis
de su hijo.
Era un muchacho muy dedicado en sus estudios pero cuando llegó
a ese hospital algo pasó..., sospecha.
Alberto reingresó a su carrera, pero esta vez al hospital San
Juan de Dios de Santa Ana. Sin embargo, a los pocos días Norma
encontró muerto a su hijo. Se había suicidado.
Hoy, a casi un año del hecho, tiene la sospecha
de que la decisión que tomó su hijo tuvo muchas causas,
pero no por eso deja de señalar los detonantes que asegura
potenciaron su muerte.
Mi hijo no era el único caso que tuvo problemas con los
superiores en el Rosales. Los médicos nunca hicieron nada para
detener los maltratos que sufrían los estudiantes, acusa.
Régimen militar
Lo que Norma denuncia ya lo saben las autoridades de la Facultad. La
directora de la Escuela de Medicina dice que los estudiantes externos
e internos están más expuestos a los abusos.
La estadía de los estudiantes en los hospitales es lo más
parecido a un régimen militar. Los que entran como externos I
son sometidos por los externos II; estos últimos por los internos,
y los internos por los residentes, sostiene.
El círculo vicioso de abuso de autoridad desespera a los estudiantes.
Esto, aunado a la falta de una ayuda u orientación adecuadas,
termina por agravar los niveles de estrés que normalmente manejan
los estudiantes de medicina, sobre todo los del año de internado.
Carlos Orellana, médico del staff del hospital Rosales, reconoce
que a veces se les pasa la mano como superiores; sin embargo, explica
que es una forma de exigir calidad de atención a los pacientes.
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| Los estudiantes de medicina
tienen que dedicarle tiempo completo a sus estudios. |
Los supuestos maltratos y acosos en el Rosales son un
secreto a voces. Todos hablan de ello, pero nadie quiere señalar
a nadie. ¿Sabe qué significa eso? Que te olvidas
de pasar esa rotación, dice una estudiante que conoció
en carne propia ese acoso.
La directora de la Escuela de Medicina asegura que se están tomando
medidas para evitar estos abusos. Orellana, por su parte, secunda a
Marina Paredes pero enfatiza en algo.
Estamos tomando medidas para que los estudiantes denuncien eso,
pero hay algo que está implícito en nuestros estudiantes:
el estrés, el desvelo y la carga académica no la podemos
bajar, apunta.
Como docente del área clínica, Orellana cree que junto
a los cambios de actitud en los hospitales hacia los estudiantes
también la Facultad necesita replantearse la posibilidad de ser
más estricta a la hora de aceptar estudiantes porque no todos
están preparados para aguantar ocho años de exigencia
y estrés permanentes.
Uno se da cuenta de que hay estudiantes que les cuesta más
que a otros porque no tienen habilidades ni disposición para
dedicarse a la medicina a tiempo completo, comenta.
En el Rosales, por ejemplo, la exigencia es mucho mayor por ser un hospital
de referencia nacional. Los pacientes entran con traumas severos y los
estudiantes externos e internos reciben la presión de trabajar
con el tiempo en contra.
Orellana explica que un estudiante que no cuente con una estabilidad
emocional y con el apoyo familiar, tal vez nunca logre superar esta
última etapa de la carrera. La depresión en externos
e internos aquí es mayor y eso también significa mayor
exigencia, subraya.
El estrés mal llevado más los problemas familiares hace
posible que la mayoría de estudiantes abandone su carrera. Sin
embargo, tanto docentes de las áreas académica como la
clínica están de acuerdo en que los gritos, los maltratos
y las humillaciones también generan deserciones y, en el peor
de los casos, depresiones que pueden tener desenlaces fatales.
Por el momento, autoridades de la Escuela de Medicina de la UES asegura
que se lleva el pulso a los estudiantes. Poca cosa para muchos. Mientras
estén esos dinosaurios, la cosa no cambiará. Ellos son
el verdadero problema porque no hacen nada que realmente cambie la situación,
sostiene uno de sus detractores.
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| La mayoría de deserciones
se da al final de la carrera. |
El precio de haber elegido lo incorrecto
Juan José Olmedo está sentado en el sofá
de la sala de su casa. Sonriente, con los ojos desenfocados y con un
fuerte aliento a alcohol recuerda sus años como estudiante de
medicina.
¿Alguna vez tuvo el poder para humillar a alguien?
Yo lo tuve y lo hice. Lo curioso es que alguna vez me prometí
que nunca lo iba a hacer, pero me volví un déspota con
los subalternos. Justo como lo hicieron conmigo desde que entré
al externado. Todos los días te decían cosas como: Mirá,
cerote, anda a traer esta mierda, o ¡Qué putas
estás haciendo aquí. No servís para nada!.
A las mujeres les iba peor, porque les decían que si quería
arreglar una nota se tenían que ver en la noche en el cuarto
(área de descanso). No podían denunciar el acoso sexual
porque significaba ponerse la soga al cuello.
Después de haber iniciado el externado, mi estrés se volvió
insostenible. Ya no podía dormir por presión que sentía
todo el tiempo, pero continué hasta el internado.
Allí fue que la cosa se puso peor, porque la responsabilidad
de un paciente quedaba en tus manos. Si cometías un error te
iba a ir mal. Además, los maltratos de los residentes nunca cesaron.
Muchos de mis compañeros se retiraron en ese año. Yo tuve
mi primera crisis de depresión y tuve que ir a un siquiatra.
Me recetaron antidepresivos, un medicamento que tomo hasta el día
de hoy.
Pedí un permiso para pensar las cosas y me fui un año
a Canadá, pero regresé porque estaba convencido de que
quería terminar la carrera. Regresé y las cosas no habían
cambiado. Ni modo, me armé de valor.
Quería terminar y eso significaba que tenía que someterme
a ese régimen militar relata.
Cambios drásticos
Juan José sigue: Se me volvió una obsesión
el llegar a tomar el control en el hospital. Ser jefe de residentes,
para poder pisotear al R2, R1, al interno, al externo 2 y al externo
1. Ya estaba desencantado con la Medicina pero era más fuerte
el deseo de poder.
Hice mi residentado en ginecología y obstetricia y después
trabajé como médico del staff del hospital de Sensuntepeque
durante un año. Me sentía bien humillando a los demás,
pero la parte económica comenzó a molestarme.
Ganaba 940 dólares menos los descuentos, me quedaban 793
dólares. Gastaba en comida, en viajes hasta el hospital, en gastos
de la casa y de mis hijos. Al final, me quedaba muy poco. Además,
casi no estaba con mi familia por los turnos.
Decidí poner una clínica en San Pablo Tacachico,
La Libertad. Los ingresos disminuyeron drásticamente porque con
la clínica me quedaba una ganancia de 350 dólares.
¿Once años estudiando para ganar esa m...? No vale
la pena.
Después de tantos años de estudio y cuatro más
de prácticas como especialista definitivamente no valió
la pena.
Cerré la clínica y me olvidé de todo.
Quería ser un médico afamado pero terminé
aborreciendo todo lo que tenga que ver con el mundo de la medicina,
sostiene Juan José, quien asegura que no se siente frustrado
pero reconoce que se equivocó de carrera.
Hubiera estudiado administración de empresas y tal vez
sería un empresario, dice mientras se toma su tercer trago,
rápido, y se levanta para ir por otro.
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