
|
 |
Piedra
de toque
Hombre de letras
Leyendo
unas cuantas páginas un día, y otro también, al
cabo de un puñado de años he terminado veintitrés
tomos de las Obras completas de Alfonso Reyes (1889-1959) publicadas
por el Fondo de Cultura Económica. Ni en España ni en
América Latina hay ya polígrafos de esa envergadura.

Como Ortega y Gasset, Pedro Henríquez Ureña o Francisco
García Calderón (que prologó su primer libro, Cuestiones
estéticas, 1911) Alfonso Reyes intentó leerlo todo y escribió
sobre todo, poseído, a lo largo de una vida intensa, viajera,
diplomática, académica, periodista y social, de una pasión
por la cultura y un espíritu generoso que imprimieron a todos
sus escritos una fisonomía inconfundible de elegancia y sana
humanidad.
Escribía con tanto gusto y con una prosa tan limpia que volvía
amenas sus eruditas investigaciones sobre Góngora o Sófocles,
y, viceversa, lograba dar una aureola de importante seriedad a la notita
frívola de circunstancias o a los lugares comunes de una alocución
burocrática.
Era un hombre absolutamente universal, sin orejeras nacionalistas, que
se apasionaba por igual por las costumbres y las letras de su patria
mejicana, como por un comediógrafo del siglo de oro español,
o la literatura y la filosofía clásicas de Grecia, un
país donde, según una leyenda sin duda falsa, nunca puso
los pies.
La palabra diletante tiene resonancias negativas, sugiere a un picaflor
superficial y esnob.
Pero Alfonso Reyes la dignificó y elevó a la categoría
de mariposeo estético de alta calidad, un apetito de saber, universal
e incontenible, que lleva a quien lo padece a interesarse por todos
los temas, épocas, culturas, y a leer y escribir sobre ellos
sin convertirse en un especialista aunque siendo, en todos los casos,
algo más que un beato epígono.
Alfonso Reyes pudo ocuparse de Goethe, de la historia política
europea del siglo XIX, de los codicilos mayas, de la teoría de
la relatividad, de las jitanjáforas y de cien asuntos más,
arreglándoselas siempre para instruir, seducir y divertir.
Era un hombre de letras, especie ya extinguida, con una
visión tan amable y entretenida de la cultura y de la vida que
en nuestro tiempo resulta casi irreal. Varios tomos de recopilación
de sus artículos y ensayos aparecieron bajo el bonito título
de Simpatías y diferencias.
Podía haberse ahorrado la segunda opción, porque, una
vez que pasaba por su sensibilidad bondadosa, su risueña inteligencia
y su palabra sabrosa, todo, hasta lo más abstruso y repelente,
se volvía simpático, digno de ser leído y atendido.
Artista de la palabra
Sus grandes libros orgánicos, en los que invirtió tiempo
y arduo trabajo, como El Deslinde y La crítica en la edad ateniense
me parecen más perecederos que aquellos, aparentemente efímeros,
en los que practicaba el arte de la viñeta en que
fue maestro consumado. Aunque llevó a cabo algunos importantísimos
trabajos de investigación, como sus estudios pioneros sobre Góngora
y Juan Ruiz de Alarcón, me parece que era mejor divulgador y
comentarista que erudito.
En sus trabajos de rastreo académico sobre el teatro, la religión,
la mitología y la crítica en Grecia se dispersaba a veces
en una catalogación mecánica de datos sin llegar a síntesis
iluminadoras o a grandes derroteros generales.
En cambio, como diletante o periodista que roza sin profundizar es espléndido:
contagia felicidad, hace reír y sonreír, es culto y jamás
pedante, siempre ameno. Y nadie mostró mejor, de una manera tan
directa, que la buena literatura es un placer incomparable.
En Los trabajos y los días o Simpatías y diferencias,
por ejemplo, donde a los ensayos cuidados se mezclan textos rápidos,
notas de lecturas, apuntes de viaje, ocurrencias, evocaciones de amigos
o lugares, está el mejor Reyes y leerlo es una verdadera delicia.
Borges escribió de él que era el más fino
estilista de la prosa española de nuestro siglo y, si exageró,
fue muy poco. Pues era un prosista excepcional, de respiración
amplia y armoniosa, fluido y diáfano, inteligente y con un formidable
dominio del idioma que en sus manos se volvía maleable como una
arcilla, irónico y risueño, afable y estimulante. Siempre
hay en sus textos algo saludable y bonachón, un espíritu
satisfecho de la vida y de las cosas, que parece mágicamente
inmunizado contra la desgracia, la frustración y la amargura,
incapaz del odio y el rencor.
Como
crítico de actualidad pecaba de ecléctico y de excesivamente
benévolo; no quería ser severo con nadie y esa tolerancia
parece a veces falta de discriminación crítica. Tuvo esa
misma condescendencia con sus propios escritos, amparando en sus libros
todo lo que escribió, incluso unas notitas de circunstancias
manufacturadas visiblemente por compromiso o para ganarse unos pesos,
a sabiendas de que no durarían más que el tiempo de ser
leídas. Pero, incluso esos textos olvidables son gratos de leer,
porque nunca falta en ellos un epíteto sorprendente, una imagen
o una música que halagan.
No es ofensivo, en absoluto, decir de él que
no fue un gran creador, sino un gozoso lector y un eximio estilista
cuyos libros son sobre todo el reflejo de las mejores lecturas, una
transpiración de lo mejor que había producido el arte
y la literatura, un enamorado de las ideas ajenas, que él sabía
valorar, sintetizar, explicar y recrear mejor que nadie. Pero con toda
su vasta cultura y su prosa delicada algo había en Alfonso Reyes
del diplomático-escritor, del artista al que su dependencia con
el poder castró a medias, impidió desbocarse, y desvió
de la creación a la cortesanía literaria. Era un escritor
bien educado, a quien, por temperamento y por responsabilidad profesional,
resultaba imposible transgredir, ser chocante, un intelectual que se
limó las uñas y los dientes, condenándose así
a una limitada originalidad.
Aunque respecto a ciertos asuntos jamás hizo la menor concesión
el nacionalismo cultural, por ejemplo, o la literatura patriotera
produce cierto malestar que, en esos millares de páginas de sus
obras completas, haya un respeto tan sostenido frente al poder frente
a todos los poderes, una postura cívica que jamás
entra en conflicto contra el establecimiento, que se niega empecinadamente
a admitir siquiera que el mundo está mal hecho, que los gobiernos
yerran y que los que mandan delinquen. Ese conformismo soterrado no
atenúa la belleza de sus textos, pero les impide volar muy alto
y, sobre todo, ladrar y morder.
El paso por los periódicos
Su poesía es agradable de leer pero no hay en ella ni misterio
ni locura ni visiones, aunque sí inteligencia, buen gusto y mucho
oficio. Sin ese elemento espontáneo, desconcertante, que súbitamente
parece romper los límites del conocimiento racional y ponernos
en contacto con una intimidad desconocida hasta entonces en la vida,
con relaciones insospechadas entre las cosas y los seres, abrirnos las
puertas de otra realidad, la poesía parece siempre
quedarse a medio camino, aunque ella sea, como la de Alfonso Reyes,
formalmente impecable.
Era la poesía de un gran polígrafo, más que la
de un gran poeta. Contra la opinión de algunos, Ifigenia cruel,
además de irrepresentable, me parece una pieza recargada de retórica,
sin gracia ni imaginación. Prefiero las bellas recreaciones que
hizo de algunos cantos de La Ilíada y los elegantes ejercicios
de estilo que son los sonetos de Homero en Cuernavaca.
Dije al principio, y repito ahora, que ya no hay, por todo el amplio
territorio de España y América Latina, escritores del
calibre de Alfonso Reyes. Tenemos magníficos creadores, nuestras
universidades cuentan con profesores eminentes, sin duda, grandes especialistas
en algunas o acaso en todas las disciplinas, y en las revistas y diarios
abundan los periodistas que dominan los buenos y malos secretos su profesión.
Pero lo que ha desparecido es ese personaje-puente que antaño
conjugaba la academia con el diario, la sabiduría universitaria
con la inteligibilidad del artículo o el ensayo que llega al
lector común. Reyes u Ortega y Gasset, Henríquez
Ureña, Azorín, Francisco García Calderón
fueron exactamente eso. Y, por eso, gracias a escritores como ellos
la cultura mantuvo una cierta unidad y contaminó a un amplio
sector del público profano, ese que hoy ha dado la espalda a
los libros y a las ideas y se ha refugiado en las adormecedoras imágenes.
Como Reyes, todos los autores arriba citados y muchos otros de su generación
escribieron buena o la mayor parte de su obra en los periódicos,
sin renunciar por ello al rigor, a la autocrítica, y sin ceder
al facilismo y a la banalidad.
En nuestro tiempo, los escritores y los académicos se mantienen
por lo general confinados en sus dominios reservados, y los periodistas
en el suyo, y la cultura se ha vuelto también una especialidad,
que el profano mira de lejos, con desconfianza, sin saber muy bien qué
es ni para qué sirve. Vale la pena leer de cuando en cuando a
Alfonso Reyes para refrescar la memoria. Y aprender cómo una
buena poesía, una novela, un libro de historia, una función
de teatro, una excavación arqueológica, un sistema de
ideas, pueden de pronto levantarnos en vilo y maravillarnos, descubrirnos
una intensidad de sentimientos y emociones o unos apetitos sensuales
de los que ignorábamos estar dotados, y enriquecer la vida que
nos rodea. A lo mejor no es cierto, pero qué nos importa, si
leyendo cualquier página de Alfonso Reyes sentimos que la literatura,
la cultura, son lo mejor de la vida, que gracias a ellas ésta
se convierte en un interminable festín.
© Mario Vargas Llosa, 2005. © Derechos
mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País,
SL, 2005.
Copyright 2005
El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización
escrita de su titular. |
|