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LA
COLUMNA
La muerte de Karol
Este es su tiempo. El lustro que Europa
no aceptó la sugerencia de hacer alusión a su origen cristiano
en su Constitución. La década en que en Latinoamérica
parece aumentar el número de almas dirigidas por pastores evangélicos
y disminuir el número de bautizados practicantes.
Cuando en nuestras universidades es común declararse ateo, agnóstico,
o, en el más vergonzoso de los casos, hijo de cristianos
evangélicos o católicos ¡pero no fanático!
Son los días en los que se dice con orgullo creer en Dios, pero
no en las instituciones. El supuesto poder y la influencia que Roma
un día ejerció sobre las naciones se ha desvanecido y
la palabra del Papa parece salir sobrando, sobre todo cuando insiste
en sugerir no iniciar un nuevo conflicto bélico, o defender la
vida del cigoto y del cuadrapléjico.
Hoy, cuando parece más sensato contradecir en todo al Vaticano
y hurgar entre sus pasillos en busca de intrigas y luchas de poder para
escribir un bestseller. En el siglo de la biotecnología, donde
el sueño de mandarse a hacer un hijo a la medida está
cada vez más cerca de la realidad, al menos, en el primer mundo.
En nuestro tiempo, cuando se vuelve la vista a la Edad Media con horror
y un atisbo de superioridad, con la certeza de estar muy por encima
de una de las edades más oscuras de la humanidad. Ahora que la
peste ha desaparecido no así el hambre y que mujeres
y hombres tenemos igual acceso al conocimiento.
Los días posteriores al tsunami que se cobró 300 mil vidas
en Asia. Cuando a los intelectuales les pareció milagroso que
buena porción de la humanidad siguiera creyendo en la existencia
de algún tipo de divinidad. Mientras las naciones de occidente
seguían enviando soldados a Iraq para establecer en la mítica
tierra de los persas un dejo de la democracia patentada por los griegos.
A unos días de el sextuagésimo aniversario de la liberación
de los prisiones de Auschwitz.
Mientras el gobierno de Israel anunciaba que los colonos judíos
abandonarían parte de los territorios ocupados... Karol Wojtyla,
convaleciente en una cálida habitación del hospital Gemelli
en Roma, asume los días posteriores a su operación abrazado
a la cruz.
Nadie le obliga, nadie le ordena. Oficia la misa, porque ¿para
qué cruzarse de brazos? Reza los laudes, la intermedia, la nona,
las vísperas, las completas, el ángelus y el rosario en
silencio, porque para ellos no es imprescindible la voz. Sigue pendiente
del mundo, porque ¿para qué preocuparse por sí
mismo y si está tan bien atendido y se trabaja para Dios?
En tanto, allá afuera, mientras la mayoría no comprende
porque insiste en vivir y asumir una responsabilidad, que para muchos
representa una carga pesada. Déjenlo renunciar,
déjenlo descansar, he escuchado. Entonces, me parece
oír a Pedro cuando pide a Jesús que no visite Jerusalén,
pues le acaban de anunciar que ahí padecerá una muerte
afrentosa. Me parece oír las voces que todos alguna vez hemos
escuchado: Sálvate a ti mismo, si eres hijo de Dios y bájate
de la cruz!.
Karol está seguro de lo que sigue. La lanza, el vinagre, el grito
desesperado de Elí, Elí, ¿lama sabactani?.
El llanto de Juan, María y Magdalena. Las vendas, el sepulcro,
la piedra. Y, al tercer día, el sepulcro vacío.
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