27 de febrero de 2005



LA COLUMNA

Lilian Martínez
vertice@elsalvador.com

La muerte de Karol

Este es su tiempo. El lustro que Europa no aceptó la sugerencia de hacer alusión a su origen cristiano en su Constitución. La década en que en Latinoamérica parece aumentar el número de almas dirigidas por pastores evangélicos y disminuir el número de bautizados practicantes.

Cuando en nuestras universidades es común declararse ateo, agnóstico, o, en el más “vergonzoso” de los casos, hijo de cristianos evangélicos o católicos ¡pero no fanático!
Son los días en los que se dice con orgullo creer en Dios, pero no en las instituciones. El supuesto poder y la influencia que Roma un día ejerció sobre las naciones se ha desvanecido y la palabra del Papa parece salir sobrando, sobre todo cuando insiste en sugerir no iniciar un nuevo conflicto bélico, o defender la vida del cigoto y del cuadrapléjico.

Hoy, cuando parece más sensato contradecir en todo al Vaticano y hurgar entre sus pasillos en busca de intrigas y luchas de poder para escribir un bestseller. En el siglo de la biotecnología, donde el sueño de mandarse a hacer un hijo a la medida está cada vez más cerca de la realidad, al menos, en el primer mundo. En nuestro tiempo, cuando se vuelve la vista a la Edad Media con horror y un atisbo de superioridad, con la certeza de estar “muy por encima” de una de las edades más oscuras de la humanidad. Ahora que la peste ha desaparecido —no así el hambre— y que mujeres y hombres tenemos igual acceso al conocimiento.

Los días posteriores al tsunami que se cobró 300 mil vidas en Asia. Cuando a los intelectuales les pareció milagroso que buena porción de la humanidad siguiera creyendo en la existencia de algún tipo de divinidad. Mientras las naciones de occidente seguían enviando soldados a Iraq para establecer en la mítica tierra de los persas un dejo de la democracia patentada por los griegos. A unos días de el sextuagésimo aniversario de la liberación de los prisiones de Auschwitz.

Mientras el gobierno de Israel anunciaba que los colonos judíos abandonarían parte de los territorios ocupados... Karol Wojtyla, convaleciente en una cálida habitación del hospital Gemelli en Roma, asume los días posteriores a su operación abrazado a la cruz.

Nadie le obliga, nadie le ordena. Oficia la misa, porque ¿para qué cruzarse de brazos? Reza los laudes, la intermedia, la nona, las vísperas, las completas, el ángelus y el rosario en silencio, porque para ellos no es imprescindible la voz. Sigue pendiente del mundo, porque ¿para qué preocuparse por sí mismo y si está tan bien atendido y se trabaja para Dios?

En tanto, allá afuera, mientras la mayoría no comprende porque insiste en vivir y asumir una responsabilidad, que para muchos representa “una carga pesada”. “Déjenlo renunciar”, “déjenlo descansar”, he escuchado. Entonces, me parece oír a Pedro cuando pide a Jesús que no visite Jerusalén, pues le acaban de anunciar que ahí padecerá una muerte afrentosa. Me parece oír las voces que todos alguna vez hemos escuchado: “Sálvate a ti mismo, si eres hijo de Dios y bájate de la cruz!”.

Karol está seguro de lo que sigue. La lanza, el vinagre, el grito desesperado de “Elí, Elí, ¿lama sabactani?”. El llanto de Juan, María y Magdalena. Las vendas, el sepulcro, la piedra. Y, al tercer día, el sepulcro vacío.


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