
|
 |
LA
ARISTA AFILADA
Bolivia:
una pesadilla hecha de tres sueños
En
Bolivia lo sorprendente es la tranquilidad. Grosso modo, la división
étnica convencional establece que hay un 55% de población
indígena dividido entre quechuas y aymaras, dos grupos
andinos, un 30% mestizo y un 15% blanco.
Naturalmente, esas categorías no son herméticas. La verdad
es que un tercio de la población boliviana, pobre, rica o de
clase media, vive en el siglo XXI, perfectamente adaptado a la modernidad.
Otro tercio vive mentalmente instalado en un borroso pasado histórico
dulcificado por la leyenda y amargado por el rencor. El restante, el
más revoltoso, encharcado en las supersticiones comunistas, pretende
unificar y remodelar al conjunto de la población de acuerdo con
las ideas de Marx, allí teñidas por el pintoresco desorden
del castrochavismo.
Si hubiera que ponerles nombre y rostro a esos tres tercios serían
Jorge (Tuto) Quiroga, un ingeniero industrial de 44 años, graduado
en Texas con honores, quien ya ocupara la presidencia del país
por un año en el 2001, a la muerte del general Hugo Bánzer.
Quiroga, pro occidental, inteligente, partidario de la economía
de mercado, de la apertura de Bolivia al mundo y de la integración
del país en los circuitos financieros internacionales, es la
esperanza de esa parte de los bolivianos que sueña con que la
nación, lejos de enfrentarse al primer mundo, debe hacer lo posible
por integrarse decididamente a él, como con gran éxito
lo hicieron los vecinos chilenos.
El sueño indigenista radical lo encarna Felipe Quispe, líder
aymara del Movimiento Indígena Pachakutik, ex guerrillero, ex
preso político acusado de terrorista. Quispe sostiene que su
etnia aymara -dos millones de habitantes, con alguna presencia en Ecuador
y Perú-, unida a la quechua -otros tres millones- debe destruir
las instituciones blancas y republicanas derivadas de la colonia española
para ensayar un regreso a la tradición histórica precolombina,
sin propiedad privada, sin el dinero que envileció la solidaria
práctica de los trueques, y sin esos extraños comportamientos
parlamentarios creados por los imperialistas. Cree en el comunismo,
pero no exactamente en el de Marx, sino en el que se gestó en
los Andes dentro del mundo de los incas. Si Quispe llegara a hacerse
con el poder el desenlace probablemente sería polpotiano.
La tercera Bolivia es la que sueña Evo Morales, un indígena
que sólo habla castellano y cuenta con un 20% de respaldo popular.
Morales es un revolucionario castrochavista. Su comunismo no es el precolombino
de Quispe, sino el científico de Carlos Marx, al
que se ha asomado por medio de la influencia ideológica de La
Habana y los petrodólares de Caracas. Morales quisiera estatizar
todas las propiedades extranjeras y nacionales, es profundamente antiamericano,
y lo que con mayor energía lo enfrenta a Washington es el tema
de la coca. Estados Unidos pretende erradicar ese cultivo en la zona
andina, para que no llegue a las calles de Los Angeles o New York, y
Evo Morales, al frente de los cocaleros, sostiene que esa planta es
el corazón cultural y económico de la región, algo
que preocupa a los brasileros, pues es a Río y Sao Paulo a donde
suele ir a parar el polvo blanco boliviano.
Al encontronazo de esos tres sueños excluyentes
hay que agregar las tensiones separatistas. Algunos regionalismos, fatigados
por el permanente desasosiego, decididos a explotar sus recursos naturales,
toman la pesimista deriva de la secesión. No son nacionalistas,
sino, como mucha gente dentro y fuera del país, han dejado de
creer en Bolivia como un Estado unitario. Quieren salvar el terruño
porque piensan que la tierra no tiene salvación.
Evidentemente, los elementos en juego conducen a pensar que el desenlace,
otra vez, será violento, dado que las tres opciones son excluyentes.
Si en las próximas elecciones triunfara Jorge Quiroga e intentara
jugar la carta de la modernidad occidental, Quispe y Morales no tardarían
en lanzar a sus huestes contra las instituciones y el orden público,
colocando al gobierno, otra vez, ante la alternativa de matar o rendirse.
Si Quispe lograra articular una insurrección étnica a
gran escala encaminada a destruir los fundamentos de la república,
el tercio del país que responde a los valores que Quiroga representa
-ejército incluido- respondería a sangre y fuego.
Por último, si Morales, al frente de sus cocaleros, desde un
poder logrado por medio de una mayoría relativa, intenta imponer
un modelo colectivista inspirado en el castrochavismo, deberá
enfrentarse a todos los demócratas y a una parte de los indigenistas
que lo califican de traidor a su raza. El resumen final es muy triste:
los bolivianos no comparten una visión consensuada de la nación
en la que viven. Por eso, lo probable es que estalle en pedazos.
[© FIRMAS PRESS] *www.firmaspress.com
Copyright 2005
El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización
escrita de su titular. |
|