26 de junio de 2005


LA ARISTA AFILADA
Bolivia: una pesadilla hecha de tres sueños

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

En Bolivia lo sorprendente es la tranquilidad. Grosso modo, la división étnica convencional establece que hay un 55% de población indígena —dividido entre quechuas y aymaras, dos grupos andinos—, un 30% mestizo y un 15% blanco.

Naturalmente, esas categorías no son herméticas. La verdad es que un tercio de la población boliviana, pobre, rica o de clase media, vive en el siglo XXI, perfectamente adaptado a la modernidad. Otro tercio vive mentalmente instalado en un borroso pasado histórico dulcificado por la leyenda y amargado por el rencor. El restante, el más revoltoso, encharcado en las supersticiones comunistas, pretende unificar y remodelar al conjunto de la población de acuerdo con las ideas de Marx, allí teñidas por el pintoresco desorden del castrochavismo.

Si hubiera que ponerles nombre y rostro a esos tres tercios serían Jorge (Tuto) Quiroga, un ingeniero industrial de 44 años, graduado en Texas con honores, quien ya ocupara la presidencia del país por un año en el 2001, a la muerte del general Hugo Bánzer. Quiroga, pro occidental, inteligente, partidario de la economía de mercado, de la apertura de Bolivia al mundo y de la integración del país en los circuitos financieros internacionales, es la esperanza de esa parte de los bolivianos que sueña con que la nación, lejos de enfrentarse al primer mundo, debe hacer lo posible por integrarse decididamente a él, como con gran éxito lo hicieron los vecinos chilenos.

El sueño indigenista radical lo encarna Felipe Quispe, líder aymara del Movimiento Indígena Pachakutik, ex guerrillero, ex preso político acusado de terrorista. Quispe sostiene que su etnia aymara -dos millones de habitantes, con alguna presencia en Ecuador y Perú-, unida a la quechua -otros tres millones- debe destruir las instituciones blancas y republicanas derivadas de la colonia española para ensayar un regreso a la tradición histórica precolombina, sin propiedad privada, sin el dinero que envileció la solidaria práctica de los trueques, y sin esos extraños comportamientos parlamentarios creados por los imperialistas. Cree en el comunismo, pero no exactamente en el de Marx, sino en el que se gestó en los Andes dentro del mundo de los incas. Si Quispe llegara a hacerse con el poder el desenlace probablemente sería polpotiano.

La tercera Bolivia es la que sueña Evo Morales, un indígena que sólo habla castellano y cuenta con un 20% de respaldo popular. Morales es un revolucionario castrochavista. Su comunismo no es el precolombino de Quispe, sino el “científico” de Carlos Marx, al que se ha asomado por medio de la influencia ideológica de La Habana y los petrodólares de Caracas. Morales quisiera estatizar todas las propiedades extranjeras y nacionales, es profundamente antiamericano, y lo que con mayor energía lo enfrenta a Washington es el tema de la coca. Estados Unidos pretende erradicar ese cultivo en la zona andina, para que no llegue a las calles de Los Angeles o New York, y Evo Morales, al frente de los cocaleros, sostiene que esa planta es el corazón cultural y económico de la región, algo que preocupa a los brasileros, pues es a Río y Sao Paulo a donde suele ir a parar el polvo blanco boliviano.

Al encontronazo de esos tres sueños excluyentes hay que agregar las tensiones separatistas. Algunos regionalismos, fatigados por el permanente desasosiego, decididos a explotar sus recursos naturales, toman la pesimista deriva de la secesión. No son nacionalistas, sino, como mucha gente dentro y fuera del país, han dejado de creer en Bolivia como un Estado unitario. Quieren salvar el terruño porque piensan que la tierra no tiene salvación.

Evidentemente, los elementos en juego conducen a pensar que el desenlace, otra vez, será violento, dado que las tres opciones son excluyentes. Si en las próximas elecciones triunfara Jorge Quiroga e intentara jugar la carta de la modernidad occidental, Quispe y Morales no tardarían en lanzar a sus huestes contra las instituciones y el orden público, colocando al gobierno, otra vez, ante la alternativa de matar o rendirse. Si Quispe lograra articular una insurrección étnica a gran escala encaminada a destruir los fundamentos de la república, el tercio del país que responde a los valores que Quiroga representa -ejército incluido- respondería a sangre y fuego.

Por último, si Morales, al frente de sus cocaleros, desde un poder logrado por medio de una mayoría relativa, intenta imponer un modelo colectivista inspirado en el castrochavismo, deberá enfrentarse a todos los demócratas y a una parte de los indigenistas que lo califican de traidor a su raza. El resumen final es muy triste: los bolivianos no comparten una visión consensuada de la nación en la que viven. Por eso, lo probable es que estalle en pedazos.

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