26 de junio 2005


LA OPINIÓN
La final de la vida

Lilian Martínez
vertice@elsalvador.com


En El Salvador, todos los días vivimos la final. No hace falta que dos equipos de Primera División dejen el alma en el engramillado del estadio Cuscatlán para que los hombres y las mujeres nos comamos las uñas o rocemos los límites de la ansiedad.

Día a día, sin calzar los tacos, los salvadoreños vivimos nuestros 90 minutos de juego, nuestro tiempo extra y nos vamos a penaltis. No frente a una portería, sino en sitios que ninguna federación de fútbol se atrevería reglamentar.

En las calles, en el autobús, el mercado, en el súper, en el centro comercial o al otro lado del teléfono. Ahí nos esperan nuestros rivales. Deseosos de meternos un gol invitándonos a gastar más de lo que podemos pagar.

No se me mal entienda. Estoy consciente de que el intercambio de bienes es vital para la economía. El comercio es una actividad necesaria en un país como el nuestro, donde por diversas razones, incluyendo la falta de tecnología e inversión, adquirimos -importamos- más bienes de los que producimos y exportamos.

Está claro. Desde que el hombre decidió dedicarse a una sola actividad productiva -hacer zapatos, pescar, labrar la tierra-, comprar los bienes que otros producen se volvió necesario.

Sin embargo, por alguna suerte de hechizo o simplemente por falta de educación económica, los salvadoreños no aprendimos a ahorrar con la misma celeridad que aprendimos a comprar.

Los expertos en economía y la misma banca nos lo han advertido muchas veces. La nación necesita ahorrar, porque de lo contrario, cuando sea el momento oportuno, no tendrá recursos para invertir. Y me refiero no al ahorro tan necesario en las arcas del Estado, sino al ahorro al que cada uno de los salvadoreños deberíamos dedicar parte de nuestros ingresos.

Se trata de un hábito y una práctica que, aunque no nos vuelva millonarios, nos dotará de un colchón para imprevistos y nos evitará la necesidad de endeudarnos o “topar” las tarjetas de crédito. Sé que a muchos el salario se les escapa de los bolsillos como arena entre las manos. Pero si no intentamos invertir la relación que tenemos con el dinero -dominarlo en lugar de que él nos domine a nosotros- toda la vida vamos a terminar perdiendo ese partido.

Aprender a vivir con lo que tenemos no es conformismo, es una práctica que forma el carácter y nos prepara para las verdaderas pruebas de la vida. No un simple partido de fútbol. No el simple dilema de comprar o no comprar ese par de zapatos que realmente no necesitamos. Ahorrar nos permitirá ser más reflexivos a la hora de adquirir bienes y servicios y preparar a nuestros hijos para que cuando ellos gobiernen el país no lo endeuden hasta el cuello.


Copyright 2005 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.