24 de julio de 2005


LA ARISTA AFILADA
Si no cambia la mentalidad, la batalla está perdida

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

Parece que el diplomático colombiano Luis Alberto Moreno será el próximo presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). El asunto es muy importante, dado que se trata, junto al Secretario General de la OEA, del cargo internacional más influyente al sur del Río Grande.

Me consta que más de un presidente respiró aliviado cuando oyó su nombre: no era fácil reemplazar al hábil Enrique Iglesias tras dieciocho años al frente de la institución financiera.

Afortunadamente, Moreno tiene fama de ser una persona sensata, flexible e inteligente, porque por sus manos pasarán unos siete mil millones de dólares anuales destinados, en su mayor parte, a financiar infraestructuras y políticas públicas.

No obstante, ojalá que bajo el mandato de Moreno el BID haga algo más que prestarles dinero en condiciones razonables a los 26 países latinoamericanos necesitados de recursos.

Esa, sin duda, es la función primordial para la que fue creada la institución, pero quizás hoy existe una urgente tarea que los fundadores del BID nunca se imaginaron que tendrían que abordar: Desarrollar rápidamente un plan de divulgación en el terreno económico y político capaz de cambiar las disparatadas percepciones que prevalecen en América Latina sobre las razones que explican la pobreza o la riqueza de las naciones.

Mientras no cambie la visión latinoamericana de los procesos económicos, mientras un número sustancial persista en la idea de que el mercado, la globalización y la propiedad privada son los causantes de nuestros fracasos, muy poco se podrá hacer para eliminar la miseria.

Acabo de ser testigo de un asombroso episodio de terror a la libertad económica y, en definitiva, de rechazo al progreso.

Un grupo de estudiantes de la Universidad de San Marcos de Lima, Perú, denominado Vanguardia Liberal, me invitó recientemente a presentar en la facultad de Economía mi último libro, La libertad y sus enemigos, para lo cual habían conseguido el permiso de las autoridades académicas.

El día convenido previamente yo debía dictar una conferencia en el Congreso de la República, de manera que todo se coordinó para que saliera del palacio legislativo rumbo a San Marcos.

Cuando me disponía a hacerlo me avisaron que la Universidad se retractaba e impedía el paso de los estudiantes al auditorio.

“¿Por qué no los dejan reunirse?”, pregunté sorprendido.

“Porque no quieren que escuchemos otra cosa que el mismo estúpido mensaje colectivista y antidemocrático con que nos envenenan día tras día desde hace muchas décadas. Quieren que insistamos en los mismos errores que han hundido a este país insensiblemente”, me dijo, muy enfadado, el líder del grupo.

El dogmatismo suicida de San Marcos y la miseria intelectual de algunas de sus autoridades no es una excepción.
En los sectores académicos de casi toda América Latina, en una buena parte de los medios de comunicación, en muchas agrupaciones políticas, gremiales y sindicales, y entre amplios segmentos de las cúpulas religiosas, repiten como un mantra diversas variantes del discurso populista-estatista totalmente desterradas del primer mundo, imposibilitando radicalmente el buen gobierno y el desarrollo económico. Como predican ideas erróneas, obtienen, por supuesto, resultados decepcionantes.

Si el BID, bajo la dirección de Luis Alberto Moreno, se compromete realmente con la prosperidad de América Latina, no puede ignorar que esta región jamás abandonará el subdesarrollo si previamente no desecha las absurdas ideas que impiden su despegue económico y su estabilidad política. No es sólo un asunto de capital.

El monto de la Alianza para el progreso con que en la década de los 60 y 70 Estados Unidos benefició a América Latina, duplicó la suma entregada a Europa durante el Plan Marshall tras la Segunda Guerra mundial.

A lo largo de varias décadas el BID le ha prestado a la región centenares de miles de millones de dólares sin otros resultados que sobresaltos y frustraciones. No es una cuestión de dinero. Para terminar con esta situación hay que cambiar la mentalidad. Esa es la clave. El BID puede y debe contribuir a ese fin.

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