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LA
ARISTA AFILADA
Si
no cambia la mentalidad, la batalla está perdida
Parece
que el diplomático colombiano Luis Alberto Moreno será
el próximo presidente del Banco Interamericano de Desarrollo
(BID). El asunto es muy importante, dado que se trata, junto al Secretario
General de la OEA, del cargo internacional más influyente al
sur del Río Grande.
Me consta que más de un presidente respiró aliviado cuando
oyó su nombre: no era fácil reemplazar al hábil
Enrique Iglesias tras dieciocho años al frente de la institución
financiera.
Afortunadamente, Moreno tiene fama de ser una persona sensata, flexible
e inteligente, porque por sus manos pasarán unos siete mil millones
de dólares anuales destinados, en su mayor parte, a financiar
infraestructuras y políticas públicas.
No obstante, ojalá que bajo el mandato de Moreno el BID haga
algo más que prestarles dinero en condiciones razonables a los
26 países latinoamericanos necesitados de recursos.
Esa, sin duda, es la función primordial para la que fue creada
la institución, pero quizás hoy existe una urgente tarea
que los fundadores del BID nunca se imaginaron que tendrían que
abordar: Desarrollar rápidamente un plan de divulgación
en el terreno económico y político capaz de cambiar las
disparatadas percepciones que prevalecen en América Latina sobre
las razones que explican la pobreza o la riqueza de las naciones.
Mientras no cambie la visión latinoamericana de los procesos
económicos, mientras un número sustancial persista en
la idea de que el mercado, la globalización y la propiedad privada
son los causantes de nuestros fracasos, muy poco se podrá hacer
para eliminar la miseria.
Acabo de ser testigo de un asombroso episodio de terror a la libertad
económica y, en definitiva, de rechazo al progreso.
Un grupo de estudiantes de la Universidad de San Marcos de Lima, Perú,
denominado Vanguardia Liberal, me invitó recientemente a presentar
en la facultad de Economía mi último libro, La libertad
y sus enemigos, para lo cual habían conseguido el permiso de
las autoridades académicas.
El día convenido previamente yo debía dictar una conferencia
en el Congreso de la República, de manera que todo se coordinó
para que saliera del palacio legislativo rumbo a San Marcos.
Cuando me disponía a hacerlo me avisaron que la Universidad se
retractaba e impedía el paso de los estudiantes al auditorio.
¿Por qué no los dejan reunirse?, pregunté
sorprendido.
Porque no quieren que escuchemos otra cosa que el mismo estúpido
mensaje colectivista y antidemocrático con que nos envenenan
día tras día desde hace muchas décadas. Quieren
que insistamos en los mismos errores que han hundido a este país
insensiblemente, me dijo, muy enfadado, el líder del grupo.
El dogmatismo suicida de San Marcos y la miseria intelectual de algunas
de sus autoridades no es una excepción.
En los sectores académicos de casi toda América Latina,
en una buena parte de los medios de comunicación, en muchas agrupaciones
políticas, gremiales y sindicales, y entre amplios segmentos
de las cúpulas religiosas, repiten como un mantra diversas variantes
del discurso populista-estatista totalmente desterradas del primer mundo,
imposibilitando radicalmente el buen gobierno y el desarrollo económico.
Como predican ideas erróneas, obtienen, por supuesto, resultados
decepcionantes.
Si el BID, bajo la dirección de Luis Alberto Moreno, se compromete
realmente con la prosperidad de América Latina, no puede ignorar
que esta región jamás abandonará el subdesarrollo
si previamente no desecha las absurdas ideas que impiden su despegue
económico y su estabilidad política. No es sólo
un asunto de capital.
El monto de la Alianza para el progreso con que en la década
de los 60 y 70 Estados Unidos benefició a América Latina,
duplicó la suma entregada a Europa durante el Plan Marshall tras
la Segunda Guerra mundial.
A lo largo de varias décadas el BID le ha prestado a la región
centenares de miles de millones de dólares sin otros resultados
que sobresaltos y frustraciones. No es una cuestión de dinero.
Para terminar con esta situación hay que cambiar la mentalidad.
Esa es la clave. El BID puede y debe contribuir a ese fin.
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