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De
la Portada: EL MÁRTIR IGNORADO
Camino al santoral
Cosme Spessotto, un franciscano italiano, llegó al país
como misionero en 1950. Treinta años después lo abandonó
como mártir, según una causa que ya está en el
Vaticano, donde ya es Siervo de Dios.
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El
padre Cosme tenía especial devoción por la eucaristía.
Por eso evitó que se profanara su parroquia.
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Fray Cosme está hincado a un lado del sagrario,
tiene un libro entre sus manos. La nave de la iglesia de San Juan Bautista,
parroquia de San Juan Nonualco, está vacía. Sólo
tres monjas rezan en el ala norte.
Afuera, sentados en las gradas del costado sur, dos individuos reciben
sin responder las buenas noches que les da fray Filiberto.
El fraile ve a Cosme postrado de rodillas, como de costumbre, y pasa
de largo hacia la sacristía, pues debe revestirse con los ornamentos
para oficiar la misa de las 7:00 de la noche. Es el 14 de junio de 1980.
Las hermanas dejan de rezar y salen del templo. Cosme está absorto.
Mientras las religiosas bajan las gradas del costado norte, varios disparos
rompen el silencio. Una bala, carne y hueso. Otra penetra una de las
columnas a un lado del altar.
La sangre corre y empapa el hábito que los parroquianos recién
le habían regalado. Los asesinos huyen. Las religiosas están
petrificadas y Filiberto abandona la sacristía para encontrar
al padre Cosme tendido en el suelo. Aún respira y murmura: ¡Perdón!...
¡perdón!.
Viaje de retorno
Es posible que en esa última fracción de su vida
Cosme Spessotto piense que está en su natal Mansue, pueblo del
noreste italiano enclavado en el Véneto, donde nace como el tercero
hijo de una familia de campesinos en enero de 1923.
Luego, como en un relámpago, se ve a sí mismo, tendido,
rostro en tierra, con los brazos extendidos, tomando los votos de castidad,
pobreza y obediencia en marzo de 1944. El pecho le duele.
Repentinamente, está en la basílica de La Madonna della
Salute, en Venecia, donde un obispo lo ordena sacerdote en junio de
1948. Ve frustrado su deseo de irse como misionero a China, debido al
avance de la revolución que lidera Mao Tse-Tung.
Acepta con alegría ser enviado a El Salvador. Siente la brisa
y el olor a sal, durante los 25 días que dura la travesía
de cruzar el Atlántico en barco. El sueño de ir lejos
a anunciar el Evangelio se ha cumplido. Sus tres años en la parroquia
de San Pedro Nonualco vuelan, como vuelan las notas de las campanas
de bronce que mandó a traer hasta Italia para sus parroquias
en El Salvador.
Es también posible que en el umbral de la muerte, su mente lo
lleve al 8 de octubre de 1953. Ese día, el sonido inconfundible
de su motocicleta Vespa se oyó por primera vez en las calles
de San Juan Nonualco. El fraile, de 30 años, condujo desde San
Pedro Nonualco hasta San Juan, donde una valla de estudiantes, maestros,
vecinos, funcionarios, músicos y varios cohetes de vara lo recibieron
con alegría y lo escoltaron hacia el convento: una casa con paredes
de adobe.
Los ríos Amayo, al oriente, y Achinca, al occidente, son los
límites naturales de San Juan, y la parroquia es un edificio
también de adobe bastante deteriorado por el último terremoto.
Al ver la iglesia por primera vez, el padre Cosme recuerda a Giovanni
Francesco Bernardone: el joven rico de Asís que, según
la tradición católica, escuchó a Jesucristo pedir
que reconstruyera una iglesia en ruinas. Entonces, vendió sus
bienes y pidió limosna con tal de realizar la empresa. El novel
sacerdote quiere hacer lo mismo.
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Recuerdo. Esta columna junto al altar mayor, en la parroquia
San Juan Evangelista, fue impactada por una de las balas dirigidas
al padre Cosme.
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La misión
La nueva parroquia de San Juan Bautista es construida poco a poco.
Durante la semana trabajan los albañiles que se puede contratar
con el dinero de un benefactor.
En su tiempo libre, se les une la gente del pueblo y de los cantones
que llegan a trabajar sin más paga que los tiempos de comida.
El tiempo vuela. Cosme siente una punzada en el pecho.
El día de llenar los plafones llega y aquello parece un hormiguero.
Ahí está el padre Cosme, con las mangas del hábito
arremangadas, en medio de los feligreses, formando una cadena humana
en la que se pasan, una a una, las 50 cubetas donde va la mezcla.
Pero el trabajo de albañil no es el único que asume el
párroco. La visita a los cantones, en un destartalado jeep, es
una de sus tareas más importantes. Cada quince días, su
jeep da saltos y se bambolea mientras recorre los caminos de tierra
y piedra que llevan a los cantones El Pajal, El Salto, El Chile, La
Laguneta, Los Zacatillos, Tehuista Arriba y Tehuista Abajo. Hasta esos
rincones lleva víveres, dulces, piñatas... y el Evangelio.
Quiere paliar un poco la pobreza, pero, sobre todo, invitar a la gente
a que cambie de vida. A los acompañados los llama a casarse;
a las jovencitas, a cuidarse, y a los muchachos, a no usar la violencia.
Muchos escuchan al padre Cosme. Se realizan los primeros matrimonios
colectivos. Y en el cantón El Pajal, Adela Mena y otras mujeres
se unen a la Guardia del Santísimo. El joven Alberto Argueta
lleva su guitarra al coro de la parroquia. Mientras Víctor y
Germán, dos de sus hermanos, se convierten en catequistas.
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Junto a la tumba del padre hay 57 testimonios de
favores que se le atribuyen.
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Pero hay quienes escuchan otras voces. Para 1980, el
ejército ha formado un contingente de patrulleros en la zona.
La gente los llama La Corvuda, en alusión a los corvos
que utilizan como arma. Mientras tanto, uno, dos, tres catequistas cambian
el evangelio por la ideología. Al enterarse, Cosme intenta convencerles
de que están en un error. El fraile está consciente de
que como extranjero y religioso, la solución política
a los problemas del país no es de su incumbencia. Sin embargo,
la violencia que acaba con la vida de sus parroquianos le preocupa.
A veces, la Guardia Nacional maltrata a un prisionero en las calles
adyacentes al convento y Cosme sale a interceder por él: ¿Por
qué lo golpean, si ya lo llevan preso?, les pregunta a
los gendarmes. A veces, lo entienden, en otras ocasiones le dicen que
no se meta.
Poco a poco empiezan a aparecer jóvenes muertos en los cantones:
guerrilleros, soldados y civiles. Cuerpos mutilados, que Cosme acude
a recoger y a enterrar bajo el ritual de la Iglesia Católica.
El fraile no hace distinción entre bandos. A todos los
he bautizado, todos son hijos de Dios, dice.
Un día visita el cuartel de Zacatecoluca para pedir que se respete
la vida de sus catequistas. Cierto, algunos se han unido a la guerrilla,
pero la mayoría no. Cosme sabe que, en los días que corren,
para algunos militares catequista es sinónimo de
comunista. Y varios jóvenes del cantón El
Pajal han muerto a consecuencia de ese equívoco. Entre ellos,
José Germán, Alberto y Víctor Argueta.
Camino al calvario
Como por designio divino, el fraile causa escozor en ambos bandos.
Meses antes de visitar el cuartel de Zacatecoluca para interceder por
sus catequistas, Cosme se interpuso entre la guerrilla y su parroquia.
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La construcción de la actual parroquia San Juan
Bautista, de San Juan Nonualco por iniciativa del padre
Cosme se inició el 2 de junio de 1960 y concluyó
el 9 de septiembre de 1984.
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Una mañana de diciembre de 1979, Jilma de Barahona,
miembro del comité proconstrucción de la parroquia, se
dirige ahí para vender los números de la rifa de turno.
Varios campesinos están sentados en las gradas de la iglesia.
Las puertas están cerradas. Ella se les acerca. ¿Me
compra un número?, pregunta. Ellos no responden. De pronto
observa algo extraño: entre los hombres y mujeres de campo hay
otros más jóvenes con pañoletas en sus rostros
que empiezan a gritar ¡El pueblo, unido
!. Jilma
cae en la cuenta y se aleja, no sin ver que una joven mancha la pared
del convento y Cosme la quiere detener. ¡El pueblo manda!,
es la respuesta de otro empañuelado que ignora al fraile.
Entonces, se oye a un campesino quejarse porque el párroco no
apoya su lucha y Cosme se gana el mote de cura vendido.
Los que le llaman así, se olvidan de que el fraile ha enterrado
a tantos guerrilleros que ya causa recelo entre algunos militares. Éstos,
a su vez, olvidan que la violencia, quizá, es el único
enemigo de Cosme.
DUODÉCIMA estación
Faltan pocas horas para que sea domingo 15 de junio de 1980. Cosme
camina hacia un lado del sagrario. Lleva el hábito que le mandaron
a hacer sus parroquianos, porque el de siempre era ya un andrajo.
Ahora, es vicario del departamento de La Paz y párroco en Zacatecoluca,
pero ha vuelto a San Juan para oficiar una misa en acción de
gracias por su salud, pues acaba de estar convaleciente tras una operación
del hígado.
Estudiará las lecturas del domingo para preparar su sermón.
Por eso lleva el breviario, ese libro grueso de pasta roja y páginas
blancas. Casi son las siete de la noche. Fray Filiberto pronto entrará
en la sacristía para revestirse y oficiar misa. Cosme está
hincado. Tres monjas se disponen a abandonar el ala norte de la iglesia.
Tras arrodillarse y persignarse, se dan la vuelta de espaldas al sagrario.
De pronto, los disparos. Fray Filiberto corre.
Cosme, ensangrentado, sólo alcanza a murmurar: ¡Perdón!,
¡perdón! Son sus últimas palabras o las que fray
Filiberto creyó escuchar.
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Jilma de Barahona y Francisco Barahona recuerdan que
el padre Cosme recibió varias amenazas anónimas.
Él sabía que lo iban a matar.
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Días antes, sentado en su escritorio, Cosme había
escrito lo que para sus parroquianos es una especie de testamento espiritual:
De antemano perdono y pido al Señor la conversión
de los autores de mi muerte. La causa para que Cosme Spessotto
sea declarado mártir por odio a la fe ya está
en el Vaticano. La Diócesis de Zacatecoluca y la congregación
franciscana están a la espera de que Roma dé su aprobación
a la solicitud. Sin embargo, desde el momento en que el Vaticano admitió
la causa, Cosme fue declarado Siervo de Dios.
La causa del martirio no requiere de milagros. Sin embargo, el ala de
la iglesia de San Juan Bautista donde descansan los restos de Cosme
Spessotto está llena de flores y 57 ex votos dejados ahí
por feligreses que aseguran haber recibido favores gracias a su intercesión.
Arturo R. Q. firma uno de esos agradecimientos. Durante 1994, él
guardaba prisión en el centro penal La Esperanza (Mariona). Hubo
un motín y mientras las armas provocaban lesiones y muertes,
Arturo se escondió detrás de un ropero. Se encomendó
a Dios y al padre Cosme. Salió ileso.
Adela Mena, ahora una mujer de 50 años que vende dulces frente
al centro escolar del cantón El Pajal, también atribuye
favores al fraile. La mujer asegura que el padre Cosme se ha quedado
haciendo milagros después de muerto. Luego narra cómo
hace cuatro años su hija estaba al borde de la muerte. La niña
tenía 13 años y dificultades para tragar los alimentos.
Adelgazó. Luego de llevarla al hospital de Zacatecoluca y a los
médicos de San Juan Nonualco, su madre decidió visitar
a Mario Grande, en el cantón San Antonio, de Santiago Nonualco.
Se trata de un invidente que, según varios habitantes del lugar,
receta medicinas naturales y dirige oraciones a Dios y al padre Cosme
pidiendo que sus pacientes recuperen la salud. La gente asegura que
no se trata de un brujo, sino de un orante. La veracidad
de estos milagros aún no ha sido indagada por las autoridades
eclesiales.
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La devoción por Cosme Spessotto ha trascendido los límites
de San Juan Nonualco. Junto a su tumba hay agradecimientos de
salvadoreños que viven en EE.UU.
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Mártir en vida
Si el padre Cosme Spessotto no hubiera sido asesinado, igual sería
santo por su apostolado, según las palabras del Obispo de Zacatecoluca,
monseñor Elías Bolaños. Adela Mena lo apoya.
Sentada frente a la escuela primaria de El Pajal afirma: Para
mí, ya es un santo. Ella conoció a Spessotto cuando
aún era una adolescente. Recuerda que el fraile organizó
una excursión a La Herradura. Ahí, los jóvenes
de El Pajal dieron un paseo en lancha y escucharon los consejos de Cosme.
Para todo hay tiempo, prepárense, advertía
a las muchachas.
En su compañía, según Adela Mena, las jóvenes
podían estar tranquilas, pues el fraile que ella recuerde,
se cuidaba de no faltar al voto de castidad. Adela asegura que Spessotto
nunca le faltó el respeto a nadie.
Tampoco les dio una mala idea, en el sentido se alzarse
en armas para hacer justicia por cuenta propia. Adela era catequista
y asegura que se dedicaban única y exclusivamente a impartir
la doctrina oficial de la Iglesia Católica.
Hasta el presente, ella se pregunta cuáles habrán sido
las razones de los asesinos del padre Cosme. ¡Si no le hacía
daño a nadie!, indica.
Hilario Contrán, fraile que lo conoció, afirma que Cosme
atendía a todos sin distinción. Los dos bandos eran
parroquianos suyos. A veces, un bando no quería que ayudara a
todos, se lamenta Contrán.
Las razones y la ideología de los asesinos seguirán siendo
una incógnita para quienes lo conocieron en vida.
Feligreses como Francisco Barahona no están interesados en conocer
las respuestas. Él y su esposa Jilma recuerdan que el padre les
advertía: No le teman al que mata el cuerpo, teman al que
mata el alma.
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