24 de julio de 2005


LA OPINIÓN
El país de las maravillas

Lilian Martínez
vertice@elsalvador.com


Falta una semana para agosto. Desde hace varios días la televisión y la radio tientan a los salvadoreños. Las ofertas para que se olviden del asfalto y la contaminación visitando Guatemala y Honduras provocan mi envidia.

No dudo de que la inseguridad y la delincuencia no sean virtudes exclusivas de nuestro país. De sobra hemos tenido ejemplos en las páginas de El Diario de Hoy. Ni Guatemala, ni Honduras son el paraíso terrenal. Y con esto no pretendo boicotearles. No creo que ninguna nación del mundo lo sea. Pero por lo que se ve en revistas y en la televisión, chapines, catrachos, ticos y hasta colombianos saben vender muy bien su país y despertar el deseo de conocerlo.

Creo que Cristóbal Colón fue el primer turista en darse cuenta de que el nuevo continente no es el paraíso terrenal, pero ¡sí que lo parece!

El Salvador es parte de este Edén. A pesar de los múltiples esfuerzos que generación tras generación hemos hecho los salvadoreños, hay un Lempa que aún da gusto recorrer y bosques de pinos y nacimientos de agua que nada tienen que envidiar a los de otros puntos del continente. Aún no logramos trocar los bosques tropicales en desiertos y los ríos en cloacas irrecuperables. El otrora Cuscatlán sigue ofreciendo parajes de calendario.

Ni el ISTU, ni Corsatur, ni el incipiente Ministerio de Turismo podrán hacer el trabajo de promoción que los salvadoreños mismos, si conociéramos más allá del mapa los accidentes geográficos de nuestro país, podríamos realizar.
En esta línea hago un mea culpa, pues si no fuera por los viajes de trabajo al interior del país, aún sería una ignorante respecto a los tesoros naturales y humanos con los que contamos.

Estamos a tiempo, a pesar de los niveles de deforestación y contaminación que hemos alcanzado, no todo está perdido. Ojalá, los días de ocio que se acercan los podamos invertir en conocer nuestro país.

No importa que sobre el dinero para ir más lejos. La valentía de la que nos armamos para viajar a Guatemala y a Honduras, o atravesar el Atlántico en avión, podría utilizarse para conocer las montañas de Morazán o Chalatenango, o para dar un paseo por el Golfo de Fonseca —sirvan estos como ejemplos—.

El Salvador no es perfecto. Lo sabemos de sobra. No es el paraíso, pero —para quienes aún no hemos sido víctimas mortales de la violencia— tampoco es el infierno.


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