24 de abril 2005


Benedicto XVI
A la defensa del dogma

Se habla de que su papado será de transición, pero la Iglesia que presidirá afronta grandes retos y muchas dificultades. Entre ideologías conservadoras y liberales, optaría por seguir el legado de Juan Pablo II

Juan Carlos Rivas
vertice@elsalvador.com

   

Antes de entrar al Cónclave, precisamente en la misa Pro Eligiendo Papa, el ahora nuevo Vicario ratificó la importancia de defender las enseñanzas tradicionales y rechazar los intentos por modernizar la doctrina.

De esta forma advirtió a los cardenales y recordó a los creyentes que la fe de muchos cristianos “se había visto sacudida por muchas corrientes, ideologías y formas diferentes de pensar, que han puesto a la Iglesia Católica ante un futuro incierto”.

Es un panorama amenazado por el auge de sectas cristianas, así como otros retos y desafíos que van desde la pobreza y el sida en el mundo en vías de desarrollo hasta el declive de la fe en Occidente.

Conocido como “el cardenal del no” por sus oposiciones radicales a temas espinosos como el aborto, la homosexualidad, el sacerdocio de las mujeres o los cambios en la estructura, Ratzinger se volvió famoso por “poner orden en la iglesia”, decapitar y después domesticar a la Teoría de la Liberación.

Desde que fue nombrado hombre clave de la ortodoxia y la teología por Juan Pablo II, se convirtió en la figura de la continuidad.

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El que seguiría luchando en contra del “nuevo paganismo” y, sobre todo, en contra del relativismo en Europa, a la que tacha de “vacía y falta de fe”, a pesar de sus claros orígenes cristianos.

Muchos se preguntan cómo será el desempeño de la Iglesia Católica en manos de Benedicto XVI. Lo más probable es que siga la línea de Wojtyla, puesto que fue no sólo el ferviente defensor de la tradición sino que hombre de confianza de su antecesor.

“Es necesaria una figura que asegure una cierta continuidad, pero también una discontinuidad con el pasado”, dijo monseñor Gianfranco Ravasi, prefecto de la Biblioteca Ambrosiana de Milán, sabedor de que muchos son los retos que afrontará el nuevo Papa.

Bajo esta óptica, la actitud del mundo moderno con relación a la fe está caracterizada por dos posiciones extremas: el fanatismo y el racionalismo y lo que el Sumo Pontífice llama “la dictadura del relativismo”, entendiéndose como tal aquella ideología que rechaza toda verdad absoluta, toda certidumbre, siendo una de las características de varias líneas de pensamiento modernas en filosofía, antropología, lingüística y semiología.

Favorito de los exponentes del ala más tradicionalista y anatema para el ala liberal, se le considera que pudiese ser un pontífice “de transición” por su avanzada edad.

Sin embargo, al especular sobre su administración papal, no se puede dejar en el olvido su paso por la Congregación para la Doctrina de la Fe, la más antigua de las nueve que funcionan en la Curia —el aparato administrativo de la Santa Sede— que había sido fundada por Pablo III en 1542 con el nombre de Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición, y a la que convenientemente se le cambió el nombre. Entonces, más de alguno podría creer que, como Papa, sería igual de estricto en materia teológica.

RETOS Y PRIORIDADES

Pertenecer al ala radical desde el punto de vista de una doctrina conservadora, no impidió el querer continuar con un diálogo más abierto y sincero con otras religiones y hacer todo lo que esté a su alcance para promover la causa ecuménica.

“Mi tarea primaria es trabajar en pos de la reunificación de todos los cristianos y para ello el sentimiento no basta”, dijo en una de sus primeras intervenciones.

Sin embargo, el diálogo con otras religiones es parte importante de su agenda, y solicitó a la Iglesia ser más valiente, al mismo tiempo que ratificó su deseo de seguir con la tarea del cumplimiento del Concilio Vaticano II y su trabajo en pro de los jóvenes.

En su primera misa pública trató de aliviar los recelos de quienes temen un pontificado autoritario y ultraconservador. Dijo sentirse inspirado más que nunca por su venerado predecesor, de quien aseguró haber sentido su mano sosteniendo la suya y diciéndole: “No tengas miedo”.

Por su parte, a pesar de la decepción que dijo haber sentido por la elección de Ratzinger, incluso el teólogo y crítico de la Iglesia Católica Hans Küng ha declarado a la televisora alemana Deutsche Welle que “al igual que cualquier cardenal, (Ratzinger) será otra cosa como Papa”.

El teólogo cree que habrá que esperar 100 días para emitir un juicio sobre el futuro de este pontificado. Incluso, Küng ve una señal de esperanza en el hecho de que el nuevo Papa no se haya hecho llamar Juan Pablo III, sino Benedicto.

Pues Benedicto XV “frenó los afanes de autoritarios en el Vaticano y la campaña contra algunos teólogos; puede ser que ahora, en su calidad de Papa, impulse el ecumenismo de otro modo”, aseveró el estudioso.

Europa, la pródiga

Ha resistido enérgicamente a todo intento de reformas. “El relativismo —dijo— es el nuevo problema”

“El relativismo —escribió cuando todavía era cardenal— se ha convertido, en cierto modo, en una especie de religión del hombre moderno y éste es el mayor problema de nuestro tiempo.

“Si todo vale, si todos los personajes son más o menos lo mismo, Jesucristo podía ser uno de tantos. Hay muchos que consideran que el hecho de mantener que realmente existe una verdad, una verdad válida y vinculante, Jesucristo, la fe de la Iglesia, es fundamentalismo, y se rinden ante este nuevo pecado capital hasta convertirlo en fundamento de la democracia. ¡Qué contradicción!

“Porque si, como sostiene el relativismo, no existen fundamentos. ¿Cómo va a ser el relativismo fundamento de la democracia? Hablar de un cristiano relativista es hablar de apostasía. ¿Por qué en Europa el llamado del Papa no ha sido acogido? No porque no tenga raíces cristianas, todo lo contrario. Sino que en la era del relativismo triunfante y de la apostasía silenciosa, lo verdadero ya no existe y es considerado fundamentalismo, y la misma afirmación de lo verdadero suscita miedo y temores.

“Europa, justo cuando parece estar en la hora máxima de su éxito, parece vaciada por dentro, como paralizada por una crisis circulatoria, una crisis que pone en peligro su vida, confiándola a transplantes que borran su identidad.

“Hay una extraña falta de voluntad de futuro. Los hijos, que son el futuro, son vistos como una amenaza para el presente. No son sentidos como una esperanza, sino como una limitación”, dijo.

Sin embargo, el ahora Papa argumentó que “si se conocen las causas del mal se puede encontrar el camino de la curación: hay que volver a la herencia religiosa”.

Un elemento clave en la identidad europea es la familia; Europa dejaría de ser Europa si desapareciera o fuese cambiada esencialmente esta célula fundamental de su arquitectura social”, sostuvo en alusión también a las uniones jurídicas de los homosexuales.

“Otra clave de identidad europea es el respeto hacia lo que, para los otros, es sagrado, y especialmente el respeto hacia lo sagrado en el más alto sentido, a Dios. Europa necesita una nueva —ciertamente crítica y humilde— aceptación de sí misma, si de verdad quiere sobrevivir”, concluyó.


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