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Benedicto XVI
A la defensa del dogma
Se
habla de que su papado será de transición, pero la Iglesia
que presidirá afronta grandes retos y muchas dificultades. Entre
ideologías conservadoras y liberales, optaría por seguir
el legado de Juan Pablo II
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Antes de entrar al Cónclave, precisamente en
la misa Pro Eligiendo Papa, el ahora nuevo Vicario ratificó la
importancia de defender las enseñanzas tradicionales y rechazar
los intentos por modernizar la doctrina.
De esta forma advirtió a los cardenales y recordó a los
creyentes que la fe de muchos cristianos se había visto
sacudida por muchas corrientes, ideologías y formas diferentes
de pensar, que han puesto a la Iglesia Católica ante un futuro
incierto.
Es un panorama amenazado por el auge de sectas cristianas, así
como otros retos y desafíos que van desde la pobreza y el sida
en el mundo en vías de desarrollo hasta el declive de la fe en
Occidente.
Conocido como el cardenal del no por sus oposiciones radicales
a temas espinosos como el aborto, la homosexualidad, el sacerdocio de
las mujeres o los cambios en la estructura, Ratzinger se volvió
famoso por poner orden en la iglesia, decapitar y después
domesticar a la Teoría de la Liberación.
Desde que fue nombrado hombre clave de la ortodoxia y la teología
por Juan Pablo II, se convirtió en la figura de la continuidad.
El que seguiría luchando en contra del nuevo
paganismo y, sobre todo, en contra del relativismo en Europa,
a la que tacha de vacía y falta de fe, a pesar de
sus claros orígenes cristianos.
Muchos se preguntan cómo será el desempeño de la
Iglesia Católica en manos de Benedicto XVI. Lo más probable
es que siga la línea de Wojtyla, puesto que fue no sólo
el ferviente defensor de la tradición sino que hombre de confianza
de su antecesor.
Es necesaria una figura que asegure una cierta continuidad, pero
también una discontinuidad con el pasado, dijo monseñor
Gianfranco Ravasi, prefecto de la Biblioteca Ambrosiana de Milán,
sabedor de que muchos son los retos que afrontará el nuevo Papa.
Bajo esta óptica, la actitud del mundo moderno con relación
a la fe está caracterizada por dos posiciones extremas: el fanatismo
y el racionalismo y lo que el Sumo Pontífice llama la dictadura
del relativismo, entendiéndose como tal aquella ideología
que rechaza toda verdad absoluta, toda certidumbre, siendo una de las
características de varias líneas de pensamiento modernas
en filosofía, antropología, lingüística y
semiología.
Favorito de los exponentes del ala más tradicionalista y anatema
para el ala liberal, se le considera que pudiese ser un pontífice
de transición por su avanzada edad.
Sin embargo, al especular sobre su administración papal, no se
puede dejar en el olvido su paso por la Congregación para la
Doctrina de la Fe, la más antigua de las nueve que funcionan
en la Curia el aparato administrativo de la Santa Sede que
había sido fundada por Pablo III en 1542 con el nombre de Sagrada
Congregación de la Romana y Universal Inquisición, y a
la que convenientemente se le cambió el nombre. Entonces, más
de alguno podría creer que, como Papa, sería igual de
estricto en materia teológica.
RETOS Y PRIORIDADES
Pertenecer al ala radical desde el punto de vista de una doctrina conservadora,
no impidió el querer continuar con un diálogo más
abierto y sincero con otras religiones y hacer todo lo que esté
a su alcance para promover la causa ecuménica.
Mi tarea primaria es trabajar en pos de la reunificación
de todos los cristianos y para ello el sentimiento no basta, dijo
en una de sus primeras intervenciones.
Sin embargo, el diálogo con otras religiones es parte importante
de su agenda, y solicitó a la Iglesia ser más valiente,
al mismo tiempo que ratificó su deseo de seguir con la tarea
del cumplimiento del Concilio Vaticano II y su trabajo en pro de los
jóvenes.
En su primera misa pública trató de aliviar los recelos
de quienes temen un pontificado autoritario y ultraconservador. Dijo
sentirse inspirado más que nunca por su venerado predecesor,
de quien aseguró haber sentido su mano sosteniendo la suya y
diciéndole: No tengas miedo.
Por su parte, a pesar de la decepción que dijo haber sentido
por la elección de Ratzinger, incluso el teólogo y crítico
de la Iglesia Católica Hans Küng ha declarado a la televisora
alemana Deutsche Welle que al igual que cualquier cardenal, (Ratzinger)
será otra cosa como Papa.
El teólogo cree que habrá que esperar 100 días
para emitir un juicio sobre el futuro de este pontificado. Incluso,
Küng ve una señal de esperanza en el hecho de que el nuevo
Papa no se haya hecho llamar Juan Pablo III, sino Benedicto.
Pues Benedicto XV frenó los afanes de autoritarios en el
Vaticano y la campaña contra algunos teólogos; puede ser
que ahora, en su calidad de Papa, impulse el ecumenismo de otro modo,
aseveró el estudioso.
Europa, la pródiga
Ha resistido enérgicamente a todo intento de
reformas. El relativismo dijo es el nuevo problema
El relativismo escribió cuando todavía
era cardenal se ha convertido, en cierto modo, en una especie
de religión del hombre moderno y éste es el mayor problema
de nuestro tiempo.
Si todo vale, si todos los personajes son más o menos lo
mismo, Jesucristo podía ser uno de tantos. Hay muchos que consideran
que el hecho de mantener que realmente existe una verdad, una verdad
válida y vinculante, Jesucristo, la fe de la Iglesia, es fundamentalismo,
y se rinden ante este nuevo pecado capital hasta convertirlo en fundamento
de la democracia. ¡Qué contradicción!
Porque si, como sostiene el relativismo, no existen fundamentos.
¿Cómo va a ser el relativismo fundamento de la democracia?
Hablar de un cristiano relativista es hablar de apostasía. ¿Por
qué en Europa el llamado del Papa no ha sido acogido? No porque
no tenga raíces cristianas, todo lo contrario. Sino que en la
era del relativismo triunfante y de la apostasía silenciosa,
lo verdadero ya no existe y es considerado fundamentalismo, y la misma
afirmación de lo verdadero suscita miedo y temores.
Europa, justo cuando parece estar en la hora máxima de
su éxito, parece vaciada por dentro, como paralizada por una
crisis circulatoria, una crisis que pone en peligro su vida, confiándola
a transplantes que borran su identidad.
Hay una extraña falta de voluntad de futuro. Los hijos,
que son el futuro, son vistos como una amenaza para el presente. No
son sentidos como una esperanza, sino como una limitación,
dijo.
Sin embargo, el ahora Papa argumentó que si se conocen
las causas del mal se puede encontrar el camino de la curación:
hay que volver a la herencia religiosa.
Un elemento clave en la identidad europea es la familia; Europa dejaría
de ser Europa si desapareciera o fuese cambiada esencialmente esta célula
fundamental de su arquitectura social, sostuvo en alusión
también a las uniones jurídicas de los homosexuales.
Otra clave de identidad europea es el respeto hacia lo que, para
los otros, es sagrado, y especialmente el respeto hacia lo sagrado en
el más alto sentido, a Dios. Europa necesita una nueva ciertamente
crítica y humilde aceptación de sí misma,
si de verdad quiere sobrevivir, concluyó.
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