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TEMA
DE PORTADA
El hombre internacional
Estar
asilado no ha menguado su corazón de maestro. El abuelo asegura
querer transmitir sus conocimientos de otras lenguas a las personas
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Mi abuelo
decía que éramos parientes de los Saca, de la familia
que es el actual presidente
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Yo
era el patito feo entre mis compañeros, pero a las muchachas
les gustaba hablar conmigo Ramón Abounjalí,
78 años.
Foto EDH /Lissette Lemus |
Su frágil cuerpo de 78 años descansa,
envuelto en una frazada, en una de las camas del asilo Sara Zaldívar.
Se trata de don Ramón Abounjalí, quien hace dos meses
fue llevado al albergue por las condiciones de abandono en las que vivía
en un viejo apartamento de la colonia IVU.
Sentado en la orilla de la cama, con una silla de ruedas junto a él,
recuerda a sus viejos amores, sus viajes en el barco Marco Polo y la
dicha y la tristeza que le dio procrear un hijo.
Su historia se inició en 1931, cuando a sus cuatro años
sus progenitores murieron en San Salvador. Mi padre, por una enfermedad;
mi madre murió de soledad, narra con un acento peculiar
este abuelo, quien asegura que algunos de sus familiares son parientes
del Presidente de la República, Antonio Saca. Él lo sostiene
así por su origen árabe.
Después de la muerte de sus padres, su abuelo paterno, quien
residía en Palestina, lo mandó a traer y vivió
allá durante 28 años.
Un tío que tenía mucho dinero me puso a estudiar
en colegios caros, prosigue. Fue de esta manera como don Ramón
aprendió cinco idiomas: inglés, francés, italiano,
árabe y un poco de alemán.
Esa capacidad le dio la posibilidad de emplearse en un barco, navegar
y conocer muchas ciudades, ya que trabajaba como traductor. Según
él, sus compañeros de viajes le llamaban el hombre
internacional por las varias lenguas que hablaba y los países
que había conocido.
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Triste recuerdo.
Don Ramón, cargando a su hijo.
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Cansado de los conflictos bélicos en Oriente,
don Ramón decidió regresar a la tierra que le vio nacer.
Poco a poco aprendió el español, conoció
a una bella mujer y se casó, pero su matrimonio no funcionó.
De esa unión nació un hijo a quien cariñosamente
llamaba Chepito y quien fue asesinado durante el conflicto
armado.
Ésta es la parte más triste de la historia,
confiesa el anciano luego de un suspiro.
Don Ramón habló de su hijo con gran pesar, pues le atormenta
recordar cómo le quitaron la juventud a su único descendiente.
Era un muchacho tan bueno y talentoso, sabía tocar muy
bien la guitarra... si lo hubiera conocido, se lamenta.
De esta manera, el anciano quedó solo en la vida y, después
de trabajar varios años como educador en un instituto de educación
superior en Santa Tecla, se retiró a su apartamento, donde fue
encontrado por las autoridades.
El agobio de su soledad es notorio. Las constantes quejas y demandas
muestran su frustración e inconformidad por tener que vivir dentro
del albergue.
Ahora se recupera de las úlceras que atormentaban su cuerpo y
sólo alberga en su alma la esperanza de volver a su casa, a su
libertad, con sus recuerdos.
Recuerdos
en la penumbra
Un químico usado en la carpintería le
hizo quedar ciego. Las religiosas lo acogieron en el asilo pese a ser
muy joven para estar ahí. Su único hijo le dejó
olvidado
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Habilidad. El oficio
lo aprendió en el asilo después de haber perdido
la vista. Foto EDH /oscar payes
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Don Miguel Mendoza perdió la vista hace 22 años.
A pesar de la deficiencia, utiliza sus habilidosos dedos para tejer
coloridas canastas que comercializa en el mercado. Una vez al mes sale
del asilo Narcisa Castillo, en Santa Ana, para comprar la materia prima.
En el lugar todos lo conocen como don Miguelito, un huésped que
llegó al lugar hace dos décadas.
Tras la sombra de su ceguera, este carpintero de oficio pasa los días
esperando que el sonido del reloj marque el fin de la jornada. En la
penumbra, recuerda aquel día en que su esposa lo dejó
por otro hombre. Aunque ambos tenían un hijo de 15 años,
él abandonó su hogar en busca de otro destino.
Nunca volvió a encontrarse con su hijo y, años después,
una nube de alquitrán cegó su vista.
Ahora vive bajo el cuidado de las religiosas que lo acogieron, a pesar
de que no tenía la edad para estar en un asilo.
Al principio no me querían recibir porque era muy joven.
Tenía 47 años cuando vine, pero como no tenía familia
y estaba ciego, me dejaron entrar, narra el anciano sin detener
su faena.
A las religiosas las saluda con mucho cariño y afecto, una sonrisa
se dibuja en su rostro cuando las escucha hablar, pero su voz pausada
revela sus verdaderos sentimientos y anhelos, lejos del hogar. Sus pensamientos
se mezclan con el tramado de sus canastas, no quiere recordar ni pensar
en el futuro.
Para don Miguel, el día termina con el nudo final de su canasta.
"Yo
quería saber lo que es ser amada
Una medio hermana le permitía dormir en una habitación
de lámina separada del resto de la casa. La situación
atemporalada la hizo buscar un lugar seguro
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Alimento. Ahora,
come un plato de comida caliente tres veces al día. Foto
EDH /Luis Villalta
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La tormenta Stan le hizo encontrar un hogar luego de
que llegara buscando refugiarse de las lluvias a la capilla del asilo;
pero las religiosas que administran el lugar le dieron más que
un hogar temporal. Doña Blanca García vive ahora en el
hogar San Vicente de Paul, en el frío pueblo de Santiago de María,
en Usulután.
La anciana de cabellera gris, baja estatura y mirada tierna, llegó
hace un par de semanas al albergue de las religiosas.
Yo vine acá porque quería saber lo que es ser amada,
mi madre murió, mi padre nunca me dio nada y tuve un compañero
pero no lo quise, comenta la anciana como tratando de ocultar
una mala experiencia sentimental.
Doña Blanca no tiene muchas memorias que compartir, ni siquiera
recuerda su edad. El único pensamiento que usurpa su mente es
la preocupación de no saber sobre la suerte que corrió
una medio hermana luego del temporal que azotó el país
el pasado octubre.
Ella es parte de los 21 ancianos que habitan en ese albergue, el cual
subsiste gracias a pequeños donativos de la comunidad.
Algunas personas dan tres dólares, otras dan cinco, otras
personas nos traen la comida ya preparada, explica una de las
religiosas sobre la manera en que sostienen el centro.
Pese al poco apoyo que puedan tener, siempre hay sopa caliente servida
a la mesa; aunque para doña Blanca lo más importante es
haber encontrado personas que se interesan por ella, que la hicieron
sentir amada.
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