23 de octubre de 2005



TEMA DE PORTADA
El hombre internacional

Estar asilado no ha menguado su corazón de maestro. El abuelo asegura querer transmitir sus conocimientos de otras lenguas a las personas

Redaccion Vertice
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“Mi abuelo decía que éramos parientes de los Saca, de la familia que es el actual presidente”
“Yo era el patito feo entre mis compañeros, pero a las muchachas les gustaba hablar conmigo” Ramón Abounjalí, 78 años.
Foto EDH /Lissette Lemus

Su frágil cuerpo de 78 años descansa, envuelto en una frazada, en una de las camas del asilo Sara Zaldívar.
Se trata de don Ramón Abounjalí, quien hace dos meses fue llevado al albergue por las condiciones de abandono en las que vivía en un viejo apartamento de la colonia IVU.

Sentado en la orilla de la cama, con una silla de ruedas junto a él, recuerda a sus viejos amores, sus viajes en el barco Marco Polo y la dicha y la tristeza que le dio procrear un hijo.

Su historia se inició en 1931, cuando —a sus cuatro años— sus progenitores murieron en San Salvador. “Mi padre, por una enfermedad; mi madre murió de soledad”, narra con un acento peculiar este abuelo, quien asegura que algunos de sus familiares son parientes del Presidente de la República, Antonio Saca. Él lo sostiene así por su origen árabe.

Después de la muerte de sus padres, su abuelo paterno, quien residía en Palestina, lo mandó a traer y vivió allá durante 28 años.

“Un tío que tenía mucho dinero me puso a estudiar en colegios caros”, prosigue. Fue de esta manera como don Ramón aprendió cinco idiomas: inglés, francés, italiano, árabe y un poco de alemán.

Esa capacidad le dio la posibilidad de emplearse en un barco, navegar y conocer muchas ciudades, ya que trabajaba como traductor. Según él, sus compañeros de viajes le llamaban “el hombre internacional” por las varias lenguas que hablaba y los países que había conocido.

Triste recuerdo. Don Ramón, cargando a su hijo.

Cansado de los conflictos bélicos en Oriente, don Ramón decidió regresar a la tierra que le vio nacer.

Poco a poco aprendió el español, conoció a una bella mujer y se casó, pero su matrimonio no funcionó. De esa unión nació un hijo a quien cariñosamente llamaba “Chepito” y quien fue asesinado durante el conflicto armado.

“Ésta es la parte más triste de la historia”, confiesa el anciano luego de un suspiro.
Don Ramón habló de su hijo con gran pesar, pues le atormenta recordar cómo le quitaron la juventud a su único descendiente.

“Era un muchacho tan bueno y talentoso, sabía tocar muy bien la guitarra... si lo hubiera conocido”, se lamenta.

De esta manera, el anciano quedó solo en la vida y, después de trabajar varios años como educador en un instituto de educación superior en Santa Tecla, se retiró a su apartamento, donde fue encontrado por las autoridades.

El agobio de su soledad es notorio. Las constantes quejas y demandas muestran su frustración e inconformidad por tener que vivir dentro del albergue.

Ahora se recupera de las úlceras que atormentaban su cuerpo y sólo alberga en su alma la esperanza de volver a su casa, a su libertad, con sus recuerdos.

 


 

Recuerdos en la penumbra

Un químico usado en la carpintería le hizo quedar ciego. Las religiosas lo acogieron en el asilo pese a ser muy joven para estar ahí. Su único hijo le dejó olvidado

Habilidad. El oficio lo aprendió en el asilo después de haber perdido la vista. Foto EDH /oscar payes

Don Miguel Mendoza perdió la vista hace 22 años. A pesar de la deficiencia, utiliza sus habilidosos dedos para tejer coloridas canastas que comercializa en el mercado. Una vez al mes sale del asilo Narcisa Castillo, en Santa Ana, para comprar la materia prima. En el lugar todos lo conocen como don Miguelito, un huésped que llegó al lugar hace dos décadas.

Tras la sombra de su ceguera, este carpintero de oficio pasa los días esperando que el sonido del reloj marque el fin de la jornada. En la penumbra, recuerda aquel día en que su esposa lo dejó por otro hombre. Aunque ambos tenían un hijo de 15 años, él abandonó su hogar en busca de otro destino.

Nunca volvió a encontrarse con su hijo y, años después, una nube de alquitrán cegó su vista.
Ahora vive bajo el cuidado de las religiosas que lo acogieron, a pesar de que no tenía la edad para estar en un asilo.

“Al principio no me querían recibir porque era muy joven. Tenía 47 años cuando vine, pero como no tenía familia y estaba ciego, me dejaron entrar”, narra el anciano sin detener su faena.

A las religiosas las saluda con mucho cariño y afecto, una sonrisa se dibuja en su rostro cuando las escucha hablar, pero su voz pausada revela sus verdaderos sentimientos y anhelos, lejos del hogar. Sus pensamientos se mezclan con el tramado de sus canastas, no quiere recordar ni pensar en el futuro.

Para don Miguel, el día termina con el nudo final de su canasta.


"Yo quería saber lo que es ser amada”

Una medio hermana le permitía dormir en una habitación de lámina separada del resto de la casa. La situación atemporalada la hizo buscar un lugar seguro

Alimento. Ahora, come un plato de comida caliente tres veces al día. Foto EDH /Luis Villalta

La tormenta Stan le hizo encontrar un hogar luego de que llegara buscando refugiarse de las lluvias a la capilla del asilo; pero las religiosas que administran el lugar le dieron más que un hogar temporal. Doña Blanca García vive ahora en el hogar San Vicente de Paul, en el frío pueblo de Santiago de María, en Usulután.

La anciana de cabellera gris, baja estatura y mirada tierna, llegó hace un par de semanas al albergue de las religiosas.
“Yo vine acá porque quería saber lo que es ser amada, mi madre murió, mi padre nunca me dio nada y tuve un compañero pero no lo quise”, comenta la anciana como tratando de ocultar una mala experiencia sentimental.

Doña Blanca no tiene muchas memorias que compartir, ni siquiera recuerda su edad. El único pensamiento que usurpa su mente es la preocupación de no saber sobre la suerte que corrió una medio hermana luego del temporal que azotó el país el pasado octubre.

Ella es parte de los 21 ancianos que habitan en ese albergue, el cual subsiste gracias a pequeños donativos de la comunidad.

“Algunas personas dan tres dólares, otras dan cinco, otras personas nos traen la comida ya preparada”, explica una de las religiosas sobre la manera en que sostienen el centro.

Pese al poco apoyo que puedan tener, siempre hay sopa caliente servida a la mesa; aunque para doña Blanca lo más importante es haber encontrado personas que se interesan por ella, que la hicieron sentir amada.

 

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