23 de octubre de 2005


TEMA DE PORTADA
Entre la soledad y el abandono

Desamparo, renuncia, desinterés, alejamiento de un lugar; descuido de las obligaciones, el aseo personal o la compostura. Estas palabras son las que según el diccionario de la Real Academia Española definen el abandono, una situación en la que se encuentran centenares de ancianos en el país, dentro o fuera de cualquier asilo

Geraldine Varela
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Resignación. Muchos abuelos añoran estar fuera de los albergues; sin embargo, han tenido que reconocer su situación, conscientes de que ya no pueden vivir fuera. Foto EDH /LissetteLemus

Desde el exterior parece un pequeño hotel, similar a los hostales en las montañas de Chalatenango, donde la neblina envuelve el lugar por las tardes.

Las finas lámparas que cuelgan del techo añaden elegancia a los amplios salones llenos de muebles con estampados clásicos.

De las habitaciones, individuales o compartidas, no se espera menos. Las camas con respaldos de madera y los baños enchapados disipan ilusoriamente, por un momento, la idea de que ese lugar es un asilo.

La anterior es una pequeña descripción de la ciudadela Dr. Julio Díaz Sol, uno de los cuatro asilos registrados en la Secretaría Nacional de la Familia, SNF; presta servicios privados a 13 ancianos y, además, cuenta con un área de beneficencia, donde cohabitan 70 abuelos.

En el país también existen los hogares altruistas para adultos mayores, que en total suman 31 albergues, y dos más sostenidos por el gobierno central.

La administración y el cuido de los ancianos ha sido delegada por el Estado a otros sectores de la sociedad, sobre todo a aquellos de algún credo religioso que, por su misma naturaleza, manifiestan devoción y servicio a los demás.

Y aunque las buenas intenciones sobran en los recintos públicos, que generalmente son administrados por religiosas, las atenciones son limitadas debido a los pocos recursos que logran obtener a través de donaciones de personas altruistas y de actividades varias, con las que apenas recogen para algunos artículos de limpieza. Lo anterior sumado a lo que el Estado les dispensa.

Ni para pañales

El corto presupuesto del que disponen los asilos es la cruz diaria para quienes los administran.
No sólo los benéficos, también los albergues nacionales carecen de varios implementos necesarios para atender a los ancianos.

Demencia. Enfermedades psicológicas son comunes.Foto EDH Luis Villalta

En el asilo nacional de Santa Ana, el hogar Narcisa Castillo, unas 26 personas (entre empleados contratados para la limpieza, encargados de comida, administrativos y algunas religiosas de la congregación de las hermanas Franciscanas) atienden a 112 ancianos con un presupuesto de 23 mil dólares mensuales.

De este fondo deben disponer para la compra de detergentes y desinfectantes para ropa, pisos y
baños; artículos de higiene personal para los internos y alimentos —para una nutritiva y balanceada dieta—. Y de ese mismo presupuesto deben sacar el dinero para pagar los salarios de los colaboradores.

“Algunas cosas, como los pañales desechables, ya no los logramos comprar. Lo ideal sería que les pusiéramos (tales pañales) porque hay muchos ancianitos que ya no pueden levantarse de sus camas; pero no nos alcanza, así que cortamos sábanas viejas y sacamos los pañales de tela”, explicó la responsable del centro, sor Irma Gladys, mientras llevaba de la mano a una anciana por los largos corredores del recinto.

Y es que en un asilo no sólo basta brindar un plato de comida caliente y una cama abrigada donde pasar la noche, también se deben pagar las facturas por los servicios de agua, energía eléctrica —sobre todo cuando tienen una lavadora que funciona durante todo el día— y gastos de mantenimiento para evitar el deterioro de un edificio sobre el que pesa ya más de un siglo de existencia.

Indiferencia

La mayoría de encargados de los asilo entrevistados resiente del Estado el poco interés que muestran ante las necesidades de los centros y la atención para los ancianos.

“El Gobierno sólo exige y exige que tengamos especialistas, actividades recreativas y todos los recursos humanos y materiales para atender a los ancianos; pero ¿qué están haciendo ellos? Se han limitado a crear leyes que permanecen engavetadas porque no se ponen en práctica”, aseguró la directora de un albergue privado, quien pidió no citar su nombre.

Y es que en El Salvador existen instituciones como el Consejo Nacional de Atención Integral a los Programas de los Adultos Mayores (Conaipam), que ha redactado legislaciones con el fin de velar por los derechos de los adultos mayores y promover ciertos beneficios a este sector de la población.

Fisioterapia.
Los momentos de diversión son necesarios para que los ancianos no caigan en estados depresivos dentro de asilos Fotos EDH/LissetteLemus.

Pero el problema no radica en la falta o existencia de leyes, sino en la viabilidad y cumplimiento de las mismas, manifiestan los responsables de los albergues.

Además, los reclamos no se basan sólo en la utopía de las normativas. Algunas de las fuentes consultadas manifiestan que la SNF —instancia responsable de los adultos mayores en el país— escasamente supervisa y apoya los centros de ancianos. Hay quienes aseguran que en un periodo de cinco años han contado con la visita de los delegados de la SNF tan sólo en una ocasión.

Y en pocas oportunidades han recibido donaciones de víveres o algunos artículos que pronto necesitarán nuevamente, sobre todo porque la población en los asilos crece cada día y las demandas sobrepasan la capacidad de atención de los centros.

De esta manera, en los asilos convive la soledad de quienes ya perdieron la vitalidad y la lucidez, y la preocupación de quienes los asisten, en una constante lucha por procurar ofrecerles una atención que pueda ser considerada digna.

 

 

 

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