23 de enero 2005


“Me he rehabilitado”

En Cárcel de Mujeres hay 544 historias, todas mezcladas con dolor y esperanza. Éstos son dos testimonios de fe y rehabilitación.

Alicia Miranda Duke
vertice@elsalvador.com

María Chávez: “Quiero disfrutar una vida tranquila”.


María Chávez llegó casi muerta al penal, luego de una crónica adicción al crack.

Llegó pesando 85 libras y sin futuro aparente. La abstención obligada y la pérdida de sus gemelas la llevaron a resucitar.

Estas son sus palabras: “Me capturaron por tenencia de 100 libras de marihuana, pero no era distribuidora, solo la movía.

Me pagaron cinco mil colones por hacerle de mula, pero me dejaron libre por vacíos de ley a la hora de la detención.

Nos llevaron por 72 horas, pero logramos salir las dos mujeres. Mi huida empezó 72 horas después, cuando nos citaron, porque no me presenté, ahí comenzó mi martirio.

Me dediqué a consumir crack, el cual me atrapó. Llegué a tocar fondo en la calle, había semanas enteras que no dormía y circulé por varios puntos de la capital.

Esa adicción hizo que perdiera a mis gemelas y que el Estado las enviara a las casas de resguardo. Toda su vida han andado de centro en centro y eso me hizo recapacitar. Entonces decidí cambiar de vida y empezar a luchar por mis niñas.

• Más que una condena

• Voces presas

“Me he rehabilitado”

Me inmiscuí en las actividades del centro y me inscribí en los talleres, logrando obtener 25 diplomas, es decir, 25 oficios. Cuando me vi rehabilitada, empecé el largo proceso para recuperarlas. Escribí muchas cartas, incluso a personas que no conocía, hasta que lo conseguí, ahora son mías otra vez.

Estoy en la fase de confianza con un permiso especial para verlas cada ocho días y voy a aplicar para la libertad por buena conducta. Puedo decir que después de todo esto ya aprendí la lección.


“La cárcel me hizo ver los errores”

Berenice perteneció a las pandillas y ésa es la razón de su cautiverio. Narra a Vértice una vida de drogas y violencia, pero también de reafirmación y esperanza.

Esta es parte de su historia: “Quizás fue una coincidencia del destino, uno viene aquí no porque lo quiere, sino porque Dios así lo decide.

Pertenecí a una pandilla, no me arrepiento, porque así como tuve experiencias bonitas, también las tuve malas.

Uno camina en la calle quizás buscando un mundo diferente, oscuro o claro, como le quieras llamar; sin embargo, la calle te lleva a cometer un delito, porque en tu corazón siembran odio y rencor.

He visto a muchos compañeros caer a mis pies por los balazos de las escopetas hechizas, quizás la experiencia más dura fue ver morir a mis dos hermanos y no poderles ayudar.

Ellos no pertenecían a pandillas y por eso guardo resentimiento. Muchos desperdiciamos nuestra vida, pero también detrás de un pandillero hay una persona. Yo he aprendido a captar el mensaje.

Me he podido capacitar en los talleres de las distintas cárceles por donde he pasado. He convivido con todo tipo de delincuentes y quizás no he sido un ejemplo para los demás, pero en estos momentos soy un ejemplo para mí.

Después de usar las drogas (marihuana, cocaína, crack, heroína) usar la violencia para atacar a la pandilla enemiga y estar a punto de morir por una puñalada en el pulmón, he recapacitado.

Tengo cicatrices que me lo recuerdan, pero sé que todos merecemos una oportunidad. Aunque nadie me visita, estoy al tanto del crecimiento de mi hija y sé que la voy a criar bien. Sólo pido una oportunidad de trabajo para los pandilleros.


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