23 de enero 2005


Voces presas

Las prisiones son un mundo aparte y sus habitantes tienen muchas de historias por contar. Cada día se acercan al final de su condena; mientras tanto intentan, a su modo, adaptarse a un mundo que no va más allá de las rejas.

Alicia Miranda Duke
vertice@elsalvador.com


Una noche de rabia cambió la vida de Pablo para siempre. Los deseos de venganza mezclados con el alcohol propiciaron que 22 años atrás perdiera el control y atacara a dos personas, según él, enemigos de su familia.

Como resultado, uno de ellos murió y el otro fue llevado al hospital con lesiones muy graves.

Pablo, sin darse cuenta de la magnitud de su acción, siguió ingiriendo bebidas alcohólicas en una cantina cercana y en compañía de unos amigos. Fue allí justamente en donde la policía le arrestó.

Al día siguiente cuando regresó su conciencia, estaba preso en una bartolina, acusado de homicidio.

“Cuando me di cuenta, estaba preso, no recordaba nada de lo sucedido, mi mente estaba nublada.

Hasta este día no puedo contar cómo se inició la pelea; según el proceso, yo le disparé al finado y luego lo ataqué con un corvo, igual hice con el otro, pero ése no murió, resultó con heridas graves”, explica.

El juez le condenó a 23 años de prisión en el Penal La Esperanza, conocido como Mariona, por el delito de homicidio doloso. “A los 19 años, esa condena pesa mucho, tenía temor y no sabía qué iba a ser de mi vida”, comentó.

• Más que una condena

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“Me he rehabilitado”

No quedaba más que adaptarse y, según explica, en Mariona el proceso es más lento. Su familia se alejó de él, llegaron a verle en contadas ocasiones y una de ellas para darle una mala noticia: su hermana menor había desaparecido, tenía varios días de no llegar a su casa. “Yo estoy seguro de que tomaron revancha con mi hermana, nunca más supimos de ella; si estuviera viva ya se habría comunicado, yo aquí encerrado ni siquiera podía ir a buscarla”, añade.

No solamente la angustia le recuerda ese día. Durante toda la conversación había evitado que viera su antebrazo izquierdo.

Cuando lo señalé y pregunté por qué lo escondía, con vergüenza lo mostró: en fila tenía varias cicatrices, y por la manera en que se levantaba la piel, debieron haber sido heridas bastante profundas. Al preguntarle sobre ellas, escondió el brazo nuevamente.

—Es que estaba desesperado, no podía buscar a mi hermana, me sentía culpable, me deprimí mucho, y cometí una tontería, tomé la cuchillita del cortaúñas, la que sirve para limpiarse las uñas y me herí varias veces, ya no quería seguir adelante —contestó—me llevaron de emergencia al hospital psiquiátrico, allí estuve interno cuatro meses, quedé bastante mal. Luego me regresaron a la prisión, pero ya no era el mismo.

Pablo asegura que la vida enseña que la rabia y el odio tienen consecuencias, así que decidió tratar de pasar los años que quedaban de condena lo mejor posible y terminar de adaptarse.

Sin embargo, la mala suerte seguía y cayó preso de la soledad. “No tenía a nadie que viniera a verme, así que me hice amigo de un muchacho al que su mamá venía a ver seguido y me hice amigo de ella también. Luego empezamos una relación, me visitaba a mí también y tuvimos relaciones; lo que yo no sabía es que tenía Sida, ella ya murió.

Hace dos años, la doctora del centro me vio delgado y desnutrido, así que me mandó hacer un examen de sangre. Resulté VIH positivo. Me trajeron a este lado (sector 1) y a diario me dan mis medicamentos: dos bromazepam, una gargantil y una de pirieno”, explica mientras acaricia los medicamentos.

A Pablo, de 39 años, le quedan 11 meses para cumplir su condena. “Sólo quisiera poder visitar mi casa, ver a mi familia, no he puesto un pie afuera en años, pero nadie le da seguimiento a mi caso, ni siquiera tuve chance de pasar al período de confianza al cumplir las dos terceras partes de la pena.

Es que me piden estudiar y yo, a mi edad, ya no; además, casi siempre me siento mal y me duele mucho la cabeza, ya en diciembre salgo, quiero ver a mi familia”, comentó. En el sector uno de Mariona se encuentran los reos con mejor conducta o alguna enfermedad.

“Yo sólo me comí unos pollos, tenía hambre”

Don Manuel tendrá alrededor de 50 años; sin embargo, él siempre dice tener 20, y cinco de estar preso en el sector uno de Mariona. En realidad, hasta la fecha, lleva 22 años cumpliendo una pena.

Sus compañeros no saben de qué se le acusa, según Manuel, su delito fue haber matado a muchos pollos y habérselos comido.

—No —interrumpió José Elías— yo creo que está preso por homicidio, igual que yo. Bueno, desde que entré aquí, él ya estaba y yo tengo 19 años de estar preso, lo que pasa es que él no entiende y habla cosas que no son.

Mientras tanto, Manuel pasea su figura alta y delgada por todo el sector, camina de prisa en medio de los demás internos, quienes lo tratan con cariño. “Tío ¿ya comió?”, le preguntan. Pero él sólo está interesado en conseguir un cigarrillo para fumárselo acostado en el pavimento, con su cabeza apoyada en la pared y recibir con toda su intensidad el sol de la mañana, es por eso que su piel está bastante bronceada.

José Elías explica que a don Manuel nadie llega a visitarlo, su familia se olvidó de él. “Dicen que Manuel es miembro de una familia Cuéllar, que tiene mucho dinero, pero que cuando cayó preso lo desconocieron”, comenta en secreto.

Manuel Antonio Cuéllar Baños ha perdido la noción del tiempo y de la realidad, murmura incoherencias mientras se pasa la mano morena y con las uñas largas y sucias sobre su cabeza recién rapada. Sus compañeros de celda intentan cuidar de él. “Por la noche lo tapamos, pero siempre bota las sábanas, se le ensucian y luego las bota a la basura”, dijo José.

Él solamente puede recordar con lucidez los nombres de sus padres. “Mi madre es Ana María Baños, mi padre es Juan Manuel Cuéllar”, dijo. Se muestra un poco inquieto y mira para todos lados, mientras se rasca una herida cercana a su labio inferior.

“Dicen que Manuel es de una familia que tiene mucho dinero, pero lo desconocieron”


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