23 de enero de 2005



LA COLUMNA

Lilian Martínez
vertice@elsalvador.com

La misión de Judas

Jesús sabía que sería traicionado y no lo impidió. Aunque, según creemos los cristianos, tenía el poder para hacerlo. Parece una locura para los no creyentes: Él quiso que se cumpliera la voluntad de su Padre y se dejó conducir hacia la cruz sin protestar.

Aunque parezca increíble, Judas tenía la misión de entregar a Jesús. Su más grave error no fue venderlo por treinta monedas, sino quitarse la vida descartando la posibilidad de ser perdonado.

Por eso creo que Schafik Handal y otros miembros de la bancada efemelenista debieron pensar mejor la explicación que dieron al sentirse traicionados el miércoles pasado. Comparar a los legisladores Nicolás García y José María Portillo con Judas Iscariote y, por lo consiguiente, al FMLN con Jesucristo, es un grave error táctico.

No sé si Schafik y compañía están conscientes de que esa comparación no abona nada a su causa política. Vivimos en El Salvador, donde católicos y cristianos, practicantes o no, son aún mayoría.

Y aunque para el difunto Carlos Marx “la religión es el opio de los pueblos”, las misas de domingo y los cultos evangélicos aún se llenan.

Sin embargo, haciendo a un lado el equívoco religioso, el más grave desacierto de los efemelenistas que ya etiquetaron a García y a Portillo como “los judas”, es el simple hecho de sentirse traicionados. ¿A cuenta de qué?
Creo que hojear de vez en cuando la Constitución es una práctica muy recomendable para todo ciudadano, pero obligatoria para quien acepta ser llamado “padre de la patria” y recibir 25 veces el salario mínimo como paga por anteponer las posiciones partidistas a las necesidades de la población —léase, los votantes—.

“Los funcionarios y empleados públicos están al servicio del Estado y no de una fracción política determinada. No podrán prevalerse de sus cargos para hacer política partidista.

El que lo haga será sancionado de conformidad con la ley”, reza el artículo 218 de la Constitución. Si de ahora en adelante los diputados, sin importar colores, leen con frecuencia este artículo, ninguna fracción legislativa tachará como traidor o “Judas” al diputado cuyo voto difiera del resto de su bancada.

Antes de formar parte de un partido, los diputados y diputadas son ciudadanos y, como tales, se deben más al común de la población que a quienes portan sus mismos colores políticos. Y, Schafik, dejemos en paz a Judas, que suficiente tiene con ser el fantoche que cuelgan de un poste cada Semana Santa.


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