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Educación
en L.A. fracasa
Los
chilenos y los mexicanos están asustados. Y con razón:
la educación pública y privada latinoamericana es un comprobado
desastre.
Los
estudiantes de cuarto y de octavo grado de esas dos naciones, cuando
contrastan sus conocimientos de matemáticas, ciencias y comprensión
de lectura con los de otros países del mundo, suelen quedar en
los últimos puestos.
Las dos pruebas internacionales más acreditadas se conocen por
sus iniciales: PISA y TIMSS.
Es decir, Program for International Student Assesment y Trends in International
Mathematics and Science Studies.
En ambas, de una manera objetiva y aleatoria se examina
a decenas de miles de estudiantes de treinta a cuarenta y seis regiones,
mediante una batería de test adaptados a las diferentes culturas
y basado en el contenido de los programas educativos declarados por
estas países.
Luego se computan los resultados y se establecen las clasificaciones.
Los primeros de la lista suelen ser pueblos asiáticos: Singapur,
Corea, Taiwán o Japón.
Junto a ellos, y a veces sobre ellos, la sorprendente
Finlandia.
En general, las naciones escandinavas y las bálticas obtienen
buena puntuación. También Holanda, la zona flamenca de
Bélgica, la República Checa y Polonia.
Entre los pueblos de estirpe británica, el peor colocado es Estados
Unidos, tras regiones como Inglaterra, Canadá, Australia, Nueva
Zelanda o Irlanda.
Pero, Estados Unidos, pese a todo, no exhibe un desempeño escolar
muy negativo.
Generalmente se aproxima a la media de los países escrutados.
Algo parecido a lo que le sucede a Suiza, e incluso a Alemania y Francia.
Son resultados mediocres, pero no malos. En cambio, la Europa grecolatina
España, Italia, Grecia, sale bastante mal. Sus promedios
están entre los más bajos de las naciones económicamente
desarrolladas.
Los datos latinoamericanos son escasos, porque los gobiernos no quieren
exponerse a la crítica y optan por no participar, pero cuando
aparecen son lamentables.
Chile, que es el país más próspero y exitoso de
América Latina, en el terreno de las matemáticas ocupa
el lugar 39 y en las ciencias el 36 de entre 46, más o menos
como Marruecos, Egipto o Filipinas. En otros ejercicios parecidos, Colombia,
Brasil y Perú caen por debajo de Chile.
México, en PISA 2003 descubrió que el 50% de los escolares
de 15 años, que han terminado la enseñanza obligatoria
ni siquiera pueden seguir instrucciones para solucionar problemas matemáticos.
Son semi analfabetos funcionales.
Es muy difícil precisar por qué la educación latinoamericana
es tan desalentadoramente mala. El porcentaje de inversión en
este capítulo, con relación al PIB, es tres puntos mayor
que el de los países más desarrollados.
Tampoco se trata del tiempo dedicado a las clases. El promedio de las
30 naciones más ricas es 929 horas anuales. Chile excede esa
cifra. Paraguay llega a las 1,080. Sólo Brasil está por
debajo de las 700.
Parece que las causas son múltiples, pero la de más peso
puede ser una combinación entre la mala calidad de los maestros
y la poca presión familiar, para forzar el rendimiento escolar
de menores y jóvenes.
Para los alumnos, no es lo mismo regresar a casa en Corea, Japón
o Singapur con un suspenso debajo del brazo que en Chile, Ecuador o
en Panamá. Donde existe una gran pulsión social hacia
la obtención de logros y el cumplimiento de metas, lo probable
es que ese rasgo cultural se aprecie en los resultados escolares.
Pero, también es pertinente hacerse una pregunta de fondo: hasta
qué punto es realmente decisivo que los educandos sean excelentes,
mediocres o malos en el dominio de las matemáticas, las ciencias
o la lectura de textos complejos.
Tal vez mucho más importante que la calidad del sistema educativo,
es la calidad general del modelo de sociedad donde opera la educación.
De nada sirve que millones de estudiantes sepan despejar ecuaciones
de tercer grado o comprendan la segunda ley de la termodinámica
si no funciona el poder judicial, no se respetan los derechos de propiedad,
no hay buenos hábitos comerciales y no se cuenta con economías
abiertas a la inversión extranjera y a la competencia.
Esto es lo que explicaría la paradoja suiza de ser una nación
con alumnos mediocres que posee $32,000 de PPP (Power Purchase Parity)
mientras los más avispados taiwaneses, sólo alcanzan $23,000.
Por supuesto, lo ideal es contar con un robusto Estado de derecho capaz
de educar a los mejores estudiantes del planeta, pero no debe olvidarse
que el grado de conocimientos que se adquiere en la escuela es menos
determinante que el peso de las instituciones y, los valores y actitudes
de las personas para lograr el desarrollo de una comunidad próspera
y armónica. Lo grave es cuando la escuela ni informa ni forma
convenientemente. Y algo de eso parece que sucede en América
Latina.
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