23 de enero de 2005


Educación en L.A. fracasa

Los chilenos y los mexicanos están asustados. Y con razón: la educación pública y privada latinoamericana es un comprobado desastre.

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

Los estudiantes de cuarto y de octavo grado de esas dos naciones, cuando contrastan sus conocimientos de matemáticas, ciencias y comprensión de lectura con los de otros países del mundo, suelen quedar en los últimos puestos.

Las dos pruebas internacionales más acreditadas se conocen por sus iniciales: PISA y TIMSS.

Es decir, Program for International Student Assesment y Trends in International Mathematics and Science Studies.

En ambas, de una manera objetiva y aleatoria se examina a decenas de miles de estudiantes de treinta a cuarenta y seis regiones, mediante una batería de test adaptados a las diferentes culturas y basado en el contenido de los programas educativos declarados por estas países.

Luego se computan los resultados y se establecen las clasificaciones.

Los primeros de la lista suelen ser pueblos asiáticos: Singapur, Corea, Taiwán o Japón.

Junto a ellos, y a veces sobre ellos, la sorprendente Finlandia.

En general, las naciones escandinavas y las bálticas obtienen buena puntuación. También Holanda, la zona flamenca de Bélgica, la República Checa y Polonia.

Entre los pueblos de estirpe británica, el peor colocado es Estados Unidos, tras regiones como Inglaterra, Canadá, Australia, Nueva Zelanda o Irlanda.

Pero, Estados Unidos, pese a todo, no exhibe un desempeño escolar muy negativo.

Generalmente se aproxima a la media de los países escrutados. Algo parecido a lo que le sucede a Suiza, e incluso a Alemania y Francia. Son resultados mediocres, pero no malos. En cambio, la Europa grecolatina –España, Italia, Grecia–, sale bastante mal. Sus promedios están entre los más bajos de las naciones económicamente desarrolladas.

Los datos latinoamericanos son escasos, porque los gobiernos no quieren exponerse a la crítica y optan por no participar, pero cuando aparecen son lamentables.

Chile, que es el país más próspero y exitoso de América Latina, en el terreno de las matemáticas ocupa el lugar 39 y en las ciencias el 36 de entre 46, más o menos como Marruecos, Egipto o Filipinas. En otros ejercicios parecidos, Colombia, Brasil y Perú caen por debajo de Chile.

México, en PISA 2003 descubrió que el 50% de los escolares de 15 años, que han terminado la enseñanza obligatoria ni siquiera pueden seguir instrucciones para solucionar problemas matemáticos. Son semi analfabetos funcionales.

Es muy difícil precisar por qué la educación latinoamericana es tan desalentadoramente mala. El porcentaje de inversión en este capítulo, con relación al PIB, es tres puntos mayor que el de los países más desarrollados.

Tampoco se trata del tiempo dedicado a las clases. El promedio de las 30 naciones más ricas es 929 horas anuales. Chile excede esa cifra. Paraguay llega a las 1,080. Sólo Brasil está por debajo de las 700.

Parece que las causas son múltiples, pero la de más peso puede ser una combinación entre la mala calidad de los maestros y la poca presión familiar, para forzar el rendimiento escolar de menores y jóvenes.

Para los alumnos, no es lo mismo regresar a casa en Corea, Japón o Singapur con un suspenso debajo del brazo que en Chile, Ecuador o en Panamá. Donde existe una gran pulsión social hacia la obtención de logros y el cumplimiento de metas, lo probable es que ese rasgo cultural se aprecie en los resultados escolares.

Pero, también es pertinente hacerse una pregunta de fondo: hasta qué punto es realmente decisivo que los educandos sean excelentes, mediocres o malos en el dominio de las matemáticas, las ciencias o la lectura de textos complejos.

Tal vez mucho más importante que la calidad del sistema educativo, es la calidad general del modelo de sociedad donde opera la educación.

De nada sirve que millones de estudiantes sepan despejar ecuaciones de tercer grado o comprendan la segunda ley de la termodinámica si no funciona el poder judicial, no se respetan los derechos de propiedad, no hay buenos hábitos comerciales y no se cuenta con economías abiertas a la inversión extranjera y a la competencia.

Esto es lo que explicaría la paradoja suiza de ser una nación con alumnos mediocres que posee $32,000 de PPP (Power Purchase Parity) mientras los más avispados taiwaneses, sólo alcanzan $23,000. Por supuesto, lo ideal es contar con un robusto Estado de derecho capaz de educar a los mejores estudiantes del planeta, pero no debe olvidarse que el grado de conocimientos que se adquiere en la escuela es menos determinante que el peso de las instituciones y, los valores y actitudes de las personas para lograr el desarrollo de una comunidad próspera y armónica. Lo grave es cuando la escuela ni informa ni forma convenientemente. Y algo de eso parece que sucede en América Latina.

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