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LA
ARISTA AFILADA
Granma
miente
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Ilustracion/ EDH
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Granma, el órgano oficial del Partido Comunista
de Cuba, ha intensificado su vieja y gastada campaña de difamación
en mi contra. El 2 de agosto, en la edición internacional digital,
y luego en la versión semanal aparecida el día 8, parcialmente
reseñada por la Agencia France Press desde La Habana,
me acusan de actos terroristas supuestamente cometidos en 1960, hace
casi medio siglo, cuando yo tenía 17 años, de haber sido
reclutado por la CIA y posteriormente adiestrado en Fort Benning, Georgia,
a la que califican de academia norteamericana del terror.
No satisfechos con esta fantástica biografía a lo James
Bond, afirman que la CIA primero me trasladó a Puerto Rico, y
más tarde a España. En España, según estos
imaginativos policías, trabé contacto con las fuerzas
represivas del franquismo, adiestradas, naturalmente, en otros siniestros
cuarteles norteamericanos, tuve no sé que extraño contacto
con una persona que murió en Francia como consecuencia del estallido
de una bomba que fabricaba, y, en el colmo de la calumnia, insinúan
que alguna relación pude tener con los crímenes del pinochetismo
cometidos en el exterior.
Todo eso es falso. Cuando tenía 17 años, en efecto, en
diciembre de 1960, fui detenido junto a otros tres estudiantes por conspirar
contra los poderes del Estado y se nos condenó a la entonces
benigna pena de veinte años de presidio. Si nos hubieran acusado
de terrorismo o de la muerte de alguna persona, nos hubieran fusilado,
como era usual en esos momentos. En realidad, ni siquiera nos acusaron
de una acción concreta porque fuimos apresados casi en el momento
mismo en que comenzábamos a intentar ayudar a las guerrillas
campesinas del Escambray que luchaban heroicamente para tratar de impedir
la consolidación de la dictadura comunista en Cuba. Yo pude escaparme
de la cárcel a las pocas semanas de haber sido condenado, y luego
conseguí asilo en una embajada latinoamericana, pero mis valientes
compañeros sufrieron una horrenda prisión que destrozaría
sus vidas para siempre. Uno de ellos, Alfredo Carrión, fue asesinado
por un guardia durante su cautiverio.
Jamás he sido agente o colaborador de la CIA y, por supuesto,
nunca en mi vida he puesto un pie en Fort Benning, como puede comprobar
cualquiera que solicite la lista de reclutas o egresados de esa academia
militar norteamericana. La infatigable CIA no me mudó a Puerto
Rico, sino fui a esa bella isla por mis propios pies contratado como
profesor de literatura por la Universidad Interamericana, institución
que, cuatro años más tarde, facilitó mi traslado
a España con el objeto de que me doctorara en la Universidad
Complutense. Una vez en Madrid, además de estudiar, sin recursos,
pero con cierto instinto para los negocios y muchas ganas de trabajar,
comencé junto a mi mujer una editorial de corte académico
que en treinta años de relativo éxito publicó más
de 500 títulos, casi todos relacionados con la enseñanza
de lengua y literatura.
Nada tuve que ver con la policía franquista. Llegué a
España en 1970 y hasta la muerte de Franco (1975) sólo
mantuve dos contactos con funcionarios del gobierno: en 1972, cuando
mi novela Perromundo tuvo algunos problemas estúpidos con la
censura, y en 1974, cuando un inspector me amenazó con expulsarme
del país si seguía criticando al régimen en los
artículos míos que entonces circulaba profusamente la
Agencia ALA desde Nueva York por todos los países de América
Latina. El inspector sabía que esa agencia la dirigía
el exiliado español Joaquín Maurín y que era la
que distribuía los artículos de Salvador de Madariaga,
Víctor Alba y otros enemigos de la dictadura franquista.
Las razones
Hay varias razones que explican por qué Granma monta este tipo
de campaña difamatoria, que unas veces dirige contra personas
y otras contra instituciones como Reporteros sin frontera o la Sociedad
Interamericana de Prensa: tratar de destruir a los autores de denuncias
o críticas a la tiranía cubana la última
dictadura de corte soviético que queda en Occidente sin
necesidad de rebatir sus argumentos o desmentir sus informaciones. Es
la vieja técnica que los norteamericanos llaman character
assassination, propia de las técnicas de manipulación
de la información de todas las dictaduras totalitarias. Desde
Solzhenitysin hasta Arthur Koestler ningún crítico del
estalinismo ha podido librarse de ellas.
Pero en esta oportunidad hay otro ingrediente: la dictadura cubana está
muy preocupada con el irreparable deterioro de la imagen del castrismo
debido a las crecientes denuncias a la represión, como el asesinato
de docenas de personas que huían de Cuba en un barco llamado
13 de marzo, incluidos 10 niños, a lo que se suma
la aparición del sensacional libro El gran engaño, escrito
por el periodista uruguayo-alemán José A. Frieldl Zapata,
publicado en Buenos Aires, en el que se demuestra sin la menor duda
la vieja e intensa conexión entre los hermanos Fidel y Raúl
Castro, el narcotráfico y el terrorismo de la izquierda violenta
y fanática. Estos nuevos ataques de Granma no son más
que una cortina de humo para tratar de desviar la atención del
tema que realmente les preocupa.
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