21 de agosto de 2005


Internacional
Corrupción, otra plaga de América Latina

Este mal, que afecta a las democracias latinoamericanas, ha ocasionado que muchas personas prefieran estar bajo el mandato de un dictador, con tal que éste produzca crecimiento económico.

The New York Times
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Luiz Inacio Lula da Silva. El presidente brasileño es uno de los mandatarios latinoamericanos en quien se ciernen más acusaciones de corrupción. Foto EDH / Archivo

Cuando hacía campaña para la Presidencia, en 2002, Luiz Inacio Lula da Silva prometió limpiar la sórdida política de Brasil. Prometió que su gobierno sería ético, honesto y moral, algo nunca antes visto en Brasil.

Esa promesa le ayudó a ganar los votos de más de 50 millones de brasileños. Pero ahora, en un triste eco de lo que ocurre una y otra vez en toda América Latina, el gobierno de Da Silva se encuentra envuelto en el mayor y el más audaz escándalo de corrupción en la historia de su país.

Una investigación del Congreso ha escuchado testimonios de que el Partido de los Trabajadores les pagó a decenas de diputados de otros partidos 12,500 dólares mensuales por su apoyo. En julio, un funcionario del partido fue detenido en un aeropuerto con 100,000 dólares -- ocultos en su ropa interior -- , mismos que afirmó haber ganado revendiendo vegetales.

El principal asistente de Da Silva fue obligado a renunciar, al igual que el presidente, el secretario general y el tesorero del Partido de los Trabajadores. Aunque Da Silva no ha sido acusado en relación con el escándalo, abunda la especulación de que podría hacer frente a una impugnación.

El escándalo en Brasil es solamente el más reciente recordatorio de la persistente corrupción que ha marcado la política latinoamericana desde la poca colonial, cuando gobernantes absolutos consideraban los reinos recién conquistados en el Nuevo Mundo como su propiedad personal. La diferencia importante en la actualidad es que el control lo tienen gobiernos popularmente electos, y la corrupción surgió como una de las más graves amenazas para los avances democráticos duramente ganados en los pasados 20 años.

En toda la región, estos demócratas de segunda generación han probado ser decepcionantes, y su ineficiencia y baja popularidad han permitido que aumenten la inestabilidad política y la disparidad económica. Rutinariamente, las encuestas de opinión citan rutinariamente la corrupción como una de las principales causas de una peligrosa desilusión que se apodera de la región. La decepción ha llevado a brotes violentos, incluyendo el linchamiento de funcionarios públicos en Perú, y contribuyó a desbancar a ocho jefes de estado en cinco años.

“Este es el gran problema, y simplemente no ha habido un rompimiento con el pasado”, afirmó Edgar Villanueva, un legislador que encabeza una de varias investigaciones contra el gobierno del Presidente de Perú, Alejandro Toledo. “Lo que ha sucedido en América Latina es que no hemos sido capaces de llevar a buenas personas al poder. Las personas en el poder siempre mantienen lazos con su pequeña base de poder, y olvidan al pueblo, olvidan sus promesas”.

Toledo también accedió al poder mediante promesas similares de limpiar la corrupción del pasado, sucediendo a un gobierno bajo Alberto K. Fujimori, cuyas complejas redes de sobornos y extorsiones parecieron sentar un nuevo estándar para la región.

Hoy, más de una docena de parientes de Toledo, incluyendo a su esposa y hermanos, están acusados de usar su influencia para su beneficio personal. Las encuestas de opinión le otorgan los menores índices para cualquier líder latinoamericano, y su gobierno se ha visto afectado por la atención casi constante de los medios informativos a los escándalos. Acusaciones similares en Ecuador contribuyeron a la caída del presidente Lucio Gutiérrez, en abril.

Alberto Fujimori. Sobre el ex presidente peruano pesan acusaciones de soborno. Foto EDH / Archivo

Cercanos

Más al norte, la historia es casi la misma. En México, el Presidente Fox llegó al poder en el 2000, barriendo al notoriamente corrupto y autoritario Partido Revolucionario Institucional que gobernó durante más de siete décadas. Pero casi en todos los frentes ha sido incapaz de detener el avance de la corrupción, desde los departamentos de policía a lo largo de la cada vez más violenta frontera con Estados Unidos hasta escándalos en su propio gobierno.
No solamente los intentos de Fox por procesar a ex funcionarios sospechosos de desviar dinero del petróleo estatal hacia campañas políticas se han quedado en el aire, sino que salió a la luz que su propio fondo de campaña, Amigos de Fox, recibió contribuciones ilegales. Su esposa, Marta de Fox, está envuelta en una serie de escándalos en torno al uso de millones de dólares que van a dar a sus organizaciones de cariad, y sus hijos son investigados por el Congreso por contratos para construir viviendas públicas.

Asimismo, por toda América Latina los fiscales llevan casos en contra de líderes y ex líderes que llenaron sus bolsillos cuando estuvieron en el poder. En Nicaragua, el ex presidente Arnoldo Alemán fue encontrado culpable de desviar fondos del estado para su uso personal y apela contra una sentencia de 20 años en prisión. Los fiscales en Costa Rica acusaron a dos ex presidentes de recibir sobornos para otorgar lucrativos contratos gubernamentales. Y en Guatemala, los abogados del estado solicitan la extradición de México del ex presidente Alfonso Portillo, por acusaciones de haberse apropiado de muchos millones de dólares.

Algunos apuntan al gran número de casos como prueba de que los sistemas judiciales y los gobiernos finalmente actúan en contra de los malos dirigentes. Pero muchos analistas y ciudadanos consideran la persistencia del compadrazgo, el nepotismo y el soborno como una reveladora medida de la baja calidad de las democracias de la región, y de lo poco que han cambiado las actitudes de elite desde la poca en que los señores coloniales gobernaban con el fin de extraer y enriquecerse con poca consideración por las personas bajo su poder.

Grupos internacionales como el Banco Mundial afirman que la corrupción y el nepotismo oficiales son tan potentes que están corroyendo las instituciones y el crecimiento económico. En recientes testimonios al Congreso en Washington, funcionarios estadounidenses estimaron que la corrupción oficial podría reducir el crecimiento anual en América Latina hasta en 15 por ciento, mientras los fondos públicos son robados y los desconfiados inversionistas extranjeros se mantienen al margen.

Los latinoamericanos consideran la corrupción como su problema más grave después de la crisis económica de la región, según un sondeo realizado en 18 países en el 2005 por Latinobarómetro, una firma chilena de opinión pública que lleva a cabo frecuentes sondeos en todo el continente.

Muchos esperaban que el cambio de gobiernos autoritarios a democracias aplastaría la clase de corrupción que predominaba cuando los dictadores dirigían los asuntos del estado para el beneficio de un pequeño círculo de allegados e informantes amenazados.

No obstante, los gobiernos sucesores de todo el espectro político, ya sea defensores del libre mercado como Toledo o autoproclamados izquierdistas como Da Silva, probaron ser aún más susceptibles. Mientras las economías antes cerradas se abren y las ganancias corporativas alcanzan niveles sin precedentes, las oportunidades de soborno son más grandes que nunca.

Fox. El gobernante mexicano ha sufrido reveses en su mandato. Foto EDH / Archivo

Tanto es el disgusto que, el año pasado, otra encuesta regional halló que una mayoría de los latinoamericanos preferirían un regreso a la dictadura, si trajera beneficios económicos. A pesar de mejores indicadores económicos desde entonces, las filas de los pobres continúan creciendo, al igual que el resentimiento contra quienes se embolsan la riqueza de la nación para su propio beneficio.

Aunque algunos países mejoraron notablemente, en especial Chile y Uruguay, son las excepciones y la envidia de sus vecinos. Venezuela, Paraguay y Bolivia han visto aumentar su corrupción o no han mostrado prácticamente ninguna mejoría en el combate de la misma, según la encuesta anual realizada por el grupo Transparencia Internacional, que observa la corrupción.

La corrupción se hace patente en muchas formas, pero tal vez la más flagrante sea el nepotismo y el compadrazgo, la ostentación de contactos políticos que tanto distancia a los ciudadanos ordinarios. Asimismo, tales prácticas tomaron muchas formas, desde abiertos sobornos hasta empleos y contratos concedidos a personas no calificadas o inexperimentadas que, casualmente, tienen alguna relación con aquellos en el poder.

Lula responde

En Brasil, por ejemplo, cuando uno de los hijos de Da Silva inauguró una agencia publicitaria, una compañía de teléfonos en la que bancos y fondos de pensiones del gobierno tienen acciones proporcionó el capital inicial. En Perú, el hermano menor del Presidente Toledo, Pedro, es acusado de haber usado su influencia para obtener una concesión telefónica a 20 años para una nueva compañía, con solamente 1,500 dólares en bienes. Otro hermano, Luis, es investigado por sospechas de usar el nombre de su familiar para obtener tierras del Ministerio de Agricultura.

Tal vez lo más ominoso para la salud democrática de la región es que los recientes escándalos, especialmente los de Brasil, implican corrupción no solamente para enriquecimiento personal, sino también para obtener y conservar el poder de manera indefinida, amenazando a las mismas instituciones democráticas. No obstante, los líderes involucrados niegan haber cometido ilícitos y se muestran renuentes a aceptar cualquier responsabilidad.

Mientras su gobierno y su reputación se desmoronan en torno a él, Da Silva ha tomado este camino.

“Entre 180 millones de brasileños, no hay uno con la autoridad para sermonearme sobre ética, moral y honestidad”, declaró en un reciente discurso. “En este país, no ha nacido la persona que pueda discutir de ética conmigo”, sostuvo el mandatario.


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