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LA
ARISTA AFILADA
El
error que cambió la historia del mundo
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Ilustración
edh/Atila
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Alexander Yákovlev murió
hace unos días en Moscú. Tenía 81 años y
dirigía una comisión dedicada a reivindicar la memoria
de las víctimas del estalinismo. Incluso dentro de Rusia, es
probable que muy poca gente sepa que la desaparición de la URSS
y el fin del comunismo en Europa, en gran medida se debieron a una fortuita
combinación entre el azar y sus (afortunadamente) equivocadas
teorías sobre cómo revigorizar y adecentar al marxismo.
Perdió una pierna durante la Segunda Guerra mundial.
Lo conocí en Moscú a principios de la década de
los noventa. Llegué a la presencia de Yákovlev de la mano
de Yuri Kariakin, un valioso ensayista experto en Goya y en Dostoiewski.
Los dos eran consejeros de Gorbachov y conocían mejor que nadie
la increíble y secreta historia de la implosión del imperio
soviético, tal vez el suceso más importante del siglo
XX.
La larga conversación transcurrió en un inglés
patrióticamente mal pronunciado, pero estructuralmente correcto.
Yákovlev fumaba, y vaciaba la pipa golpeándola contra
su contundente pata de palo, generando con ese sonido una extraña
sensación de autoridad. Su asombrosa historia se compone de tres
actos y un desenlace perfectamente delimitados.
Primer acto. En 1972, Yákovlev, que presidía nada menos
que la sección de propaganda y agitación del Comité
Central del Partido Comunista, publicó un artículo muy
severo sobre la tradición ultra nacionalista y autoritaria de
la URSS, defendiendo la tesis de que los problemas del marxismo derivaban
de la imposibilidad de examinar la realidad y corregir los errores en
medio de ese clima brutal de intolerancia. Fue su primer acercamiento
a la glasnost.
Probablemente, esa visión crítica de su país había
comenzado a arraigar unos años antes, cuando el Partido lo envió
a Columbia University en New York para que aprendiera cómo funcionaba
el enemigo.
Segundo acto. Leonid Breznev, entonces Primer Ministro de la URSS, decide
alejar del Kremlin a tan revoltoso camarada, y en 1973 lo traslada a
Canadá como embajador para que no contaminara a otros miembros
de la nomenklatura con tan peligrosas teorías.
En Canadá, Yákovlev descubre un país enorme y frío,
como el suyo, pero eficiente y próspero, dotado de un capitalismo
compasivo, y se reafirma aún más en sus convicciones:
si el régimen soviético, donde no existen las contradicciones
del mercado ni la codicia de los empresarios, introdujera la libertad
de opinión y permitiera la crítica, en pocos años
la gran patria del socialismo estaría a la cabeza del planeta.
un encuentro vital
Tercer acto. Trascurre una década y Yákovlev sigue en
su exilio dorado rumiando teorías. Pero en 1983 sucede algo aparentemente
inocente: en una escala técnica, pasa por Canadá un camarada
de unos 50 años, experto en cuestiones agrarias, estrella fulgurante
del Politburó y protegido de Yuri Andropov, el sofisticado ex
jefe de la KGB que pocos meses antes, tras la muerte de Breznev, había
ascendido a Secretario General del Partido Comunista.
El visitante se llamaba Mijail Gorbachov, era un hombre práctico,
mas sin gran densidad ideológica. Pensaba estar varias horas
en Canadá, pero el avión de Aeroflot se rompe y debe retrasar
su estancia un par de días. En ese periodo, la mente poderosa
de Yákovlev despliega todos sus convincentes argumentos: es posible
transformar a la URSS en un gran país. Eso se lograría
con libertad.
El desenlace es una concatenación de hechos imprevisibles. En
1984 muere Andropov, y poco meses más tarde le ocurre lo mismo
a su sucesor Konstantin Chernenko. La nomenklatura quiere a un jefe
joven, y en 1985 Gorbachov resulta elegido. Uno de sus primeros nombramientos
es el de Yákovlev. Lo quiere en el Kremlin, junto a su despacho.
Entre los dos van a demostrarle al mundo la superioridad del comunismo.
Van a reformar el sistema de cabo a rabo, ésa es la perestroika,
y lo harán en un clima de libertad, ésa es la glasnost.
¿Qué ocurrió? A los pocos años el imperio
se desplomó. ¿Por qué? Eran dos ilusos: el comunismo
sólo puede mantenerse en pie por medio de la represión.
El marxismo es un error intelectual que no conduce al paraíso
sino al gulag. Es inevitable.
Mi conversación con Yákovlev concluyó con una pregunta
mía y una escueta respuesta suya. ¿Por qué
no funciona el marxismo? indagué. Se me quedó
mirando, golpeó su pata de palo con la pipa, y me dijo con cierta
melancolía: No se adapta a la naturaleza humana.
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