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Hacia
Europa por el antiamericanismo
Poco
después del referéndum español sobre la constitución
europea, Bush aterrizó en el viejo continente. Los dos hechos
tienen un paradójico paralelismo que vale la pena explorar. El
referéndum estaba encaminado a buscar la aprobación del
pueblo español para un extenso documento que deberán respaldar
los 25 Estados que hoy integran la Unión Europea (UE).
El texto, más un tratado internacional que una verdadera Constitución,
había sido coordinado por el ex presidente francés Valery
Giscard dEsteing, con la colaboración de un centenar de
políticos y europarlamentarios. El resultado final fue una especie
de manual de funcionamiento de la UE, con un buen apartado sobre derechos
fundamentales, y un cierto aroma socialdemócrata, muy propio
del tipo de burocratizada confederación de naciones que, poco
a poco, se va forjando desde Bruselas.
Los españoles salieron a votar con ánimo desvitalizado
y un elevado nivel de ignorancia casi nadie se molestó
en leer la Constitución, pero más del ochenta por
ciento de los que acudieron a las urnas (un 42 por ciento del censo
electoral) optó por darle el visto bueno, de manera que la gran
ley de leyes europea pasó su primera prueba de fuego.
Algo verdaderamente importante, dado que basta el rechazo de solo un
país para que todo el esfuerzo se venga abajo. El triunfo del
sí en España, aunque fuera una victoria pírrica,
era un buen comienzo para el largo proceso de consultas electorales
y debates parlamentarios que ahora se inicia. La gran incógnita,
naturalmente, es qué sucederá en Inglaterra, donde la
sociedad, por tradición, siempre sospecha de las maquinaciones
políticas de lo que allá llaman el continente.
Hasta aquí, aparentemente, no hay nada sustantivo que objetar.
Pero donde a cualquier persona sensata se le ponen los pelos de punta
es en la razón de fondo esgrimida por el gobierno de Zapatero
para solicitar la aprobación de la Constitución europea:
fortalecer una gran entidad política destinada a equilibrar y
hacerle frente al poderío actual de Estados Unidos y al potencial
desarrollo de China. Utilizaron el antiamericanismo, muy fuerte en España,
para pedir el voto por una Europa unida. Esto lo dijo en el canal oficial
de la televisión española nada menos que el presidente
del Parlamento Europeo, el catalán Josep Borrell, un ingeniero
socialista, de tendencia moderada, víctima, sin embargo, de una
arcaica, sectaria y peligrosa manera de interpretar las relaciones internacionales.
Precisamente, la gran oportunidad de paz y prosperidad que hoy tiene
el mundo viene de la desaparición de los bloques, tras el fin
de la Guerra Fría, y de la imparable expansión de los
valores y métodos de gobierno establecidos en el perímetro
cultural occidental: un inmenso espacio que hoy incluye a naciones tan
disímiles como Japón, Turquía, Israel, India o
Sudáfrica, junto a Europa, Estados Unidos y Canadá. Lo
que se impone, pues, no es recrear las viejas tensiones entre fragmentos
adversarios, sino fortalecer la colaboración entre países
que respetan los derechos humanos y civiles, toman sus decisiones mediante
el método democrático, y organizan sus transacciones económicas
con arreglo al mercado y a la existencia de propiedad privada. Es decir,
los tres rasgos fundamentales que le dan forma y sentido a eso que llamamos
Occidente.
De alguna manera, la esencia del mensaje de Bush cuando tocó
tierra europea fue ésa: Estados Unidos, al contrario de lo que
piensa el señor Borrell, no percibe a Europa como una fuerza
distinta o adversaria, ni le preocupa su unión, ni le quita el
sueño la existencia de una moneda única, el euro. Por
el contrario, le parece que esa creciente cohesión del Viejo
mundo es una oportunidad magnífica para hacer negocios sin costosas
barreras aduanales y para fortalecer la Alianza Atlántica, hoy
una fuerza militar muy necesaria para evitar masacres y genocidios como
los que americanos y europeos, a trancas y barrancas, consiguieron detener
en Yugoslavia, o, en el futuro, para frenar los espasmos homicidas de
Estados locos como Irán, Siria o Corea del Norte.|
Tal vez resulta más fácil estimular el paneuropeísmo
si se utiliza en las campañas políticas el componente
antiamericano, pero ese tipo de nacionalismo agresivo, fundado en un
injusto rechazo al otro un otro que dejó cientos
de miles de muertos para rescatar a Europa del nazismo, además
de ser una muestra de la peor demagogia, sólo prueba una profunda
incapacidad para entender el momento histórico en que nos hallamos
y las enormes posibilidades de felicidad colectiva que contiene. Hoy
es posible la paz perpetua que Kant anunciara, pero para
lograrla es necesario renunciar a los viejos esquemas mentales. Ese
es el único obstáculo que se yergue en el horizonte.
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