20 de marzo de 2005


Hacia Europa por el antiamericanismo

Carlos Alberto Montaner
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Poco después del referéndum español sobre la constitución europea, Bush aterrizó en el viejo continente. Los dos hechos tienen un paradójico paralelismo que vale la pena explorar. El referéndum estaba encaminado a buscar la aprobación del pueblo español para un extenso documento que deberán respaldar los 25 Estados que hoy integran la Unión Europea (UE).

El texto, más un tratado internacional que una verdadera Constitución, había sido coordinado por el ex presidente francés Valery Giscard d’Esteing, con la colaboración de un centenar de políticos y europarlamentarios. El resultado final fue una especie de manual de funcionamiento de la UE, con un buen apartado sobre derechos fundamentales, y un cierto aroma socialdemócrata, muy propio del tipo de burocratizada confederación de naciones que, poco a poco, se va forjando desde Bruselas.

Los españoles salieron a votar con ánimo desvitalizado y un elevado nivel de ignorancia —casi nadie se molestó en leer la Constitución—, pero más del ochenta por ciento de los que acudieron a las urnas (un 42 por ciento del censo electoral) optó por darle el visto bueno, de manera que la gran “ley de leyes” europea pasó su primera prueba de fuego.

Algo verdaderamente importante, dado que basta el rechazo de solo un país para que todo el esfuerzo se venga abajo. El triunfo del “sí” en España, aunque fuera una victoria pírrica, era un buen comienzo para el largo proceso de consultas electorales y debates parlamentarios que ahora se inicia. La gran incógnita, naturalmente, es qué sucederá en Inglaterra, donde la sociedad, por tradición, siempre sospecha de las maquinaciones políticas de lo que allá llaman “el continente”.

Hasta aquí, aparentemente, no hay nada sustantivo que objetar. Pero donde a cualquier persona sensata se le ponen los pelos de punta es en la razón de fondo esgrimida por el gobierno de Zapatero para solicitar la aprobación de la Constitución europea: fortalecer una gran entidad política destinada a equilibrar y hacerle frente al poderío actual de Estados Unidos y al potencial desarrollo de China. Utilizaron el antiamericanismo, muy fuerte en España, para pedir el voto por una Europa unida. Esto lo dijo en el canal oficial de la televisión española nada menos que el presidente del Parlamento Europeo, el catalán Josep Borrell, un ingeniero socialista, de tendencia moderada, víctima, sin embargo, de una arcaica, sectaria y peligrosa manera de interpretar las relaciones internacionales.

Precisamente, la gran oportunidad de paz y prosperidad que hoy tiene el mundo viene de la desaparición de los bloques, tras el fin de la Guerra Fría, y de la imparable expansión de los valores y métodos de gobierno establecidos en el perímetro cultural occidental: un inmenso espacio que hoy incluye a naciones tan disímiles como Japón, Turquía, Israel, India o Sudáfrica, junto a Europa, Estados Unidos y Canadá. Lo que se impone, pues, no es recrear las viejas tensiones entre fragmentos adversarios, sino fortalecer la colaboración entre países que respetan los derechos humanos y civiles, toman sus decisiones mediante el método democrático, y organizan sus transacciones económicas con arreglo al mercado y a la existencia de propiedad privada. Es decir, los tres rasgos fundamentales que le dan forma y sentido a eso que llamamos “Occidente”.

De alguna manera, la esencia del mensaje de Bush cuando tocó tierra europea fue ésa: Estados Unidos, al contrario de lo que piensa el señor Borrell, no percibe a Europa como una fuerza distinta o adversaria, ni le preocupa su unión, ni le quita el sueño la existencia de una moneda única, el euro. Por el contrario, le parece que esa creciente cohesión del Viejo mundo es una oportunidad magnífica para hacer negocios sin costosas barreras aduanales y para fortalecer la Alianza Atlántica, hoy una fuerza militar muy necesaria para evitar masacres y genocidios como los que americanos y europeos, a trancas y barrancas, consiguieron detener en Yugoslavia, o, en el futuro, para frenar los espasmos homicidas de “Estados locos” como Irán, Siria o Corea del Norte.|

Tal vez resulta más fácil estimular el paneuropeísmo si se utiliza en las campañas políticas el componente antiamericano, pero ese tipo de nacionalismo agresivo, fundado en un injusto rechazo al otro —un “otro” que dejó cientos de miles de muertos para rescatar a Europa del nazismo—, además de ser una muestra de la peor demagogia, sólo prueba una profunda incapacidad para entender el momento histórico en que nos hallamos y las enormes posibilidades de felicidad colectiva que contiene. Hoy es posible la “paz perpetua” que Kant anunciara, pero para lograrla es necesario renunciar a los viejos esquemas mentales. Ese es el único obstáculo que se yergue en el horizonte.

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