20 de marzo 2005


Joselyn guarda una esperanza

La cara de la niña, la alegre conversación con su padre afectivo y el cariño en medio de una prisión me tocan las fibras.

Texto y fotos: Lissette Lemus
Diseño: Juan Durán
vertice@elsalvador.com


Responsable. Joselyn ayuda con los oficios de la casa, mientras su madre trabaja para mantener el hogar.

En la cara de su padre no encuentro ningún rastro de violencia instintiva. Mucho menos en ella. A esa edad se tiene todo y nadie sueña, siquiera, con perder la libertad.

Poco a poco abandono la prisión. Estoy confusa: no sé si esto es la cara de la desgracia y la cuna de las mejores sanciones para quienes cometen torpezas con sus vidas. No sé si pasé junto a pecadores que dicen llamarse santos o apenas salgo del sitio donde se juntan todas las desgracias.

Lo único que sé es que no quisiera estar ahí. Tal vez sea mejor advertir que pasé por el corredor donde se llega a una muerte civil y se pierden las libertades.

Pienso que Joselyn lo entenderá después, cuando alguien le diga por qué su padre, el mismo con el que iba a nadar al río, pasará mucho tiempo ahí. Y entonces alguien deberá explicarle, también, el tema de la muerte.
Con el ánimo inocente

Aquella niña mira con alegría a su padre, un joven marero condenado a 10 años de prisión por asesinar a una mujer en Suchitoto.

“Hola papá”, le decía mientras la separaba de él un enorme vidrio blindado.
Ricardo Orellana le hablaba por un teléfono a Joselyn y ambos se divertían a su manera: ella del lado de la libertad. Él en la sala de visitas de la prisión más inviolable del país.

“¿Te acordás, papá, cuando lloraste porque casi me ahogo en el río. Te acordás cuando íbamos al río a traer cangrejos?”.
El hombre le respondía, por el teléfono, que cuando saliera de ahí se irían a vivir, con su madre, a Aguilares y que ahí sembrarían unas hortalizas.

“Portate bien”, le decía el recluso a la niña, mientras la voz se iba apagando en el teléfono.
A Ricardo, un hombre de 28 años, lo acusaron de homicidio agravado. Lo detuvieron en el año 2000 después de huir durante seis meses.

Ricardo es compañero de vida de Lucía Landaverde, la madre de Joselyn. Su mujer dice que, un fin de semana, le dijeron que habían asesinado a una mujer que leía cartas en Suchitoto y que a Ricardo lo responsabilizaban del asesinato. Por lo menos, esa era la “bulla”.

El lunes salió a trabajar. La versión que lo inculpaba corría, cada vez, con más fuerza. A Ricardo, supuestamente, los chambres le provocaron miedo y por eso huyó del poblado. Durante muchos días vagó por los montes.

Un buen día, sin embargo, regresó a ver a su mujer a Suchitoto, mientras esos se dio la policía lo pilló y lo detuvo en su casa.

Ricardo pasó, primero, algún tiempo en la cárcel de Cojutepeque.

TRABAJADORA. Lucía es la que lleva el sustento para sus tres hijas menores, entre ellas Joselyn.

Durante una riña decapitaron a un reo y entonces las autoridades carcelarias decidieron trasladar a un grupo de reclusos hasta esa cárcel de máxima seguridad donde permanece.

Su mujer tiene 43 años. Es mucho mayor que él. Ricardo no es el papá biológico de Joselyn, aunque sí el afectivo. Por eso, ella le llama papá cada vez que llega a Zacatraz. Incluso, en la prisión la inscribió como hija para que poder verla cuando la dejaran entrar.

Lucía y Ricardo se conocieron, hace algún tiempo, en Suchitoto. Ella tiene cuatro hijas más que también ven a Ricardo
como su padre. Brenda Lucía tiene 10 años. Eugenia Carolina 15. Las dos restantes tienen 20 y 18 años y, desde hace algún tiempo, se acompañaron.

Cuando Eugenia cumplió los 15 años, Ricardo le envió, desde la prisión, un papel en el que dibujó unos osos. “Felicidades en tus 15 primaveras. De quien te quiere mucho”, le escribió.

Ahora, mientras Ricardo permanece en prisión y cumple la condena de 10 años, Lucía lava y plancha ropa ajena para atender a sus tres hijas.

Eso sí: cada 15 días viaja a la prisión donde se encuentra su marido y lleva a sus hijas menores para que miren a su
padre afectivo.

“Cuando salga de aquí, nos iremos para Aguilares. Ahí sembraremos hortalizas y nos iremos a pescar”, es lo que cada vez les dice Ricardo.

“Yo voy a esperar”, le responde siempre Joselyn, a quien no le importa que el viaje en bus, desde Suchitoto, le provoque vómitos y mareos. Ella siempre quiere estar con su papá.

“¿Te acordás, papá, cuando lloraste porque casi me ahogo en el río? ¿Te acordás cuando íbamos al río a traer cangrejos?”.

NOSTALGIA.
Eugenia, Lucía y Joselyn muestran las cartas de Ricardo.
Quedan 129 cupos en Zacatraz. Para convertirse en huésped se necesita ser muy peligroso, o un reo inadaptado.

 


 

Los internos pueden recibir visitas cada 15 días y hacer una llamada de cinco minutos el fin
de semana que nadie llega a verlos. El número telefónico debe ser registrado y autorizado.

   


Alguien me dice que, el año pasado, veintidós reclusos aprendieron a leer y a escribir.

Y, si alguno de ellos cae en la tentación de escaparse, lo que le resultará difícil por la forma como están construidas las celdas, no podría escapar de una cerca eléctrica que envía descargas de hasta 18,600 voltios. Eso es suficiente para matar a cualquiera.
una rutina

Cuanto más exploro, más me habitúo a estar en este lugar donde permanece sólo el tres por ciento de la población penitenciaria.

A todos los reclusos los sacan, diariamente, durante veinte minutos para alimentarlos y tomar el sol. Si no juegan fútbol, sus movimientos no son más que rituales inconsecuentes.

Por el sistema de aislamiento en que permanecen, es difícil, según dicen las autoridades, que se produzca un motín.

A pesar de eso, en esa prisión existe un grupo de reacción especialmente entrenado para desarticular y combatir motines. Cada uno de sus miembros posee chalecos antibalas, máscaras antigás y cascos especiales para proteger sus cabezas. De todas formas, cualquier movimiento y tentación de los reclusos lo espía un circuito cerrado de televisión que, disciplinadamente, miran los vigilantes.

Los reos deben cumplir siempre una rutina: 10 minutos para bañarse durante la mañana, 15 minutos para cada tiempo de comida. Nadie tiene tiempo ni para renegar de los demás.

En esta cárcel se dan cuidados que, a veces, resultan extravagantes.

Después de cada comida, guardan un plato con alimentos. Lo hacen así para seguirle los rastros a cualquier intoxicación. Empleados de una empresa alimenticia entrega la comida a los reclusos desde una ventanilla enrejada.

De esa forma evitan el contacto entre los trabajadores y los reos.

Una vez que ingieren los alimentos, cada hombre debe regresar a su celda formando una hilera humana en perfecto orden.

Por la tarde les entregan una galleta o una golosina y así transcurre, cada día, el rito de la alimentación.
Visitas

Estoy fascinada con cada detalle que encuentro en este submundo que pocos llegan a conocer.
Es sábado. Mi visita profesional coincide, poco después, con la llegada de los familiares de los reclusos.

Todos entran al penal tras cumplir estrictas medidas de seguridad: los registran con detectores de metal y llenan un formulario con sus datos personales.

Después los llevan a un salón con una estructura muy particular: está partido en dos. De un lado colocan a los reclusos. En el otro se sitúan los familiares.

   
Sin excepción. Hasta los niños deben pasar por las severas medidas de seguridad que tiene esta prisión.esita ser muy peligroso, o un reo inadaptado. TRABAJADORA. Lucía es la que lleva el sustento para sus tres hijas menores, entre ellas Joselyn.

 

 

 

 


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