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Joselyn guarda una esperanza
La
cara de la niña, la alegre conversación con su padre afectivo
y el cariño en medio de una prisión me tocan las fibras.
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| Responsable.
Joselyn ayuda con los oficios de la casa, mientras su madre trabaja
para mantener el hogar. |
En la cara de su padre no encuentro ningún rastro
de violencia instintiva. Mucho menos en ella. A esa edad se tiene todo
y nadie sueña, siquiera, con perder la libertad.
Poco a poco abandono la prisión. Estoy confusa: no sé
si esto es la cara de la desgracia y la cuna de las mejores sanciones
para quienes cometen torpezas con sus vidas. No sé si pasé
junto a pecadores que dicen llamarse santos o apenas salgo del sitio
donde se juntan todas las desgracias.
Lo único que sé es que no quisiera estar ahí. Tal
vez sea mejor advertir que pasé por el corredor donde se llega
a una muerte civil y se pierden las libertades.
Pienso que Joselyn lo entenderá después, cuando alguien
le diga por qué su padre, el mismo con el que iba a nadar al
río, pasará mucho tiempo ahí. Y entonces alguien
deberá explicarle, también, el tema de la muerte.
Con el ánimo inocente
Aquella niña mira con alegría a su padre, un joven marero
condenado a 10 años de prisión por asesinar a una mujer
en Suchitoto.
Hola papá, le decía mientras la separaba de
él un enorme vidrio blindado.
Ricardo Orellana le hablaba por un teléfono a Joselyn y ambos
se divertían a su manera: ella del lado de la libertad. Él
en la sala de visitas de la prisión más inviolable del
país.
¿Te acordás, papá, cuando lloraste porque
casi me ahogo en el río. Te acordás cuando íbamos
al río a traer cangrejos?.
El hombre le respondía, por el teléfono, que cuando saliera
de ahí se irían a vivir, con su madre, a Aguilares y que
ahí sembrarían unas hortalizas.
Portate bien, le decía el recluso a la niña,
mientras la voz se iba apagando en el teléfono.
A Ricardo, un hombre de 28 años, lo acusaron de homicidio agravado.
Lo detuvieron en el año 2000 después de huir durante seis
meses.
Ricardo es compañero de vida de Lucía Landaverde, la madre
de Joselyn. Su mujer dice que, un fin de semana, le dijeron que habían
asesinado a una mujer que leía cartas en Suchitoto y que a Ricardo
lo responsabilizaban del asesinato. Por lo menos, esa era la bulla.
El lunes salió a trabajar. La versión que lo inculpaba
corría, cada vez, con más fuerza. A Ricardo, supuestamente,
los chambres le provocaron miedo y por eso huyó del poblado.
Durante muchos días vagó por los montes.
Un buen día, sin embargo, regresó a ver a su mujer a Suchitoto,
mientras esos se dio la policía lo pilló y lo detuvo en
su casa.
Ricardo pasó, primero, algún tiempo en la cárcel
de Cojutepeque.
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| TRABAJADORA.
Lucía es la que lleva el sustento para sus tres hijas menores,
entre ellas Joselyn. |
Durante una riña decapitaron a un reo y entonces
las autoridades carcelarias decidieron trasladar a un grupo de reclusos
hasta esa cárcel de máxima seguridad donde permanece.
Su mujer tiene 43 años. Es mucho mayor que él. Ricardo
no es el papá biológico de Joselyn, aunque sí el
afectivo. Por eso, ella le llama papá cada vez que llega a Zacatraz.
Incluso, en la prisión la inscribió como hija para que
poder verla cuando la dejaran entrar.
Lucía y Ricardo se conocieron, hace algún tiempo, en Suchitoto.
Ella tiene cuatro hijas más que también ven a Ricardo
como su padre. Brenda Lucía tiene 10 años. Eugenia Carolina
15. Las dos restantes tienen 20 y 18 años y, desde hace algún
tiempo, se acompañaron.
Cuando Eugenia cumplió los 15 años, Ricardo le envió,
desde la prisión, un papel en el que dibujó unos osos.
Felicidades en tus 15 primaveras. De quien te quiere mucho,
le escribió.
Ahora, mientras Ricardo permanece en prisión y cumple la condena
de 10 años, Lucía lava y plancha ropa ajena para atender
a sus tres hijas.
Eso sí: cada 15 días viaja a la prisión donde se
encuentra su marido y lleva a sus hijas menores para que miren a su
padre afectivo.
Cuando salga de aquí, nos iremos para Aguilares. Ahí
sembraremos hortalizas y nos iremos a pescar, es lo que cada vez
les dice Ricardo.
Yo voy a esperar, le responde siempre Joselyn, a quien no
le importa que el viaje en bus, desde Suchitoto, le provoque vómitos
y mareos. Ella siempre quiere estar con su papá.
¿Te acordás, papá, cuando
lloraste porque casi me ahogo en el río? ¿Te acordás
cuando íbamos al río a traer cangrejos?.
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NOSTALGIA.
Eugenia, Lucía y Joselyn muestran las cartas de Ricardo. |
Quedan 129 cupos en
Zacatraz. Para convertirse en huésped se necesita ser muy
peligroso, o un reo inadaptado. |
Los
internos pueden recibir visitas cada 15 días y hacer una llamada
de cinco minutos el fin
de semana que nadie llega a verlos. El número telefónico
debe ser registrado y autorizado.
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Alguien me dice que, el año pasado, veintidós
reclusos aprendieron a leer y a escribir.
Y, si alguno de ellos cae en la tentación de escaparse, lo que
le resultará difícil por la forma como están construidas
las celdas, no podría escapar de una cerca eléctrica que
envía descargas de hasta 18,600 voltios. Eso es suficiente para
matar a cualquiera.
una rutina
Cuanto más exploro, más me habitúo a estar en este
lugar donde permanece sólo el tres por ciento de la población
penitenciaria.
A todos los reclusos los sacan, diariamente, durante veinte minutos
para alimentarlos y tomar el sol. Si no juegan fútbol, sus movimientos
no son más que rituales inconsecuentes.
Por el sistema de aislamiento en que permanecen, es difícil,
según dicen las autoridades, que se produzca un motín.
A pesar de eso, en esa prisión existe un grupo de reacción
especialmente entrenado para desarticular y combatir motines. Cada uno
de sus miembros posee chalecos antibalas, máscaras antigás
y cascos especiales para proteger sus cabezas. De todas formas, cualquier
movimiento y tentación de los reclusos lo espía un circuito
cerrado de televisión que, disciplinadamente, miran los vigilantes.
Los reos deben cumplir siempre una rutina: 10 minutos para bañarse
durante la mañana, 15 minutos para cada tiempo de comida. Nadie
tiene tiempo ni para renegar de los demás.
En esta cárcel se dan cuidados que, a veces, resultan extravagantes.
Después de cada comida, guardan un plato con alimentos. Lo hacen
así para seguirle los rastros a cualquier intoxicación.
Empleados de una empresa alimenticia entrega la comida a los reclusos
desde una ventanilla enrejada.
De esa forma evitan el contacto entre los trabajadores y los reos.
Una vez que ingieren los alimentos, cada hombre debe regresar a su celda
formando una hilera humana en perfecto orden.
Por la tarde les entregan una galleta o una golosina
y así transcurre, cada día, el rito de la alimentación.
Visitas
Estoy fascinada con cada detalle que encuentro en este submundo que
pocos llegan a conocer.
Es sábado. Mi visita profesional coincide, poco después,
con la llegada de los familiares de los reclusos.
Todos entran al penal tras cumplir estrictas medidas de seguridad: los
registran con detectores de metal y llenan un formulario con sus datos
personales.
Después los llevan a un salón con una estructura muy particular:
está partido en dos. De un lado colocan a los reclusos. En el
otro se sitúan los familiares.
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| Sin excepción.
Hasta los niños deben pasar por las severas medidas de seguridad
que tiene esta prisión.esita ser muy peligroso, o un reo
inadaptado. |
TRABAJADORA.
Lucía es la que lleva el sustento para sus tres hijas menores,
entre ellas Joselyn. |
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