20 de marzo 2005


El inicio

Día y noche, los internos permanecen en sus celdas; solamente tienen permiso para estar fuera 20 minutos, cada día, para tomar el sol. Les dan un cuarto de hora para cada comida.

Texto y fotos: Lissette Lemus
Diseño: Juan Durán
vertice@elsalvador.com

   
OBLIGACIONES. A cada interno se le asigna un día para realizar las tareas de limpieza en el sector donde permanece.
Foto EDH

Algo me impresiona cuando doy mis primeros pasos en este lugar. Solo miro pasillos desérticos, largos y en penumbras. Todo está en silencio, limpio y ordenado.

Bajo unas gradas y penetramos el sector donde guardan prisión los más rudos y violentos de la Mara Salvatrucha.

De repente, alguien grita: “¡Andan tomando fotos!”
“Tomenos aquí, hey, aquí. Hey, nos dan poca comida”, grita alguien. La solicitud me sorprende. No esperaba aquello. Creía que mi presencia molestaría a todos ellos.

El desfile frente a las celdas comienza. No me importa sentirme como la única mujer que camina junto a las celdas donde viven más de dos centenares de hombres. El anuncio de que tomo fotografías resuena como si lo hubiesen dicho con la ayuda de un amplificador de voz.

Adentro de las celdas se escucha el barullo. Escucho chistes y carcajadas. Ahí, adentro, hay tiempo hasta para bromear. Escucho la voz pastosa de alguno de ellos como si tuviesen aguardiente en la lengua.

Conforme camino miro los ojos profundos e incendiarios de algunos de los reclusos. Hablan con educación. No dicen tonterías.

En cada pabellón, si se le puede llamar así pero son denominados sectores, hay cuatro guardianes. Cerca de ellos está colocada una mesa. Al encargado de cada sección le llaman tutor.

Los vigilantes están pendientes de todo cuanto ocurre. Varios de los miembros de las maras me piden que les tome fotografías. Apenas les miro las caras cuando se acercan a los barrotes.
“Mire el papel higiénico”, grita uno. “Es de mala calidad”, sentencia mientras una mano aparece desde una celda mostrando un rollo.

“Que nos den más camisetas”, dicen otros.

Las voces no paran de gritar. Parece que se ha armado una tribuna popular.
Tomo fotografías. Miro pero no me detengo. El tránsito es apresurado. A algunos de los reclusos les entregan libros. Dicen que los enviaron los familiares. Eso sí, el calor es agobiante.

De blanco y rapados

Mientras recorro cada una de las áreas del penal, me acerco a las celdas. Son pequeñas pero tienen una mesa y dos camas de cemento sobre las que colocan colchonetas. Ahí ubican de dos en dos. También poseen un retrete.

Alguien me cuenta que a cada reo le asignan un vaso y un pichel. El baño está afuera y es de uso común.

Camino un poco más y miro a varios hombres que los sacaron a tomar el sol. Juegan, alegremente,
fútbol. Todos lucen pantalones cortos y una camiseta, blancos. Cada gol lo celebran con algarabía.
Les miro la cabeza. Están rapados. Les obligan a quitarse el cabello por razones de salud y por disciplina. Sus caras también están estrictamente rasuradas. A los familiares les permiten llevarles zapatos aunque sin cintas. En realidad sólo usan zapatos “de meter”.

   
LECTURA. Uno de los pasatiempos de los reos. Están prohibidos los libros con contenidos violentos o pornográficos.
Foto EDH

A cada reo le entregan tres “mudadas”, camisetas y pantalones cortos. Los uniformes blancos se los lavan. En Zacatraz hay hasta lavandería y muy moderna.

Y, mientras aquellos hombres juegan al fútbol, sigo mi camino por la prisión.

Los encargados de esta cárcel me dicen que a los reclusos siempre les dan alimentos balanceados. Algunas veces comen pollo; en otras ocasiones, carne y pescado. A nadie le dan tenedor, cuchillo o cuchara. Temen que los transformen en armas. Eso obliga a cada recluso a comer con los dedos.

Hay algo que me sorprende: el orden y el silencio. ¿Por qué no decirlo?, también la pulcritud de algunas áreas.

El laberinto de pasillos, sombras, oscuridades y cemento parece no acabar. Las celdas individuales, ahí donde colocan a los “mal portados”, también me sorprenden: Tienen un espacio pequeño rodeado de una enorme masa de cemento. Únicamente en la parte de arriba de la puerta hay una abertura por donde los reclusos pueden mirar.

sin escape

Este centro penal de máxima seguridad de Zacatecoluca, donde permanecen 271 reos de “alta peligrosidad”, es una inmensa estructura de cemento y hierro dividida en cinco sectores.
Le llaman cárcel modelo porque está construida en un área de 15 mil metros cuadrados. La verdad es que aquí no hay demasiados puntos ciegos.

En el primero y tercer pabellones alojan a los reos comunes. El segundo lo destinaron para los miembros de la Mara Salvatrucha. En el cuarto permanecen quienes siguen a la 18. Por último, en el quinto sector, ubican a los reclusos que, por su conducta, deben ser aislados.
Cada sector está dividido en dos plantas y en cada una de ellas hay veintitrés celdas donde alojan a los reclusos en parejas.

Quienes concibieron la prisión le agregaron, a cada pabellón, un comedor y una pequeña cancha de fútbol. Ahí asolean a los reos en los pocos momentos que no están en soledad hermética.

   
Calor. Se pueden quitar las camisetas sólo mientras están en las celdas.
Foto EDH

En medio de todo eso, las autoridades penitenciarias aplican, a los reos, programas contra el comportamiento agresivo. Presumo que, de esa manera, les rompen las rutinas y los conatos de intenciones de vengarse de un sistema que los colocó ahí.

También les enseñan a mejorar las relaciones interpersonales. A otros los educan en temas sexuales o los alientan a disminuir el consumo de drogas.

Los separan enormes vidrios blindados. Entre ellos sólo pueden hablar utilizando un teléfono. Existen 25 estaciones o casetas de ese tipo para lograr que los reclusos atiendan a sus familiares.

Cada reo puede recibir la visita de dos adultos y niños cada 15 días, durante sólo 20 minutos. El tiempo lo cuentan los vigilantes, con reloj en mano, y no hay excepciones.

Es en ese salón de encuentros familiares donde estoy ahora. Miro una escena que me conmueve: una niña intenta tocar la mano de su padre, pero el vidrio blindado no le permite hacerlo. No obstante, la felicidad es evidente en ambos rostros.

La chiquilla se llama Joselyn Lissette y tiene unos ojos negros chispeantes que endulzan a cualquiera.

La niña no mira, desde hace varios meses, a su padre, un miembro de una mara que ha sido condenado por un asesinato en Suchitoto, aunque él dice ser inocente.

Joselyn se levantó temprano y salió de su casa desde las cuatro de la mañana. No le importó el vómito que le provocó su viaje en bus con tal de ir a ver a su papá. Conocer su historia me llama poderosamente la atención.

Esposados. Para poder salir de los sectores, a los reos les aplican medidas de seguridad. Severidad. Siempre que salen de los sectores deben someterse a la rutina de revisión.
DIVERSIóN. En los 20 minutos que tienen “libres”, algunos presidiarios se dedican a jugar fútbol. UNO EN CADA MESA. Es una regla que deben cumplir. No se les permite que conversen en estos momentos.

 

 

 


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