
|
 |
El inicio
Día
y noche, los internos permanecen en sus celdas; solamente tienen permiso
para estar fuera 20 minutos, cada día, para tomar el sol. Les
dan un cuarto de hora para cada comida.
| |
 |
|
OBLIGACIONES. A cada interno se
le asigna un día para realizar las tareas de limpieza en
el sector donde permanece.
Foto EDH |
Algo me impresiona cuando doy mis primeros pasos en
este lugar. Solo miro pasillos desérticos, largos y en penumbras.
Todo está en silencio, limpio y ordenado.
Bajo unas gradas y penetramos el sector donde guardan
prisión los más rudos y violentos de la Mara Salvatrucha.
De repente, alguien grita: ¡Andan tomando fotos!
Tomenos aquí, hey, aquí. Hey, nos dan poca comida,
grita alguien. La solicitud me sorprende. No esperaba aquello. Creía
que mi presencia molestaría a todos ellos.
El desfile frente a las celdas comienza. No me importa sentirme como
la única mujer que camina junto a las celdas donde viven más
de dos centenares de hombres. El anuncio de que tomo fotografías
resuena como si lo hubiesen dicho con la ayuda de un amplificador de
voz.
Adentro de las celdas se escucha el barullo. Escucho chistes y carcajadas.
Ahí, adentro, hay tiempo hasta para bromear. Escucho la voz pastosa
de alguno de ellos como si tuviesen aguardiente en la lengua.
Conforme camino miro los ojos profundos e incendiarios de algunos de
los reclusos. Hablan con educación. No dicen tonterías.
En cada pabellón, si se le puede llamar así pero son denominados
sectores, hay cuatro guardianes. Cerca de ellos está colocada
una mesa. Al encargado de cada sección le llaman tutor.
Los vigilantes están pendientes de todo cuanto ocurre. Varios
de los miembros de las maras me piden que les tome fotografías.
Apenas les miro las caras cuando se acercan a los barrotes.
Mire el papel higiénico, grita uno. Es de mala
calidad, sentencia mientras una mano aparece desde una celda mostrando
un rollo.
Que nos den más camisetas, dicen otros.
Las voces no paran de gritar. Parece que se ha armado una tribuna popular.
Tomo fotografías. Miro pero no me detengo. El tránsito
es apresurado. A algunos de los reclusos les entregan libros. Dicen
que los enviaron los familiares. Eso sí, el calor es agobiante.
De blanco y rapados
Mientras recorro cada una de las áreas del penal, me acerco a
las celdas. Son pequeñas pero tienen una mesa y dos camas de
cemento sobre las que colocan colchonetas. Ahí ubican de dos
en dos. También poseen un retrete.
Alguien me cuenta que a cada reo le asignan un vaso y un pichel. El
baño está afuera y es de uso común.
Camino un poco más y miro a varios hombres que los sacaron a
tomar el sol. Juegan, alegremente,
fútbol. Todos lucen pantalones cortos y una camiseta, blancos.
Cada gol lo celebran con algarabía.
Les miro la cabeza. Están rapados. Les obligan a quitarse el
cabello por razones de salud y por disciplina. Sus caras también
están estrictamente rasuradas. A los familiares les permiten
llevarles zapatos aunque sin cintas. En realidad sólo usan zapatos
de meter.
| |
 |
|
LECTURA. Uno de los pasatiempos
de los reos. Están prohibidos los libros con contenidos violentos
o pornográficos.
Foto EDH |
A cada reo le entregan tres mudadas, camisetas
y pantalones cortos. Los uniformes blancos se los lavan. En Zacatraz
hay hasta lavandería y muy moderna.
Y, mientras aquellos hombres juegan al fútbol, sigo mi camino
por la prisión.
Los encargados de esta cárcel me dicen que a los reclusos siempre
les dan alimentos balanceados. Algunas veces comen pollo; en otras ocasiones,
carne y pescado. A nadie le dan tenedor, cuchillo o cuchara. Temen que
los transformen en armas. Eso obliga a cada recluso a comer con los
dedos.
Hay algo que me sorprende: el orden y el silencio. ¿Por qué
no decirlo?, también la pulcritud de algunas áreas.
El laberinto de pasillos, sombras, oscuridades y cemento parece no acabar.
Las celdas individuales, ahí donde colocan a los mal portados,
también me sorprenden: Tienen un espacio pequeño rodeado
de una enorme masa de cemento. Únicamente en la parte de arriba
de la puerta hay una abertura por donde los reclusos pueden mirar.
sin escape
Este centro penal de máxima seguridad de Zacatecoluca, donde
permanecen 271 reos de alta peligrosidad, es una inmensa
estructura de cemento y hierro dividida en cinco sectores.
Le llaman cárcel modelo porque está construida en un área
de 15 mil metros cuadrados. La verdad es que aquí no hay demasiados
puntos ciegos.
En el primero y tercer pabellones alojan a los reos comunes. El segundo
lo destinaron para los miembros de la Mara Salvatrucha. En el cuarto
permanecen quienes siguen a la 18. Por último, en el quinto sector,
ubican a los reclusos que, por su conducta, deben ser aislados.
Cada sector está dividido en dos plantas y en cada una de ellas
hay veintitrés celdas donde alojan a los reclusos en parejas.
Quienes concibieron la prisión le agregaron, a cada pabellón,
un comedor y una pequeña cancha de fútbol. Ahí
asolean a los reos en los pocos momentos que no están en soledad
hermética.
| |
 |
|
Calor. Se pueden quitar las camisetas
sólo mientras están en las celdas.
Foto EDH |
En medio de todo eso, las autoridades penitenciarias
aplican, a los reos, programas contra el comportamiento agresivo. Presumo
que, de esa manera, les rompen las rutinas y los conatos de intenciones
de vengarse de un sistema que los colocó ahí.
También les enseñan a mejorar las relaciones interpersonales.
A otros los educan en temas sexuales o los alientan a disminuir el consumo
de drogas.
Los separan enormes vidrios blindados. Entre ellos sólo
pueden hablar utilizando un teléfono. Existen 25 estaciones o
casetas de ese tipo para lograr que los reclusos atiendan a sus familiares.
Cada reo puede recibir la visita de dos adultos y niños cada
15 días, durante sólo 20 minutos. El tiempo lo cuentan
los vigilantes, con reloj en mano, y no hay excepciones.
Es en ese salón de encuentros familiares donde estoy ahora. Miro
una escena que me conmueve: una niña intenta tocar la mano de
su padre, pero el vidrio blindado no le permite hacerlo. No obstante,
la felicidad es evidente en ambos rostros.
La chiquilla se llama Joselyn Lissette y tiene unos ojos negros chispeantes
que endulzan a cualquiera.
La niña no mira, desde hace varios meses, a su padre, un miembro
de una mara que ha sido condenado por un asesinato en Suchitoto, aunque
él dice ser inocente.
Joselyn se levantó temprano y salió de su casa desde las
cuatro de la mañana. No le importó el vómito que
le provocó su viaje en bus con tal de ir a ver a su papá.
Conocer su historia me llama poderosamente la atención.
 |
 |
| Esposados.
Para poder salir de los sectores, a los reos les aplican medidas
de seguridad. |
Severidad.
Siempre que salen de los sectores deben someterse a la rutina de
revisión. |
|
|
|
| DIVERSIóN.
En los 20 minutos que tienen libres, algunos presidiarios
se dedican a jugar fútbol. |
UNO
EN CADA MESA. Es una regla que deben cumplir. No se les permite
que conversen en estos momentos. |
Copyright 2005
El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización
escrita de su titular. |
|