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REPORTAJE
Al
mando del Hogar
Hasta
2003 había oficialmente 2,699,327 mujeres en El Salvador.
De ellas, más de medio millón conducía sola su hogar.
La viudez y la separación son los factores principales que marcan
este fenómeno, que no conoce límites geográficos
ni condición social
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Según
la Procuraduría General de la República, las madres
demandantes de la cuota de alimentos provienen, más que
todo, de las zonas urbanas y de todos los estratos sociales.
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Veintiún años hace ya que lucha
sola por hacerle frente a la vida. Desde que murió su esposo,
intoxicado accidentalmente con plaguicidas, la vida de María
Irma Navarrete no volvió a ser la misma.
El 20 de noviembre de 1984, cuando enterró a José Guzmán
en medio de la guerra, marcó un reinicio casi de la nada para
esta chalateca de origen.
Con tres hijos varones, la pensión mensual de 150 colones no
fue suficiente para sobrevivir. A los seis meses de quedarse viuda,
tuvo que buscar trabajo en San Salvador.
Su primer trabajo fue de ayudante de lechería, luego, una fresquería
en el mercado La Tiendona; por algún tiempo vendió ropa.
Hoy estoy desocupada, dice sonriente.
Logró criar a sus hijos, pero la vida le tenía preparados
otros reveses. Dos hijos más que concibió en su viudez
y el segundo de su único matrimonio murieron.
José Aníbal, quien hoy tendría 21 años,
era el único que le ayudaba con su trabajo en una carpintería,
pero pereció atropellado, hace cuatro años, en el centro
capitalino.
Los hijos que le sobreviven le ayudan cuando pueden, porque sostienen
sus propios hogares.
Pero María Irma no se amilana. Cuando obtiene algún ingreso
compra y revende ropa en el mercado o fabrica por encargo y de
manera artesanal vino de marañón, nance y otras
frutas.
Voy a jalones y empujones. Ha sido duro, uno de madre sola se
las ve a palitos, confiesa.
Pero María Irma no está sola en su lucha. Su hermana mayor,
Blanca Lidia, vive con ella desde hace 15 años y comparten la
viudez y el dolor de haber perdido hijos.
Blanca llora. Más que por haber perdido a su marido hace 30 años
y haber quedado embarazada y sin pensión, le duele más
la muerte de su único su hijo quien era soldado durante
la guerra.
Ella recibe una ayuda estatal de 50 dólares mensuales, cantidad
insuficiente en este tiempo, según dice esta mujer de
68 años.
La pobreza que comparten estas hermanas no es la única en la
colonia Hábitat Comfíen, ubicada en el cantón Milingo,
de Ciudad Delgado.
Aquí, las madres solas se cuentan por montones, afirma
Dolores Ochoa, líder de esta comunidad.
Las estadísticas nacionales de madres al frente de los hogares
también se cuentan en millares y aumentan cada año.
Según la Dirección General de Estadística y Censo
(Digestyc) en El Salvador existían, hasta 2003, 1,589,941 hogares,
de los cuales el 31.63% es liderado por mujeres.
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Este
grupo de mujeres que viven en la colonia Hábitat Comfíen
es una pequeña muestra del ejército de madres solas
en el país.
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Pero hay un rasgo interesante, y es que el porcentaje
de jefes disminuye, mientras que el de las jefas
aumenta.
La proporción de mujeres jefas de hogar pasó de
28.4%, en 1998, a 31.6% en 2003. En tanto, los hombres jefes de hogar
han presentado disminución (de 71.6% a 68.4%), enfatiza
el informe Participación de las mujeres como jefes de hogar.
Esto significa que, para 2003, esta categoría significaba más
del medio millón de mujeres con un hogar a la espalda, concentrado
principalmente en las grandes urbes de San Salvador y el área
metropolitana de San Salvador.
sin horizonte
Por eso se les encuentra fácilmente, desde viudas hasta precoces
madres solteras.
En el país se multiplican casos como el de María Magdalena
Merlos, quien a sus 43 años ha sostenido con lavado y planchado
de ropa ajena a seis hijos y los ha enviado a la escuela para que no
repitan su suerte, la de haber cursado apenas el primer grado.
A decenas de kilómetros de este lugar, en Monte San Juan, Cuscatlán,
otras mujeres han corrido el mismo destino.
Crecieron en medio de la pobreza, asistieron pocos años a la
escuela o nunca lo hicieron, se enamoraron, procrearon varios hijos,
se casaron o enviudaron, fueron abandonadas y ahora trabajan para mantener
el hogar.
Las hay artesanas, domésticas, comerciantes, costureras, agricultoras...
Es duro, pero a uno no le duele trabajar por sus hijos,
opina María Francisca Maldonado, quien ha criado a dos hijos
trabajando como doméstica, tortillera y comerciante, porque su
sexto grado no le ayudó para conseguir un mejor empleo.
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María
Irma Navarrete sobrevive como puede en su viudez desde hace 21
años, cuando perdió a su marido, un agricultor.
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La escasa formación académica las caracteriza
y las golpea. La Digestyc indica que de las 502,831 jefas de hogar,
el 31% es analfabeta y casi un 40% ha cursado estudios entre el primero
y sexto grados.
Un rasgo coincidente en las mujeres entrevistadas es que todas han asumido,
en solitario, la responsabilidad de los hijos.
Otras demandan, al menos, la cuota alimenticia. En los registros de
la PGR (Procuraduría General de la República) 18,928 mujeres
dejaron constancia de que solas no pueden con los hijos.
Desde que acuden a la Procuraduría es porque ellas son
solas y asumen la responsabilidad del hogar, asegura Johanna de
Pineda, coordinadora nacional de la Unidad de la Defensa de la Familia
y el Menor, de esa dependencia.
Para esta funcionaria, toda esta demanda significa irresponsabilidad
paterna, de que no hay conciencia de lo que significa un hijo.
Si se mira todo el universo de madres que no demandan ayuda y asumen
la responsabilidad del hogar, el fenómeno de la paternidad irresponsable
es mucho más reveladora.
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No
le temo a la muerte,
ni al fracaso

María
Evelia García aún no desmaya.
Nunca se acompañó
ni se casó. Quizá la suerte del destino era
que me quedara sola con mis hijos, reflexiona María
Evelia García, residente en el barrio El Centro, de Monte
San Juan, al norponiente de Cojutepeque.
Ella es una costurera, de tez muy morena y conversadora. Tiene
50 años y más de 20 de dedicarse a la confección
de vestidos, pantalones y camisas, su principal fuente de empleo
que le permite ganar 10 dólares cada dos días.
Día y noche se la ha pasado cosiendo ropa para proveerle
sustento a seis hijos, producto de fallidas relaciones sentimentales.
Me acostaba a las 3:00 de la mañana y a las 5:00
ya esta levantada, porque, de lo contrario, no salía con
los encargos. Mi trabajo ha sido pesado, relata.
La costura es su único patrimonio, pues no ha querido seguir
la tradición familiar de destazar cerdos para comercializar
la carne. Tal fue su empeño por aprender la costura que
con el primer grado en la escuela bajo el brazo, aprendió
a los 17 años y, de pura memoria, el oficio
en la parroquia.
A los 20 años empezaron a venir los hijos. Nunca fue al
hospital, tampoco la atendió una partera. Sus alumbramientos
eran tan rápidos que ella sola se asistía.
Y así, sola, continuó la vida con ellos. Ninguno
de los padres de sus hijos se responsabilizó de la manutención.
Me duele recordar. Cuando le dije a uno que estaba embarazada,
me contestó: Ahí ve como le hacés,
dice Evelia. Pero otro fue más cruel en su respuesta: Mirá
a quien hacés padre de tu hijo.
La reacción de esta mujer no pudo ser más optimista.
Yo no le temo a la muerte ni tampoco al fracaso, le
respondió a uno.
Para el otro también tuvo su contestación: No
le pido pan al hambre ni cobija al frío.
Su entereza le ha valido hacerle de padre y madre de seis hijos,
aunque ella reconoce que no ha sido fácil. Aparte del pan
que les ha llevado a la mesa, esta mujer ha tenido un objetivo
en la vida y es ayudarles a que terminen al menos el noveno grado.
Me ha tocado duro, pero no me arrepiento de haber tenido
a mis hijos. Los padres no los han querido, pero yo sí
y alguien más, Dios, concluye.
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Veintitrés
años de ser
una madre soltera

Silvia
es una de muchas jefas de hogar.
Trabaja más
de ocho horas y camina cada día ocho kilómetros
por vías polvorientas en el cantón San José
desde que sale de la unidad de salud de Monte San Juan.
De sus 43 años de vida, 14 se ha desempeñado como
promotora de salud. La encontramos el jueves pasado con un maletín
colgando de un hombro y un termo sobre el otro, en busca de casas
y pacientes.
Es día de vacunación. Se detiene en una de las casas,
toca la puerta y grita: Maynor, vengo a vacunarte. Te toca
la primera dosis del tétano.
La rutina se repite a lo largo del cantón, hasta donde
la luz del día le alcance. Pero la labor de esta mujer
risueña y bronceada no acaba allí.
En su casa la esperan dos hijas, una de ellas estudiante de odontología,
y la otra de bachillerato.
Las frases de ánimo que le prodigan son su mayor consuelo.
Le dicen que al terminar sus carreras no la dejarán trabajar.
Silvia Josefina Nolasco ha luchado sola por sus dos hijas. La
primera de ellas fue concebida con un antiguo novio que emigró
a Estados Unidos y no volvió a saber de él.
El padre de la segunda hija tampoco se responsabilizó.
La ayuda de parientes ha recompensado un poco a Silvia en su rol
de madre soltera.
A su edad, esta promotora aún sueña con cumplir
su principal aspiración académica: ser enfermera.
El apoyo que le han prometido sus hijas y la misma experiencia
acumulada tras sus años como promotora le hacen soñar
con esa posibilidad de culminar una profesión. Mientras
tanto, sigue visitando 14 viviendas de las 202 que existen en
el cantón.
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Dos
mujeres, dos vidas
y un mismo destino

Elaborar
escobas es su fuente de ingresos.
A sus 30 años,
Irma Elena Fernández sabe lo que es crecer sin la figura
de un padre y liderar un hogar con tres bocas que mantener desde
que enviudó hace cinco años.
La vida de esta joven mujer se resume en escasez. Sus días
los pasa entre su casa y el mercado de Cojutepeque, llevando escobas
de palma que ella misma fabrica desde que era una adolescente,
cuando su abuelo le enseñó el oficio.
Sentada sobre un banquito rústico de madera, Irma, con
paciencia, va doblando las palmas hasta formar las escobas que
luego venderá en el mercado a 40 centavos de dólar
cada una.
Su madre, doña María Fernández, quien la
crió de elaborar comales de barro, es quien le ayuda extrayendo
las hebras hasta que logran elaborar dos docenas.
Cuando no está fabricando escobas, Irma sale en búsqueda
de pitos para venderlos a un dólar la bolsa.
Con estos ingresos logra sustentar a sus tres hijas, de 12, siete
y tres años, respectivamente.
Sí, me alcanza un poquito para criar a mis hijas.
Luchando las logro mandar a la escuela, afirma Irma. Nunca
estudió. Quizá por la pobreza de mi mamá,
y que era sola... y que nunca me matriculó.
Para asegurar parte de la comida, madre e hija siembran también
maíz y frijoles durante el invierno.
Así hacemos una siembrita, para irla pasando,
dice doña María, mientras reflexiona sonriente hacia
el cielo, a la espera de las sobrinas y nietas. Y es que ha llegado
la hora de ir a traer espuma a una molienda cercana... para aplacar
un poco el hambre.
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