20 de febrero de 2005


REPORTAJE

Al mando del Hogar

Hasta 2003 había —oficialmente— 2,699,327 mujeres en El Salvador. De ellas, más de medio millón conducía sola su hogar. La viudez y la separación son los factores principales que marcan este fenómeno, que no conoce límites geográficos ni condición social

Juan Carlos Rivas
Juan Carlos Rivas
Según la Procuraduría General de la República, las madres demandantes de la cuota de alimentos provienen, más que todo, de las zonas urbanas y de todos los estratos sociales.


Veintiún años hace ya que lucha sola por hacerle frente a la vida. Desde que murió su esposo, intoxicado accidentalmente con plaguicidas, la vida de María Irma Navarrete no volvió a ser la misma.

El 20 de noviembre de 1984, cuando enterró a José Guzmán en medio de la guerra, marcó un reinicio casi de la nada para esta chalateca de origen.
Con tres hijos varones, la pensión mensual de 150 colones no fue suficiente para sobrevivir. A los seis meses de quedarse viuda, tuvo que buscar trabajo en San Salvador.

Su primer trabajo fue de ayudante de lechería, luego, una fresquería en el mercado La Tiendona; por algún tiempo vendió ropa. “Hoy estoy desocupada”, dice sonriente.

Logró criar a sus hijos, pero la vida le tenía preparados otros reveses. Dos hijos más que concibió en su viudez y el segundo de su único matrimonio murieron.

José Aníbal, quien hoy tendría 21 años, era el único que le ayudaba con su trabajo en una carpintería, pero pereció atropellado, hace cuatro años, en el centro capitalino.

Los hijos que le sobreviven le ayudan cuando pueden, porque sostienen sus propios hogares.

Pero María Irma no se amilana. Cuando obtiene algún ingreso compra y revende ropa en el mercado o fabrica —por encargo y de manera artesanal— vino de marañón, nance y otras frutas.

“Voy a jalones y empujones. Ha sido duro, uno de madre sola se las ve a palitos”, confiesa.

Pero María Irma no está sola en su lucha. Su hermana mayor, Blanca Lidia, vive con ella desde hace 15 años y comparten la viudez y el dolor de haber perdido hijos.

Blanca llora. Más que por haber perdido a su marido hace 30 años y haber quedado embarazada y sin pensión, le duele más la muerte de su único su hijo —quien era soldado— durante la guerra.

Ella recibe una ayuda estatal de 50 dólares mensuales, cantidad insuficiente en este tiempo, según dice esta mujer de
68 años.

La pobreza que comparten estas hermanas no es la única en la colonia Hábitat Comfíen, ubicada en el cantón Milingo, de Ciudad Delgado.

“Aquí, las madres solas se cuentan por montones”, afirma Dolores Ochoa, líder de esta comunidad.
Las estadísticas nacionales de madres al frente de los hogares también se cuentan en millares y aumentan cada año.

Según la Dirección General de Estadística y Censo (Digestyc) en El Salvador existían, hasta 2003, 1,589,941 hogares, de los cuales el 31.63% es liderado por mujeres.

Este grupo de mujeres que viven en la colonia Hábitat Comfíen es una pequeña muestra del ejército de madres solas en el país.

Pero hay un rasgo interesante, y es que el porcentaje de “jefes” disminuye, mientras que el de las “jefas” aumenta.

“La proporción de mujeres jefas de hogar pasó de 28.4%, en 1998, a 31.6% en 2003. En tanto, los hombres jefes de hogar han presentado disminución (de 71.6% a 68.4%)”, enfatiza el informe “Participación de las mujeres como jefes de hogar”.

Esto significa que, para 2003, esta categoría significaba más del medio millón de mujeres con un hogar a la espalda, concentrado principalmente en las grandes urbes de San Salvador y el área metropolitana de San Salvador.
sin horizonte

Por eso se les encuentra fácilmente, desde viudas hasta precoces madres solteras.

En el país se multiplican casos como el de María Magdalena Merlos, quien a sus 43 años ha sostenido con lavado y planchado de ropa ajena a seis hijos y los ha enviado a la escuela para que no repitan su suerte, la de haber cursado apenas el primer grado.

A decenas de kilómetros de este lugar, en Monte San Juan, Cuscatlán, otras mujeres han corrido el mismo destino.
Crecieron en medio de la pobreza, asistieron pocos años a la escuela o nunca lo hicieron, se enamoraron, procrearon varios hijos, se casaron o enviudaron, fueron abandonadas y ahora trabajan para mantener el hogar.

Las hay artesanas, domésticas, comerciantes, costureras, agricultoras...

“Es duro, pero a uno no le duele trabajar por sus hijos”, opina María Francisca Maldonado, quien ha criado a dos hijos trabajando como doméstica, tortillera y comerciante, porque su sexto grado no le ayudó para conseguir un mejor empleo.

María Irma Navarrete sobrevive como puede en su viudez desde hace 21 años, cuando perdió a su marido, un agricultor.

La escasa formación académica las caracteriza y las golpea. La Digestyc indica que de las 502,831 jefas de hogar, el 31% es analfabeta y casi un 40% ha cursado estudios entre el primero y sexto grados.

Un rasgo coincidente en las mujeres entrevistadas es que todas han asumido, en solitario, la responsabilidad de los hijos.

Otras demandan, al menos, la cuota alimenticia. En los registros de la PGR (Procuraduría General de la República) 18,928 mujeres dejaron constancia de que solas no pueden con los hijos.

“Desde que acuden a la Procuraduría es porque ellas son solas y asumen la responsabilidad del hogar”, asegura Johanna de Pineda, coordinadora nacional de la Unidad de la Defensa de la Familia y el Menor, de esa dependencia.

Para esta funcionaria, toda esta demanda significa “irresponsabilidad paterna, de que no hay conciencia de lo que significa un hijo”.

Si se mira todo el universo de madres que no demandan ayuda y asumen la responsabilidad del hogar, el fenómeno de la paternidad irresponsable es mucho más reveladora.

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“No le temo a la muerte,
ni al fracaso”

María Evelia García aún no desmaya.

Nunca se acompañó ni se casó. “Quizá la suerte del destino era que me quedara sola con mis hijos”, reflexiona María Evelia García, residente en el barrio El Centro, de Monte San Juan, al norponiente de Cojutepeque.
Ella es una costurera, de tez muy morena y conversadora. Tiene 50 años y más de 20 de dedicarse a la confección de vestidos, pantalones y camisas, su principal fuente de empleo que le permite ganar 10 dólares cada dos días.
Día y noche se la ha pasado cosiendo ropa para proveerle sustento a seis hijos, producto de fallidas relaciones sentimentales. “Me acostaba a las 3:00 de la mañana y a las 5:00 ya esta levantada, porque, de lo contrario, no salía con los encargos. Mi trabajo ha sido pesado”, relata.
La costura es su único patrimonio, pues no ha querido seguir la tradición familiar de destazar cerdos para comercializar la carne. Tal fue su empeño por aprender la costura que con el primer grado en la escuela bajo el brazo, aprendió a los 17 años y, “de pura memoria”, el oficio en la parroquia.
A los 20 años empezaron a venir los hijos. Nunca fue al hospital, tampoco la atendió una partera. Sus alumbramientos eran tan rápidos que ella sola se asistía.
Y así, sola, continuó la vida con ellos. Ninguno de los padres de sus hijos se responsabilizó de la manutención.
“Me duele recordar. Cuando le dije a uno que estaba embarazada, me contestó: ‘Ahí ve como le hacés’”, dice Evelia. Pero otro fue más cruel en su respuesta: “Mirá a quien hacés padre de tu hijo”.
La reacción de esta mujer no pudo ser más optimista. “Yo no le temo a la muerte ni tampoco al fracaso”, le respondió a uno.
Para el otro también tuvo su contestación: “No le pido pan al hambre ni cobija al frío”.
Su entereza le ha valido hacerle de padre y madre de seis hijos, aunque ella reconoce que no ha sido fácil. Aparte del pan que les ha llevado a la mesa, esta mujer ha tenido un objetivo en la vida y es ayudarles a que terminen al menos el noveno grado.
“Me ha tocado duro, pero no me arrepiento de haber tenido a mis hijos. Los padres no los han querido, pero yo sí y alguien más, Dios”, concluye.

Veintitrés años de ser
una madre soltera

Silvia es una de muchas jefas de hogar.

Trabaja más de ocho horas y camina cada día ocho kilómetros por vías polvorientas en el cantón San José desde que sale de la unidad de salud de Monte San Juan.
De sus 43 años de vida, 14 se ha desempeñado como promotora de salud. La encontramos el jueves pasado con un maletín colgando de un hombro y un termo sobre el otro, en busca de casas y pacientes.
Es día de vacunación. Se detiene en una de las casas, toca la puerta y grita: “Maynor, vengo a vacunarte. Te toca la primera dosis del tétano”.
La rutina se repite a lo largo del cantón, hasta donde la luz del día le alcance. Pero la labor de esta mujer risueña y bronceada no acaba allí.
En su casa la esperan dos hijas, una de ellas estudiante de odontología, y la otra de bachillerato.
Las frases de ánimo que le prodigan son su mayor consuelo. Le dicen que al terminar sus carreras no la dejarán trabajar.
Silvia Josefina Nolasco ha luchado sola por sus dos hijas. La primera de ellas fue concebida con un antiguo novio que emigró a Estados Unidos y no volvió a saber de él.
El padre de la segunda hija tampoco se responsabilizó. La ayuda de parientes ha recompensado un poco a Silvia en su rol de madre soltera.
A su edad, esta promotora aún sueña con cumplir su principal aspiración académica: ser enfermera.
El apoyo que le han prometido sus hijas y la misma experiencia acumulada tras sus años como promotora le hacen soñar con esa posibilidad de culminar una profesión. Mientras tanto, sigue visitando 14 viviendas de las 202 que existen en el cantón.

Dos mujeres, dos vidas
y un mismo destino

Elaborar escobas es su fuente de ingresos.

A sus 30 años, Irma Elena Fernández sabe lo que es crecer sin la figura de un padre y liderar un hogar con tres bocas que mantener desde que enviudó hace cinco años.
La vida de esta joven mujer se resume en escasez. Sus días los pasa entre su casa y el mercado de Cojutepeque, llevando escobas de palma que ella misma fabrica desde que era una adolescente, cuando su abuelo le enseñó el oficio.
Sentada sobre un banquito rústico de madera, Irma, con paciencia, va doblando las palmas hasta formar las escobas que luego venderá en el mercado a 40 centavos de dólar cada una.
Su madre, doña María Fernández, quien la crió de elaborar comales de barro, es quien le ayuda extrayendo las hebras hasta que logran elaborar dos docenas.
Cuando no está fabricando escobas, Irma sale en búsqueda de “pitos” para venderlos a un dólar la bolsa. Con estos ingresos logra sustentar a sus tres hijas, de 12, siete y tres años, respectivamente.
“Sí, me alcanza un poquito para criar a mis hijas. Luchando las logro mandar a la escuela”, afirma Irma. Nunca estudió. “Quizá por la pobreza de mi mamá, y que era sola... y que nunca me matriculó”.
Para asegurar parte de la comida, madre e hija siembran también maíz y frijoles durante el invierno.
“Así hacemos una siembrita, para irla pasando”, dice doña María, mientras reflexiona sonriente hacia el cielo, a la espera de las sobrinas y nietas. Y es que ha llegado la hora de ir a traer espuma a una molienda cercana... para aplacar un poco el hambre.



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