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La
arista afilada
Palestinos
y antisemitas
Juan
Enríquez Cabot vino a El Salvador a decir unas cuantas verdades.
Habló sobre la
necesidad de conjugar esfuerzos para apostarle a la educación.
Vino a incentivar a gobierno, empresarios, padres de familia y estudiantes
para entender las carreras exitosas. Narró las experiencias que
han tenido países desarrollados y, sobre todo, dijo que tenemos
futuro
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Los estrategas norteamericanos piensan que la consolidación de
un Estado democrático en Palestina va a contribuir a la estabilidad
de toda la región, y, en su momento, ese clima de paz se traduciría
en una disminución radical de los niveles de antiamericanismo.
Creen, también, que el resultado de las últimas elecciones,
tras la muerte de Arafat, demuestra el deseo de paz que abriga el conjunto
de la sociedad palestina. Sencillamente, los matones y terroristas de
Hamas o de la Jihad Islámica no representan a una mayoría
totalmente fatigada tras más de medio siglo de violencia, desastres
y sobre todo, provisionalidad: esa devastadora sensación
de que la vida no acaba nunca de asentarse.
Es muy difícil no coincidir con ese análisis, pero haciendo
algunas matizaciones. La primera, es que el conflicto entre israelíes
y palestinos no parece ser responsable de los enfrentamientos en esa
región del mundo. La guerra de Iraq contra Irán o la posterior
invasión a Kuwait nada tuvieron que ver con la existencia de
Israel y sus desencuentros con los palestinos.
Algo parecido sucede con la invasión y ocupación del Líbano
por parte de Siria, la guerra civil de Sudán o el lunático
comportamiento de Gadaffi. Son hechos violentos, en los que han perdido
la vida cientos de miles de musulmanes, casi todos árabes liquidados
por otros árabes.
El antiamericanismo tampoco puede deducirse racionalmente de una supuestamente
injusta alianza forjada entre Washington y Jerusalén. No hay
duda de que Estados Unidos mantiene con Israel unas estrechas relaciones,
pero eso también es cierto con Egipto y Jordania, dos de las
naciones que más ayuda reciben de los norteamericanos. Más
aún, si bien es cierto que Estados Unidos e Israel colaboran
en el terreno militar y son buenos aliados diplomáticos, la verdad
es que en los últimos veinte años los grandes sacrificios
económicos y las grandes pérdidas de vidas norteamericanas
han tenido lugar en defensa de personas de religión islámica:
Somalia, Bosnia, Kuwait, Iraq. Por otra parte, ¿en cuál
otra nación del planeta la minoría de religión
islámica goza del nivel de integración, libertad y respeto
que encuentran los cinco millones de mahometanos radicados en Estados
Unidos?
Hay que admitirlo con toda humildad: el antiamericanismo, como el antisemitismo,
no son actitudes fundamentadas en el análisis objetivo de los
hechos, sino en creencias delirantes sostenidas por teorías conspirativas
de la historia, casi siempre basadas en la sospecha paranoica de que
un pequeño grupo de malvados mueve los hilos del mundo para apoderarse
de toda la riqueza y provocar la desdicha de las víctimas. Una
vez que esa poderosa imbecilidad se adhiere a la masa encefálica
de quienes la sostienen, ya no hay antídoto capaz de erradicarla.
De la misma manera que no se conocen ex idiotas, tampoco hay ex antisemitas
o ex antiamericanos. La enfermedad es incurable.
No obstante, lo justo y conveniente es ponerle el hombro a la creación
de ese estado palestino democrático que hoy parece asomarse en
el Medio Oriente, aunque no traiga la paz a esa región del mundo,
y aunque no se reduzca la temperatura antinorteamericana. ¿Por
qué? Porque después de tantas décadas de sufrimientos
y privaciones esas pobres gentes deben tener el derecho a volver a intentar
la aventura política que ya malograron en 1948, cuando la ONU
les asignó una parte sustancial del territorio palestino para
que crearan un Estado paralelo al de los israelíes, y prefirieron
jugar la carta de la guerra contra la joven nación hebrea. De
aquel sangriento error original se derivaron todos los males posteriores.
Naturalmente, ya no es posible volver a las fronteras de 1948 o a las
de 1973, y la mayor prueba de madurez que pueden dar los palestinos
es aceptar esa realidad y comprender que hay exigencias que harían
inviables cualquier acuerdo entre las partes. Ya no es posible, por
ejemplo, el regreso a Israel de los cientos de miles de palestinos desplazados
del territorio en aquellos años, de la misma manera que tampoco
es posible el regreso a la República Checa de los millones de
alemanes expulsados del país tras la Segunda Guerra, o la reconstrucción
de la Gran Hungría o la restitución a España del
Rosellón arrebatado por los franceses en el siglo XVII. Tampoco
es razonable pedir otra vez la división de Jerusalén.
Ramala debe ser la capital permanente del futuro estado palestino, y
la decisión de los nuevos líderes debe ser convertir la
ciudad en un centro vibrante y moderno en el que valga la pena vivir
y criar a los hijos. Eso es lo que esperan los palestinos. Nada más.
[©FIRMAS PRESS]
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