20 de febrero de 2005



LA COLUMNA

Juan Carlos Rivas
vertice@elsalvador.com

El país donde crecí

El país donde crecí, recuerdo que era verde. Frío, como los vientos de octubre que asomaban en octubre y se llevaban las piscuchas, si no a otros mundos, a lejanos territorios en otras comarcas.

Crecí en un país que, a pesar de estar más joven, contaba con el suficiente espíritu como para labrar —a fuerza de voces y trabajo— el renacer de un pueblo que siempre se había resistido a inclinar su orgullo, su tradición o su alma.

Crecí en medio de una familia maravillosa, con una infancia y adolescencia igual de mágicas. Combinando la ciudad joven con los cerros poblados de La Libertad, en una tierra en donde el venado y el jaguar todavía pasean sus sombras y se pierden montaña arriba, cerca de donde el gavilán habita.

Aprendí los secretos que sabían mis abuelos, y recorrí extensos cafetales, visité los beneficios de café (H de Sola, Goldtree Liebes, 2 de Marzo) en las noches más frías de diciembre, para descargar los quintales de café junto a los cortadores y los motoristas.

Aprendí con mi abuelo las claves de la siembra, la magia para domar caballos, las caminatas entre los cerros y hasta los pasillos con aire acondicionado cuando presidió la Asociación Cafetalera o el Banco Hipotecario.

Conocí la historia del café y sus años dorados: los montes de Juayúa, los sembradíos maravillosos de Santa Ana y
Ahuachapán, y los beneficios imponentes de Apaneca, en donde concluyó mi aprendizaje con el proceso del grano.

Supe entonces cómo hacer fórmulas de amor con las flores tiernas y blancas del cafeto y, cómo vigiar la luna para bañarme con su luz, en el riachuelo que a veces mostraba arenas relumbrosas que después se volvían pepitas de oro a los pies del peñón.

Entonces conocí la magia en otras dimensiones... chamanes, curanderos, adivinos. Herederos todos de los antiguos pipiles, que veneraban al viento y al sol y que guardaban, en cueros y códices, nuestra historia, que tiene cinco mil años y no 184.

Sentí la sombra fugaz de la Siguanaba en las noches sin luna y el chirrido de una misteriosa carreta por la cuesta empedrada.

Me iluminó el camino un ejército de luciérnagas, y los cuetes de vara en las antiguas celebraciones me hablaron de esa explosión que no es más que el estallido de nuestros corazones juntos.

Y conocí el resto del país —una sola magia—.

Pero un día estalló la guerra y se abrieron heridas de viejas injusticias. Y el aroma de las flores blancas del café se esfumó para dar paso al negro aroma de la pólvora, al oxidado sabor de la sangre y al pálido sinsabor de la muerte.

Se fueron los venados, los monos, los pericos y los jaguares, y lloró el Sumpul y Cuscatlán por las miles de almas que partieron antes del tiempo. El país donde crecí se llenó de ruinas y nostalgias, de riachuelos rojos y cerros quemados por las bombas.

Se llenó de botas puestas y armas que dejaron su estúpido odio por todos los caminitos del mundo. Y el mundo era un pueblo, un río, un cafetal.

Y cuando el demonio blanco se fue, los que quedaron comenzaron a armar otra vez la historia. Ahora, cinco mil años después, el país donde crecí todavía guarda en sus entrañas el misterio del venado.

Los cantos que a veces se escuchan en los ríos son las repuntas donde cruzó la muerte. El país donde crecí era florido; los que quedamos tenemos la obligación de replantar su futuro luminoso...


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