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LA
COLUMNA
El
país donde crecí
El país donde crecí, recuerdo
que era verde. Frío, como los vientos de octubre que asomaban
en octubre y se llevaban las piscuchas, si no a otros mundos, a lejanos
territorios en otras comarcas.
Crecí en un país que, a pesar de estar más joven,
contaba con el suficiente espíritu como para labrar a fuerza
de voces y trabajo el renacer de un pueblo que siempre se había
resistido a inclinar su orgullo, su tradición o su alma.
Crecí en medio de una familia maravillosa, con una infancia y
adolescencia igual de mágicas. Combinando la ciudad joven con
los cerros poblados de La Libertad, en una tierra en donde el venado
y el jaguar todavía pasean sus sombras y se pierden montaña
arriba, cerca de donde el gavilán habita.
Aprendí los secretos que sabían mis abuelos, y recorrí
extensos cafetales, visité los beneficios de café (H de
Sola, Goldtree Liebes, 2 de Marzo) en las noches más frías
de diciembre, para descargar los quintales de café junto a los
cortadores y los motoristas.
Aprendí con mi abuelo las claves de la siembra, la magia para
domar caballos, las caminatas entre los cerros y hasta los pasillos
con aire acondicionado cuando presidió la Asociación Cafetalera
o el Banco Hipotecario.
Conocí la historia del café y sus años dorados:
los montes de Juayúa, los sembradíos maravillosos de Santa
Ana y
Ahuachapán, y los beneficios imponentes de Apaneca, en donde
concluyó mi aprendizaje con el proceso del grano.
Supe entonces cómo hacer fórmulas de amor con las flores
tiernas y blancas del cafeto y, cómo vigiar la luna para bañarme
con su luz, en el riachuelo que a veces mostraba arenas relumbrosas
que después se volvían pepitas de oro a los pies del peñón.
Entonces conocí la magia en otras dimensiones... chamanes, curanderos,
adivinos. Herederos todos de los antiguos pipiles, que veneraban al
viento y al sol y que guardaban, en cueros y códices, nuestra
historia, que tiene cinco mil años y no 184.
Sentí la sombra fugaz de la Siguanaba en las noches sin luna
y el chirrido de una misteriosa carreta por la cuesta empedrada.
Me iluminó el camino un ejército de luciérnagas,
y los cuetes de vara en las antiguas celebraciones me hablaron de esa
explosión que no es más que el estallido de nuestros corazones
juntos.
Y conocí el resto del país una sola magia.
Pero un día estalló la guerra y se abrieron heridas de
viejas injusticias. Y el aroma de las flores blancas del café
se esfumó para dar paso al negro aroma de la pólvora,
al oxidado sabor de la sangre y al pálido sinsabor de la muerte.
Se fueron los venados, los monos, los pericos y los jaguares, y lloró
el Sumpul y Cuscatlán por las miles de almas que partieron antes
del tiempo. El país donde crecí se llenó de ruinas
y nostalgias, de riachuelos rojos y cerros quemados por las bombas.
Se llenó de botas puestas y armas que dejaron su estúpido
odio por todos los caminitos del mundo. Y el mundo era un pueblo, un
río, un cafetal.
Y cuando el demonio blanco se fue, los que quedaron comenzaron a armar
otra vez la historia. Ahora, cinco mil años después, el
país donde crecí todavía guarda en sus entrañas
el misterio del venado.
Los cantos que a veces se escuchan en los ríos son las repuntas
donde cruzó la muerte. El país donde crecí era
florido; los que quedamos tenemos la obligación de replantar
su futuro luminoso...
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